img
El asesino de las Tres Cruces
img
Aser Falagán | 29-04-2015 | 14:17| 2

Afueras de Torrelavega. Un autobús avanza con parsimonia en un día nublado. Dentro, varias decenas de escolares. De pronto, el motor se para dejando a los menores y sus profesores varados en medio de la carretera. No pasa ningún otro vehículo por la carretera, de modo que tres de las niñas deciden ir a buscar ayuda mientras los profesores se quedan al cuidado del resto de los jóvenes.
La ciudad está ya cerca, pero más cercana aún parece la casa que se alza sobre una loma, que por mucha pendiente que haya que salvar se encuentra más próxima que los primeros edificios de Torrelavega. Las niñas, o no tan niñas, suben con decisión la colina y ganan la cima para llegar a una vieja casa.

Poco les importan las historias que se cuentan sobre el caserón incrustado sobre el promontorio al este de la ciudad; historias sobre un uraño morador que recibe con violencia a las visitas y del que se ha llegado a decir que ataca a todo aquel que ronda por las inmediaciones. Que incluso ha llegado a asesinar a varias personas, gesta que celebra grabando una cruz en su puerta por cada una de las víctimas. Ajenas al riesgo, las jóvenes siguen adelante en la oscuridad del desapacible día, y cuando ganan el alto para llegar a la casa ni siquiera advierten que, efectivamente, la puerta tiene grabadas varias cruces.

Tras llamar a la puerta les recibe un hombre de mediana edad que las saluda con amabilidad y escucha su historia mientras las invita a pasar para pedir ayuda por teléfono. Justo al descolgar el auricular, una de ellas descubre que algo no marcha bien: el altavoz no emite ningún tono y justo en ese momento descubre aterrada que el cable está desconectado; arrancado de cuajo de la pared. Pero ya es demasiado tarde. Ni siquiera tiene tiempo para advertir a sus amigas o intentar huir antes de que un enorme hacha le impacte según trata de darse la vuelta. Inmediatamente sus dos confiadas compañeras corren la misma suerte, indefensas ante el arma blanca y el sorprendente ataque.
Mientras, sus compañeros y cuidadores esperan en el autobús. La noche se echa encima y cuando ven surgir una figura de la oscuridad sonríen aliviados e incluso abren la puerta delantera para que pueda acceder al interior. Pronto el gesto de los profesores cambia al descubrir que el hombre va armado con un hacha ensagrentada, pero sin tiempo para reaccionar tanto el conductor como los cuidadores caen mortalmente heridos por sendas mortales embestidas. Atrapados en una ratonera, los niños son las siguientes víctimas del psicópata.
Terminada la matanza, el asesino regresa a la tétrica casa satisfecho de una hazaña muy especial. Tanto como para evolucionar su costumbre de marcar cruces en su puerta para dar un paso más allá y plantar tres grandes cruces sobre el césped en macabro honor a las niñas, olvidándose del resto de los asesinatos, y regresar así esquiva vida habitual, alejado de la ciudad y la vida social a la espera de dar caza a una nueva víctima.
Ya anciano, el asesino del Alto de las Tres Cruces continúa al acecho. Llamar a su puerta es sinónimo de una muerte segura. Y de una nueva cruz en su puerta. O incluso, si el episodio es lo suficientemente memorable, la ocasión perfecta para clavar una cuarta sobre el césped.
Pocas leyendas urbanas son tan incoherentes y fáciles de desmontar, máxime cuando se trata de un hecho tan truculento que hubiera acaparado portadas en la prensa, pero del que no existe ninguna constancia. Sin embargo, nada de eso ha impedido que cale con fuerza entre los adolescentes de Torrelavega la más novelada y truculenta de las abundantes historias que rodean el Alto de las Tres Cruces. Es a su vez la más extendida, intrínsecamente unida a un promontorio cuya propia denominación explica de forma mítica, pero también una narración de nuevo cuño, desconocida para la mayor parte de las generaciones más antiguas.
También ha ayudado a que perdure y se extienda el absoluto desconocimiento de la procedencia de las tres cruces, que ya estaban allí en la primera mitad del siglo XX y cuyo significado y origen desconocen incluso los propietarios de las tierras y la casa que se levanta sobre ellas. Entre los sucesivos dueños estaban unos hermanos que heredaron la finca de sus padres y antes de venderla no solo la explotaron, sino que renovaron unas cruces ya en muy mal estado, pero sin saber en absoluto cuándo o por qué se instalaron las originales. Ni siquiera si lo hicieron o no sus padres.
La tenebrosa fábula busca así su origen en una descabellada historia que responde a la perfección al clásico de leyenda urbana. Explica una realidad cotidiana cuya procedencia se desconoce, tiene un propósito moralizante y guarda cierto poso de misterio e inconcreción, puesto que la historia se localiza ‘hace años’ y ‘en la carretera’, sin especificar siquiera si se refiere a la autovía que pasa bajo el alto o si este tramo existía ya o no.
La mayor falla no es ya que ni la policía ni ningún cuerpo de seguridad tratara de detener a un criminal que lejos de esconderse vivía tranquilamente en su casa. Ni siquiera que los adultos permitieran a tres menores ir a buscar ayuda y lo hicieran además en ese alto en lugar de esperar a otro coche o andar unos minutos hasta llegar a la ciudad. Lo verdaderamente extraño es, y esto constituye lo más inquietante de la narración, cómo ha trascendido la historia si el asesino mató a todos los testigos. Solo hay una respuesta posible, de modo que si alguien le cuenta esta misma leyenda con más detalles, probablemente se encuentre ante el asesino de las cruces.

Ver Post >
Sobre el autor Aser Falagán
Aser Falagán (Santander, 1978). Tengo un papel que dice que soy periodista. Me lo dieron en la UPV-EHU. Redactor de El Diario Montañés y editor del magazine cultural Dartes. En 2013 publiqué ‘Cien anécdotas del Racing’. Aquí les presento la Cara B del periodismo, dedicada a leyendas urbanas, mitos contemporáneos e historias de la Cantabria más oculta. Aquello que pudo ocurrir. Que incluso mereció ocurrir. Pero que nunca ocurrió.