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Guillermo Balbona

Fuera de campo

El renacido (The revenant)

Elogio de la supervivencia

EE UU. 2015. 156 m. (16). Aventuras. Director: Alejandro González Iñárritu. Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Domhnall Gleeson, Will Poulter. Salas: Cinesa y Peñacastillo.

Somete al espectador a un largo, prodigioso a veces, y extenuante siempre ritual de supervivencia. Alejandro González Iñárritu devuelve el cine a ese no lugar físico a través de una historia implacable de expiación, redención, venganza y violencia. En ‘El renacido’ hay escenas que duelen. En su relato, un trayecto de venganza, se mira a la muerte de frente y se dialoga con la vida hasta lo esencial. No es tremendismo, sino una inmersión en lo primario y salvaje. Y eso en tiempos de impostura, de imágenes impostadas, de fake y pantallazos que nacen caducados, es un canto de autenticidad.

El cineasta mexicano al que rinde culto Hollywood, en ocasiones desde el asombro, en otras desde la crueldad, posee la capacidad para narrar las cosas con sentido inaugural, como si fuese la primera vez de todo. Salvo algunos baches donde chirría su descenso místico, a lo Terrence Malick, ‘El renacido’ es una dura y poderosa odisea de hombre y naturaleza. El cineasta de ‘Babel’ devuelve el cine al territorio de la experiencia física. Su nuevo filme es un retrato doloroso y primitivo, existencial e inevitablemente violento. Cine experiencia a través de una aventura que abruma por su paisaje fundacional y su inmersión en la naturaleza más pura y, al tiempo, por su implicación simbólica, en una especie de parábola metafórica manufacturada en la obsesión, crecida en el viaje interior y alentada por un decidido descenso a los infiernos de la venganza y la violencia.

‘El renacido’ propone su primera hoja de ruta sensorial en los contrastes. En su frialdad arde un fuego interno que se ve muchas veces pero no se toca. Por contra, contiene vehementes rasgos de irracionalidad que empapan de aire caliente el viaje físico y emocional del protagonista. Un camino que el cineasta de ‘Birdman’ convierte en igual de exigente para el espectador. La textura naturalista de Iñárritu nunca es documental. Logra que el verismo, la visión National Geographic 2.0 apenas esté reñida con su intensidad ficcional, su desgarradura narrativa.

Lo que nos reconcilia en ‘El renacido’ es esa primitiva, atávica mirada del hombre en la naturaleza. Lo que nos provoca es esa redención de bosque y nieve, de dominador y dominado, de trampantojo natural y artificio imaginativo. Un paisaje hipnótico, jubilosamente efervescente y vital pese a los ‘21 gramos’ de la muerte que mide amenazante cada paso. En la superficie de ‘El renacido’, como en ‘Apocalypse now’, todo acecha: la flecha silente que se clava inexorablemente; la tragedia/terapia de la naturaleza enemiga y amiga; el camino equivocado y corregido por el azar o el destino; la indefensión y la traición como equipajes. Inspirado en Hugo Glass, elogio de la historia de supervivencia, sobre una novela de Michael Punke, su discurso apenas habitado por palabras contiene reminiscencias de Jeremiah Johnson, la atmósfera de locura pasional de ‘Fitzcarraldo’ y Lope de Aguirre, la digestión de lo fantástico a lo Tarkovsky y Herzog, y una atmósfera entre Derzu Uzala y Conrad.

Una epopeya intimista,  de entraña y víscera, que Iñárritu aborda como un poseso, convocando a un aquelarre de fisicidad y cercanía. Dignidad y fe como piquetas que se abren paso entre la brutalidad y el civismo. Lo que fascina al cabo es la sutil frontera entre la fragilidad y el sueño interior que permite aferrarse a la vida.

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Guillermo Balbona comenta la actualidad cinematográfica y los estrenos de la semana

Sobre el autor

Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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