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Álvaro Machín

El Paseante

Que toda la vida es cine

La idea no vino, esta vez, paseando. Se la cojo prestada a un maestro por partida doble. Porque fue uno de los profesores que más (y mejor) hizo por enseñarme en la facultad y porque, cuando le leo hoy, sigo asistiendo al aula sentado en un pupitre. Habla César Coca en su ‘Divergencias’ de tardes de domingo, de cafés y bollos de mantequilla antes de entrar a la función, de vida en el centro de su Bilbao, de programas dobles, de salas donde no olía a pizza ni bocadillos de panceta… Habla, en resumen, de una nostalgia de los viejos cines de ciudad que yo también siento y traslado a las cuatro esquinas de la mía.

 

Para leer el artículo íntegro de César Coca (más que aconsejable hacerlo) pinchar aquí.

 

Porque no he dejado de ir al cine, pero es otra cosa. Voy mucho. Solo (que me encanta) o acompañado (que también me encanta, a ver si se me van a enfadar). Tengo la tarjetita para que muy de vez en cuando la estocada no sea tan dolorosa. No como nada y bebo rara vez. Reconozco, además, que odio (sí, odio, con todo el énfasis) a los ‘comentaristas’, a los roedores y a esa tribu reciente que convierte la sala en la cocina cuando vuelves de la compra con las bolsas (por no hablar de que huele peor que en los restaurantes que te dejan la ropa señalada de por vida). A Cinesa (la mayoría de las veces) o a Peñacastillo (rara vez, porque las salas necesitan ya un repaso).

 

Pero echo de menos esperar en las escaleras del cine Capitol y la velocidad de Ángel, el camarero, sirviendo cafés en las sesiones con descanso. El pasillo con vitrinas, el suelo enmoquetado y las fotos de las películas en unas hileras de expositores superpuestos. La cola ante el ventanuco de la taquilla y aquella sala que siempre me pareció imponente. Recuerdo las enormes letras del cartel del Coliseum, que se veían ya cuando girabas por Calvo Sotelo para coger Lealtad. Lo moderno que nos pareció lo de los ‘Multicines Bahía’ cuando los estrenaron y hasta una cola adolescente para ver ‘Aquí huele a muerto’ (de Martes y 13) doblando la esquina del Cine Santander, en Cuatro Caminos. Sí, no me olvido de las butacas más cómodas del mundo: las del cine ‘Los Ángeles’. Y tampoco del Roxy y hasta de la Sala X, que estaba por donde La Remonta (no fui nunca, lo prometo).

 

Las ciudades eran más ciudades con sus cines del centro, que daban vida a espacios que ahora agonizan (de eso hablaremos otro día). Y mi vida, esa que se construye recordando los nervios que uno siente cuando espera a una chica por primera vez o dándose besos en la fila de atrás, era una vida mucho más de cine. De la mano de mi hermana para ver dibujos, mirando hacia otro lado por el miedo, riéndome a carcajadas dejando ver una boca desdentada o disimulando una lágrima con los amigotes (porque el cine fue, también, el primer pretexto para cerra la puerta de casa con tus padres dentro).

 

Rompo una lanza por los intentos de rescatar algo del olvido en el Cine Los Ángeles o por poder ir a La Filmoteca (aunque sea su contenido y función tenga matices diferentes). Y, sobre todo, por el valiente proyecto de los Groucho, que sobrevive en pleno centro. Allí voy a veces. A alguna de sus dos salas. Para ver películas que no veo en otra parte. Y, sobre todo, para darle un ratito de placer a la nostalgia.

 

BSO para este artículo

 

 

Anexo: Gracias a los amigos con buena memoria (y a las redes sociales, que están para algo más que para fotos de gatitos) salen nombres como el Mónaco, el Bonifaz, el Gran Cinema

Temas

Capitol, cines, Coliseum, Groucho, Los Angeles, Multicines Bahía, palomitas, santander

Artículos de opinión sobre la vida cotidiana

Sobre el autor

Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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