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Categoría: Selección Española
Puyol, un adiós sin mariconadas

Hay noticias que te encogen un poco el corazón. El adiós del Barça de Carles Puyol, no por esperado, es menos emotivo y emocionante. Para los que ya han llegado a mi edad, los 36, comenzamos a ver que todos los grandes deportistas que anuncian su despedida de la primera línea de batalla son más jóvenes que tú, lo cual ya incita al desaliento. Poco a poco he ido asumiendo que nunca seré futbolista profesional, algo que mi nula habilidad con el balón me anunciaba desde pequeño, pero a lo que mi corazón aspiraba secretamente mientras tuve edad para ello y aún después. El deporte se ahorró un manta que acabó cayendo en la literatura, pero de haberse cumplido mis sueños hubiese deseado con todas mis fuerzas llevar una carrera parecida a la de Puyol.

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Los periodistas solemos recurrir a la épica escalonada cuando narramos algo tan simple como un tío corriendo detrás de una pelota. Ello deviene en chorradas tan inmensas como llamar Pichichón a Cristiano o Gladiator a Messi, estupideces que la gente repite luego en los bares y en el metro. Nuestro afán por vender una historia nos lleva, titular tras titular, a narrar un cuento de buenos y malos, donde los malos son invariablemente los del equipo rival de aquel a quien apoyan el grueso de tus lectores. Gesta, proeza, leyenda… Todas esas mariconadas que devienen en una píldora de dudoso gusto pero fácil consumición, destinada a los que leen poco y piensan menos.

Hubo un momento en el que el enfrentamiento entre los buenos y los malos alimentado por cierto macarra de Setubal llegó a crispar a todo un país. Y entonces surgieron de ambos bandos señores con muebles en la cabeza y acero en las pelotas, que supieron que había que parar aquello y lo hicieron, dándole una lección al mundo del fútbol cuyos daños colaterales aún colean, pero que valió el reconocimiento de aquellos que piensan dos veces antes de hablar y tres antes de escribir, y también un premio.

Puyol no estaba en aquel premio y hubo un clamor por ello, pues todo el mundo sabía que había sido el principal artífice de la paz. Todos recordaremos durante muchos años su clase en el campo. Todos recordaremos durante muchos años este gol esencial.

Y probablemente olvidemos muy pronto su amabilidad, su sensatez y que habló, en voz baja y de forma discreta, gritando a los cuatro vientos que el fútbol es algo más sencillo que toda esta sarta de memeces pseudoheroicas. No son más que 22 y una pelota. A ras de hierba, al corte y sin mariconadas. Y después un abrazo y a la ducha.

Ole ahí, Carles. Gracias. Este madridista jamás te olvidará.


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La responsabilidad de ser uno mismo

¿Qué es un futbolista?

Juventus Vucinic pantaloneta gol festejo futbol ECMIMA20130408 0107 4

Depende de a quién le preguntes. Si le preguntas a un admirador del futbolista, te dirá que su ídolo, que un grande, que un crack. Si le preguntas a alguien del equipo rival, te dirá que un muñeco de feria, un piscinero, un leñero o el adjetivo peyorativo que mejor le encaje. Si le preguntas a un periodista, dependerá de los intereses de su medio y de las afinidades que tenga con el futbolista en cuestión, o la cantidad de entrevistas exclusivas que le conceda (es lo que se conoce como Factor Manolo Lama). Juventus Vucinic pantaloneta gol festejo futbol ECMIMA20130408 0107 4

¿Qué es un futbolista?

Depende de a quién le preguntes. Si le preguntas a un admirador del futbolista, te dirá que su ídolo, que un grande, que un crack. Si le preguntas a alguien del equipo rival, te dirá que un muñeco de feria, un piscinero, un leñero o el adjetivo peyorativo que mejor le encaje. Si le preguntas a un periodista, dependerá de los intereses de su medio y de las afinidades que tenga con el futbolista en cuestión, o la cantidad de entrevistas exclusivas que le conceda (es lo que se conoce como Factor Manolo Lama).

Si le preguntas a un entrenador, te dirá que una herramienta para ganar. Si le preguntas a un presidente, sobre todo si este es de los que levantan torres y saluda alcaldes, presidentes y reyes, te dirá que una herramienta para vender camisetas (no te dirá que una herramienta para conseguir contratos para sí mismo en el palco, pero lo pensará). Si le preguntas al propio futbolista, tendrás un millar de respuestas distintas, desde los que se ven simplemente como tipos con suerte a los que les pagan por hacer lo que les gusta, hasta los que se conciben a sí mismos como marcas cuidadosamente estudiadas. Si le preguntas al diccionario, te dirá que un señor que juega al fútbol.

Nada de todo esto es un futbolista.

Un futbolista de primer nivel es una idea. Messi, CR7, Iniesta, Casillas, son una idea. No son setenta kilos de músculo en movimiento golpeando un balón de cuero. Son un concepto, un concepto que tiene contexto, imagen y vida propia al margen de la vida de la persona. Son, por encima de todo, un ejemplo y un espejo.

Ahí fuera hay millones de niños que cada mañana se despiertan en una habitación en la que hay colgada una foto de su idea, de su concepto. Que antes de abrocharse las botas para ir a jugar en el patio con sus amigos, piensan en esa idea, en ese concepto. Que cuando chutan el balón, lo hacen invocando el nombre de la idea y del concepto, como si fuese un mantra capaz de otorgar poderes al lanzamiento, revestirles de la misma magia que convierte a hombres en ideas.

Por eso, cuando un futbolista se enfunda la camiseta de su equipo, cuando se convierte en la idea, deja de ser el tipo con suerte y un Ferrari, el piscinero, la marca y la herramienta. Se convierte en algo más. Una idea, una idea con un enorme poder transformador. Y todo gran poder conlleva una gran responsabilidad.

Vicente del Bosque, Xavi y Casillas están en Guinea Ecuatorial, en un régimen dictatorial y nefasto, porque se lo ha mandado el señor Villar. Desconozco los intereses que hay detrás de esa orden, ni los intercambios que han motivado esa decisión. Sólo sé que Del Bosque, Xavi y Casillas no son marionetas. Son seres humanos que representan una idea. Los enormes chalets en los que viven, los coches que conducen, los privilegios de los que disfrutan no los reciben sólo por ser buenos en su trabajo. Sino por ostentar esa responsabilidad.

Está en sus manos lo que hagan con ella. Está en sus manos no saltar a ese campo, y ejercer con valentía la responsabilidad de ser ellos mismos que viene aparejada con sus privilegios. Está en sus manos no traicionar la idea que representan.

Porque en esta vida la única persona a la que uno no puede decepcionar es a uno mismo.

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Si le preguntas a un entrenador, te dirá que una herramienta para ganar. Si le preguntas a un presidente, sobre todo si este es de los que levantan torres y saluda alcaldes, presidentes y reyes, te dirá que una herramienta para vender camisetas (no te dirá que una herramienta para conseguir contratos para sí mismo en el palco, pero lo pensará). Si le preguntas al propio futbolista, tendrás un millar de respuestas distintas, desde los que se ven simplemente como tipos con suerte a los que les pagan por hacer lo que les gusta, hasta los que se conciben a sí mismos como marcas cuidadosamente estudiadas. Si le preguntas al diccionario, te dirá que un señor que juega al fútbol.

Nada de todo esto es un futbolista.

Un futbolista de primer nivel es una idea. Messi, CR7, Iniesta, Casillas, son una idea. No son setenta kilos de músculo en movimiento golpeando un balón de cuero. Son un concepto, un concepto que tiene contexto, imagen y vida propia al margen de la vida de la persona. Son, por encima de todo, un ejemplo y un espejo.

Ahí fuera hay millones de niños que cada mañana se despiertan en una habitación en la que hay colgada una foto de su idea, de su concepto. Que antes de abrocharse las botas para ir a jugar en el patio con sus amigos, piensan en esa idea, en ese concepto. Que cuando chutan el balón, lo hacen invocando el nombre de la idea y del concepto, como si fuese un mantra capaz de otorgar poderes al lanzamiento, revestirles de la misma magia que convierte a hombres en ideas.

Por eso, cuando un futbolista se enfunda la camiseta de su equipo, cuando se convierte en la idea, deja de ser el tipo con suerte y un Ferrari, el piscinero, la marca y la herramienta. Se convierte en algo más. Una idea, una idea con un enorme poder transformador. Y todo gran poder conlleva una gran responsabilidad.

Vicente del Bosque, Iniesta y Casillas están en Guinea Ecuatorial, en un régimen dictatorial y nefasto, porque se lo ha mandado el señor Villar. Desconozco los intereses que hay detrás de esa orden, ni los intercambios que han motivado esa decisión. Sólo sé que Del BosqueIniesta y Casillas no son marionetas. Son seres humanos que representan una idea. Los enormes chalets en los que viven, los coches que conducen, los privilegios de los que disfrutan no los reciben sólo por ser buenos en su trabajo. Sino por ostentar esa responsabilidad.

Está en sus manos lo que hagan con ella. Está en sus manos no saltar a ese campo, y ejercer con valentía la responsabilidad de ser ellos mismos que viene aparejada con sus privilegios. Está en sus manos no traicionar la idea que representan.

Porque en esta vida la única persona a la que uno no puede decepcionar es a uno mismo.


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Casillas y la puerta

Atención, estudiantes, apunten el enunciado del siguiente problema:

“En un multimillonario club de fútbol tenemos a un futbolista de la categoría vaca sagrada que no juega y tenemos una puerta. Calcule usted el tiempo que el futbolista tardará en usarla considerando que:

a) Media afición quiere que se vaya y la otra que se quede

b) Los argumentos del futbolista son “Ahora me entreno bien, no como antes”.

c) Al club eso de hacer caja le vendría bien.

d) El presidente no le puede ver delante.”

La respuesta a la anterior ecuación matemática parece sencilla, pero nada más lejos de la realidad. El fútbol y el ambiente que rodea a los clubs de primer nivel, las relaciones internas y las presiones externas, son una pesadilla kafkiana que haría enloquecer a Escher. Arriba, abajo, izquierda y derecha están totalmente confundidos, y ni siquiera el éxito garantiza la continuidad. Que se lo digan a Del Bosque.

Así que ahí tenemos a Casillas, que sobre el papel es el mejor portero del mundo, el levantador de copas del mundo. Y por otro lado tenemos a Diego López, un chaval con menos galones que parece que para bien. Y por otro lado tenemos un ego y una puerta. Y por otro lado tenemos una afición y un presidente y unas condiciones económicas y unos resultados que pueden venir o no, y unas lesiones, y unos agentes, y unas declaraciones… y ni la más remota idea de lo que puede suceder en el futuro.

Si a mi me preguntasen qué opino, creo que Iker Casillas terminará la temporada como portero titular del Real Madrid, muy probablemente jugando la final de la Champions contra el Bayern de Guardiola. Que el Barsa será una apisonadora en Liga que sufrirá una pájara en Europa y que Rajoy irá vestido de faralaes a un Debate sobre el Estado de la Nación. Claro que esto no dejan de ser preferencias personales basadas en la intuición, en las copas que me tomé anoche y en lo que me ha salido de las narices mientras escribía el artículo. ¿Porqué? Porque esto es en definitiva una columna de opinión, un espacio donde se analizan situaciones complejísimas con una venda en los ojos y una mano atada a la espalda.

Hay en el club de Concha Espina un Fantasma Pernicioso que traga millones y no escupe copas, y en próximos artículos intentaremos analizar el por qué de ese comportamiento que se antoja ya insostenible. Pero mientras tanto, soñemos con Champions y trajes de faralaes mientras el mejor portero del mundo (sobre el papel) se pone ciego a pipas Facundo (sobre la grada).

Atención, estudiantes, apunten el enunciado del siguiente problema:

“En un multimillonario club de fútbol tenemos a un futbolista de la categoría vaca sagrada que no juega y tenemos una puerta. Calcule usted el tiempo que el futbolista tardará en usarla considerando que:

a) Media afición quiere que se vaya y la otra que se quede

b) Los argumentos del futbolista son “Ahora me entreno bien, no como antes”.

c) Al club eso de hacer caja le vendría bien.

d) El presidente no le puede ver delante.”

La respuesta a la anterior ecuación matemática parece sencilla, pero nada más lejos de la realidad. El fútbol y el ambiente que rodea a los clubs de primer nivel, las relaciones internas y las presiones externas, son una pesadilla kafkiana que haría enloquecer a Escher. Arriba, abajo, izquierda y derecha están totalmente confundidos, y ni siquiera el éxito garantiza la continuidad. Que se lo digan a Del Bosque.

Así que ahí tenemos a Casillas, que sobre el papel es el mejor portero del mundo, el levantador de copas del mundo. Y por otro lado tenemos a Diego López, un chaval con menos galones que parece que para bien. Y por otro lado tenemos un ego y una puerta. Y por otro lado tenemos una afición y un presidente y unas condiciones económicas y unos resultados que pueden venir o no, y unas lesiones, y unos agentes, y unas declaraciones… y ni la más remota idea de lo que puede suceder en el futuro.

Si a mi me preguntasen qué opino, creo que Iker Casillas terminará la temporada como portero titular del Real Madrid, muy probablemente jugando la final de la Champions contra el Bayern de Guardiola. Que el Barsa será una apisonadora en Liga que sufrirá una pájara en Europa y que Rajoy irá vestido de faralaes a un Debate sobre el Estado de la Nación. Claro que esto no dejan de ser preferencias personales basadas en la intuición, en las copas que me tomé anoche y en lo que me ha salido de las narices mientras escribía el artículo. ¿Porqué? Porque esto es en definitiva una columna de opinión, un espacio donde se analizan situaciones complejísimas con una venda en los ojos y una mano atada a la espalda.

Hay en el club de Concha Espina un Fantasma Pernicioso que traga millones y no escupe copas, y en próximos artículos intentaremos analizar el por qué de ese comportamiento que se antoja ya insostenible. Pero mientras tanto, soñemos con Champions y trajes de faralaes mientras el mejor portero del mundo (sobre el papel) se pone ciego a pipas Facundo (sobre la grada).


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Un camino sin retorno

120 millones de euros. Eso es lo que tendrá que pagarle el Real Madrid al Tottenham, un montante desorbitado y a todas luces innecesario, por una de las pocas estrellas sueltas que quedaban por el mundo.

Cabe preguntarse qué sentido tiene ahora el fichaje de Bale a ese precio por el Real Madrid. Es un jugador enorme, un crack, y tiene 23 años tan sólo. Sobre eso no caben muchas dudas, pero tampoco cabían sobre Kaká cuando se le fichó por un palé de billetes de 500 euros, y ha sido el calentador de banquillos más caro de la historia del equipo blanco. Su glorioso trasero ha elevado la temperatura de los asientos Recaro a razón de 10 millones de euros al año, elevando el coste de su fichaje por encima de los 100.

Al llegar a este tercer párrafo, habrá lectores que piensen que el Real Madrid es soberano y puede hacer con su dinero lo que le dé la realísima gana. Sin entrar en por qué el banco le presta al Real Madrid 120 millones de euros y para el CSIC no hay un duro, eso no es exactamente cierto. Sigo defendiendo, y lo haré hasta que me muera o me echen de Grada360, que el Real Madrid y el Barcelona tienen una responsabilidad con el fútbol español que han ignorado repetidamente en la defensa egoísta de sus propios intereses. Primero, ignorando (sobre todo el Madrid) las necesidades a largo plazo de la selección española, que en buena medida recaen sobre sus hombros. Y segundo, con el mal uso que le dan al dinero que genera el fútbol español y del que ellos se llevan la parte del león.

Todo el dinero que se está marchando de la Liga hacia la Premier, la Bundesliga o el Calcio, son oportunidades que le damos a los rivales para que nos debiliten. Lo primero que ha hecho el Tottenham con el dinero de Bale ha sido comprarse a Soldado, pegando un buen tajo a la delantera del Valencia. Y esa es una constante que se repite por todos los equipos que no entran en la parte superior de la tabla. Excepto Madrid y Barcelona, ningún club se ha reforzado de manera significativa. Salvo, como me comenta Rodrigo Errasti, el Athletic de Bilbao, y ello sólo porque tiene unas particularidades que le facilitan la vida a veces -otras muchas se la complican-.

¿Cuánto podrá mantenerse este sinsentido? Tanto como el dinero de la Liga y las televisiones siga igual de mal repartido, que será sin duda mucho tiempo. En realidad el fútbol español ha emprendido un camino sin retorno para los equipos pequeños, que durante la próxima década están condenados a ver a Real Madrid y Barcelona repartirse las Ligas y los puestos de arriba de Champions, mientras ellos rascan alguna Copa que otra y ven como sus mejores jugadores acaban comiendo fish and chips en Londres, pizza en Roma o codillo en Munich.

Y en realidad, tampoco nadie quiere que esto cambie, ¿no?

120 millones de euros. Eso es lo que tendrá que pagarle el Real Madrid al Tottenham, un montante desorbitado y a todas luces innecesario, por una de las pocas estrellas sueltas que quedaban por el mundo.

Cabe preguntarse qué sentido tiene ahora el fichaje de Bale a ese precio por el Real Madrid. Es un jugador enorme, un crack, y tiene 23 años tan sólo. Sobre eso no caben muchas dudas, pero tampoco cabían sobre Kaká cuando se le fichó por un palé de billetes de 500 euros, y ha sido el calentador de banquillos más caro de la historia del equipo blanco. Su glorioso trasero ha elevado la temperatura de los asientos Recaro a razón de 10 millones de euros al año, elevando el coste de su fichaje por encima de los 100.

Al llegar a este tercer párrafo, habrá lectores que piensen que el Real Madrid es soberano y puede hacer con su dinero lo que le dé la realísima gana. Sin entrar en por qué el banco le presta al Real Madrid 120 millones de euros y para el CSIC no hay un duro, eso no es exactamente cierto. Sigo defendiendo, y lo haré hasta que me muera o me echen de Grada360, que el Real Madrid y el Barcelona tienen una responsabilidad con el fútbol español que han ignorado repetidamente en la defensa egoísta de sus propios intereses. Primero, ignorando (sobre todo el Madrid) las necesidades a largo plazo de la selección española, que en buena medida recaen sobre sus hombros. Y segundo, con el mal uso que le dan al dinero que genera el fútbol español y del que ellos se llevan la parte del león.

Todo el dinero que se está marchando de la Liga hacia la Premier, la Bundesliga o el Calcio, son oportunidades que le damos a los rivales para que nos debiliten. Lo primero que ha hecho el Tottenham con el dinero de Bale ha sido comprarse a Soldado, pegando un buen tajo a la delantera del Valencia. Y esa es una constante que se repite por todos los equipos que no entran en la parte superior de la tabla. Excepto Madrid y Barcelona, ningún club se ha reforzado de manera significativa. Salvo, como me comenta Rodrigo Errasti, el Bilbao, y ello sólo porque tiene unas particularidades que le facilitan la vida a veces -otras muchas se la complican-.

¿Cuánto podrá mantenerse este sinsentido? Tanto como el dinero de la Liga y las televisiones siga igual de mal repartido, que será sin duda mucho tiempo. En realidad el fútbol español ha emprendido un camino sin retorno para los equipos pequeños, que durante la próxima década están condenados a ver a Real Madrid y Barcelona repartirse las Ligas y los puestos de arriba de Champions, mientras ellos rascan alguna Copa que otra y ven como sus mejores jugadores acaban comiendo fish and chips en Londres, pizza en Roma o codillo en Munich.

Y en realidad, tampoco nadie quiere que esto cambie, ¿no?

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El último fortín del fútbol

Niños y alegría. Dos palabras que van siempre unidas, como los carros al caballo. Los niños son felices porque juegan sin pensar en el futuro ni en las consecuencias. Para ellos no hay mañana, sólo el momento presente. No hay otro disfrute que el disfrute del ahora, del instante en el que se encuentran. Cuando crecen, los niños dejan de pensar en el momento y piensan en lo que ha de venir. Empiezan a hacerse peinados imposiblemente horteras para diferenciarse, a salir en anuncios, a comprar Ferraris. Y lo peor, no juegan por el instante, pelean por un objetivo, muy a menudo personal. Que puede ser igualmente lícito y honesto, pero está desnudo de alegría y yermo de ilusión.

Niños y alegría. Dos palabras que van siempre unidas, como los carros al caballo. Los niños son felices porque juegan sin pensar en el futuro ni en las consecuencias. Para ellos no hay mañana, sólo el momento presente. No hay otro disfrute que el disfrute del ahora, del instante en el que se encuentran. Cuando crecen, los niños dejan de pensar en el momento y piensan en lo que ha de venir. Empiezan a hacerse peinados imposiblemente horteras para diferenciarse, a salir en anuncios, a comprar Ferraris. Y lo peor, no juegan por el instante, pelean por un objetivo, muy a menudo personal. Que puede ser igualmente lícito y honesto, pero está desnudo de alegría y yermo de ilusión.

Todas esas sensaciones se esfuman cuando vemos a los chavales de la Sub-21. Han vuelto a ganar el Europeo, y eso es hermoso. Pero más allá de un nuevo título, de una nueva conquista, queda en las retinas una forma de mirar al fútbol que llevábamos tiempo sin ver. Excepción sea hecha del primer tiempo de sus hermanos mayores en el España-Uruguay de la Copa Confederaciones.

Algo tiene la selección española, algo diferente, que hace que cuando los jugadores se vistan la camiseta roja se produzca un cambio en su estado de ánimo. Ese grupo maravilloso, unido, de amigos, ese grupo que estuvo a punto de romperse porque alguien decidió pensar en sí mismo antes que en el fútbol y en el juego. Ese grupo que ha vuelto, que nos hace pensar de nuevo en niños y en alegría. Nos hemos permitido soñar con ellos muchísimos años, con una felicidad nunca antes alcanzada. Todos tenemos claro que este grupo tiene una frontera, un final, que es el mundial del año que viene. Pero no hay problema. Porque en el último fortín del fútbol quedan relevos para permitirnos no perder la alegría ni la ilusión.

(...)
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Todas esas sensaciones se esfuman cuando vemos a los chavales de la Sub-21. Han vuelto a ganar el Europeo, y eso es hermoso. Pero más allá de un nuevo título, de una nueva conquista, queda en las retinas una forma de mirar al fútbol que llevábamos tiempo sin ver. Excepción sea hecha del primer tiempo de sus hermanos mayores en el España-Uruguay de la Copa Confederaciones.

Algo tiene la selección española, algo diferente, que hace que cuando los jugadores se vistan la camiseta roja se produzca un cambio en su estado de ánimo. Ese grupo maravilloso, unido, de amigos, ese grupo que estuvo a punto de romperse porque alguien decidió pensar en sí mismo antes que en el fútbol y en el juego. Ese grupo que ha vuelto, que nos hace pensar de nuevo en niños y en alegría. Nos hemos permitido soñar con ellos muchísimos años, con una felicidad nunca antes alcanzada.

Todos tenemos claro que este grupo tiene una frontera, un final, que es el mundial del año que viene. Pero no hay problema. Porque en el último fortín del fútbol quedan relevos para permitirnos no perder la alegría ni la ilusión.


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El último fortín del fútbol

Niños y alegría. Dos palabras que van siempre unidas, como los carros al caballo. Los niños son felices porque juegan sin pensar en el futuro ni en las consecuencias. Para ellos no hay mañana, sólo el momento presente. No hay otro disfrute que el disfrute del ahora, del instante en el que se encuentran. Cuando crecen, los niños dejan de pensar en el momento y piensan en lo que ha de venir. Empiezan a hacerse peinados imposiblemente horteras para diferenciarse, a salir en anuncios, a comprar Ferraris. Y lo peor, no juegan por el instante, pelean por un objetivo, muy a menudo personal. Que puede ser igualmente lícito y honesto, pero está desnudo de alegría y yermo de ilusión.

Niños y alegría. Dos palabras que van siempre unidas, como los carros al caballo. Los niños son felices porque juegan sin pensar en el futuro ni en las consecuencias. Para ellos no hay mañana, sólo el momento presente. No hay otro disfrute que el disfrute del ahora, del instante en el que se encuentran. Cuando crecen, los niños dejan de pensar en el momento y piensan en lo que ha de venir. Empiezan a hacerse peinados imposiblemente horteras para diferenciarse, a salir en anuncios, a comprar Ferraris. Y lo peor, no juegan por el instante, pelean por un objetivo, muy a menudo personal. Que puede ser igualmente lícito y honesto, pero está desnudo de alegría y yermo de ilusión.

Todas esas sensaciones se esfuman cuando vemos a los chavales de la Sub-21. Han vuelto a ganar el Europeo, y eso es hermoso. Pero más allá de un nuevo título, de una nueva conquista, queda en las retinas una forma de mirar al fútbol que llevábamos tiempo sin ver. Excepción sea hecha del primer tiempo de sus hermanos mayores en el España-Uruguay de la Copa Confederaciones.

Algo tiene la selección española, algo diferente, que hace que cuando los jugadores se vistan la camiseta roja se produzca un cambio en su estado de ánimo. Ese grupo maravilloso, unido, de amigos, ese grupo que estuvo a punto de romperse porque alguien decidió pensar en sí mismo antes que en el fútbol y en el juego. Ese grupo que ha vuelto, que nos hace pensar de nuevo en niños y en alegría. Nos hemos permitido soñar con ellos muchísimos años, con una felicidad nunca antes alcanzada. Todos tenemos claro que este grupo tiene una frontera, un final, que es el mundial del año que viene. Pero no hay problema. Porque en el último fortín del fútbol quedan relevos para permitirnos no perder la alegría ni la ilusión.

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