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Saah Exco
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Francisco Apaolaza | 13-10-2014 | 10:00| 0
Se llamaba Saah Exco y tenía 10 años. En agosto apareció enfermo en una playa de Monrovia, desnudo, abandonado después de salir o escapar de un moridero de ébola en el que dejaron de abrazarle una madre y un hermano. La muchedumbre lo sentó sin ponerle una mano encima en un cubo verde vuelto en mitad de la calle con las manos entre los muslos y le echaron a los pies cuatro ropajes que se puso él mismo con la mirada arrasada de asombro. No sé si llegó a comprender algo. Espero que no. Supimos de él porque David Gilkey le hizo unas fotos. Después, se resguardó en un rincón y allí sobre la arena y una caja de cartón plegada, se echó a morir. En dos meses, nadie ha osado tocarle por miedo al virus del ébola. En un centro al que lo acercó algún héroe, Saah se fue más o menos a la misma hora en que sedaban al perro Excalibur en un piso de Alcorcón y un centenar de personas se pegaba con la Policía para que no entraran los veterinarios a la casa de la enfermera. Las velas que portaban eran para el perro, no para el niño, ni siquiera para su dueña. Todavía, a ratos, es como si lo escuchara llorar y me da asco esta silla, este teclado, esta casa, este carro de la compra, estas manos y esta escala de valores enferma sobre la que danzamos a la espera de que termine tan absurda función. Detesto estos amores animales que maquillan el desprecio al ser humano, esta política, este zoom, este boom y este crash. Mi propia supervivencia me enloquece y me empuja a salir a la calle a arrancar los sombreros a los viandantes y a apedrear neones y farolas. Hoy reniego de toda la luz y maldigo la alegría. Los amaneceres, y las fiestas y los besos de los adolescentes, la delicadeza con las que se posan las gotas de rocío sobre la hierba, la perspectiva de los mapas, el sonido del agua y cualquier rastro de primavera, todo eso, digo, debería estar supeditados al gemido de Saah y a sus semejantes que mueren en los rincones, pequeños fantasmas asustados que gritan sin sonido el aullido infantil de nuestra vergüenza.
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Pies
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Francisco Apaolaza | 14-09-2014 | 16:44| 0
Surtido de pies en el Metro de Madrid. Pies sobre los que camina la crisis. Zapatos derruidos en imitaciones de cuero gastados hace tanto. Pies de no tener para vestirse por los pies. Los pies del sueño, los pies de la incertidumbre, siempre escoltados por una mano que sujeta una carpeta con méritos excesivos y ausencia de futuro. También hay pies de kilometraje, de uniforme de camarero, de chancleta y uña negra de polvo asfáltico. Pies de vivir en El Cairo. Presiento el pie arqueado del veinteañero que traquetea los ritmos de su música, el pie estático del ejecutivo, y el pie volcado del viajero vencido por el cansancio. Veo pies apresados, pies maltratados, pies expresionistas de juanete y tirita embutidos en sandalias imposibles que al final no dieron de sí. Pies diligentes, pies vagos, pies planos y pies hinchados de asistentas y dependientes. Pies de babucha antisistema y pies con zapato de rejilla brillante de abuelo y tacón de señora impecable camino de los toros. Pies adolescentes relucen por la noche cuando cacarea la hormona. Estos son pies arreglados y apestan a perfume, a mirada, a cacería, a cercanía de beso húmedo y caliente, a revolcón de pie y ropa interior en el suelo. De amanecida, tiznados aún por la grasa negra del suelo de la noche conviven con pies de carrera, zapatilla de pronador y baño de réflex. En verano hasta se pueden ver pies de cangrejera gaditana, fuera de todo contexto aquí, tan lejos del mar. Hay pies negros y descomunales, que otros pies evitan pisar, y pies diminutos, orientales y duros, embarcados en minúsculas bailarinas de tercera. Pies de marquesa, de jugadora de pádel y pies de toda alcurnia, excepto pies de prostituta, pues en Madrid las putas se mueven en taxi. Obvio torsos y caras. No consigo adivinar el impulso que mueve esos pies, si pertenecen a un santo o un asesino y si el camino que les queda es largo o corto. Si hay algo en ellos que les haga ser pies vascos, catalanes, judíos, pies de Cristo o de Alá. Si aún de vez en cuando cambian el paso en pequeños brincos entusiasmados o ya solo arrastran su esperanza en el vacío.
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Un váter a orillas del Mara
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Francisco Apaolaza | 08-09-2014 | 15:30| 0
En la orilla norte del río Mara, en Kenia, se erige una tienda de campaña abierta a un río poderoso hecho de sangre vieja que recorre aquella tierra como una herida que prende. Al frente, flotan entre dos aguas un par de hipopótamos como submarinos rosados que imagino rellenos de tres toneladas de jamón cocido. Suenan las llamadas de pequeñas aves que sorprenden con voces graves y huecas de pajarón y desde el río arriba llega el siseo de los rápidos junto a los que Brutus, un enorme saurio de cuatro metros, espera que pase flotando su ración de cadáveres con la frialdad metódica un ejecutivo en un sushi bar. Corre una brisa ligerísima y pese a que la habitación no tiene paredes más que de tela, todo lo que sucede allí dentro, ya sea chapuzón de bala de cañón lanzada al agua o chorrito abundoso y percutiente, toda esa melodía incómoda queda discretamente tapada por fondo acústico del torrente. Huele a hierba cortada, seca y vuelta a mojar, a suelo fermentado, a mantequilla de la buena, a fuego y a estiércol diluido. Huele a pelo y a césped, que es como huele el Mara. Está limpio como una patena y siempre hay papel. A la izquierda, una bacinilla, una jarra con agua y un espejo colgado del ramaje de un crotón de hoja naranja como simpático y lujoso atrezzo. Es el trono perfecto para que allí planten las duquesas, los mendigos, las modelos, los ancianos y los emperadores. Resulta también ideal para reflexionar y trazar ocurrentes mapas mentales sobre los viajes de la materia en el interior de los humanos, los paraísos perdidos de Rilke o la pirámide de Maslow, a la que el propio inodoro pone en solfa como un rebelde blanco y reluciente, pues es mezcla ocurrentísima entre lujo y llaneza. Detrás de la curiosa cabaña hay una lanza masai que basta clavar en la tierra para que otros humanos no rompan tan pastoril escena, pero el aviso no tiene ningún efecto sobre la fauna local que, como imaginan, es rica, diversa e indiscreta. Por poner un ejemplo, ronda el servicio un macho joven de elefante, un pibe adolescente hecho de músculo y hormona que podría parecer travieso aunque en realidad no haga otra cosa que agilizar el tránsito digestivo del usuario del servicio gracias al batir de sus orejas, a sus cargas simuladas y a algún trompetazo a bocajarro. Es sin duda uno de los mejores váteres del mundo.
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La moralita multiusos
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Francisco Apaolaza | 05-09-2014 | 10:36| 0
La curiosidad es una mano resbaladiza que nos llevó a descubrir América, la ley de la gravedad o lo rico que saben los percebes, unos bichos que son a priori la definición de la repelencia. Ahora ese deseo de navegar por lo desconocido que llevó a los balleneros a Nantucket y a los fenicios hasta Cádiz tiene para el humano tareas más mundanas. Mirar por el ojo de la cerradura de cerebros ajenos en eso que se llaman redes sociales. Y visto esto, estaban muy guapos callados. Si se da una vuelta por las redes le toca lidiar con un número infinitos de esas gentes que según decía mi padre -era dandi hasta en el insulto-, lo tenían todo para llegar a ministro, porque eran «tontos y 'pesaos'». A estos nadie les hizo caso hasta encontraron las redes, donde como se dice en Cádiz, siempre hay una mierda para un tiesto, así que tipos realmente obtusos encuentran su pequeña o gran clá que aplaude, por ejemplo, sus chistes sobre el 'curita', un tipo que en ese momento se está muriendo de ébola por no dejar a sus enfermos colgados en el culo de un mundo del que esa gentona tuitera no sabe ni dónde está, ni a qué huele, pero del que tienen que decir algo, a poder ser en hora punta. La vida les cogió en jueves colgando 'selfies', diciendo lo que está mal y lo que está bien, pensando bromillas forzadas de 'trending topic' que dichas a la cara se llevarían una 'guantá', construyendo su murito de ego hecho de adobe que elevan a base de tirar el de los demás. Twitter es para ellos lo que la madrugada para un adolescente que se ha pasado con el licor de melocotón: siempre termina metiendo la pata. Y son omniopinantes, pues les sirve para decir bobadas el ébola, los bombardeos en Gaza, o el yijadismo en Siria lo mismo que el culo de Elsa Pataki. Tampoco dudan. Nunca se plantean si no se estarán tomando a la ligera la extrema complejidad del mundo porque siempre lo tienen claro. Toda selva es poca para ellos y su moralita multiuso.   Publicado el 23 de agosto de 2014.
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Madre pato
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Francisco Apaolaza | 14-08-2014 | 11:41| 0
Sua sigue su instinto y salta al agua tras el bando de pájaros. Son una pata y sus cinco patitos. Cuando la perra salta y cae al agua, ellos salen disparados chapoteando, volando sin despegar, rápidos, torpes y asustados. Las crías, en un arco de miedo con cinco estelas y después, la madre en retaguardia. Dada su edad, el primer lance de huida les dura muy poco, un par de metros como mucho, lo justo para salvar el primer impulso de la perra. Cuando empieza a nadar tras ellos, la madre se vuelve como un Victorino y se enfrenta al perro batiendo las alas, elevando el cuello y el pecho y graznando como un dragón a escala. Un ánade de 800 gramos contra un labrador de 28 kilos que nada como un cocodrilo... Es un suicidio, una batalla absurda. De no haber silbado yo, Sua la hubiera cobrado con esa boca tan delicada que pudiera llevar en las fauces una pieza de caza o un par de zapatos de Manolo Blahnik. La hubiera traído hasta mí, probablemente viva, pero ha parado en seco a mi orden, como siempre. Qué buena perra, Sua. Me ha llamado la atención la actitud de esa madre que sale a proteger a sus crías aunque eso le pueda costar la vida a ella y, por tanto, a toda su prole de patos chicos y parejos. Ella se estaba dejando matar, probablemente con la intención de intentar la maniobra desesperada de zafarse del animal en el último momento y dar así tiempo de que sus pequeños huyeran. Ha sido una apuesta terrible porque ha puesto en riesgo su vida en lugar de sacrificar una cría a favor de las demás, la reacción más racional. Sin ella, hubieran fallecido tarde o temprano víctimas de otras hambres, de otros perros. De alguna manera pensó 'O vivimos todos o morimos todos'. Y en ese momento, dos ambulancias cruzaban Madrid a 18 kilómetros preñadas con una bomba de muerte. ¿Hizo España bien al traer al misionero Pajares pese a los riesgos de una epidemia en el corazón del país? ¿Fue la pata una heroína o una estúpida? ¿Quién tiene la respuesta? Yo, desde luego, no.
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La guitarra en el culo
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Francisco Apaolaza | 28-07-2014 | 10:38| 0
Anda por ahí un chaval depilado como un travesti holandés que canta en una ‘boyband’. Es uno de esos tiernos que las pone tiernas. El grupo se llama Dvicio y suena a todas horas una canción que se llama ‘Paraíso’ en la que un tal Andrés le explica a un padre que le está robando a su hija y le dice que da igual lo que piense, porque que ella ya está camino «del paraíso». Mira, Andresito, me he imaginado que esa hija de la que hablas es la mía y te voy a dar la razón en una sola cosa. Cuando dices que te falta el aire cuando no la besas. Te podría echar un cable con la imagen literaria, pero vale, a mí también me falta. Pero el paraíso no eres tú, imbécil. Lo es ella. En realidad, te crees rompedor, pero me dan absolutamente igual la altura de tus pantalones, que te asome la hucha, que lleves más escote que mi mujer o que te dediques a la música. Yo mismo pasé ocho años de mi vida sin hacer otra cosa que cantarle a la luna y pasaría otros 16 en ese trance. Pero como vengas a decirme que te vas a llevar a mi hija y que yo voy a tener que tragar y encima lo digas con esa cara de bobo…
 Sé que me ves como a un pureta, y supongo que te machacas la tableta de abdominales en el gimnasio mientras escuchas Lady Gaga. Yo no, pero te aseguro que todavía me hago cien flexiones y pese a que estoy más cascao que un buey viejo, todavía te puedo agarrar de los pelos y chocarte contra los muebles del salón.
Y aunque creas que la tienes loca, es muy probable que mi hija termine haciendo su vida con algún tío majo y educado como ella, aunque enseñe los gayumbos por detrás de los pantalones, que eso es lo de menos. Cuando sea mayor, se reirá de vuestras fotos, créeme. De verdad te recomiendo que cambies la estrategia de apechugar a los padres de las chorbas que te ligas porque te crees un tipo con suerte, pero alguno terminará metiéndote la guitarra en el culo.
  Publicado el 25/04/2014  
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Los duendes de la Matute
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Francisco Apaolaza | 04-07-2014 | 07:16| 0
"No tengo nada que decir. Solo soy una vieja arrugada que ya no vale para nada», le dijo cuatro o cinco veces a este reportero cuando todavía estaba echando los dientes periodísticos y la perseguía para una entrevista. Los terrenos de Ana María Matute no eran los de la fama, si no los del vodka con naranja, los amigos y la charleta sencilla y ahí ella embistió a la muleta. Érase una vez un periodista que grababa las entrevistas y para cuando la cinta dio su vuelta, quedaban dos horas de conversación y quién sabe las rondas del camarero en una terracita de la sierra de Madrid. Resultó el escenario perfecto del alegato a lo invisible, de un alarido de todo lo que no se ve, de las terceras partes que no se cuentan, de las magias contra los que lo tienen todo claro, conjuradas en los hielos a los que no les dan tiempo a derretirse en el vaso. Nos llevábamos más de medio siglo. Yo estaba perdido en la grandeza disimulada de su discurso y ella me subió en su regazo cálido hecho de no cosas que no habían ocurrido solo en apariencia. En esos parajes resultaba del todo lógico que los niños comunicaran apretando en códigos secretos con sus manitas los dedos de sus madres, que los muertos arrojaran libros desde las estanterías para saludar a sus viudas cuando se van a dormir, que en las rodajas de fruta de los combinados consiguiéramos superpoderes y que en los finales de los cuentos, cuando los niños ya han apagado la luz, las suegras devoraran a las princesas. La anochecida le llegó partiendo realidades como los karatekas parten las maderas y abriendo las puertas de la imaginación como si fuera un inspector de Policía de la Ley Corcuera. Entonces, le dijo algo al oído del reportero, la pregunta de la entrevista que hizo ella: «¿Ya los ves?». «El qué». «Los duendes», respondió. Si no hubiera sido un bobo, le habría mandado unas flores con una nota y no tendría que esperar a esta columna que llega tarde para decirle que sí, que ya los veo, que quien no inventa no vive. Publicado el 28 de junio de 2014.
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Protestan por todo
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Francisco Apaolaza | 04-07-2014 | 07:14| 0
Mientras en los demás países los clubes nadan en la deuda y muchos estadios se mueren del asco, en Brasil han optado por organizar el campeonato de la corrupción: plantean un mundial en un país con 26 millones de pobres, lo presupuestan por 13.500 millones de dólares y termina costando 25.800. Eso es la fiesta del fútbol y a alguien se le ha ido de las manos. En Sudáfrica, que tampoco estaba para muchos 'trotes', los estadios costaron mil millones de dólares, pero en Brasil, más de 3.000, lo que supone un sobrecoste descomunal, uno casi a la española, perdido posiblemente en corruptelas, mordidas egipcias que son las de por delante y por detrás y mangazos camilleros, es decir, los que se dan a dos manos. Las reglas de la FIFA pedían ocho estadios, pero el Gobierno de Brasil (que es un país admirable en muchos otros sentidos) quiso hacer 12. Que no falte. Cuatro de ellos están en ciudades con equipos de categorías inferiores. Cádiz sabe bastante de este asunto. A 4.500 kilómetros de Río, el Arena da Amazonia de Manaos sustituye a un estadio en el que jugaba un equipo de tercera con 500 espectadores cada 15 días. Ahora les sobrarán 43.500. El estadio, diseñado por una empresa alemana, ha costado 270 millones de euros y la mayor parte la ha puesto el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social para que se jugaran cuatro partidos. Solo un juez le ha dado un uso lógico para el futuro: una cárcel. ¿Y el trabajo que ha dado? Regular. En la presentación del mundial se manifestaron 500 trabajadores locales, impagados y en condiciones deplorables según ellos. El alcalde de Manaos dijo que la protesta formaba parte de «la belleza del mundial». La próxima copa del mundo será en Catar, una mina de pasta con temperaturas de hasta 50 grados cuya candidatura se ha pagado con sobornos según el enviado deportivo en Emiratos Árabes que es -quietos todos-, Diego Armando Maradona. Según informes avalados por Amnistía Internacional, allí los obreros nepalís caen como moscas por ataques al corazón en «trabajos forzados». Según una investigación de 'The Guardian' podrían morir 4.000 obreros en las faraónicas obras de la fiesta del fútbol. Pero el problema es que la gente «protesta por todo». Publicado el 14 de junio de 2014.
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La gloire et l’honneur
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Francisco Apaolaza | 04-07-2014 | 07:12| 0

Asomada a sus 90 años, sentada en su eterna y caliente mesa camilla que alumbraba desde dentro un brasero de luz roja, mi abuela Elena Banastier me dijo esto: “Chapuli, el verdadero lujo es no conocer la guerra ni el hambre”. Ella supo de las dos. En carnes ajenas vivió la necesidad que siempre sintió como suya por “todos los que no tienen nada” a los que nos enseñó a recordar como memento mori y en las propias pasó tres conflictos. De todos, la Gran Guerra fue la que más le marcó.

Ella, que había nacido en Huelva hija de franceses, que gastó las páginas de Platero por las esquinas de la nostalgia en las noches frías de San Sebastián, emprendió en sus últimos años un viaje a una infancia reverdecida entre las jaras de las minas de San Platón, ese jardín feliz y caluroso en el que, si cerraba los ojos, aún era una princesa que devoraba higos dulcísimos y ardientes. En una de esas visitas de la memoria me contó cómo con cinco años y con “la cabeza perdida por el miedo” creyó ver los tanques de los alemanes entrando por la sierra. La guerra le quitó a Hubert, su padre, y también a su tío. Solo devolvió al primero. El joven teniente Aristide Banastier pagó la factura de nuestra familia y el 28 de noviembre de 1918 cayó en los campos belgas de Zillebeke, cerca de Yprés en una contraofensiva alemana.

Su fugaz historia siempre flotó en las neblinas familiares. Para mí, él fue todos los demás muertos, los que un día tuvieron que dejar una casa y una familia y correr hacia el fuego enemigo. Cuando tuve la tentación de escupir sobre los ejércitos, siempre le recordé. Hoy le presiento junto a los 200.000 que cayeron en el desembarco de Normandía y que hieren mi corazón con languidez monótona, ‘Blessent mon coeur d’une langueur monotone’, como rezan los versos de Paul Verlaine que dieron comienzo a la batalla por la BBC. Esas almas “igual que hojas muertas” murmuran hoy desde detrás de las fotos en blanco y negro, de las ametralladoras y de su maldita suerte, ajenas ya a lo poco que les agradecemos el mundo en el que vivimos, a lo rápido que cambiamos ‘la gloire et l’honneur’ por esta montaña de gadgets.
Publicado el 4 de junio


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La gloire et l'honneur
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Francisco Apaolaza | 04-07-2014 | 07:12| 0

Asomada a sus 90 años, sentada en su eterna y caliente mesa camilla que alumbraba desde dentro un brasero de luz roja, mi abuela Elena Banastier me dijo esto: “Chapuli, el verdadero lujo es no conocer la guerra ni el hambre”. Ella supo de las dos. En carnes ajenas vivió la necesidad que siempre sintió como suya por “todos los que no tienen nada” a los que nos enseñó a recordar como memento mori y en las propias pasó tres conflictos. De todos, la Gran Guerra fue la que más le marcó.

Ella, que había nacido en Huelva hija de franceses, que gastó las páginas de Platero por las esquinas de la nostalgia en las noches frías de San Sebastián, emprendió en sus últimos años un viaje a una infancia reverdecida entre las jaras de las minas de San Platón, ese jardín feliz y caluroso en el que, si cerraba los ojos, aún era una princesa que devoraba higos dulcísimos y ardientes. En una de esas visitas de la memoria me contó cómo con cinco años y con “la cabeza perdida por el miedo” creyó ver los tanques de los alemanes entrando por la sierra. La guerra le quitó a Hubert, su padre, y también a su tío. Solo devolvió al primero. El joven teniente Aristide Banastier pagó la factura de nuestra familia y el 28 de noviembre de 1918 cayó en los campos belgas de Zillebeke, cerca de Yprés en una contraofensiva alemana.

Su fugaz historia siempre flotó en las neblinas familiares. Para mí, él fue todos los demás muertos, los que un día tuvieron que dejar una casa y una familia y correr hacia el fuego enemigo. Cuando tuve la tentación de escupir sobre los ejércitos, siempre le recordé. Hoy le presiento junto a los 200.000 que cayeron en el desembarco de Normandía y que hieren mi corazón con languidez monótona, ‘Blessent mon coeur d’une langueur monotone’, como rezan los versos de Paul Verlaine que dieron comienzo a la batalla por la BBC. Esas almas “igual que hojas muertas” murmuran hoy desde detrás de las fotos en blanco y negro, de las ametralladoras y de su maldita suerte, ajenas ya a lo poco que les agradecemos el mundo en el que vivimos, a lo rápido que cambiamos ‘la gloire et l’honneur’ por esta montaña de gadgets.
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Sobre el autor Francisco Apaolaza
Nací en 1977 en San Sebastián. También me llaman Chapu. Soy observador profesional por cuenta ajena en las páginas de los periódicos de Vocento. Como García Márquez, ascendí con esfuerzo por las diferentes áreas de un periódico hasta llegar a lo que soy: reportero raso. Antes, jefe de Área de Cultura y Sociedad en ‘La Voz de Cádiz’, hoy parte del equipo de la sección V de reportajes. Aquí, columnista. @chapuapaolaza

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