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Los fantasmas de La Magdalena
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Aser Falagán | 17-07-2014 | 07:21| 5

La Península de La Magdalena tiene una población censada de algo más de un par de docenas de animales, entre patos y focas, una población flotante que puede superar el centenar de personas durante los cursos de verano de la UIMP y los congresos de temporada y una población espectral de tres almas.

A finales del siglo XIX la península era poco más que una zona salvaje de Santander, alejada tanto de la población como del Sardinero. Aún no se habían rellenado los arenales de El Camello, construido la avenida Reina Victoria ni, por supuesto, se había planteado la construcción de un palacio real. Era sólo un lugar semisalvaje y semiabandonado. En otros tiempos enclave defensivo, solo quedaban ya allí vegetación, acantilados, zonas boscosas, los restos del Castillo de San Salvador de Hano sobre el solar donde se levantó después el actual palacio, y el Faro de la Cerda, construido junto a la antigua batería homónima.

Entonces sí que tenía un vecino censado: el farero. Y justo entonces, en aquel final del siglo XIX, mucho antes de que Alfonso XIII comenzara veranear en la zona y de que se instalara la Universidad Internacional de Verano, después rebautizada como UIMP, llegó a la península su primer habitante sobrenatural, de quién todos los santanderinos han oído hablar aunque ninguno lo viera nunca.

Es el fantasma de La Magdalena, un espíritu que vaga por el recinto desde hace cerca de siglo y medio; mucho antes de que comenzaran a merodear por la zona otros fantasmas mucho más corpóreos; el espíritu errante de un joven santanderino que tras sufrir un desengaño se suicidó en aquel lugar, arrojándose al mar según algunas versiones y volándose la cabeza según otras.

Los veraneos reales y la docencia de verano fueron quitando espacio y protagonismo al fantasma enamorado hasta que las nuevas generaciones le olvidaron, eclipsado también por dos nuevos espíritus llegados al Real Sitio bastante más tarde y en pareja, como para hacerse compañía el uno al otro.

La primera sala a la derecha según se accede al Palacio de La Magdalena, construido décadas después, es popularmente conocido como la Sala de los Fantasmas. El motivo, una fotografía en la que Alfonso XIII posa a las puertas del edificio con distintas autoridades de la época. En ella se pueden ver dos rostros difusos, absolutamente etéreos, que siempre se han identificado como espíritus, a lo que ha contribuido enormemente el hecho de que no se haya conseguido (ni probablemente intentado) conocer su verdadera identidad.

Puede que uno de ellos sea el viejo fantasma enamorado que entre paseo y paseo se encontrara con una figura real (en todos los sentidos) y se adelantará a su tiempo haciéndose un foto con el monarca. O tal vez no, y como su compañero sea un espectro completamente distinto, independiente y, probablemente, con mucho más rancio abolengo. O quizá sus fantasmagóricas figuras sean sencillamente el resultado de una mala pasada del bromuro de plata.

Ellos son las nuevas estrellas paranormales, pero todavía hay quien recuerda a aquel fantasma enamorado que no encuentra la paz y sigue merodeando entre el bullicio veraniego a la espera de que llegue la fría calma del invierno.

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Sobre el autor Aser Falagán
Aser Falagán (Santander, 1978). Tengo un papel que dice que soy periodista. Me lo dieron en la UPV-EHU. Redactor de El Diario Montañés y editor del magazine cultural Dartes. En 2013 publiqué ‘Cien anécdotas del Racing’. Aquí les presento la Cara B del periodismo, dedicada a leyendas urbanas, mitos contemporáneos e historias de la Cantabria más oculta. Aquello que pudo ocurrir. Que incluso mereció ocurrir. Pero que nunca ocurrió.