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El enamorado de Maliaño
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Aser Falagán | 07-07-2014 | 13:26| 2

A principios de los noventa uno de los puntazos kitsch de una telerrealidad en pañales era ‘Lo que necesitas es amor‘, una especie de juego casamentero que aliñaba la alcahueta de toda la vida con un buen puñado de  amarillismo televisivo envuelto, eso sí, en una cáscara de colorín para teñirlo de blanco, sumar al público pseudoinfantil y conseguir una audiencia de casi cinco millones de espectadores que incluso en aquellos tiempos de escasa fragmentación del target era un registro más que respetable. A poco que se tuviera un mínimo de empatía el programa provocaba sin remedio vergüenza ajena,  aunque tal vez fuera precisamente esa la clave de su éxito.

Aunque lo popularizó el veterano actor reconvertido en presentador Jesús Puente, en su primera etapa una joven Isabel Gemio presentaba aquel formato con una propuesta muy sencilla: una persona (generalmente un tipo) llamaba al programa para pedir matrimonio o perdón a su pareja (generalmente una avergonzada mujer, aunque a veces ocurría al contrario) o, en la versión más hardcore, a declararse a cualquier incauta/o a quien asaltaban por la calle sin que adivinara lo que se le venía encima.  Por si al dúo de turno le quedara algo de dignidad, iban a visitarles en una furgoneta metalizada decorada con el estridente logotipo del programa y bautizada como ‘La caravana del amor‘.

Las señoras de cierta edad y la España más atávica se engancharon al programa de cabecera de los domingos por la noche; una sucesión de episodios lacrimógeno-cañís arropada siempre por anónimos con vocación de porteros o sencillamente ganas de disfrutar del ridículo ajeno.

Alimetado por esta moda celestina de principios de los noventa, Maliaño se apuntó en 1993 a un espídico efecto dominó sobre la presunta visita de la tele. Sin que nunca se haya sabido cómo, de pronto surgió el rumor, la noticia constatada, en aquel momento, de que la caravana kitsch, que nada tenía que ver con los Kiss ni con Manowar, iba a pasar por allí. La noticia se extendió como un virus; como una auténtica epidemia gracias al boca-oído o, todo lo más, a través del teléfono fijo. Porque internet no era más que un concepto difuso y experimental y la telefonía móvil apenas existía. Todo lo más, algún hortera tenía teléfono en el coche.

El caso es que en pocas horas todo Maliaño lo tenía claro. Isabel Gemio iba a llegar a bordo de ‘La furgoneta del amor’ para echarle una mano a un tipo, presuntamente también de Maliaño, que se iba a declarar a una amiga. O a pedirle matrimonio a su novia. O a pedirle perdón por algo. O cambio para tabaco. O quién sabe qué.

El caso es que a media tarde la Gemio y su caravana iban a estar en la calle Menéndez Pelayo para ser testigos (e instigadores) de lo que quiera que tuviera que decir un muchacho que al parecer se iba a subir al campanario de la iglesia de Cristo. Aquí es donde la historia se complica, porque según algunos iba a vocear un mensaje, otros juraban que se iba a lanzar en parapente y otros estaban convencidos de que se iba a tirar de la torre. De hacerlo, estaba claro que no solo aparecería en el prime time de la noche del domingo, sino también en todos los informativos.

Chavales a la salida del instituto, cazautógrafos, marujas y demás curiosos se congregaron por cientos en el parque la tarde de autos. Y esperaron, esperaron. Y esperaron… sin que nadie apareciera. Ni la Gemio, ni su caravana ni el enamorado ni su enamorada. Nada. Los más descreídos esperaron minutos. Los más confiados, horas. Pero al final hasta los más resistentes se rindieron a la evidencia.

Pocos días después se emitió el programa; ese mismo en el que nunca estuvo previsto que apareciera Maliaño. Isabel Gemio no mencionó ese nombre, quizá por no dejar en evidencia a un pueblo con el orgullo herido, pero sí que lanzó un aviso a navegantes: “No hagan caso de los rumores”.

Unos años más tarde otro programa presentado por Isabel Gemio dio pie a una de las leyendas  urbanas más recordadas de España. Tenía que ver con Ricky Martin, una joven, su mascota y un tarro de mermelada. Pero eso ya es otra historia que no no-ocurrió en Cantabria.

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Sobre el autor Aser Falagán
Aser Falagán (Santander, 1978). Tengo un papel que dice que soy periodista. Me lo dieron en la UPV-EHU. Redactor de El Diario Montañés y editor del magazine cultural Dartes. En 2013 publiqué ‘Cien anécdotas del Racing’. Aquí les presento la Cara B del periodismo, dedicada a leyendas urbanas, mitos contemporáneos e historias de la Cantabria más oculta. Aquello que pudo ocurrir. Que incluso mereció ocurrir. Pero que nunca ocurrió.