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Categoría: Celebrities
Anthony Quinn era de Pámanes

Imaginen por un momento a Zorba el Griego bailando y canturreando su pegadiza canción en las faldas de las tetas de Liérganes mientras bebe una 942 o una Morenuca. Cualquier parecido con la realidad es, como aclaran en los facilones telefilmes de sobremesa, mera coincidencia, pero la referencia no es en absoluto gratuita.

Una vieja leyenda urbana, enterrada ya como su protagonista, sostenía que el actor Anthony Quinn no llegó desde México para hacer carrera en el cine estadounidense, sino que en el realidad habría nacido en Pámanes y emigrado después a América. O él o sus antecesores, que siempre hay una cara B de la cara B, pero en algún momento un ancestro del artista hasta ahora unánimemente considerado como hispanoamericano, o tal vez el propio ‘Actor antes conocido como mexicano’, habría emigrado desde esta localidad de Liérganes.

El apellido Quinn no suena demasiado cántabro, pero todo tiene solución en la vida: según la versión apócrifa, el verdadero nombre del polifacético artista sería otro. Nacido, según su biografía oficial, como Antonio Rodolfo Quinn Oaxaca, la tesis cántabra le rebautiza como Antonio Quintanilla, de los Quintanilla de Pámanes de toda la vida.

Para contribuir un poco más a la confusión, el nombre coincide con el de otro personaje histórico, este efectivamente nacido en la pequeña localidad trasmerana, que viajó a América con bastante éxito: Antonio de Quintanilla y Santiago. El problema es que las fechas se van un poco de las manos, porque el oficial, que llegó a ser gobernador de Chiloé (incorporado a Chile precisamente en su época) nació en 1787 y en 1827 ya había regresado como brigadier del cuartel de Santander. Y, claro, la trama se complica. Parece en consecuencia difícil que más allá de una oculta historia canallesca el ufano brigadier Quintanilla inaugurara una dinastía americana, y menos aún en México, con lo que la hipótesis de un Anthony Quinn oriundo, alternativa a la fabulación presuntamente primigenia, también se viene abajo en favor de la biografía oficial, que habla de un padre irlandés y madre mexicana de raíces aztecas.

Otra historia más elaborada habla incluso de un posible familiar: Evaristo Quintanilla, un vecino de Pámanes ya fallecido y al parecer con un gran parecido físico. Incluso un grupo de vecinos habría tratado de ponerse en contacto con el actor, que dolido por el abandono de su presunto padre cántabro habría rechazado recibirle.

Resulta toda una lástima que ninguna de estas historia no sea cierta. Con la afición que hay en la zona los Quinn de toda la vida, el dos veces ganador del Oscar bien podían haber quedado con Jack Sparrow para jugar a los bolos en Mazucerras en aquellos ratos en los que su alter ego, Johnny Depp, no estuviera cuidando su huerto de zanahorias.  “La competición se disputará bajo la modalidad de concurso. Primera mano. Tiro: 18 metros. Raya alta a la mano. Al tiro, Zorba el Griego”. Una pena que todo responda a la ficción, porque algunas historias, por muy inventadas que sean, merecerían ser reales.

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Cuando Trostki se fue a Somo

El mínimo poblado de pescadores que era el Somo de mediados del siglo XX debía tener algo magnético. O la gasolinera para submarinos más fetén de toda Europa. Todo el pueblo sabe de sobra que Adolf Hitler -sí: Adolf Hitler- pasó allí unos días cuando el Ejército Rojo le daba ya por muerto. Pero con mucho más celo se guarda otra historia; esta solo al alcance -hasta ahora- de unos STV muy concretos: la gente de Somo de Toda la Vida. Es otra leyenda urbana que sostiene que antes que el fuhrer ya había pasado por el pueblo otro mandamás histórico. Precisamente el impulsor de ese Ejército Rojo: Lev Trostki, que habría llegado a su costa en plena huida secreta (al parecer no debió serlo tanto en Somo) de la enfermiza persecución de Yosif Stalin.
Para darle más colorido e inverosimilitud a la historia (por si no tuviera bastante), el antiguo líder soviético, que llevaba ya para aquel momento varios años exiliado en diferentes países europeos víctima de una de las purgas stalinistas, habría hecho escala en Somo a finales de 1936, en plena Guerra Civil, con una Cantabria consolidada aún como zona republicana pero sometida a bloqueo naval. Cierto es que nunca fue muy efectivo, pero permite arropar más aún la historia imaginando la pericia de un ficticio capitán, de identidad y nacionalidad desconocidas, que lograra eludir el cerco nacional para llegr a ‘zona roja’.
Trostki se habría alojado en el Hostal Las Quebrantas, precisamente el mismo lugar que según la otra leyenda urbana dio cobijo a Hitler nueve años después. Allí habría permanecido el tiempo suficiente como para que los vecinos recordaran su presencia haciendo lo que quiera que hagan los líderes defenestrados del Ejército Rojo para entretenerse. Tal vez jugara a los bolos soviéticos. Solo se sabe que no cogió olas soviéticas porque en aquella época aún no había llegado a Cantabria la primera tabla, que otra leyenda urbana sitúa también en Somo.
La presencia, claro, de estos dos gerifaltes, que nunca coincidieron en el continuo espacio-temporal cántabro, debía necesariamente provocar confusiones y simbiosis entre ambos mitos urbanos. Según la fuente, fueron indistintamente el líder nazi o el impulsor del Ejército Rojo los que llegaron a Santander en submarino. Y de nuevo como en el caso de Hitler, la leyenda se viste de contexto histórico para contribuir a la confusión. En una Cantabria militarizada y acosada por las tropas nacionales, la visita del Ejército Rojo (en su versión cirílica) no hubiera estado mal vista por algunos sectores. Sin embargo, la intervención soviética más activa durante la Guerra Civil se produjo posteriormente. Trostki era ya para entonces un proscrito de la ortodoxia soviética tras caer en desgracia ante Stalin, de modo que cualquier ayuda de Moscú nunca hubiera pasado por su persona.
Los más atrevidos aventuran, incluso, que el revolucionario ruso podría haberse alojado en la misma habitación que en 1945 ocuparía Hitler en Las Quebrantas, quizá en un empeño por rizar el rizo. Sin embargo, hay otra versión de la difuminada leyenda le aloja en el centro del pueblo, si se puede echar mano de tal concepto en un núcleo que en aquella época no pasaba de un puñado de casas. En concreto, en el solar donde ahora se levanta un moderno edificio con un negocio de equipos de comunicaciones.
Da igual dónde se alojara. El caso es que la leyenda permanece latente, siempre a la sombra de la visita hitleriana, y se difumina después en un halo de misterio, como lo es el de su propia y fabulada llegada a la bahía de Santander, confundida siempre en esa espesa nebulosa que envuelve las historias conocidas ‘de buena tinta’.

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Clark Gable nació en Laredo

Esta vez no he buscado un título canalla. La sola enunciación ya resulta lo suficientemente llamativa. No parece que mientras rodaba ‘Lo que el viento se llevó’ estuviera muy preocupado por lo que sucedía en su presunto pueblo ni que en sus primeros años jugara en el Charles, pero según una leyenda escondida en la puebla vieja, Clark Gable habría nacido en Laredo. No el laredo tejano de los westerns más ideologizados, sino el cántabro, en aquella villa marinera que tiempo atrás había disputado la capitalidad de la provincia a Santander.

La leyenda ofrece solo unos pocos datos: William Clark Gable habría llegado al mundo el mismo 1 de febrero de 1901 que figura en su biografía oficial, pero no en Cádiz (Ohio), sino en Laredo. Y no como José Madrazo o Laro Martínez, sino con ese mismo nombre anglosajón que figura en su biografía oficial y con el que se convirtió en una estrella mundial; ese mismo que habría recibido en una también laredana pila bautismal en presencia de su padre, el gallego (sí, han leído bien) William H. Gable. La descacharrante hipótesis tiene la misma verosimilitud que aquella que asegura que Walt Disney nació en Almería, pero ha sobrevivido un buen puñado de décadas.

La historia es muy retorcida, tanto que no aguantaría el principio de la Navaja de Ockham, y comienza con el siglo en la villa pejina, donde habría vivido un gallego de extraño nombre destinado allí como guardacostas que tras tener un hijo y enviudar habría emigrado poco después a Cuba con otro laredano: Andrés Díaz del Solar. Muy pocos años después ambos habrían terminado en Cádiz (Ohio), desde donde el pejino regresó a su ciudad de origen para contar su historia a los allegados mientras que Gable el gallego -léase Gable con fonética castellana, como pronunciaban ‘clargable’ los aislados españolitos del franquismo- se había quedado en la ciudad estadounidense. Allí habría crecido su hijo Clark, entrocando la leyenda con su biografía oficial.

No existe constancia de la existencia de un gallego con ese nombre y apellido más que extraño para la cultura galaica. De hecho, la teoría de aquella banda parrandera de los noventa que defendía que “hay un gallego en la Luna que ha venido de Ferrol” parece mucho más plausible, pero aun así la historia de un Clark Gable laredano se ha consolidado durante los años gracias a un prudente y soterrado boca-oído. Así como los vecinos de Somo aseguran que aquello de que Hitler pasó allí una temporada “lo sabe todo el pueblo”, el origen pejino de Clark Gable solo lo conocen algunos (aunque no pocos) iniciados.

La historia continúa en los años veinte y treinta, con el actor ya en Hollywood. A la muerte de su padre, Gable, que para aquel momento ya había ganado un Oscar por ‘Sucedió una noche’, habría mantenido la relación epistolar con un Andrés Díaz a quien conocía desde su nacimiento y que ya había regresado en Laredo. Del Solar no era en absoluto un desconocido en la pequeña villa anterior al boom turístico, sino que durante unos cuantos años fue el presidente de la cofradía de pescadores mientras mantenía una supuesta correspondencia con el galán de las orejas imposibles que sin embargo no ha llegado a nuestros días, o si lo ha hecho ha quedado en la intimidad familiar.

Bastante más difícil de encajar en la Hipótesis Pejina es que en la España de principios del siglo XX un gallego respondiera el nombre de William H. Clarke. La teoría coloca además en una complicada relación con el continuo espacio-tiempo a Adeline Hershelman, documentada madre del actor que falleció prematuramente cuando un Clark Gable casi recién nacido contaba siete meses, pero al parecer en dos lugares diferentes. Estas son solo algunas de las contradicciones de una historia que incluso podría cotejarse los archivos, aunque nadie lo ha hecho. Porque, no nos engañemos, perdería todo su encanto.

Quizá todo sea verad. Quizá incluso Rhett Butler y Jack Sparrow quedaran a medio camino en Liérganes para jugar al mus. O quizá todo sea producto de una imaginación enfermiza. Como diría el propio Butler: “Francamente; me importa un carajo“.

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Cuando Hitler se fue a Somo

30 de abril de 1945. El Ejército Rojo de Zhukov avanza sobre Berlín. Los obuses soviéticos castigan los pocos edificios que han dejado en pie los bombardeos de la RAF, sin oposición en el aire desde que redujeron Dresde a cenizas en venganza por la masacre de Coventry. El ambiente se puede cortar en el Fuhrerbunker, excavado unos quince metros por debajo de la Cancillería. Tras almorzar y dar instrucciones a su asistente, Adolf Hitler se retira a su despacho junto a su compañera Eva Braun, a la que en un fugaz destello de humanidad ha convertido horas antes en su mujer. Ambos meriendan una cápsula de cianuro. El veneno fulmina a la breve esposa del fuhrer, que no necesita hacer uso del arma que le ha entregado su marido. El mismo Hitler elige también ese método para quitarse la vida. Pero tiene el tiempo y el buen gusto suficientes para volarse antes la cabeza de un disparo. Karl Donitz, nuevo presidente del Reich, será el encargado de organizar una semana después la capitulación alemana.

Hasta aquí la historia oficial, la que se estudia en las facultades. Pero la bahía de Santander conoce otra versión que la tradición oral ha mantenido viva durante casi siete décadas. Aquel 30 de abril, consciente de que el delirio nazi había llegado a su fin, Hitler ya no se encontraba en Berlín. Ni siquiera en Alemania. Había huido a su Austria natal, desde donde se las habría arreglado para embarcar en un submarino y atracar en Barcelona.

A la espera de que se organizara el viaje que tenía que llevarle con una identidad falsa desde Vigo a Argentina, el exfuhrer tenía que hacer escala y descansar en algún lugar discreto a medio camino. Y eligió Somo, donde se alojó junto a su mujer y un puñado de jerarcas nazis. Desde finales de los setenta el diminuto pueblo ha vivido un crecimiento exponencial en torno a su interminable playa, pero entonces era un solo pequeño núcleo rural con solo unas cuantas casas y unos pocos cientos de vecinos.

Durante unos días o unas semanas, según la fuente, Hitler y su séquito se habrían dedicado a descansar, esperar a que su viaje estuviera organizado y hacer lo que quiera que hagan los nazis para entretenerse sin llamar demasiado la atención. Tal vez jugaran al mus nazi. Solo se sabe que no cogieron olas nazis, porque en aquella época aún no había llegado a Cantabria la primera tabla, que otra leyenda urbana sitúa también en Somo. Su día a día se envuelve en una misteriosa bruma. Y es que a partir de ese punto de consenso en común, el que dice que Hitler no murió sino que se alojó en el pueblo tras la Segunda Guerra Mundial, las versiones se vuelven divergentes.

Algunos sitúan al fuhrer del III Reich en un hostal denominado Las Quebrantas. Otros sostienen que en realidad se hospedaba en un hotel u hostal situado camino de Loredo, en la misma carretera que a día de hoy une ambos pueblos. Pero las versiones más fidedignas le alojan en el Hostal Villa Matilde, que se alzaba junto al embarcadero hasta que aproximadamente con el cambio de siglo fue demolido para construir un edificio de viviendas.

Allí habría permanecido el fuhrer durante unas semanas para marcharse después con la misma discreción que había llegado y la complicidad del régimen franquista, presunto cómplice su huida, escondite y cambio de identidad. La historia, tan intrínseca a Somo como sus dunas, se siguió transmitiendo oralmente gasta que en 2010 el argentino Abel Basti publicó un libro que defendía la huida del fuhrer a Argentina con escala cántabra incluida. Cuando se pregunta al autor por sus fuentes, la respuesta es siempre la esperada: atribuciones reservadas y promesas de confidencialidad que impiden contrastar ningún dato, puesto que el texto no aporta pruebas documentales.

Pero dos cosas son ciertas: que la historia era vox populi en el Somo más clásico y que como toda leyenda urbana la historia encierra algo de realidad distorsionada, en este caso, hasta hacerla irreconocible. Porque lo que sí es cierto es que un puñado de espías y jerarcas nazis de bajo escalafón se refugiaron en Cantabria.

Kurt Bormann, espía de la Gestapo, utilizó su empresa santanderina de artes gráficas como vehículo y tapadera para proporcionar a los fugados alemanes nuevas identidades. Tal vez hubiera sido incluso el encargado de imprimir la documentación falsa de Hitler, que solo habría tenido que embarcar en la lancha de Los Diez Hermanos y dar un paseo por Santander para encontrarle. Perseguido por los aliados, tuvo que huir a Sudamérica, pero en los años cincuenta regresó a Santander, donde disfrutó de una vida plácida en su domicilio del número 30 de la calle Perines hasta su muerte en 1987.

Pero la historia que pudo inspirar la leyenda urbana de Hitler en Cantabria es la de Reinhard Spitzy, brevemente apodado como ‘El Pasiego‘, oficial de las Waffen-SS y secretario de Von Ribbentrop, que vivió en Santillana del Mar entre 1944, aún en plena Guerra Mundial, cuando cayó en desgracia en la Alemania nazi por ser sospechoso de haber participado en el atentado de la Guarida del Lobo. El cura del pueblo le acogió para que no le localizaran las autoridades alemanas y ya con la conflagración mundial terminada se mudó al Palacio de Iñigo López de Mendoza, también en Santillana. Tuvo tiempo incluso de fundar la carpintería y mueblería Talleres Montañeses en Cabezón de la Sal antes de huir en 1946 para evitar su detención tras ser localizado por los aliados.

También Diersen, propietario del mítico Vivarium, un chiringuito que hasta 1981 se levantó sobre los bajos del Rihn, simpatizaba con la causa nazi, aunque nadie le conoció nunca ninguna relación directa con el fuhrer. Al fin y al cabo, los chiringuitos de Somo eran la competencia. Pero tal vez todos ellos miraran con nostalgia al sur cuando paseaban por Puertochico, quizá pensando, que allí, a un solo golpe de vista, les esperara Hitler a la sombra de una duna.

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Al tiro, Jack Sparrow

“La competición se disputará bajo la modalidad de concurso. Primera mano. Tiro: 18 metros. Raya alta a la mano. Al tiro, Jack Sparrow”. Estas palabras nunca se pronunciaron. Al menos todas juntas, pero en ese universo difuso que se construye a golpe de imaginación pudieron llegar a articularse. A finales de la pasada década se propagó a orillas del Saja el rumor de que el alter ego que Johnny Depp convirtió en el pirata más iconoclasta de la historia vivía en Mazcuerras. O, si se prefiere, en la Luzmela que imaginó Concha Espina, por seguir con el paralelismo entre la realidad aristotélica y su trasunto recreado.

El imaginario colectivo convirtió durante un breve espacio de tiempo al actor en un vecino más de Mazcuerras, donde habría comprado una espaciosa pero discreta casa en la que huir de la frivolidad de Hollywood mientras la que en aquella época era su mujer, Vanessa Paradis, cultivaba zanahorias en un pequeño huerto protegido de las miradas furtivas por los árboles que rodeaban la finca.

Todo muy molón si no fuera porque nadie en Mazcuerras había visto ni a Depp ni a los Oompa Loompa de la fábrica de chocolate . Ni siquiera un tatuaje con una difuminada dedicatora a Winona Ryder. Para fortuna de todos los peluqueros de la zona, aquello fue solo una leyenda urbana que pese a su espectacularmente breve vida responde perfectamente al género. Si acaso, por ponerle algún pero, quizá sería más correcto considerarla leyenda rural por aquello de ambientarse en un núcleo que apenas alcanza los dos millares de habitantes si se suman todos sus barrios.

O tal vez todo ocurriera en realidad y el pueblo en pleno haya firmado un pacto de silencio para no delatar a su ilustre paisano. Puede que durante los concursos se acerque al locutor con su particular contoneo, le mire con ojos exorbitados, arquee el cuello y le corrija mientras quiebra la muñeca : “¡Capitán!… Jack Sparrow”.

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Sobre el autor Aser Falagán
Aser Falagán (Santander, 1978). Tengo un papel que dice que soy periodista. Me lo dieron en la UPV-EHU. Redactor de El Diario Montañés y editor del magazine cultural Dartes. En 2013 publiqué ‘Cien anécdotas del Racing’. Aquí les presento la Cara B del periodismo, dedicada a leyendas urbanas, mitos contemporáneos e historias de la Cantabria más oculta. Aquello que pudo ocurrir. Que incluso mereció ocurrir. Pero que nunca ocurrió.