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Cuando Hitler se fue a Somo
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Aser Falagán | 14-07-2014 | 09:10| 10

30 de abril de 1945. El Ejército Rojo de Zhukov avanza sobre Berlín. Los obuses soviéticos castigan los pocos edificios que han dejado en pie los bombardeos de la RAF, sin oposición en el aire desde que redujeron Dresde a cenizas en venganza por la masacre de Coventry. El ambiente se puede cortar en el Fuhrerbunker, excavado unos quince metros por debajo de la Cancillería. Tras almorzar y dar instrucciones a su asistente, Adolf Hitler se retira a su despacho junto a su compañera Eva Braun, a la que en un fugaz destello de humanidad ha convertido horas antes en su mujer. Ambos meriendan una cápsula de cianuro. El veneno fulmina a la breve esposa del fuhrer, que no necesita hacer uso del arma que le ha entregado su marido. El mismo Hitler elige también ese método para quitarse la vida. Pero tiene el tiempo y el buen gusto suficientes para volarse antes la cabeza de un disparo. Karl Donitz, nuevo presidente del Reich, será el encargado de organizar una semana después la capitulación alemana.

Hasta aquí la historia oficial, la que se estudia en las facultades. Pero la bahía de Santander conoce otra versión que la tradición oral ha mantenido viva durante casi siete décadas. Aquel 30 de abril, consciente de que el delirio nazi había llegado a su fin, Hitler ya no se encontraba en Berlín. Ni siquiera en Alemania. Había huido a su Austria natal, desde donde se las habría arreglado para embarcar en un submarino y atracar en Barcelona.

A la espera de que se organizara el viaje que tenía que llevarle con una identidad falsa desde Vigo a Argentina, el exfuhrer tenía que hacer escala y descansar en algún lugar discreto a medio camino. Y eligió Somo, donde se alojó junto a su mujer y un puñado de jerarcas nazis. Desde finales de los setenta el diminuto pueblo ha vivido un crecimiento exponencial en torno a su interminable playa, pero entonces era un solo pequeño núcleo rural con solo unas cuantas casas y unos pocos cientos de vecinos.

Durante unos días o unas semanas, según la fuente, Hitler y su séquito se habrían dedicado a descansar, esperar a que su viaje estuviera organizado y hacer lo que quiera que hagan los nazis para entretenerse sin llamar demasiado la atención. Tal vez jugaran al mus nazi. Solo se sabe que no cogieron olas nazis, porque en aquella época aún no había llegado a Cantabria la primera tabla, que otra leyenda urbana sitúa también en Somo. Su día a día se envuelve en una misteriosa bruma. Y es que a partir de ese punto de consenso en común, el que dice que Hitler no murió sino que se alojó en el pueblo tras la Segunda Guerra Mundial, las versiones se vuelven divergentes.

Algunos sitúan al fuhrer del III Reich en un hostal denominado Las Quebrantas. Otros sostienen que en realidad se hospedaba en un hotel u hostal situado camino de Loredo, en la misma carretera que a día de hoy une ambos pueblos. Pero las versiones más fidedignas le alojan en el Hostal Villa Matilde, que se alzaba junto al embarcadero hasta que aproximadamente con el cambio de siglo fue demolido para construir un edificio de viviendas.

Allí habría permanecido el fuhrer durante unas semanas para marcharse después con la misma discreción que había llegado y la complicidad del régimen franquista, presunto cómplice su huida, escondite y cambio de identidad. La historia, tan intrínseca a Somo como sus dunas, se siguió transmitiendo oralmente gasta que en 2010 el argentino Abel Basti publicó un libro que defendía la huida del fuhrer a Argentina con escala cántabra incluida. Cuando se pregunta al autor por sus fuentes, la respuesta es siempre la esperada: atribuciones reservadas y promesas de confidencialidad que impiden contrastar ningún dato, puesto que el texto no aporta pruebas documentales.

Pero dos cosas son ciertas: que la historia era vox populi en el Somo más clásico y que como toda leyenda urbana la historia encierra algo de realidad distorsionada, en este caso, hasta hacerla irreconocible. Porque lo que sí es cierto es que un puñado de espías y jerarcas nazis de bajo escalafón se refugiaron en Cantabria.

Kurt Bormann, espía de la Gestapo, utilizó su empresa santanderina de artes gráficas como vehículo y tapadera para proporcionar a los fugados alemanes nuevas identidades. Tal vez hubiera sido incluso el encargado de imprimir la documentación falsa de Hitler, que solo habría tenido que embarcar en la lancha de Los Diez Hermanos y dar un paseo por Santander para encontrarle. Perseguido por los aliados, tuvo que huir a Sudamérica, pero en los años cincuenta regresó a Santander, donde disfrutó de una vida plácida en su domicilio del número 30 de la calle Perines hasta su muerte en 1987.

Pero la historia que pudo inspirar la leyenda urbana de Hitler en Cantabria es la de Reinhard Spitzy, brevemente apodado como ‘El Pasiego‘, oficial de las Waffen-SS y secretario de Von Ribbentrop, que vivió en Santillana del Mar entre 1944, aún en plena Guerra Mundial, cuando cayó en desgracia en la Alemania nazi por ser sospechoso de haber participado en el atentado de la Guarida del Lobo. El cura del pueblo le acogió para que no le localizaran las autoridades alemanas y ya con la conflagración mundial terminada se mudó al Palacio de Iñigo López de Mendoza, también en Santillana. Tuvo tiempo incluso de fundar la carpintería y mueblería Talleres Montañeses en Cabezón de la Sal antes de huir en 1946 para evitar su detención tras ser localizado por los aliados.

También Diersen, propietario del mítico Vivarium, un chiringuito que hasta 1981 se levantó sobre los bajos del Rihn, simpatizaba con la causa nazi, aunque nadie le conoció nunca ninguna relación directa con el fuhrer. Al fin y al cabo, los chiringuitos de Somo eran la competencia. Pero tal vez todos ellos miraran con nostalgia al sur cuando paseaban por Puertochico, quizá pensando, que allí, a un solo golpe de vista, les esperara Hitler a la sombra de una duna.

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Sobre el autor Aser Falagán
Aser Falagán (Santander, 1978). Tengo un papel que dice que soy periodista. Me lo dieron en la UPV-EHU. Redactor de El Diario Montañés y editor del magazine cultural Dartes. En 2013 publiqué ‘Cien anécdotas del Racing’. Aquí les presento la Cara B del periodismo, dedicada a leyendas urbanas, mitos contemporáneos e historias de la Cantabria más oculta. Aquello que pudo ocurrir. Que incluso mereció ocurrir. Pero que nunca ocurrió.