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Categoría: mas-deporte
See no evil

En la cultura japonesa existe una máxima pictórica que representa a tres monos. Uno se tapa los ojos, otro los oídos y otro la boca. No ven el mal, no escuchan el mal, no hablan del mal. Así interpreta el pueblo la tradición de los sanzaru. En España no tenemos monos en los bosques, sino ocupando los despachos de dirección de medios de comunicación y las tertulias, jugando el peligroso juego del cortoplacismo y del culo en la silla, que ahora queda claro cómo termina para el que lo juega.

En la cultura japonesa existe una máxima pictórica que representa a tres monos. Uno se tapa los ojos, otro los oídos y otro la boca. No ven el mal, no escuchan el mal, no hablan del mal. Así interpreta el pueblo la tradición de los sanzaru. En España no tenemos monos en los bosques, sino ocupando los despachos de dirección de medios de comunicación y las tertulias, jugando el peligroso juego del cortoplacismo y del culo en la silla, que ahora queda claro cómo termina para el que lo juega.

Uno de estos monos se llama Paco.

Con toda probabilidad uno de estos monos se llama Paco.

El doloroso cierre ayer de RTVV, que pone a 687 trabajadores en la calle, es el último clavo en el ataúd del modelo político, económico y de comunicación que ha dejado a este país en la ruina. No sólo la económica, sino la moral y la ética. Llevamos más de una década practicando un peligroso deporte de riesgo. Tiene colores y bandos, camisetas y símbolos, pero estas sólo sirven para que quienes se aprovechan del juego no pierdan su posición cuando los borregos visitamos las urnas cada cuatro años.

Ser del Atleti, del Madrid o del Barça es algo visceral, ilógico, un sentimiento. Es lícito y sano, y debe ser de esa forma. “Ser” de un partido político no lo es. Votamos por colores, y así nos va. Este país no va a cambiar hasta que dejes de pelear por el partido al que votas y empieces a exigirle que pelee por ti. Porque mientras tanto, lo que va a ocurrir es que quienes manejan todo lo que nos importan nos irán arrojando cacahuetes con los que entretenernos y que no nos fijemos en los bistecs que hay sobre la mesa.

Copa América, año 2007. 1961 millones. “Inversión” del 1% del PIB Valenciano. Toma, un cacahuete.

Fórmula 1, años 2008-2012. 300 millones de euros. Toma, un cacahuete.

Fútbol, año 2009. Contratos con el Valencia (30 millones), Villarreal (25) y Levante (12). Toma, un cacahuete.

Esta es la sociedad en la que estamos viviendo, con los ojos, los oídos y la boca tan tapados como los monitos. Un señor con traje, que presuntamente ni siquiera se ha pagado él mismo, anuncia que va a traer la Fórmula 1 a Valencia. Unos cuantos aplauden, entusiasmados. Unos periodistas con hipoteca que pagar e hijos que alimentar lo jalean. El resto calla o ignora que eso no es fomentar el deporte. Fomentar el deporte es hacer campos para el fútbol base, no comprar un espectáculo.

Luego llega el momento de la verdad. Llega Bernie con sus camiones y sus pitbabes, hace un poco de circo, nos lo pasamos bien cuatro domingos. Cuatro. Bye, bye, 300 millones de euros. ¿Privatizamos hospitales, los niños no tienen calefacción en las clases? See no evil. Quédate con la emoción del asturiano subido al podio. ¡Qué grandeza! ¡Qué poderío! Y fíjate en mi, en tu amigo el político, el que ha hecho esto posible, a su lado en todas las fotos. No te olvides de quién te hizo vivir esas emociones, cuando tengas que ir a votar, ¿eh?

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El corto plazo, la emoción y el impulso deberían estar desterrados de nuestra toma de decisiones. Deportivas o políticas, tanto da. El resultado, tan solo unos años después, aquí lo tenemos. Malezas creciendo en las pistas, amarraderos vacíos, puertas cerradas. Los periodistas que decían que tenían hijos que alimentar, en la puta calle y sin credibilidad.

Cuando se ha acabado el pan y el circo, sólo queda apartar las manos de ojos, boca y oídos, y reflexionar. Y no hay nada a lo que ellos le tengan más miedo. Así que vayamos empezando., 

(...)
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Uno de estos monos se llama Paco.

Con toda probabilidad uno de estos monos se llama Paco.

El doloroso cierre ayer de RTVV, que pone a 687 trabajadores en la calle, es el último clavo en el ataúd del modelo político, económico y de comunicación que ha dejado a este país en la ruina. No sólo la económica, sino la moral y la ética. Llevamos más de una década practicando un peligroso deporte de riesgo. Tiene colores y bandos, camisetas y símbolos, pero estas sólo sirven para que quienes se aprovechan del juego no pierdan su posición cuando los borregos visitamos las urnas cada cuatro años.

Ser del Atleti, del Madrid o del Barça es algo visceral, ilógico, un sentimiento. Es lícito y sano, y debe ser de esa forma. “Ser” de un partido político no lo es. Votamos por colores, y así nos va. Este país no va a cambiar hasta que dejes de pelear por el partido al que votas y empieces a exigirle que pelee por ti. Porque mientras tanto, lo que va a ocurrir es que quienes manejan todo lo que nos importan nos irán arrojando cacahuetes con los que entretenernos y que no nos fijemos en los bistecs que hay sobre la mesa.

Copa América, año 2007. 1961 millones. “Inversión” del 1% del PIB Valenciano. Toma, un cacahuete.

Fórmula 1, años 2008-2012. 300 millones de euros. Toma, un cacahuete.

Fútbol, año 2009. Contratos con el Valencia (30 millones), Villarreal (25) y Levante (12). Toma, un cacahuete.

Esta es la sociedad en la que estamos viviendo, con los ojos, los oídos y la boca tan tapados como los monitos. Un señor con traje, que presuntamente ni siquiera se ha pagado él mismo, anuncia que va a traer la Fórmula 1 a Valencia. Unos cuantos aplauden, entusiasmados. Unos periodistas con hipoteca que pagar e hijos que alimentar lo jalean. El resto calla o ignora que eso no es fomentar el deporte. Fomentar el deporte es hacer campos para el fútbol base, no comprar un espectáculo.

Luego llega el momento de la verdad. Llega Bernie con sus camiones y sus pitbabes, hace un poco de circo, nos lo pasamos bien cuatro domingos. Cuatro. Bye, bye, 300 millones de euros. ¿Privatizamos hospitales, los niños no tienen calefacción en las clases? See no evil. Quédate con la emoción del asturiano subido al podio. ¡Qué grandeza! ¡Qué poderío! Y fíjate en mi, en tu amigo el político, el que ha hecho esto posible, a su lado en todas las fotos. No te olvides de quién te hizo vivir esas emociones, cuando tengas que ir a votar, ¿eh?

El corto plazo, la emoción y el impulso deberían estar desterrados de nuestra toma de decisiones. Deportivas o políticas, tanto da. El resultado, tan solo unos años después, aquí lo tenemos. Malezas creciendo en las pistas, amarraderos vacíos, puertas cerradas. Los periodistas que decían que tenían hijos que alimentar, en la puta calle y sin credibilidad.

Cuando se ha acabado el pan y el circo, sólo queda apartar las manos de ojos, boca y oídos, y reflexionar. Y no hay nada a lo que ellos le tengan más miedo. Así que vayamos empezando.


© cuestiondepelotas for Cuestión de pelotas, 2013. | Permalink | No comment | Add to del.icio.us
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28 veces la mejor del mundo

Hace 31 años nació una niña en Volgogrado que sólo quería ser gimnasta. Desde los cinco años, y durante una década, Yelena se dedicó en cuerpo y alma al giro y la pirueta, queriendo ser la mejor del mundo. Pero un día, sus genes y su sistema endocrino la traicionaron. De pronto sus entrenadores la miraban con desconfianza, y le decían que era demasiado alta para ser gimnasta. Que midiendo 1,74 jamás llegaría lejos.

Yelena lloró al saber la noticia. Ella sólo deseaba competir, pero las trabas eran demasiado grandes. Podría haber renunciado al deporte entonces, haberse convertido en una chica normal más, del montón. Podría haberse buscado un trabajo o echarse novio, podría haber hecho muchas cosas, pero no hizo ninguna.

En lugar de eso, cogió una pértiga.

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Las chicas no son solo guerreras cuando no están ellos

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Así, sí.

Hay una constante en la información deportiva en nuestro país que produce a la vez lástima y rabia. Y es la poca o nula atención que le prestamos a las deportistas femeninas españolas. El desequilibrio social y de atención que existe entre lo que gana y lo que aparece en medios un deportista hombre y una mujer es abismal y casi incomprensible.

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Hay una constante en la información deportiva en nuestro país que produce a la vez lástima y rabia. Y es la poca o nula atención que le prestamos a las deportistas femeninas españolas. El desequilibrio social y de atención que existe entre lo que gana y lo que aparece en medios un deportista hombre y una mujer es abismal y casi incomprensible.

Los 106×70 de un campo de fútbol son iguales para una mujer que para un hombre. Los 3,05 del aro de baloncesto están a la misma altura. Los 100 metros lisos tienen exactamente el mismo número de centímetros, y por alguna razón nos comportamos como si eso no fuese así.

Tenemos tan poco respeto a la labor de las deportistas, que nos creemos que tenemos que centrar la atención en sus cuerpos, no en su desempeño. De ahí propuestas tan rocambolescas como la de la creación de una Liga de Baloncesto en Lencería, que produce vergüenza por su mera existencia.

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Así que durante todo el año pasamos olímpicamente de las mujeres deportistas a no ser que se dopen o salgan desnudas, como en la contraportada del As. Pero luego llega el verano y resulta que las competiciones masculinas desaparecen o que los chicos pinchan miserablemente en el mundial de natación, y ellas conquistan 12 medallas. Y de pronto nos acordamos de que el deporte, todos los deportes, los practican personas de ambos sexos, con las mismas reglas pero distintas oportunidades. Que cruzar la línea de meta la primera cuesta el mismo sudor, la misma energía y la misma fuerza. O incluso más, porque ha de ser logrado con menos recursos. Y en ese momento es cuando tenemos que pararnos a reflexionar sobre qué estamos haciendo, o escribir posts como estos, que ojalá no fuesen necesarios pero que hoy por hoy siguen siendo imprescindibles.

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El deporte y el horror

El deporte simboliza lo más elevado de nuestro espíritu. Parecerá un sacrilegio teniendo en cuenta mi profesión de escritor, pero creo que en muchos aspectos el deporte supera a las artes, las ciencias y otras loables actividades humanas. Lo hace por su capacidad de aglutinar los valores que representan la esencia de nuestra especie. No es sólo citius, altius, fortius. Es más rápido, más alto, más fuerte, pero con unas normas. Un respeto a los demás contendientes, a la competición y a las reglas del juego. Compañerismo, amistad, valor y fuerza, y en general ese conjunto de valores intangibles que llamamos deportividad.

El deporte sólo es deporte, pensaréis. Sólo es un juego. Acarrea muchas injusticias, es obsceno en muchos de sus planteamientos modernos. La atención, el interés y las compensaciones económicas que reciben los deportistas de élite son excesivamente altas, incluso dolorosas si las comparamos con el erial yermo que afrontan en nuestro país los investigadores, los creadores, los artistas.

Pero.

Pero cuánta grandeza, cuánta emoción, cuánto sentimiento. Tras el gol de Iniesta aullaron millones de gargantas al unísono y creyeron en la idea de que el esfuerzo colectivo puede llevar a una meta que durante décadas pareció inalcanzable.

Pero cuánta alegría, cuántas enseñanzas, cuántas oportunidades para crecer. Cuando un niño cae en el patio del colegio y se despelleja las rodillas una y otra vez contra el duro cemento, pero vuelve a levantarse con una sonrisa porque siempre hay otra canasta que encestar, otro pase que hacer, una última carrera antes de que la campana nos devuelva a la realidad.

Pero cuánta superación, cuánta fuerza de voluntad, cuánta confianza. El primer paso de una maratón, con 42 kilómetros por delante, es una locura, el último una heroicidad. Un científico ante su microscopio no es más grande que un atleta anónimo a 42195 zancadas de la meta. Porque la energía que los impulsa es la misma, y sin un profundo anhelo de grandeza ninguno de los dos llegaría a lograr nada.

Deporte, el deporte auténtico, es la negación de la muerte y del horror. Es gritarle en la cara a la Parca que no importa lo contados que estén tus días, tú no te vas a quedar sentado esperando. El deporte no sería tan grande si nosotros no fuésemos tan pequeños. ¿Qué mérito habría si todos pudiésemos golpear el balón como Cristiano, correr como Usain Bolt, encestar como Kobe? ¿Qué mérito tendría ganar si no fuésemos capaces de perder?

Eso es lo que no comprenden los mezquinos y los violentos. Aquellos que no son capaces de entender el valor de las pequeñas victorias, los pequeños gestos, incluso de las derrotas. Los que insultan, los que hacen trampas, los que agreden.

Los que ponen bombas.

En Munich en 1972, en Atlanta en 1996, en el Bernabéu en 2002, en Angola en 2010, en Boston en 2013. En cada ocasión en la que el horror ha querido negar el deporte y lo que supone, ha salido derrotado. Ellos tendrán sus ollas a presión rellenas de clavos, sus AK 47, sus razones.

Nosotros tenemos razón. Y mientras haya un niño que se despierte media hora antes para ir a su entrenamiento, las puertas del horror no prevalecerán contra ella.

Y esa razón se llama deporte.

Lee su post anterior: Messi y Cristiano: De ejércitos y gigantes. Pincha AQUÍ.

El deporte simboliza lo más elevado de nuestro espíritu. Parecerá un sacrilegio teniendo en cuenta mi profesión de escritor, pero creo que en muchos aspectos el deporte supera a las artes, las ciencias y otras loables actividades humanas. Lo hace por su capacidad de aglutinar los valores que representan la esencia de nuestra especie. No es sólo citius, altius, fortius. Es más rápido, más alto, más fuerte, pero con unas normas. Un respeto a los demás contendientes, a la competición y a las reglas del juego. Compañerismo, amistad, valor y fuerza, y en general ese conjunto de valores intangibles que llamamos deportividad.

El deporte sólo es deporte, pensaréis. Sólo es un juego. Acarrea muchas injusticias, es obsceno en muchos de sus planteamientos modernos. La atención, el interés y las compensaciones económicas que reciben los deportistas de élite son excesivamente altas, incluso dolorosas si las comparamos con el erial yermo que afrontan en nuestro país los investigadores, los creadores, los artistas.

Pero.

Pero cuánta grandeza, cuánta emoción, cuánto sentimiento. Tras el gol de Iniesta aullaron millones de gargantas al unísono y creyeron en la idea de que el esfuerzo colectivo puede llevar a una meta que durante décadas pareció inalcanzable.

Pero cuánta alegría, cuántas enseñanzas, cuántas oportunidades para crecer. Cuando un niño cae en el patio del colegio y se despelleja las rodillas una y otra vez contra el duro cemento, pero vuelve a levantarse con una sonrisa porque siempre hay otra canasta que encestar, otro pase que hacer, una última carrera antes de que la campana nos devuelva a la realidad.

Pero cuánta superación, cuánta fuerza de voluntad, cuánta confianza. El primer paso de una maratón, con 42 kilómetros por delante, es una locura, el último una heroicidad. Un científico ante su microscopio no es más grande que un atleta anónimo a 42195 zancadas de la meta. Porque la energía que los impulsa es la misma, y sin un profundo anhelo de grandeza ninguno de los dos llegaría a lograr nada.

Deporte, el deporte auténtico, es la negación de la muerte y del horror. Es gritarle en la cara a la Parca que no importa lo contados que estén tus días, tú no te vas a quedar sentado esperando. El deporte no sería tan grande si nosotros no fuésemos tan pequeños. ¿Qué mérito habría si todos pudiésemos golpear el balón como Cristiano, correr como Usain Bolt, encestar como Kobe? ¿Qué mérito tendría ganar si no fuésemos capaces de perder?

Eso es lo que no comprenden los mezquinos y los violentos. Aquellos que no son capaces de entender el valor de las pequeñas victorias, los pequeños gestos, incluso de las derrotas. Los que insultan, los que hacen trampas, los que agreden.

Los que ponen bombas.

En Munich en 1972, en Atlanta en 1996, en el Bernabéu en 2002, en Angola en 2010, en Boston en 2013. En cada ocasión en la que el horror ha querido negar el deporte y lo que supone, ha salido derrotado. Ellos tendrán sus ollas a presión rellenas de clavos, sus AK 47, sus razones.

Nosotros tenemos razón. Y mientras haya un niño que se despierte media hora antes para ir a su entrenamiento, las puertas del horror no prevalecerán contra ella.

Y esa razón se llama deporte.

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