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Guillermo Balbona

Fuera de campo

Alicia vive aquí

La habitación

Irlanda. 2015. 118 m. (12). Drama.

Director: Lenny Abrahamson.

Intérpretes: Brie Larson, Jacob Tremblay, Joan Allen, William H. Macy, Megan Park, Amanda Brugel.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

 

El universo de ‘La habitación’ está en ese refugio primario y maternal al que regresamos siempre. Su respiración es ese cuento que transcurre a este y al otro lado del espejo como en ‘Alicia’.  Y el resplandor lo pone la mirada del pequeño Jacob Tremblay. En este planetario íntimo el útero reside en la protección que una madre construye cada minuto para proteger a su criatura. El líquido amniótico es ese magma de amor en el que se mueven dos personajes entre la complicidad y un código de barras propio hecho de pequeñas cosas compartidas. Y, finalmente, el milagro aflora en esa comunicación, con palabras, gestos y deseos, que madre e hijo, Brie Larson y Tremblay, levantan con querencia fundacional y extraña naturalidad. Que nadie espere una historia explícita y sensacionalista a la que nos han acostumbrado algunos medios. ‘La habitación’ es un cuento donde la sordidez y el horror se intuyen, se instalan en las rendijas y detrás de las puertas, mientras la vida se asoma a través de una claraboya y lo iniciático se aprende nombrando las cosas por primera vez. En el filme de Lenny Abrahamson la ternura es un terreno acotado que persigue su propio ecosistema a salvo de la amenaza y de las sombras. Y el horror busca su intrahistoria desde los márgenes de ese territorio enigmático que es la vida imaginada por la infancia. Aquí el síndrome de Estocolmo se sitúa en ese extraño equilibrio entre la seguridad familiar del cobijo cotidiano y la fragilidad de la libertad.  El cineasta irlandés a partir de la novela de la autora afincada en Canadá, Emma Donoghue, logra en ocasiones transmitir un extraño equilibrio entre la ficción que construye la protección y su microcosmos y ese exterior duro, que desazona y no se comprende. ‘La habitación’, en este sentido, es fábula y magia pero también crónica del mal. Cabe en este espacio una coreografía poética, que no blanda, en continua expansión. Y bajo ese manto lúdico y soñador, discurre la desolación que revela todo su estremecimiento. Hay connotaciones que remiten a ‘La vida es bella’, de Benigni, pero contra la alegría de vivir del cineasta italiano, aquí se impone una burbuja etérea de juegos de amor frente al visible /invisible terror encarnado en el personaje del viejo Nick. El filme se desdobla también en su estructura: una primera parte interior y otra exterior y ambas se intercambian claridad y oscuridad. Sutil, elude lo obvio y se desliza entre los meandros invisibles donde asombro y miedo se abrazan y repelen. Cuatro metros cuadrados donde se alza el mundo desde el espanto. En realidad todo el cuento, con su paisaje primero infantil y protector y el adulto y psicológico posterior, es una metáfora sobre el desvalimiento y la fragilidad de eso que llamamos vida.

Guillermo Balbona comenta la actualidad cinematográfica y los estrenos de la semana

Sobre el autor

Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.


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