img
El último fortín del fútbol
img
cuestiondepelotas | 19-06-2013 | 17:05| 0

Niños y alegría. Dos palabras que van siempre unidas, como los carros al caballo. Los niños son felices porque juegan sin pensar en el futuro ni en las consecuencias. Para ellos no hay mañana, sólo el momento presente. No hay otro disfrute que el disfrute del ahora, del instante en el que se encuentran. Cuando crecen, los niños dejan de pensar en el momento y piensan en lo que ha de venir. Empiezan a hacerse peinados imposiblemente horteras para diferenciarse, a salir en anuncios, a comprar Ferraris. Y lo peor, no juegan por el instante, pelean por un objetivo, muy a menudo personal. Que puede ser igualmente lícito y honesto, pero está desnudo de alegría y yermo de ilusión.

Niños y alegría. Dos palabras que van siempre unidas, como los carros al caballo. Los niños son felices porque juegan sin pensar en el futuro ni en las consecuencias. Para ellos no hay mañana, sólo el momento presente. No hay otro disfrute que el disfrute del ahora, del instante en el que se encuentran. Cuando crecen, los niños dejan de pensar en el momento y piensan en lo que ha de venir. Empiezan a hacerse peinados imposiblemente horteras para diferenciarse, a salir en anuncios, a comprar Ferraris. Y lo peor, no juegan por el instante, pelean por un objetivo, muy a menudo personal. Que puede ser igualmente lícito y honesto, pero está desnudo de alegría y yermo de ilusión.

Todas esas sensaciones se esfuman cuando vemos a los chavales de la Sub-21. Han vuelto a ganar el Europeo, y eso es hermoso. Pero más allá de un nuevo título, de una nueva conquista, queda en las retinas una forma de mirar al fútbol que llevábamos tiempo sin ver. Excepción sea hecha del primer tiempo de sus hermanos mayores en el España-Uruguay de la Copa Confederaciones.

Algo tiene la selección española, algo diferente, que hace que cuando los jugadores se vistan la camiseta roja se produzca un cambio en su estado de ánimo. Ese grupo maravilloso, unido, de amigos, ese grupo que estuvo a punto de romperse porque alguien decidió pensar en sí mismo antes que en el fútbol y en el juego. Ese grupo que ha vuelto, que nos hace pensar de nuevo en niños y en alegría. Nos hemos permitido soñar con ellos muchísimos años, con una felicidad nunca antes alcanzada. Todos tenemos claro que este grupo tiene una frontera, un final, que es el mundial del año que viene. Pero no hay problema. Porque en el último fortín del fútbol quedan relevos para permitirnos no perder la alegría ni la ilusión.

(...)
Read the rest of El último fortín del fútbol (194 words)

Todas esas sensaciones se esfuman cuando vemos a los chavales de la Sub-21. Han vuelto a ganar el Europeo, y eso es hermoso. Pero más allá de un nuevo título, de una nueva conquista, queda en las retinas una forma de mirar al fútbol que llevábamos tiempo sin ver. Excepción sea hecha del primer tiempo de sus hermanos mayores en el España-Uruguay de la Copa Confederaciones.

Algo tiene la selección española, algo diferente, que hace que cuando los jugadores se vistan la camiseta roja se produzca un cambio en su estado de ánimo. Ese grupo maravilloso, unido, de amigos, ese grupo que estuvo a punto de romperse porque alguien decidió pensar en sí mismo antes que en el fútbol y en el juego. Ese grupo que ha vuelto, que nos hace pensar de nuevo en niños y en alegría. Nos hemos permitido soñar con ellos muchísimos años, con una felicidad nunca antes alcanzada.

Todos tenemos claro que este grupo tiene una frontera, un final, que es el mundial del año que viene. Pero no hay problema. Porque en el último fortín del fútbol quedan relevos para permitirnos no perder la alegría ni la ilusión.


© cuestiondepelotas for Cuestión de pelotas, 2013. | Permalink | No comment | Add to del.icio.us
Post tags: ,

Ver Post >
El último fortín del fútbol
img
cuestiondepelotas | 19-06-2013 | 17:05| 0

Niños y alegría. Dos palabras que van siempre unidas, como los carros al caballo. Los niños son felices porque juegan sin pensar en el futuro ni en las consecuencias. Para ellos no hay mañana, sólo el momento presente. No hay otro disfrute que el disfrute del ahora, del instante en el que se encuentran. Cuando crecen, los niños dejan de pensar en el momento y piensan en lo que ha de venir. Empiezan a hacerse peinados imposiblemente horteras para diferenciarse, a salir en anuncios, a comprar Ferraris. Y lo peor, no juegan por el instante, pelean por un objetivo, muy a menudo personal. Que puede ser igualmente lícito y honesto, pero está desnudo de alegría y yermo de ilusión.

Niños y alegría. Dos palabras que van siempre unidas, como los carros al caballo. Los niños son felices porque juegan sin pensar en el futuro ni en las consecuencias. Para ellos no hay mañana, sólo el momento presente. No hay otro disfrute que el disfrute del ahora, del instante en el que se encuentran. Cuando crecen, los niños dejan de pensar en el momento y piensan en lo que ha de venir. Empiezan a hacerse peinados imposiblemente horteras para diferenciarse, a salir en anuncios, a comprar Ferraris. Y lo peor, no juegan por el instante, pelean por un objetivo, muy a menudo personal. Que puede ser igualmente lícito y honesto, pero está desnudo de alegría y yermo de ilusión.

Todas esas sensaciones se esfuman cuando vemos a los chavales de la Sub-21. Han vuelto a ganar el Europeo, y eso es hermoso. Pero más allá de un nuevo título, de una nueva conquista, queda en las retinas una forma de mirar al fútbol que llevábamos tiempo sin ver. Excepción sea hecha del primer tiempo de sus hermanos mayores en el España-Uruguay de la Copa Confederaciones.

Algo tiene la selección española, algo diferente, que hace que cuando los jugadores se vistan la camiseta roja se produzca un cambio en su estado de ánimo. Ese grupo maravilloso, unido, de amigos, ese grupo que estuvo a punto de romperse porque alguien decidió pensar en sí mismo antes que en el fútbol y en el juego. Ese grupo que ha vuelto, que nos hace pensar de nuevo en niños y en alegría. Nos hemos permitido soñar con ellos muchísimos años, con una felicidad nunca antes alcanzada. Todos tenemos claro que este grupo tiene una frontera, un final, que es el mundial del año que viene. Pero no hay problema. Porque en el último fortín del fútbol quedan relevos para permitirnos no perder la alegría ni la ilusión.

Ver Post >
¿Zidane o Ancelotti?
img
cuestiondepelotas | 12-06-2013 | 11:42| 0

En los últimos días se viene hablando del ascenso -o el marrón, según se mire- de Zinedine Zidane a entrenador del Real Madrid. Poco importa que al francés le falte una asignatura del segundo ciclo para obtener el diploma de técnico profesional: es algo que el madridista medio ve con buenos ojos.

La noticia salió como un globo sonda del seno de la junta directiva, en un movimiento claro para allanar el camino a esa opción en el caso de que el fichaje de Ancelotti no se produjese. Lo cual sería la mejor opción para el Real Madrid. El club blanco ha salido de una etapa lamentable -vive un momento de sequía de títulos, su prestigio está por los suelos y el desprecio de otras aficiones nunca fue mayor-, y tras la mediocridad maleducada del portugués sería interesante apostar por algo distinto, fresco, revolucionario. Poco hay de revolucionario en el fútbol ramplón y en las alineaciones “de manual” de Ancelotti, un tipo que ha ganado la Champions dos veces haciendo el fútbol más italiano que se pueda hacer.

Traer a expertos en catenaccio al estadio en el que más rápido se aburren los asistentes -que incluso se van 5 minutos antes, no importa el resultado-, es una insensatez de gran calibre. Pero Carlo tiene una gran virtud, y es que es de los que ponen la alineación que ven por la mañana en el Marca, y aquí paz y después gloria.

 

Zidane, por el contrario, no tiene historia como entrenador. Es un hombre tranquilo que sólo saca el carácter cuando le mentan a la familia. Fue un genio y es un ganador, un hombre que trataba el balón como al balón le gusta ser tratado, como el público de Bernabeu quiere y como la historia se merece. Su único baldón, muy recordado estos días por los culés en todos los ámbitos, es el famoso cabezazo a Materazzi. Me atrevo a decir, sin justificar esa acción, que en todo caso sería un punto a su favor. Ese carácter podría ser un aviso a navegantes por si alguno de sus futbolistas decide trasnochar en la discoteca o llega tarde a un entrenamiento.

Recordemos que poco mérito tenía Guardiola cuando se convirtió en primer entrenador, más allá de su impecable trayectoria como jugador. Y todos sabemos cómo terminó el asunto.

¿Podrá Florentino Pérez apostar, por una vez, por alguien de la casa, un hombre de dentro que ha vestido con orgullo la camiseta? ¿Se traerá a precio de oro -tremenda idiotez sería, por cierto- a un cerrajero devenido en futbolista? Lo sabremos en unos días. Pero en opinión del que suscribe, a falta de Klopps, buenos son Zizous.

Ver Post >
Livin' la vida Neymar
img
cuestiondepelotas | 06-06-2013 | 07:24| 1

Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana, el emperador Florentino puso de moda una fórmula supuestamente infalible. Se trataba de rodear a las figuras del equipo de un aura mágica, preternatural, sublime. El proceso comenzaba en la presentación del futbolista, al que se hacía saltar a un estadio abarrotado para dar cuatro toques a un balón ante una afición entregada. Y continuaba en cada una de las apariciones, movimientos y manifestaciones del ídolo, que dejaba de ser un veinteañero que daba patadas con cierta gracia para convertirse en un concepto, en una marca, en un apoyo sobre el que vender. Camisetas, natillas o créditos de un banco portugués, tanto daba. El caso era cobrar.

Uno se preguntará… Cobrar, ¿para qué?

Pues está claro: para ganar mucho dinero con el que comprar por una animalada el siguiente becerro de oro.

Lejos quedan los tiempos en que el que suscribe iba a la vieja ciudad deportiva (ahora sustituida por cuatro enormes torres), saludaba a Manolo, el guardia de seguridad, que nos abría una valla, y aguardaba pacientemente en el parking a que saliesen Mijatovic, Suker, Raúl, Roberto Carlos, Redondo y el resto de futbolistas. Eran divos, olían a perfume de marca y conducían Ferraris. Pero también eran personas. Se paraban a saludarte, charlaban de todo un poco, había complicidad y una cierta camaradería. Sabían que había que estar a las duras y a las maduras, que si la cagaban les íbamos a criticar, pero también sabían que había un apoyo tácito, unánime. Lo que querías es que les fuese bien, porque aunque millonarios caprichosos eran buenos chavales. Con sus cosas buenas y malas, pero nunca te negaban el saludo o un par de líneas.

Luego todo cambió.

Se pusieron vallas que nos separaban. Se prohibió el acceso directo, se regularon horarios e intervenciones. Todo más serio, más profesional, más impersonal, más frío. Al tiempo, no sé si por causa-efecto o por simultaneidad, llegó el auge de fenómenos equidistantes pero igualmente repugnantes como el del periodismo de camiseta (ej: Tomás Roncero) o el del periodismo misión (ej: Diego Torres y sus tres años de cargante cruzada anti Mou). Cuando pones distancia es más fácil odiar o idolatrar.

La sociedad también cambió. Llegó la crisis. La fiesta de despilfarro del fútbol, patrocinada por las televisiones, tocó a su fin cuando el grifo se secó. La burbuja estalló. La resaca que dejó era terrible, y uno de sus efectos ha sido que los clubes de fútbol deban 752 millones de euros a Hacienda. En un país con 7 millones de parados en el que chavales dejan de estudiar porque les han subido las tasas y hay discapacitados a los que les quitan la prótesis por no poder pagarlas, esto es inadmisible.

El fútbol ha disfrutado durante mucho tiempo de privilegios. Un espectáculo que sirve para tener a la gente distraída, puro circo, no podía ser menos en manos de nuestros cada vez peores gobernantes. Ahora sería un momento excelente para dar un paso atrás, para volver a acercar el fútbol a la gente, para recordar lo que hizo grande este deporte. Desde luego no fueron los contratos de imagen al 50%, ni las ahora desaparecidas toneladas de billetes de 500 €.

Y luego llega el Barcelona -que dice que no le debe nada a Hacienda, a pesar de que ha salido de muchos malos tragos con la ayuda de las instituciones y de que en sus cuentas figure una deuda con Hacienda de 48.000.000 de €- y le pone un avión a Neymar por 120.000 euros para que se venga con sus amigotes. Tratamiento de megaestrella para un chaval al que ya vas a pagar una pasta gansa. Malcriar a un muchacho que aún no ha terminado de madurar emocionalmente, enseñarle que él es el centro del mundo. Y mucho peor aún, el ejemplo que se da a la sociedad. El insulto que se hace los centenares de miles de aficionados del Barça, millones de aficionados al fútbol, que se levantan cada mañana soñando con salir del abismo del paro y escapar del fantasma de la crisis.

El chico se podía haber venido en un vuelo de línea. En primera, por supuesto, pero en el mismo barco que los demás. Algo que el fútbol no parece entender aún. Esto es sólo un ejemplo, pero no es un caso aislado. Ha llegado el momento de dar un paso atrás, de volver a la humildad, al esfuerzo, al sacrificio. Para ser ídolos de verdad, no marcas vacías con pies de barro.

Neymar en el jet privado Twitt 54337668539 54115221152 960 640

Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana, el emperador Florentino puso de moda una fórmula supuestamente infalible. Se trataba de rodear a las figuras del equipo de un aura mágica, preternatural, sublime. El proceso comenzaba en la presentación del futbolista, al que se hacía saltar a un estadio abarrotado para dar cuatro toques a un balón ante una afición entregada. Y continuaba en cada una de las apariciones, movimientos y manifestaciones del ídolo, que dejaba de ser un veinteañero que daba patadas con cierta gracia para convertirse en un concepto, en una marca, en un apoyo sobre el que vender. Camisetas, natillas o créditos de un banco portugués, tanto daba. El caso era cobrar.

Uno se preguntará… Cobrar, ¿para qué?

Pues está claro: para ganar mucho dinero con el que comprar por una animalada el siguiente becerro de oro.

Lejos quedan los tiempos en que el que suscribe íba a la vieja ciudad deportiva (ahora sustituida por cuatro enormes torres), saludaba a Manolo, el guardia de seguridad, que nos abría una valla, y aguardaba pacientemente en el parking a que saliesen Mijatovic, Suker, Raúl, Roberto Carlos, Redondo y el resto de futbolistas. Eran divos, olían a perfume de marca y conducían Ferraris. Pero también eran personas. Se paraban a saludarte, charlaban de todo un poco, había complicidad y una cierta camaradería. Sabían que había que estar a las duras y a las maduras, que si la cagaban les íbamos a criticar, pero también sabían que había un apoyo tácito, unánime. Lo que querías es que les fuese bien, porque aunque millonarios caprichosos eran buenos chavales. Con sus cosas buenas y malas, pero nunca te negaban el saludo o un par de líneas.

Luego todo cambió.

Se pusieron vallas que nos separaban. Se prohibió el acceso directo, se regularon horarios e intervenciones. Todo más serio, más profesional, más impersonal, más frío. Al tiempo, no sé si por causa-efecto o por simultaneidad, llegó el auge de fenómenos equidistantes pero igualmente repugnantes como el del periodismo de camiseta (ej: Tomás Roncero) o el del periodismo misión (ej: Diego Torres y sus tres años de cargante cruzada antiguo). Cuando pones distancia es más fácil odiar o idolatrar.

La sociedad también cambió. Llegó la crisis. La fiesta de despilfarro del fútbol, patrocinada por las televisiones, tocó a su fin cuando el grifo se secó. La burbuja estalló. La resaca que dejó era terrible, y uno de sus efectos ha sido que los clubes de fútbol deban 752 millones de euros a Hacienda. En un país con 7 millones de parados en el que chavales dejan de estudiar porque les han subido las tasas y hay discapacitados a los que les quitan la prótesis por no poder pagarlas, esto es inadmisible.

El fútbol ha disfrutado durante mucho tiempo de privilegios. Un espectáculo que sirve para tener a la gente distraída, puro circo, no podía ser menos en manos de nuestros cada vez peores gobernantes. Ahora sería un momento excelente para dar un paso atrás, para volver a acercar el fútbol a la gente, para recordar lo que hizo grande este deporte. Desde luego no fueron los contratos de imagen al 50%, ni las ahora desaparecidas toneladas de billetes de 500 €.

Y luego llega el Barcelona -que dice que no le debe nada a Hacienda, a pesar de que ha salido de muchos malos tragos con la ayuda de las instituciones y de que en sus cuentas figure una deuda con Hacienda de 48.000.000 de €- y le pone un avión a Neymar por 120.000 euros para que se venga con sus amigotes. Tratamiento de megaestrella para un chaval al que ya vas a pagar una pasta gansa. Malcriar a un muchacho que aún no ha terminado de madurar emocionalmente, enseñarle que él es el centro del mundo. Y mucho peor aún, el ejemplo que se da a la sociedad. El insulto que se hace los centenares de miles de aficionados del Barça, millones de aficionados al fútbol, que se levantan cada mañana soñando con salir del abismo del paro y escapar del fantasma de la crisis.

El chico se podía haber venido en un vuelo de línea. En primera, por supuesto, pero en el mismo barco que los demás. Algo que el fútbol no parece entender aún. Esto es sólo un ejemplo, pero no es un caso aislado. Ha llegado el momento de dar un paso atrás, de volver a la humildad, al esfuerzo, al sacrificio. Para ser ídolos de verdad, no marcas vacías con pies de barro.

Ver Post >
Entre la pasta y el criterio
img
cuestiondepelotas | 29-05-2013 | 17:58| 0

El fichaje del verano. Ese larguísimo culebrón que ha dado tradicionalmente de comer a tantos periodistas, se parece a la definición que una vez hizo Mariano Rajoy del IVA: “Es el sablazo que da el mal gobernante a sus ciudadanos”. El megafichaje es esa cortina de humo con la que el mal dirigente distrae a sus socios de una mala campaña.

De ellos tenemos ejemplos para aburrir, pero si hay un malísimo dirigente que sirve como epítome de esta mala costumbre es Florentino Pérez. Figo, Zidane, Ronaldo, Beckham, Cristiano y Kaká. Cada vez más mediático, cada vez más caro, no necesariamente mejor.

El fichaje del verano. Ese larguísimo culebrón que ha dado tradicionalmente de comer a tantos periodistas, se parece a la definición que una vez hizo Mariano Rajoy del IVA: “Es el sablazo que da el mal gobernante a sus ciudadanos”. El megafichaje es esa cortina de humo con la que el mal dirigente distrae a sus socios de una mala campaña.

De ellos tenemos ejemplos para aburrir, pero si hay un malísimo dirigente que sirve como epítome de esta mala costumbre es Florentino Pérez. Figo, Zidane, Ronaldo, Beckham, Cristiano y Kaká. Cada vez más mediático, cada vez más caro, no necesariamente mejor.

Poco se puede hacer para cambiar esta tendencia en el Real Madrid. Este club, lejos de pertenecer a sus socios, es de facto propiedad de Florentino Pérez mientras él no decida lo contrario. Así se lo aseguró mediante el cambio en los estatutos diseñado a su medida: para ser presidente del Real Madrid hay que ser socio desde hace 25 años y avalar con su patrimonio personal más de 70 millones de euros. Personas con ese perfil se cuentan con los dedos de una mano y nos sobran dedos.

Este año parece que el tío Floren está dormido. Ha dejado escapar -afortunadamente- a Neymar, el que o mucho me equivoco o será un bluff como Robinho o Kaká. Ha perdido el tren de Falcao, el jugador más apetecible de la Liga, aunque su marcha al Mónaco puede ser simplemente una escala antes de recalar en Chamartín. Y ahora parece moverse por Bale, aunque a un precio -70 millones de euros- que por un jugador de 24 años con mucho por demostrar se antoja demasiado.

La pregunta que me hago es cuánto costaron Messi, Iniesta, Raúl o Casillas. Qué pasaría si esos mismos 70 millones se invirtiesen en programas de cantera. Cuánto dinero serían capaces de producir en una década, cuántas estrellas serían capaces de crear.

Pero claro, nunca lo sabremos. Porque para descubrirlo haría falta criterio, dirección y propósito. Una idea de futuro no entregada al cortoplacismo ni al dispendio alocado y cambiante de nuevo rico. Y de esas cosas el dueño del Real Madrid no parece tener en abundancia.

Ver Post >
Espíritus y fantasmas
img
cuestiondepelotas | 01-05-2013 | 01:37| 2

El espíritu de Juanito. Todos hemos escuchado muchas veces durante esta semana apelar a este sentimiento mágico de un jugador que, no lo olvidemos, pasó a la historia por pisotear la cabeza de un alemán. Dudoso logro deportivo, no exento de motivación, que no debe estar demasiado lejos de los deseos de un buen puñado de españoles que languidecen bajo los designios de la Merkel.

De Juanito se apelaba a su bravura y a su entrega total al madridismo y a la camiseta. Un ideal hermoso y un referente imprescindible, por supuesto. Pero cabe preguntarse por qué demonios tiene el club más grande del mundo que apelar al espíritu de Juanito cuando viene de perder 4-1 en Dortmund con una alineación en la que había cuatro españoles.

¿Por qué demonios no se apela al espíritu de Juanito durante todo el año? ¿Por qué el Real Madrid no se acuerda de los valores sobre los que se ha edificado los cimientos de su historia mas que cuando hace falta un milagro? Quizás si se volviese a esos valores no harían falta los milagros, para empezar.

Cabe preguntarse también si un alemán, dos portugueses, un par de argentinos y un francés, por mucho que cobren, entienden quién era Juanito. Cómo dio su vida -metaforica y literalmente- por el fútbol y por la camiseta. Cabe preguntarse si quienes están al mando de esto entienden que primero es el fútbol, luego el club, luego los compañeros y por último tú mismo.

Primero es la deportividad, que antes era el emblema del Madrid y que ha terminado embarrada y pisoteada desde que Mourinho puso un pie en la ya no tan Blanca Casa. Segundo el club que te paga, su historia, sus tradiciones y sus símbolos, que son un intangible que nunca debe ponerse en riesgo. Tercero, quienes te rodean y quienes están a tu cargo, por cuyo bienestar debes luchar antes que por el propio. Y por último tu fama, tu bolsillo y tus estadísticas. Pocos partidos se ganan en la sala de Prensa, y muchos afectos se pierden.

Apelar al espíritu de Juanito hay que hacerlo todos los días. Cuando planificas una pretemporada, cuando eliges capitán, cuando pones a un entrenador, cuando no le corriges si sale del tiesto, cuando te ciscas en la cantera y en la selección española que es, en parte, también responsabilidad del Madrid y de todos. Si no invocas al espíritu de Juanito a diario, creas monstruos muy bien pagados que pueden ganar o no, pero que habrán devorado a bocados lo que ha llevado más de un siglo edificar. Y si encima no ganan, quedas como un gilipollas.

Si no se invoca al espíritu de Juanito en el día a día, cuando te hace falta sólo te quedan… fantasmas.

Ver Post >
El deporte y el horror
img
cuestiondepelotas | 17-04-2013 | 01:16| 1

El deporte simboliza lo más elevado de nuestro espíritu. Parecerá un sacrilegio teniendo en cuenta mi profesión de escritor, pero creo que en muchos aspectos el deporte supera a las artes, las ciencias y otras loables actividades humanas. Lo hace por su capacidad de aglutinar los valores que representan la esencia de nuestra especie. No es sólo citius, altius, fortius. Es más rápido, más alto, más fuerte, pero con unas normas. Un respeto a los demás contendientes, a la competición y a las reglas del juego. Compañerismo, amistad, valor y fuerza, y en general ese conjunto de valores intangibles que llamamos deportividad.

El deporte sólo es deporte, pensaréis. Sólo es un juego. Acarrea muchas injusticias, es obsceno en muchos de sus planteamientos modernos. La atención, el interés y las compensaciones económicas que reciben los deportistas de élite son excesivamente altas, incluso dolorosas si las comparamos con el erial yermo que afrontan en nuestro país los investigadores, los creadores, los artistas.

Pero.

Pero cuánta grandeza, cuánta emoción, cuánto sentimiento. Tras el gol de Iniesta aullaron millones de gargantas al unísono y creyeron en la idea de que el esfuerzo colectivo puede llevar a una meta que durante décadas pareció inalcanzable.

Pero cuánta alegría, cuántas enseñanzas, cuántas oportunidades para crecer. Cuando un niño cae en el patio del colegio y se despelleja las rodillas una y otra vez contra el duro cemento, pero vuelve a levantarse con una sonrisa porque siempre hay otra canasta que encestar, otro pase que hacer, una última carrera antes de que la campana nos devuelva a la realidad.

Pero cuánta superación, cuánta fuerza de voluntad, cuánta confianza. El primer paso de una maratón, con 42 kilómetros por delante, es una locura, el último una heroicidad. Un científico ante su microscopio no es más grande que un atleta anónimo a 42195 zancadas de la meta. Porque la energía que los impulsa es la misma, y sin un profundo anhelo de grandeza ninguno de los dos llegaría a lograr nada.

Deporte, el deporte auténtico, es la negación de la muerte y del horror. Es gritarle en la cara a la Parca que no importa lo contados que estén tus días, tú no te vas a quedar sentado esperando. El deporte no sería tan grande si nosotros no fuésemos tan pequeños. ¿Qué mérito habría si todos pudiésemos golpear el balón como Cristiano, correr como Usain Bolt, encestar como Kobe? ¿Qué mérito tendría ganar si no fuésemos capaces de perder?

Eso es lo que no comprenden los mezquinos y los violentos. Aquellos que no son capaces de entender el valor de las pequeñas victorias, los pequeños gestos, incluso de las derrotas. Los que insultan, los que hacen trampas, los que agreden.

Los que ponen bombas.

En Munich en 1972, en Atlanta en 1996, en el Bernabéu en 2002, en Angola en 2010, en Boston en 2013. En cada ocasión en la que el horror ha querido negar el deporte y lo que supone, ha salido derrotado. Ellos tendrán sus ollas a presión rellenas de clavos, sus AK 47, sus razones.

Nosotros tenemos razón. Y mientras haya un niño que se despierte media hora antes para ir a su entrenamiento, las puertas del horror no prevalecerán contra ella.

Y esa razón se llama deporte.

Lee su post anterior: Messi y Cristiano: De ejércitos y gigantes. Pincha AQUÍ.

El deporte simboliza lo más elevado de nuestro espíritu. Parecerá un sacrilegio teniendo en cuenta mi profesión de escritor, pero creo que en muchos aspectos el deporte supera a las artes, las ciencias y otras loables actividades humanas. Lo hace por su capacidad de aglutinar los valores que representan la esencia de nuestra especie. No es sólo citius, altius, fortius. Es más rápido, más alto, más fuerte, pero con unas normas. Un respeto a los demás contendientes, a la competición y a las reglas del juego. Compañerismo, amistad, valor y fuerza, y en general ese conjunto de valores intangibles que llamamos deportividad.

El deporte sólo es deporte, pensaréis. Sólo es un juego. Acarrea muchas injusticias, es obsceno en muchos de sus planteamientos modernos. La atención, el interés y las compensaciones económicas que reciben los deportistas de élite son excesivamente altas, incluso dolorosas si las comparamos con el erial yermo que afrontan en nuestro país los investigadores, los creadores, los artistas.

Pero.

Pero cuánta grandeza, cuánta emoción, cuánto sentimiento. Tras el gol de Iniesta aullaron millones de gargantas al unísono y creyeron en la idea de que el esfuerzo colectivo puede llevar a una meta que durante décadas pareció inalcanzable.

Pero cuánta alegría, cuántas enseñanzas, cuántas oportunidades para crecer. Cuando un niño cae en el patio del colegio y se despelleja las rodillas una y otra vez contra el duro cemento, pero vuelve a levantarse con una sonrisa porque siempre hay otra canasta que encestar, otro pase que hacer, una última carrera antes de que la campana nos devuelva a la realidad.

Pero cuánta superación, cuánta fuerza de voluntad, cuánta confianza. El primer paso de una maratón, con 42 kilómetros por delante, es una locura, el último una heroicidad. Un científico ante su microscopio no es más grande que un atleta anónimo a 42195 zancadas de la meta. Porque la energía que los impulsa es la misma, y sin un profundo anhelo de grandeza ninguno de los dos llegaría a lograr nada.

Deporte, el deporte auténtico, es la negación de la muerte y del horror. Es gritarle en la cara a la Parca que no importa lo contados que estén tus días, tú no te vas a quedar sentado esperando. El deporte no sería tan grande si nosotros no fuésemos tan pequeños. ¿Qué mérito habría si todos pudiésemos golpear el balón como Cristiano, correr como Usain Bolt, encestar como Kobe? ¿Qué mérito tendría ganar si no fuésemos capaces de perder?

Eso es lo que no comprenden los mezquinos y los violentos. Aquellos que no son capaces de entender el valor de las pequeñas victorias, los pequeños gestos, incluso de las derrotas. Los que insultan, los que hacen trampas, los que agreden.

Los que ponen bombas.

En Munich en 1972, en Atlanta en 1996, en el Bernabéu en 2002, en Angola en 2010, en Boston en 2013. En cada ocasión en la que el horror ha querido negar el deporte y lo que supone, ha salido derrotado. Ellos tendrán sus ollas a presión rellenas de clavos, sus AK 47, sus razones.

Nosotros tenemos razón. Y mientras haya un niño que se despierte media hora antes para ir a su entrenamiento, las puertas del horror no prevalecerán contra ella.

Y esa razón se llama deporte.

Ver Post >
Messi y Cristiano: De ejércitos y gigantes
img
cuestiondepelotas | 09-04-2013 | 23:15| 2

Cuenta el libro de Samuel que durante cuarenta días y cuarenta noches el ejército de los filisteos acampó frente al de los israelitas en Efes-Danim. Los ejércitos se estudiaban con miedo, porque sus fuerzas parecían equilibradas. Y uno de los filisteos, el enorme soldado Goliat, dio un paso al frente y desafió a voz en grito a los israelitas, pidiendo que le enviasen un campeón, un hombre capaz de hacerle frente.

Los israelitas se tragaron el miedo y la verguenza, porque los casi tres metros del gigante no hacían apetecible un combate con él. Y así aguantaron, con el sol quemándoles la espalda, hasta que un pequeño y humilde pastorcillo surgió de entre las filas de los soldados con los resultados de sobra conocidos-

Esta noche el Barcelona se juega ante el PSG el pase a la ronda de semifinales, con un resultado comprometido de 2-2 en la ida y los dados girando en el aire. Y este Barça tan temible y tan poderoso tiene miedo, porque Goliat está en la tienda con un dolor en el bíceps femoral de la pierna derecha. Mala cosa esta.

Es llamativo cómo sobre este equipo que lo ha ganado todo -presumiblemente el mejor conjunto de la historia con permiso del Madrid de DiStefano, el Liverpool de Paisley o el Santos de Pelé- sobrevuelan las dudas cada vez que  Messi no está sobre el campo. Espadas y escudos tiene de sobra el equipo culé, y el 2-2 es un resultado aceptable para lograr su sexta clasificación consecutiva para unas semifinales de Liga de Campeones. Sobre el campo estarán Iniesta y Xavi, que conque se dediquen a pasearse el balón entre ellos podrían tener a Verratti y a Pastore corriendo detrás del esférico los noventa minutos. Y sin embargo, hay miedo.

Lo mismo pasa en la Casa Blanca, donde cada vez que hay problemas -lo vimos ayer frente al Galatasaray- surge la figura enorme y ultraterrena de Cristiano, que ya lleva 50 goles en Champions y en su particular batalla con Messi promete romper todos los récords conocidos.

Cabe preguntarse qué pasará por la cabeza de Fabregas o Villa ante una noche como esta, viendo que todas las miradas se vuelven a la enfermería, que todas las voces preguntan: ¿Estará Messi? En público dirán otra cosa, claro. Pero a solas pensarán que también tienen dos piernas, y no pequeñas. Son piernas que han ganado un Mundial, algo que Messi no parece que vaya a conseguir nunca. Déjenme medio centímetro para meter la pierna ante Sirigu y verán, imaginará Pedro. Una falta al borde del área, soñará Xavi.

Esta noche, Messi jugará. Aunque lo haga infiltrado, con muleta o en silla de ruedas. Más que nada porque el Barça se juega todo lo que le queda por jugarse hoy. No queda nada por lo que reservar a Goliat. Pero tampoco pasaría nada si no lo hiciese, incluso sería más hermoso si se quedase en el banquillo y el Barça golease al PSG. Los filisteos lo encomendaron todo a su gigante, y un chaval con una piedra pequeña lo tiró al suelo, porque los gigantes también caen.

Cuando uno deposita tanta fe, confianza y expectativas en un par de piernas se olvida de las otras veinte que hay en el campo vistiendo los mismos colores. Pocas guerras hubiese ganado Goliat él solo, pocos gritos hubiese dado sin un ejército detrás. Y tal vez si los filisteos no se hubiesen quedado mirando a su campeón muerto, la historia se hubiese escrito de otra forma.

Cuenta el libro de Samuel que durante cuarenta días y cuarenta noches el ejército de los filisteos acampó frente al de los israelitas en Efes-Danim. Los ejércitos se estudiaban con miedo, porque sus fuerzas parecían equilibradas. Y uno de los filisteos, el enorme soldado Goliat, dio un paso al frente y desafió a voz en grito a los israelitas, pidiendo que le enviasen un campeón, un hombre capaz de hacerle frente.

Los israelitas se tragaron el miedo y la verguenza, porque los casi tres metros del gigante no hacían apetecible un combate con él. Y así aguantaron, con el sol quemándoles la espalda, hasta que un pequeño y humilde pastorcillo surgió de entre las filas de los soldados con los resultados de sobra conocidos-

Esta noche el Barcelona se juega ante el PSG el pase a la ronda de semifinales, con un resultado comprometido de 2-2 en la ida y los dados girando en el aire. Y este Barça tan temible y tan poderoso tiene miedo, porque Goliat está en la tienda con un dolor en el bíceps femoral de la pierna derecha. Mala cosa esta.

Es llamativo cómo sobre este equipo que lo ha ganado todo -presumiblemente el mejor conjunto de la historia con permiso del Madrid de DiStefano, el Liverpool de Paisley o el Santos de Pelé- sobrevuelan las dudas cada vez que  Messi no está sobre el campo. Espadas y escudos tiene de sobra el equipo culé, y el 2-2 es un resultado aceptable para lograr su sexta clasificación consecutiva para unas semifinales de Liga de Campeones. Sobre el campo estarán Iniesta y Xavi, que conque se dediquen a pasearse el balón entre ellos podrían tener a Verratti y a Pastore corriendo detrás del esférico los noventa minutos. Y sin embargo, hay miedo.

Lo mismo pasa en la Casa Blanca, donde cada vez que hay problemas -lo vimos ayer frente al Galatasaray- surge la figura enorme y ultraterrena de Cristiano, que ya lleva 50 goles en Champions y en su particular batalla con Messi promete romper todos los récords conocidos.

Cabe preguntarse qué pasará por la cabeza de Fabregas o Villa ante una noche como esta, viendo que todas las miradas se vuelven a la enfermería, que todas las voces preguntan: ¿Estará Messi? En público dirán otra cosa, claro. Pero a solas pensarán que también tienen dos piernas, y no pequeñas. Son piernas que han ganado un Mundial, algo que Messi no parece que vaya a conseguir nunca. Déjenme medio centímetro para meter la pierna ante Sirigu y verán, imaginará Pedro. Una falta al borde del área, soñará Xavi.

Esta noche, Messi jugará. Aunque lo haga infiltrado, con muleta o en silla de ruedas. Más que nada porque el Barça se juega todo lo que le queda por jugarse hoy. No queda nada por lo que reservar a Goliat. Pero tampoco pasaría nada si no lo hiciese, incluso sería más hermoso si se quedase en el banquillo y el Barça golease al PSG. Los filisteos lo encomendaron todo a su gigante, y un chaval con una piedra pequeña lo tiró al suelo, porque los gigantes también caen. 

Cuando uno deposita tanta fe, confianza y expectativas en un par de piernas se olvida de las otras veinte que hay en el campo vistiendo los mismos colores. Pocas guerras hubiese ganado Goliat él solo, pocos gritos hubiese dado sin un ejército detrás. Y tal vez si los filisteos no se hubiesen quedado mirando a su campeón muerto, la historia se hubiese escrito de otra forma.

Ver Post >
Mourinho y el campo de distorsión de la realidad
img
cuestiondepelotas | 02-04-2013 | 21:44| 3

José Mourinho y el campo de distorsión de la realidadEn los comics y las novelas de fantasía y ciencia ficción existe un tropo narrativo muy curioso conocido, entre otros nombres, como campo de distorsión de la realidad. Consiste en una especie de aura que rodea a un sujeto y lugar y que hace que lo que suceda dentro de ese campo sea percibido de forma distinta a lo que de verdad sucede.

Por suerte o por desgracia -según lo que haga el individuo con ello, como ahora veremos-, ese campo de distorsión de la realidad existe en el mundo real. Lo poseen los grandes líderes que han levantado o derribado imperios, a los que no justifica sólo el carisma o las circunstancias. Pero no es cuestión aquí de hacer un análisis histórico, aquí es cuestión de pelotas. Y en el mundo del balón redondo, el epítome del campo de distorsión de la realidad es Mourinho.

Él conoce ese poder y lo hace suyo hasta extremos exagerados. Lo intentó con su discursito del Barça y de Unicef, cuando cayó eliminado de la Champions, hace dos años. Juega con la teoría de la conspiración, con presentarse o no a una rueda de Prensa, con los periodistas que rodean al equipo. El resultado tras casi tres temporadas de Mourinho al frente del equipo blanco arroja un balance muy difuso que debe ser analizado con cautela cuando el 30 de junio nos diga adiós (o antes si tienen a bien anunciárnoslo). Pero en lo tocante a percepción pública, el análisis rápido que podemos hacer es que ha logrado polarizar a la afición de forma sistemática en cada uno de los berenjenales en los que se ha metido o nos ha metido a todos. La división suele ser equidistante -sí o no, amor u odio-, pero la discusión siempre debe verse a través de un cristal con la forma y el grosor que dicta el técnico de Setúbal.

El caso en el que lo podemos ver más claro es en el de Iker Casillas y su suplencia tras recuperarse de su lesión. Podemos analizar el asunto desde múltiples puntos de vista. Hay quien piensa que Casillas es el símbolo del Real Madrid y de los valores que defiende. O mejor dicho, que defendía hasta que el brillo galáctico le hizo buscar atajos a la gloria que otros encuentran sin desviarse de un rumbo trazado hace décadas. Hay quien cree que es un chivato, que el entrenador hace bien en ponerle en su sitio para tener al vestuario bajo control.

Hay tantas teorías y argumentos como aspirantes a entrenador tenemos ahí fuera -sobre todo entre los periodistas-. Pero al final de todo, cuando resuena el eco de los tacos en el túnel de vestuarios y al otro lado de la rejilla intuyes a Yilmaz y a Sneijder, no cuenta ninguna de esas teorías. Sólo cuenta una cosa, y es quién es mejor. Quién levantará el guante en esa fracción de segundo que separa la victoria del fracaso.

Sólo alguien con un poderoso campo de distorsión de la realidad puede tenernos discutiendo sobre todo lo demás, como si supiéramos lo que sucede dentro del vestuario o, peor aún, como si nos importase. Ojalá alguien dé con la tecla que permita desactivar ese hechizo perverso que nos obliga a todos, periodistas y aficionados, a ponernos a discutir sobre lo que no sabemos porque alguien ha decidido que quiere que discutamos sobre ello.

Ver Post >