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Guillermo Balbona

Fuera de campo

Star Wars. El despertar de la Fuerza

Ocho apellidos galácticos

El despertar de la taquilla era previsible. La campaña ‘Star wars’, apabullante y abrumadora, es el mantra mediático de un fenómeno popular y de un ecosistema mitológico en el que se mezcla tanto la infancia recuperada como la nostalgia, el sable láser casero y el lado lúdico de nuestras vidas. Abrams, ante todo un tipo listo, sabe que el Imperio, la Primera Orden, la República y el Halcón Milenario configuran un territorio tan familiar como el paisaje fordiano del western o el Sherwood de Robin Hood. Instalado como un chip inteligente en el lado oscuro de la cinefilia, el director de ‘Super 8’ ha rescatado del fango a la saga con un eficaz, lúdico y respetuoso episodio de mestizaje generacional.

Al creador de ‘Perdidos’ le acompaña la fuerza de la rendición y la redención, y la complicidad de la iconografía jedi; y lleva tan aprendido en la cabeza el mapa de la saga que, a veces, se le olvida ese gesto inesperado, ese golpe de polvo de estrellas que hace del asombro la materia fundacional del cine. Sí Abrams despierta, más que resucita, el ‘ziummm’ de las miradas iniciáticas láser en busca de la luz primera galáctica que ideara George Lucas hace casi cuatro décadas. Destreza, eficacia, ligereza y limpieza. Como ya aplicara sobre la pátina gastada de ‘Star Trek’ el cineasta avispado abrillanta el suelo galáctico y deja el salón de baile deslumbrante para que colisionen y se abracen los habitantes fundacionales de la saga con los nuevos rostros, para que el relevo generacional sea tan familiarmente reconocido y sin traumas como el que sucede tras las pantallas entre los viejos y nuevos espectadores.

En ‘El despertar de la Fuerza’ Abrams recobra el sentido de la aventura, humaniza los duelos y persigue un constante equilibrio entre lo adulto y lo infantil sin que se le vaya de las manos. Como un morador de la fascinación, con guiños al Spielberg de Indiana, se sumerge en las arenas del entretenimiento y planea sobre la galaxia con vocación de experiencia. Insufla energía y aliento de iniciación, pero al despertar le falta sueño emocional. En su trayecto, esteticista y estilizado, Abrams se ha dejado mucha oscuridad. Es un ejercicio abrumador  pero sin visualizar el tormento. Hay más piel que sentimiento. Con un arranque espectacular, intenso, placentero, el filme devuelve los renglones de su espíritu original. Las cosas ya están en su sitio. El paisaje hace el resto, caso de ese desierto de chatarreros y náufragos del sistema (lo somos todos), que recuerda al David Lean de ‘Lawrence de Arabia’. Una puesta en escena desbordante y un diseño intachable envuelven esta entrega que aflora como remake y se postula como preludio. Un juguete que suena mucho y muy bien aunque evidencie la distorsión y la desigualdad entre la ironía y la gravedad, entre cierto afán de desmitificación y la reverencia a la primera trilogía.

Abrams se desmarca con facilidad de las deplorables últimas entregas pero no acaba de asomar ni se postula como nuevo demiurgo visual de la saga. No se asusten. La diversión está garantizada: magistrales batallas (la primera huida hacia adelante de los jóvenes es un deslumbrante episodio con entidad propia) y escenarios desnudados de la afectación digital invasiva de las pantallas del presente. Es un filme diáfano y la elección de la cuota protagonista se revela acertada: desde el simpático droide, trasunto del magistral Wall-e, a los jóvenes personajes/intérpretes, pasando por el encaje perfecto de sus mayores. Al cineasta hay que atribuirle el mejor elogio: se ha atrevido con la ‘misión imposible’ de rescatar un relato antiguo enfermo para posarlo sano ante una nueva generación. Los ocho apellidos jedi pisan un legado renovado. Bajo el ruido se filtra el tema satélite de nuestros días: las relaciones paternofiliales.

Hay gozo, falta ensoñación. Puede cegar pero se echa de menos ese latigazo pasional de las grandes obras. Entre el arrebato devocionario y la presunción monumental se delata su apuesta. Asistimos a una ópera espacial, sonreímos y pensamos que hemos dejado atrás las cenizas. El reciclaje inteligente ha hecho de la chatarra una rotunda operación de tuneado. Hay reconciliación para los exigentes y buenas noticias para los puristas. Nada más simbólico que esas naves enterradas sobre la arena como un pecio grandioso y funerario del que resurge una emergente euforia aventurera.

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Guillermo Balbona comenta la actualidad cinematográfica y los estrenos de la semana

Sobre el autor

Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.


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