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El mito de Cabo Mayor
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Aser Falagán | 14-11-2014 | 11:05| 1

Una cruz se asoma al mar junto al Faro de Cabo Mayor, convertido ya en un símbolo icónico de Santander. El faro actual, heredero de otro más antiguo, data de la primera mitad del siglo XIX, pero el monumento es mucho más joven. Inaugurado en 1941, homenajea a las víctimas ejecutadas por el bando republicano en aquel lugar durante la Guerra Civil. El boca a oído y la tradición oral han citado siempre los acantilados de Cueto y, más en concreto, la escarpada costa de Cabo Mayor, como un lugar habitual de ejecuciones durante la conflagración española, un error tan extendido que la leyenda urbana terminó por aceptarse como hecho histórico en un poco frecuente consenso admitido tanto desde la perspectiva republicana como desde la nacional; un error sorprendentemente institucionalizado incuso en estudios rigurosos.

El mito no resiste la investigación histórica, y también desde las dos sensibilidades se ha intentado, con poco éxito, de desmentir lo que nació como fruto de la confusión y consolidó la propaganda. Tradicionalmente se han contado vagas historias de ajusticiados por los dos bandos, casi siempre huérfanas de nombres concretos, aunque en general dominan los relatos sobre los simpatizantes nacionales arrojados al mar por los republicanos. Según algunas versiones se les despeñaba para que después el mar arrastrara su cadáver, según otras se les ataban plomadas para que se ahogaran y en una tercera revisión se les ejecutaba antes de arrojarles al vacío. Ese inexistente capítulo del terror es el que conmemora el monumento de Cabo Mayor, un mirador rematado por una gran cruz que se alza orgullosa sobre el precipicio.

Pocas veces una leyenda urbana y la historia real se han confundido tanto. La Guerra Civil dejó infinidad de ejecuciones y asesinatos en Santander. Tanto que aún hoy existe una herida abierta que enciende algunos ánimos cuando se habla de aquella época. Pero nadie fue arrojado a los acantilados de Cabo Mayor, donde ni siquiera se produjeron ejecuciones, como se puede comprobar cotejando la documentación de ambos bandos. Las referencias que existen sobre estos supuestos hechos son siempre vagas y sin confirmar, basadas en hipótesis de víctimas que cayeron, efectivamente, asesinadas, pero en circunstancias sin esclarecer, como tantas veces sucede en el horror de la guerra. Y pronto la propaganda y la propia incertidumbre llevaron incluso a personas cercanas a las víctimas a situar sus últimos minutos en el faro.

Desde el 18 de julio de 1936 y hasta que la ruptura del Cinturón de Acero de Vizcaya precipitó el desmoronamiento del Frente del Norte, también acosado desde el sur, Cantabria permaneció fiel al gobierno republicano. Tras la caída de Santander el 25 de agosto de 1937, una de las primeras decisiones de las nuevas autoridades fue, como era habitual, iniciar una causa general para depurar responsabilidades, entre ellas las supuestas ejecuciones en Cabo Mayor. Se inspeccionaron los precipicios, se enviaron buzos al fondo marino para buscar cadáveres, se rastreó la costa en busca de cuerpos que hubiera arrastrado la corriente, se preguntó a víctimas y represaliados e incluso se habló con los fareros. La conclusión no pudo ser más clara ni la fuente menos dudosa: no hay constancia de que nadie fuera ejecutado o asesinado allí. De hecho, no hubo ningún procesamiento por este motivo.

Así lo expresa la Auditoría de Guerra de marzo de 1938, instruida por el juez Antonio Orbe Gómez-Bustamante, que dice: “Erróneamente se ha creído, y sigue creyéndose, que fue el Faro de Cabo Mayor el lugar preferido para los crímenes marxistas”. Respecto a las informaciones aparecidas en prensa y los datos sobre asesinatos en los acantilados, transmitidos de forma oral, el informe de las autoridades franquistas también es categórico: “Como de ordinario, falló la vox pópuli -señala el documento-. De las averiguaciones hechas en esta Causa aparece que ningún torrero perdió la razón y que ningún buzo ha visto cadáveres en el fondo del mar. El faro estaba habitado por dos torreros y sus familiares y por una guardia permanente de vigilancia de costa, los que eran demasiados testigos para que ante ellos fuesen a cometerse tantos crímenes y los cuales no vieron nunca cadáveres en las lastras y peñas de al pié del acantilado, las que tan solo son cubiertas en la pleamar de las mareas vivas; los cuerpos que hubiesen sido lanzados desde tan gran altura sobre aquellas peñas del fondo quedarían con enormes traumatismos que no se observan en los muchísimos cadáveres recogidos en este litoral“.

Pero una cosa es la investigación de los hechos y otra la propaganda. A un régimen tan entusiasta de la creación de símbolos no le venía nada mal la leyenda urbana. Lejos de desmentirla, decidió darla carta de naturaleza con un monumento funerario coronado por una imponente cruz que hasta la retirada de la inscripción homenajeaba a los ‘Caídos por Dios y por la patria’. Un monolito que, aunque ya sin esa leyenda, sigue en pie en Cabo Mayor.

Igual de equivocada es la creencia de que en la época franquista esos mismos acantilados fueran testigos  de los asesinatos y ejecuciones de represaliados republicanos, como se llega a afirmar uno de los recorridos turísticos por Santander. Sencillamente, el terror tuvo lugar en otros escenarios.

El nacimiento de la leyenda se puede buscar, además del lógico miedo y confusión provocado por el cima bélico, en que algunas de los primeras ejecuciones sí que tuvieron lugar, según  la investigación franquista, en la zona de Cueto (aunque no en Cabo Mayor), y en que el faro sí que fue testigo de algunos paseos. Después, la macabra costumbre de arrojar cuerpos al mar reforzó esa teoría en el aterrado y mal informado imaginario popular. De hecho, ‘llevar al Faro’ llegó a sustituir en el lenguaje popular de Santander a otro eufemismo, el de ‘dar el paseo’, este común a toda España.

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Sobre el autor Aser Falagán
Aser Falagán (Santander, 1978). Tengo un papel que dice que soy periodista. Me lo dieron en la UPV-EHU. Redactor de El Diario Montañés y editor del magazine cultural Dartes. En 2013 publiqué ‘Cien anécdotas del Racing’. Aquí les presento la Cara B del periodismo, dedicada a leyendas urbanas, mitos contemporáneos e historias de la Cantabria más oculta. Aquello que pudo ocurrir. Que incluso mereció ocurrir. Pero que nunca ocurrió.