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La leyenda del Pajus

Aquello de que la Pontificia de Comillas iba a ser un centro docente de referencia mundial no es la única leyenda urbana que persigue al antiguo seminario. Hay otras bastante anteriores e incluso tan increíbles como aquella, aunque mucho más duraderas y probablemente con más dosis de realidad en su origen.

Un lugar tan modernista como Comillas, donde la sociedad autóctona se funde con un a veces snob ambiente estival, no podía estar huérfana de su leyenda urbana, nacida en este caso en su época dorada, cuando la influencia de Antonio López, los arquitectos modernistas y la Universidad Potificia hicieron de la villa un centro de referencia cultural y destino favorito de los poderes fácticos del norte.

Este contexto alumbró el mito del Pajus, un personaje que nadie ha visto y de quien tampoco ha trascendido el porqué de su nombre, pero que todo el mundo conoce. Solo de oídas, claro, pero lo suficiente como para haber escuchado su historia, convenientemente adaptada al gusto de cada cual, aunque en cualquier caso bastante truculenta. La tradición dice que justo en la madrugada del 28 de agosto, cuando están a punto de dar las doce y por lo tanto de cambiar el día, su fantasmagórica figura aparece colgada de uno de los árboles de la Universidad Pontificia.

El Pajus no es más que el espectro de un joven estudiante que a principios del siglo XX (curiosamente no se conoce el año, pero sí el día) decidió poner así fin a su vida y desde entonces arrastra una condena que le obliga a repetir el ritual coincidiendo con su aniversario. Ni siquiera se sabe qué arbol, supuestamente centenario, luce año tras año ese macabro adorno al final del verano, aunque de acuerdo con la tradición oral es el mismo del que se colgó el seminarista, ha sobrevivido al paso del tiempo y sigue mostrando ufano su figura en lo alto de la ladera.

Conocedores de la historia, una costumbre más o menos común entre los niños comillanos es subir ese día al ‘Seminariu‘, como se conoce popularmente el complejo, para ir al encuentro del espectro al final de la cuesta de ‘La Cardosa‘, aunque lo más habitual es que el miedo infantil les haga abandonar y que la aventura termine a la puerta de la Pontificia.

Como todo mito contemporáneo, tiene una base real y cierto propósito moralizante, aunque en este caso ha quedado bastante difuminado. Tanto como para que existan casi tantas versiones como comillanos, si bien con dos alternativas mayoritarias que para contribuir aún más a la confusión resultan absolutamente contradictorias.

La primera de ellas asegura que el espectro del Pajus es efectivamente el de aquel joven seminarista que nunca llegó a adaptarse a la vida sacerdotal. Según esta versión, su carácter díscolo chocaba frontalmente con su vocación, y víctima de un ambiente que consideraba poco menos que carcelario decidió escapar una noche de verano de la residencia de la residencia terminar con su vida ahorcándose del primer árbol que le pareció adecuado. Para redondear la narración, el suceso habría sido silenciado por las autoridades religiosas, lo que unido a la tradición de no informar sobre suicidios propició que nunca apareciera en los medios de comunicación.

Como es frecuente, la historia no está documentada y tiene además una contrapartida que casi la iguala en lo tétrico, aunque mucho más prosaica y pendenciera. Pasados los años, cuando se comenzaron a impartir cursos estivales de inglés, entre los jóvenes que se alojaban en el antiguo seminario comenzó a correr la versión de que el Pajus era en realidad un exhibicionista que rebozado en una gabardina acechaba a la espera de compartir su intimidad con los estudiantes. Esta revisión, mucho más moderna y heterodoxa, parece nacida más de la imaginación de los alumnos y de una rápida asociación con el nombre del espectro, al que nunca se ha asociado durante la centenaria leyenda con el culto a Onán. Tampoco cuenta con ningún testigo que merezca tal consideración. Solo amigos de amigos o alguien que tenía un conocido al que una vez le presentaron a alguien que lo vio. De hecho, parece más una adaptación de la leyenda del Hombre de los Caramelos, pero ahí ha quedado, como si tuviera algo de cierto. Como aquello del centro de referencia mundial del castellano, que quizá hiciera esbozar una sonrisa al Pajus.

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Sobre el autor Aser Falagán
Aser Falagán (Santander, 1978). Tengo un papel que dice que soy periodista. Me lo dieron en la UPV-EHU. Redactor de El Diario Montañés y editor del magazine cultural Dartes. En 2013 publiqué ‘Cien anécdotas del Racing’. Aquí les presento la Cara B del periodismo, dedicada a leyendas urbanas, mitos contemporáneos e historias de la Cantabria más oculta. Aquello que pudo ocurrir. Que incluso mereció ocurrir. Pero que nunca ocurrió.