{"id":794,"date":"2019-04-19T01:29:29","date_gmt":"2019-04-18T23:29:29","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.eldiariomontanes.es\/llamazaresensutinta\/?p=794"},"modified":"2019-04-23T10:29:25","modified_gmt":"2019-04-23T08:29:25","slug":"la-cadena-trofica-del-libro","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.eldiariomontanes.es\/llamazaresensutinta\/2019\/04\/19\/la-cadena-trofica-del-libro\/","title":{"rendered":"La cadena tr\u00f3fica del libro"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" class=\"alignright size-medium wp-image-801\" src=\"https:\/\/static-blogs.eldiariomontanes.es\/wp-content\/uploads\/sites\/23\/2019\/04\/56887242_288786735390016_8716596808425753453_n-300x300.jpg\" alt=\"56887242_288786735390016_8716596808425753453_n\" width=\"300\" height=\"300\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.eldiariomontanes.es\/wp-content\/uploads\/sites\/23\/2019\/04\/56887242_288786735390016_8716596808425753453_n-300x300.jpg 300w, https:\/\/static-blogs.eldiariomontanes.es\/wp-content\/uploads\/sites\/23\/2019\/04\/56887242_288786735390016_8716596808425753453_n-150x150.jpg 150w, https:\/\/static-blogs.eldiariomontanes.es\/wp-content\/uploads\/sites\/23\/2019\/04\/56887242_288786735390016_8716596808425753453_n-768x768.jpg 768w, https:\/\/static-blogs.eldiariomontanes.es\/wp-content\/uploads\/sites\/23\/2019\/04\/56887242_288786735390016_8716596808425753453_n-1024x1024.jpg 1024w, https:\/\/static-blogs.eldiariomontanes.es\/wp-content\/uploads\/sites\/23\/2019\/04\/56887242_288786735390016_8716596808425753453_n.jpg 1080w\" sizes=\"(max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/>\u00abEn el mundo del libro, al final el \u00fanico que gana algo es el impresor\u00bb, aseguraban mis compa\u00f1eros de la revista universitaria <em>Campus<\/em>, hace ya tres d\u00e9cadas. Y, aunque sonaba a chascarrillo, era una triste realidad: los escritores, habitualmente, se contentaban con verse publicados, as\u00ed como los ilustradores. El editor, si iba con el dinero por delante, sol\u00eda palmar porque por cada libro que se vende hay una docena que acaba en el limbo; los libreros son los propietarios de ese limbo, pero vendan o no, tienen que afrontar unos gastos fijos, porque hasta los limbos cuestan un dineral en luz, impuestos y calefacci\u00f3n. Los distribuidores se llevaban un pellizco por libro vendido, pero estaban en las mismas: se vend\u00eda poco. \u00bfD\u00f3nde estaba el problema? B\u00e1sicamente, en las tiradas. No se trataba de que no hubiera un p\u00fablico para cada libro, sino de que con el sistema offset hab\u00eda que tirar miles de ejemplares, para t\u00edtulos que s\u00f3lo tendr\u00eda unos centenares de lectores. De modo que, al final, esos ejemplares sobrantes dorm\u00edan el sue\u00f1o de los justos en los garajes de los editores. El \u00fanico eslab\u00f3n de la cadena que acababa m\u00e1s o menos satisfecho era el impresor. Y eso, porque es un negocio en el que se tiende a no fiar, e incluso muchos aprendieron a ponerse en su sitio: o se pagan, o no sale un libro del taller.<\/p>\n<p>En este ecosistema editorial que podr\u00edamos llamar \u2018voluntarioso\u2019, fuera del para\u00edso de las multinacionales, en los \u00faltimos a\u00f1os cada gremio del sector del libro ha ido adapt\u00e1ndose al medio como buenamente ha podido.<\/p>\n<p>Para tristeza de los impresores, que ya no tienen tanto volumen de negocio como antes, los editores fueron los m\u00e1s beneficiados por la tecnolog\u00eda digital; poder imprimir cuatrocientos ejemplares o menos de un libro significa que, aunque no haya demasiados beneficios, al menos no habr\u00e1 p\u00e9rdidas catastr\u00f3ficas. Pero sufren el acecho de otro sector, los distribuidores, que han impuesto un sistema de rotaci\u00f3n de novedades que le obliga a disponer de una novedad al mes, m\u00e1s o menos. \u00bfPor qu\u00e9? Por un lado, porque los libros \u2018caducan\u2019 cada vez m\u00e1s r\u00e1pido: lo que no se vende en un par de semanas, ya es material anticuado. Por otro, porque los libreros ya no compran en firme, sino en dep\u00f3sito, y devuelven cada mes los ejemplares no vendidos. En lugar de descontar la devoluci\u00f3n, se les cambia por una novedad. Una ingenier\u00eda contable espectacular e imaginativa, a la que s\u00f3lo le falta para ser perfecta que realmente existiera un p\u00fablico lector capaz de consumir libros al ritmo que los producen lo m\u00e1s de tres mil editores registrados en Espa\u00f1a. Si esto fuera una pel\u00edcula de Capra, dir\u00edamos que, cada vez que suena una campanilla, ha cerrado una librer\u00eda. Pero, \u00bfy los escritores? Pues imaginen: antes, por lo menos, no ganaban nada con sus libros; ahora, acaban coste\u00e1ndolos. Son el escal\u00f3n m\u00e1s bajo de esta cadena tr\u00f3fica.<\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u00abEn el mundo del libro, al final el \u00fanico que gana algo es el impresor\u00bb, aseguraban mis compa\u00f1eros de la revista universitaria Campus, hace ya tres d\u00e9cadas. Y, aunque sonaba a chascarrillo, era una triste realidad: los escritores, habitualmente, se contentaban con verse publicados, as\u00ed como los ilustradores. 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