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Que no gane el dinero

Soy madridista. Eché los dientes en el gallinero del Bernabéu, segundo anfiteatro. Lloviese o nevase, allí estaba ese crío que aún no sabía que algún día conocería en persona a muchos de los ídolos que corrían como centellas por el césped. Michel, Butragueño, Buyo, Laudrup, Zamorano. Nombres que la historia ha hecho grandes y que hicieron más grande el mito del equipo blanco.
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Soy madridista, insisto, y hoy escribo esta columna para pedir que la Liga la gane el Atleti.

Seguro que muchos después de leer el párrafo anterior habrán levantado una ceja extrañados ante mi atrevimiento, u ofendidos por la infamia, según colores. Unos pocos incluso habrán cerrado la pestaña del navegador, y pedido mi cabeza a Rodrigo Errasti. En estos tiempos que corren, en los que los medios sacrifican su coherencia en función de los intereses, defender una idea romántica y minoritaria se antoja una locura tan enorme como que un fondista que gane una medalla salga en portada el día en que a CR7 le corten las uñas de los pies. Ese mismo Cristiano que hace un par de años se merecía el balón de Oro “porque un jugador con menos títulos no puede ganarlo”, y dos años después se merece el balón de Oro “porque lo que importa es quién ha sido el mejor, no los títulos”. Frases ambas de un conocido periodista de este país, en un medio de la capital.

Vivimos en un mundo tan veloz y tan centrado en sí mismo como es el del fútbol que no nos paramos más que a analizar lo que conviene a la portada del día siguiente, dejando de lado lo que conviene a nuestra profesión y al deporte en general. Y eso nos ha llevado a perpetuar desde nuestra posición privilegiada de formadores (o deformadores, según los casos) el elogio al injusto y aburrido duopolio de los dos grandes, a sabiendas de que la distancia con otros ha convertido lo que fue un precioso deporte en un tedioso negocio.

De ahí que sorprenderá que un madridista pida, y más en un momento en el que están los tres en un puño, que gane la liga el Atlético de Madrid. Pues sí, querido lector, eso es lo que pido y lo que desearía. No por ver engrandecido al eterno rival, ni por razones espúreas, sino porque en el fondo de mi corazón sigo amando a este deporte por encima de los demás, porque no puedo dejar de admirar la gesta de Simeone, porque no puedo dejar de asombrarme ante lo logrado en tan poco tiempo y con tanta distancia. “Hay una ligera diferencia de 400 millones”, decía Simeone en rueda de Prensa tras empatar con el Barcelona.

Sí, existe, y es un milagro que se haya hecho tanto con tan poco, es un rayo de esperanza creer que los números no pueden comprarlo todo, y es una alegría ver que sigue existiendo la emoción en el territorio dominado por Messi y Cristiano antes conocido como Liga Española.

Así que, de corazón, desde el fondo de mi madridismo, aúpa Atleti. Por una vez, que no gane el dinero.


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Casillas y la puerta

Atención, estudiantes, apunten el enunciado del siguiente problema:

“En un multimillonario club de fútbol tenemos a un futbolista de la categoría vaca sagrada que no juega y tenemos una puerta. Calcule usted el tiempo que el futbolista tardará en usarla considerando que:

a) Media afición quiere que se vaya y la otra que se quede

b) Los argumentos del futbolista son “Ahora me entreno bien, no como antes”.

c) Al club eso de hacer caja le vendría bien.

d) El presidente no le puede ver delante.”

La respuesta a la anterior ecuación matemática parece sencilla, pero nada más lejos de la realidad. El fútbol y el ambiente que rodea a los clubs de primer nivel, las relaciones internas y las presiones externas, son una pesadilla kafkiana que haría enloquecer a Escher. Arriba, abajo, izquierda y derecha están totalmente confundidos, y ni siquiera el éxito garantiza la continuidad. Que se lo digan a Del Bosque.

Así que ahí tenemos a Casillas, que sobre el papel es el mejor portero del mundo, el levantador de copas del mundo. Y por otro lado tenemos a Diego López, un chaval con menos galones que parece que para bien. Y por otro lado tenemos un ego y una puerta. Y por otro lado tenemos una afición y un presidente y unas condiciones económicas y unos resultados que pueden venir o no, y unas lesiones, y unos agentes, y unas declaraciones… y ni la más remota idea de lo que puede suceder en el futuro.

Si a mi me preguntasen qué opino, creo que Iker Casillas terminará la temporada como portero titular del Real Madrid, muy probablemente jugando la final de la Champions contra el Bayern de Guardiola. Que el Barsa será una apisonadora en Liga que sufrirá una pájara en Europa y que Rajoy irá vestido de faralaes a un Debate sobre el Estado de la Nación. Claro que esto no dejan de ser preferencias personales basadas en la intuición, en las copas que me tomé anoche y en lo que me ha salido de las narices mientras escribía el artículo. ¿Porqué? Porque esto es en definitiva una columna de opinión, un espacio donde se analizan situaciones complejísimas con una venda en los ojos y una mano atada a la espalda.

Hay en el club de Concha Espina un Fantasma Pernicioso que traga millones y no escupe copas, y en próximos artículos intentaremos analizar el por qué de ese comportamiento que se antoja ya insostenible. Pero mientras tanto, soñemos con Champions y trajes de faralaes mientras el mejor portero del mundo (sobre el papel) se pone ciego a pipas Facundo (sobre la grada).

Atención, estudiantes, apunten el enunciado del siguiente problema:

“En un multimillonario club de fútbol tenemos a un futbolista de la categoría vaca sagrada que no juega y tenemos una puerta. Calcule usted el tiempo que el futbolista tardará en usarla considerando que:

a) Media afición quiere que se vaya y la otra que se quede

b) Los argumentos del futbolista son “Ahora me entreno bien, no como antes”.

c) Al club eso de hacer caja le vendría bien.

d) El presidente no le puede ver delante.”

La respuesta a la anterior ecuación matemática parece sencilla, pero nada más lejos de la realidad. El fútbol y el ambiente que rodea a los clubs de primer nivel, las relaciones internas y las presiones externas, son una pesadilla kafkiana que haría enloquecer a Escher. Arriba, abajo, izquierda y derecha están totalmente confundidos, y ni siquiera el éxito garantiza la continuidad. Que se lo digan a Del Bosque.

Así que ahí tenemos a Casillas, que sobre el papel es el mejor portero del mundo, el levantador de copas del mundo. Y por otro lado tenemos a Diego López, un chaval con menos galones que parece que para bien. Y por otro lado tenemos un ego y una puerta. Y por otro lado tenemos una afición y un presidente y unas condiciones económicas y unos resultados que pueden venir o no, y unas lesiones, y unos agentes, y unas declaraciones… y ni la más remota idea de lo que puede suceder en el futuro.

Si a mi me preguntasen qué opino, creo que Iker Casillas terminará la temporada como portero titular del Real Madrid, muy probablemente jugando la final de la Champions contra el Bayern de Guardiola. Que el Barsa será una apisonadora en Liga que sufrirá una pájara en Europa y que Rajoy irá vestido de faralaes a un Debate sobre el Estado de la Nación. Claro que esto no dejan de ser preferencias personales basadas en la intuición, en las copas que me tomé anoche y en lo que me ha salido de las narices mientras escribía el artículo. ¿Porqué? Porque esto es en definitiva una columna de opinión, un espacio donde se analizan situaciones complejísimas con una venda en los ojos y una mano atada a la espalda.

Hay en el club de Concha Espina un Fantasma Pernicioso que traga millones y no escupe copas, y en próximos artículos intentaremos analizar el por qué de ese comportamiento que se antoja ya insostenible. Pero mientras tanto, soñemos con Champions y trajes de faralaes mientras el mejor portero del mundo (sobre el papel) se pone ciego a pipas Facundo (sobre la grada).


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Españoles, Discapacitados

Me pasa Rodrigo Errasti el enlace a la noticia del juicio a los falsos paralíticos españoles que “ganaron” el oro de baloncesto en Sidney 2000, e inmediatamente se me encienden los ánimos, los bemoles y todos los sinónimos que usted, amable lector, ya se imagina solito. y aunque iba a hablar de Fernando Alonso, pues no me queda otra que dejarlo para la semana que viene y volcar mis ansias de justicia en este texto.

Existen muchas formas de escribir un post como este. Podría burlarme cruelmente de los estafadores malnacidos que pergeñaron este timo. Sería fácil e incluso divertido. Cuando uno tiene un mínimo de capacidad para juntar letras, el insulto y el escarnio brotan con cierta facilidad del teclado, casi como si las letras tirasen de las puntas de los dedos hacia abajo en el orden preciso. Es muy sencillo reírse de los demás cuando uno puede, pero no sería justo.

Podría también indagar en las vidas de los timadores de tres al cuarto, denunciar dónde trabajan y cuál es su entorno. En este mundo hiperconectado no me llevaría más de un par de horas. Es muy sencillo avergonzar a los demás cuando uno puede, pero no sería honesto.

Podría coger una a una las fotos de esta panda de ladronzuelos, ir describiendo cada uno de sus defectos físicos, adosarles tres o cuatro metáforas dolorosas y convertirlos en caricaturas. Es muy sencillo humillar a los demás cuando uno puede, pero no sería decente.

Al fin y al cabo, de eso trata este post. De justicia, honestidad y decencia. Dar a cada uno lo suyo, no ponerse por encima de los demás y jugar según las normas. Eso es deporte. El deporte es igual para CR7 que para un discapacitado. Dos personas se ponen frente a frente en condiciones de igualdad, y gana el mejor. Pero no pondríamos a correr a CR7 contra un discapacitado intelectual, porque entendemos que hay unos principios de igualdad ante la ley.

¿Qué clase de personas es capaz de idear un engaño de ese calibre, engañar a todo el comité Paralímpico y presentarse a los Juegos con sólo dos de los doce participantes con una discapacidad real? ¿Qué clase de majaderos se arrogan el derecho de humillar a los demás, por no se sabe muy bien qué motivos? ¿Qué clase de individuos son capaces de hacer algo así, vistiendo los colores de su patria? Les diré lo que que está pensando el mundo entero ahora mismo:

Españoles.

¿Saben lo doloroso que resulta viajar a otros países y escuchar de aficionados al deporte que nuestra tradicional lasitud y permisividad hacia el tramposo y el estafador se traslada con toda naturalidad a los terrenos de juego? Sí, podríamos pensar en ciclismo o en atletismo, pero el problema tiene una raíz más profunda, y es el de la pasividad. Habrá alguno que hasta le haya hecho gracia la bromita de estos matones de poca monta, que se habrán sentido como los de COU jugando contra los de la guardería. Ole sus huevos.

La hombría se demuestra mucho más con la compasión y con la honestidad que levantando un metal que uno no se ha ganado. Y se demuestra mucho más todavía leyendo la noticia anterior y sintiendo asco y vergüenza ajena. Ojalá usted cuando termine este post hable de ello con sus amigos y colegas y reflexionen medio minuto sobre el particular. Con ira, si puede ser. Aunque no me atrevo a pedir tanto.

Al fin y al cabo, somos españoles, ¿no?


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Madrid 2020, ¿es lo que necesitamos?

Él es el héroe que Gotham se merece, pero no el que necesita ahora mismo“. Con esas palabras, recitadas en voz cadenciosa sobre el fondo musical de Hans Zimmer, el comisario Gordon le hacía ver a su hijo una triste verdad al final de la épica El Caballero Oscuro. En un mundo imperfecto, las soluciones mágicas no existen, los ideales funcionan sólo a veces, y los esfuerzos titánicos no siempre se ven recompensados.

Él es el héroe que Gotham se merece, pero no el que necesita ahora mismo“. Con esas palabras, recitadas en voz cadenciosa sobre el fondo musical de Hans Zimmer, el comisario Gordon le hacía ver a su hijo una triste verdad al final de la épica El Caballero Oscuro. En un mundo imperfecto, las soluciones mágicas no existen, los ideales funcionan sólo a veces, y los esfuerzos titánicos no siempre se ven recompensados.

Esta es una página sobre deporte. El deporte es una vía de escape y también una de las más nobles actividades del ser humano, principalmente porque se realiza por elección. El antílope y el guepardo, cuando corren, lo hacen impulsados por la necesidad, por mero instinto de supervivencia. Usain Bolt o una humilde estudiante de psicología, cuando corren, lo hacen por elección propia. Porque cada paso les hace mejores.

Por eso puede parecer extraño que en una página como esta, donde amamos el deporte y muchos de mis compañeros dedican, con pasión, su vida a contarlo, alguien exprese el deseo de que Madrid no consiga los Juegos Olímpocos de 2020. Para muchos de los que comparten espacio conmigo en Grada360 será uno de los acontecimientos que marquen sus vidas. También será un cambio radical en las vidas de muchas personas, muchos se enriquecerán gracias a los Juegos, habrá trabajo durante un par de años para muchos jóvenes, y será en general una fiesta.

Esa es la parte buena. Hay una parte mala. El presupuesto corregido de Madrid 2020 prevee gastar 2400 millones de euros e ingresar 2000. Sobre el papel, es un gasto medianamente asumible si consideramos el beneficio intangible que traerá para España en imagen de marca. Pero en el mundo real, sabemos que siempre se falla con las cifras. Sin ir más lejos, Londres calculó unos gastos de 2400 millones de libras que terminaron convirtiéndose en unos reconocidos 9300 millones, casi cinco veces más de lo ingresado. A todas luces, un negocio ruinoso.

El otro día salí a correr por el Parque del Retiro. Mientras intentaba mover mis viejos huesos de treintañero a un ritmo razonable, me crucé con la joven de la que hablaba en el segundo párrafo, amiga de hace años. Mientras nos deteníamos a tomar aliento y ponernos al día, le comenté que seguramente estaría emocionada por los Juegos. Y ella me respondió, muy seria: “Preferiría que esos miles de millones de euros que se supone que no tenemos y que han recortado de Sanidad y Educación fuesen a lo realmente importante. A pagar becas que hiciesen avanzar la investigación, a contratar más médicos, a elevar el nivel de los alumnos de este país”.

Y se marchó, antes de que pudiese responder nada. Me dijo adiós con la mano mientras se alejaba como el Batman de Nolan, dejándome pensativo, sudoroso y cansado. Troté de vuelta a casa, pero ya no era lo mismo. Sabía que poner una pierna delante de la otra nos hace ser mejores, pero no tanto como para que la ilusión que nos hace organizar unos juegos nos haga olvidarnos de que no siempre lo que queremos o merecemos es lo que necesitamos.

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Gloria de cristal

Un héroe se define por la gloria, dicen. Lo que tendríamos que preguntarnos es qué es la gloria, y más importante aún, de qué está hecha.

La gloria es como una jarra de cristal de Murano. Extremadamente difícil de crear, es necesario un artesano de una pericia especial para soplar un objeto de inusual belleza. Un profesional puede dedicar su vida entera para crear una sola pieza excepcional, algo que no pueda ser superado nunca. Es muy sencillo fallar en cualquier parte del proceso, destruir lo creado, tener que volver a empezar.

E incluso cuando se ha terminado, cuando la obra se coloca en una repisa, en el lugar exacto para que la luz incida de forma perfecta sobre ella, tan sólo hace falta un tropezón estúpido para que la jarra se tambalee y se haga añicos contra el suelo.

Cuando pienso en los chavales de la Selección, en su esfuerzo titánico y continuado a lo largo de todos estos años (contamos cinco desde que ganaron la Eurocopa, pero han hecho falta alguno más para ese primer hito), y pienso en la derrota que sufrieron el domingo ante Brasil, lo único que se me ocurre es lo profundamente injustos que podemos llegar a ser los espectadores, los periodistas, incluso los compañeros (Ese canterano riéndose de Iker Casillas en su cuenta de Twitter).

Siguiendo con el símil de la jarra de cristal, no es demasiado complicado deducir cuál es el lugar del artesano creando con inusual pericia algo insustituible y cuál es el papel del idiota que tropieza y se lleva todo por delante. Los medios y el público estamos tan deseosos de crear héroes, de tener triunfos, de vender periódicos, de olvidar las penas, que somos los torpes visitantes de esa jarra maravillosa que nunca va a repetirse. Estar en Twitter el domingo por la noche y el lunes por la mañana, leer los chistes malos e hirientes sobre Arbeloa y Ramos, sobre Casillas e incluso Del Bosque, me hizo reflexionar sobre la pobreza de nuestra afición y sobre la ínfima calidad de nuestro periodismo. Porque he escuchado muchas veces decir “Somos campeones del mundo”, pero muy pocas “hemos perdido”.

Y la primera persona del plural, ya que se usa mal cuando se gana, no debería de olvidarse cuando se pierde.

Un héroe se define por la gloria, dicen. Lo que tendríamos que preguntarnos es qué es la gloria, y más importante aún, de qué está hecha.

La gloria es como una jarra de cristal de Murano. Extremadamente difícil de crear, es necesario un artesano de una pericia especiall para soplar un objeto de inusual belleza. Un profesional puede dedicar su vida entera para crear una sola pieza excepcional, algo que no pueda ser superado nunca. Es muy sencillo fallar en cualquier parte del proceso, destruir lo creado, tener que volver a empezar.

E incluso cuando se ha terminado, cuando la obra se coloca en una repisa, en el lugar exacto para que la luz incida de forma perfecta sobre ella, tan sólo hace falta un tropezón estúpido para que la jarra se tambalee y se haga añicos contra el suelo.

Cuando pienso en los chavales de la Selección, en su esfuerzo titánico y continuado a lo largo de todos estos años (contamos cinco desde que ganaron la Eurocopa, pero han hecho falta alguno más para ese primer hito), y pienso en la derrota que sufrieron el domingo ante Brasil, lo único que se me ocurre es lo profundamente injustos que podemos llegar a ser los espectadores, los periodistas, incluso los compañeros (Ese canterano riéndose de Iker Casillas en su cuenta de Twitter).

Siguiendo con el símil de la jarra de cristal, no es demasiado complicado deducir cuál es el lugar del artesano creando con inusual pericia algo insustituible y cuál es el papel del idiota que tropieza y se lleva todo por delante. Los medios y el público estamos tan deseosos de crear héroes, de tener triunfos, de vender periódicos, de olvidar las penas, que somos los torpes visitantes de esa jarra maravillosa que nunca va a repetirse. Estar en Twitter el domingo por la noche y el lunes por la mañana, leer los chistes malos e hirientes sobre Arbeloa y Ramos, sobre Casillas e incluso Del Bosque, me hizo reflexionar sobre la pobreza de nuestra afición y sobre la ínfima calidad de nuestro periodismo. Porque he escuchado muchas veces decir “Somos campeones del mundo”, pero muy pocas “hemos perdido”.

Y la primera persona del plural, ya que se usa mal cuando se gana, no debería de olvidarse cuando se pierde.

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