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Álvaro Machín

El Paseante

La crónica triste

No es nuevo. Lo escribí el domingo y se publicó el lunes en el periódico. Desde Ponferrada. Es la crónica del descenso y sé que en este espacio no suelo hablar de fútbol. Pero es que en mis paseos de esta semana está demasiado presente. Espero que podáis disculparme…

 

En Ponferrada, 2 de junio de 2013

 

Cien años y toda la tristeza

Todos lo han oído. «Hay cosas mucho más importantes». Y es cierto, pero el que no lo ha sentido es incapaz de entender esta tristeza. Es inexplicable llorar por el fútbol o recorrer media España sin dormir la noche antes para venir a ver un partido de Segunda y volver en cuanto termina. Es pasión. Un sentimiento con algo irracional que hace que la tristeza ante un disgusto sea estremecedora. Inexplicable para el que no lo ha sentido. No lo entienden. Por eso, nada valdrá lo que le digan hoy a un racinguista en su trabajo. En casa. No servirá de nada. Estará hundido, destrozado. Sin ganas de nada. Porque su equipo bajó a Segunda B, al abismo. Porque no pudo ser. Empató en Ponferrada, fue ganando, jugó bien, pero dio lo mismo. Se veía venir, pero nadie quería verlo. «Gol del Mirandés». Corrió por las tribunas y el trago de saliva fue amargo y frío. A ese pozo 23 años después de la última vez. Y más. Porque si se hablara sólo de fútbol es grave, pero no tanto para una grada acostumbrada a volver a casa con la decepción en los bolsillos. Aquella última vez sólo duró un año. El problema es que en Cantabria, al hablar del Racing, cada vez se habla menos de fútbol. Se habla de juicios, de acciones, de liquidación, de deudas… El problema es que muchos se marcharon diciendo que tal vez no volverían más… Que quién sabe qué pasará con este Racing en el año 101. Porque, hoy, hay cien y tristeza. La tristeza que sólo entiende el seguidor de un equipo de fútbol. Y eso no hay quien lo consuele.

Se empató en Ponferrada a última hora después de ir ganando todo el partido. Se jugó hasta bien. El equipo salió convencido de hacer su trabajo. Al menos, lo suyo. Presionó mucho y eso –y sus propios nervios– asfixiaron a la Ponferradina en una gran primera parte. Antes del cuarto de hora, Ferreiro sacó un córner al primer palo y Gullón, que tuvo que poner la cabeza a la altura de las cinturas de todo el mundo, enganchó un remate que se fue al poste opuesto. Un tanto de esperanza. En la esquina de los fieles se cantó como aquel de Iván Bolado que valió una UEFA, el de Mora con la camiseta de su abuela para ascender o el de Antoñito en el último milagro de ese mito llamado Nando Yosu. Porque ayer fue un día para acordarse de esas cosas. De mitos, de tardes, de la primera visita a los Campos de Sport con dientes de leche, de la camiseta verdiblanca el seis de enero, del autógrafo de Benito Ballent, de la gorra de Pedro Alba, de un padre ausente que vio jugar a Alsúa y lo contaba en cuanto podía…

Cantaban «volveremos», «cómo no te voy a querer»… «Si hay que morir moriremos juntos», ponía en una pancarta. De eso, casi más que de un partido, iba lo de ayer en un campo con nombre desconocido para el racinguismo hace un año. Y, por eso, mientras el equipo seguía atacando con peligro por la banda izquierda, con Ferreiro y Gai destrozando a la defensa, nadie quiso oírlo. Como si negándolo, dejando en silencio la noticia, dejara de ser verdad. El primer gol del Mirandés en Córdoba. El descenso.

Incluso, tras el descanso, equipo y grada se unieron en el ‘sí se puede’, aunque ya fuera más un hábito que una verdadera creencia. Quini falló dos claras y Jairo marcó la tercera. El chaval se fue hacia la tribuna. Estamos juntos en esto. En lo bueno lo estuvimos y toca estarlo en lo malo. Aunque en Córdoba vuelvan a marcar. Porque marcaron sólo un minuto después y dejaron la tristeza confirmada. Como si el destino quisiera dejar claro que los milagros no existen. La decepción clavada en el pecho del racinguismo. En el corazón mismo.

Trámite y recuerdos

Porque el fútbol en El Toralín dejó de tener sentido aunque se siguiera jugando y empezó sólo a pesar esa marea de sentimientos en la que flota la rabia. Algunos, los mayores, recordaron la tarde del partido ante el Betis que mandó al equipo al mismo sitio la última vez. Esa impotencia de no poder ganar con aquella plantilla de Zinho, Pedrazzi… En esa temporada nadie se lo creía. Ni siquiera el último día. En ésta, se veía venir.  Demasiado drama alrededor del césped, demasiado desastre en los despachos, demasiado maltrato a la historia, al escudo y a la dignidad. «Ahora más que nunca, Racing Santander». Mucho dolor, pero la demostración evidente de que desciende un equipo al que han llevado a la ruina, a la vergüenza y hasta, tal vez, a la liquidación (o aniquilación), pero no desciende el sentimiento, ni el amor por lo que significan cien años de historia. Eso quedó claro. En la grada seguían cantando. Y a más de uno se vio llorar.

A los jugadores, con sus limitaciones, no se les podrá decir que no lo intentaron hasta el último día. Porque, aunque nadie ya mirara –de los de fuera, claro–, lucharon hasta el final como les habían pedido. Marcó la Ponferradina, que vive su sueño. Volvió a marcar por ese empuje que inyecta ilusión en las piernas. El Racing había merecido ganar, pero nada sale este año. Y se acabó el partido. Y se acabó casi todo.

Las caras del final

Fue uno de esos momentos en los que uno se mete en su propio silencio en mitad de todo el ruido del mundo. A cada jugador le pasó lo mismo. Fueron andando, deambulando por el césped, hasta la zona en la que estaban sus seguidores. Levantaron las manos, pero apenas pudieron levantar la cabeza. Luego, el vestuario. Otra vez el silencio. Tardaron en salir y, cuando lo hicieron, no fue para subirse al autobús. El Toralín aún no estaba vacío casi una hora después y ellos volvieron a salir. Se lo debían a los que aún les esperaban dentro. Ya vestidos, en chándal. La Policía miraba de lejos. «Tranquilos, no les van a hacer nada. Todo lo contrario. Sólo quieren animarles». Se lo explicaron y dejaron hacer.

¿Y ahora qué? Ayer no había fuerzas ni para pensarlo. Para discutir si hay que reconstruir o refundar, para decirles a los que están que el problema, básicamente, son ellos si es obvio que no pueden solucionar nada y nadie les quiere. Ayer sólo había tiempo para llorar. Para sentir rabia y, sobre todo, pena. Muchísima pena.

«Hasta que no ocurre no llegas a creerlo», comentaba un futbolista verdiblanco con la cabeza agachada de camino a casa. Hundido. Como todos. Porque este cuento se acabó y ahora sólo queda saber si para siempre… Que dolor. Que rabia. Que pena.

 

 

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Sobre el autor

Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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