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El fantasma del Pereda
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Aser Falagán | 15-06-2014 | 08:00| 1
Teatro Pereda

En el cruce entre el Río de la Pila y Santa Lucía, entre cajeros, interventores y trípticos que ofrecen planes de pensiones, una oficina bancaria custodia el recuerdo del viejo fantasma del Teatro Pereda, un espectro con nombre extraño y fama de cenizo que tras deambular durante décadas entre la platea y la caja escénica se quedó sin hogar en los años sesenta, cuando la especulación inmobiliaria desahució al teatro y al espíritu que lo habitaba.

Poco se conoce de Florispán. Apenas que vivió en el Santander de la postguerra y el franquismo. O más bien que manifestó su presencia, porque el tiempo en que ocupó un lugar corpóreo en el mundo de los vivos será para siempre un misterio, como sus apellidos mortales y su número de filiación.

El Teatro Pereda, un edificio de corte neoclásico con elementos modernistas que se erguía orgulloso frente a la histórica fuente de Río de la Pila, era la referencia escénica de la ciudad. En el tristón Santander postbélico y postincendio, había sobrevivido como reminiscencia de los años felices que habían gestado la sociedad moderna de la Restauración. Por sus tablas pasaron toda la escena española y buena parte de los santanderinos de la época en un ejercicio rutinario de ir al teatro. Porque ni más ni menos que eso era aquel majestuoso edifico: una sala escénica y, en ocasiones, multidisciplinar.

Pero cuando se echaba el telón, se apagaban los focos y se vaciaba la platea, el edificio convertía en el oscuro hogar Florispán, que solía pasearse por el escenario y el patio de butacas aprovechando la soledad de la sala. Cómo lo sabían los vecinos si nunca se dejaba ver es una inoportuna pregunta que abriría otro debate. El caso es que como pólvora encendida, por Sol y por Rualasal se fue corriendo la voz de que el fantasma del Pereda era algo más que un rumor.

Lo que nadie acertó nunca a vislumbrar fueron ni sus orígenes ni su actividad más allá de los paseos peredianos. No se tiene constancia de que entre las paredes del teatro se produjera ninguna muerte traumática o accidente que diera pie a una leyenda, pero aun así consiguió llamar la atención de los más jóvenes, aquellos a los que asustaban con su historia y que han mantenido viva la leyenda urbana hasta el siglo XXI. El miedo infantil convivía con una superstición adulta: solo el hecho de pronunciar su nombre atraía a la mala suerte. Incluso algún santanderino con fama de gafe se vio rebautizado como Florispán en honor del espectro cenizo.

Su aparición fue tan repentina como su desvanecimiento, aunque este último no tuvo nada de fortuito. Cuando en los años sesenta las palas echaron abajo el Pereda el espectro se quedó sin hogar, pero tal vez todavía ronde en la sucursal bancaria, esa que tiene un pequeño cajero incrustado cerca de la antigua puerta de actores.

Desde que me contaron esta historia no puedo evitar acordarme de aquella canción que Serrat y Vázquez Montalbán dedicaron al Roxy de Barcelona y que tanto recuerda a la leyenda santanderina. Porque muy cerca del antiguo Pereda, por cierto, había otro Roxy, tan desvencijado y popular como el catalán, pero este en la santanderina calle Guevara. Estén atentos cuando pasen por ahí, porque además de los actores de carne y hueso que vayan al Casyc, tal vez tengan la suerte de encontrarse con algún otro más etéreo. Y no se espante, amigo, si esperando el autobús le pide fuego Florispán. Es el fantasma del Pereda, que no descansa en paz.

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Sobre el autor Aser Falagán
Aser Falagán (Santander, 1978). Tengo un papel que dice que soy periodista. Me lo dieron en la UPV-EHU. Redactor de El Diario Montañés y editor del magazine cultural Dartes. En 2013 publiqué ‘Cien anécdotas del Racing’. Aquí les presento la Cara B del periodismo, dedicada a leyendas urbanas, mitos contemporáneos e historias de la Cantabria más oculta. Aquello que pudo ocurrir. Que incluso mereció ocurrir. Pero que nunca ocurrió.