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Solo yoga
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Ana Salas | 22-02-2016 | 14:23

Aquí no somos nadie. Ni periodistas ni abogados ni profesores ni oficinistas ni camareros. No tenemos edad. Nadie pregunta a qué se dedica el otro ni los años que ha cumplido.

 

El tema es el yoga y sus alrededores.

 

No se habla abiertamente de lo que cada uno hace o hasta dónde se llega. Eso se guarda para la shala.

 

Todos somos iguales y así nos tratamos. Nuestras ropas no nos diferencian. Adoptamos un estilo más o menos parecido, con un cierto toque indio. He dejado el color negro y ahora visto pantalones sorprendentemente coloridos. Llevamos camisetas frescas porque el calor aprieta, y las mujeres nos cubrimos con grandes pañuelos para no llamar la atención y respetar un atuendo femenino que no muestra los hombros y tapa el pecho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un kirtan es lo más parecido a un concierto. Aquí, cantamos todos.

 

Todos nos relajamos en el vestir aunque ellos lo tienen más fácil. Las chanclas, para chicos y chicas, son el calzado estándar. Los anillos en los dedos de manos y pies, y las pulseras en muñecas y tobillos son los básicos para ellas; los tatuajes y el pelo largo, para ambos, en caso de que se pueda permitir, completan el ‘look’ de extranjero en Mysore. No abundan los barbudos entre los practicantes. Un extra que a más de 30 grados no se hace necesario.

 

 

 

 

 

 

Los zapatos se quedan fuera.

Es el paraíso del descalzo.

 

Así somos vistos por fuera, más o menos. Preocupados por lo que comemos, curiosos respecto a la vida autóctona vista desde nuestro cómodo barrio.

 

Nos decimos adiós continuamente. Hola también, pero este es un saludo más tímido, de desconocidos.

 

El adiós es diferente.

 

Y habitual.

 

Un mes, dos, tres, y todos nos renovamos. Algunos se quedan, excepciones. La mayoría trata de volver y seguir con su trabajo o encontrar uno nuevo. Todos, con la vista puesta en el siguiente viaje, en la próxima vez en la shala reconociéndonos. Los profesores también dan bienvenidas y despedidas. Siempre alumnos nuevos y cuando se los aprenden, marchan dejando sitio a los siguientes que llegan esta ciudad de paso.

 

Queremos viajes de ida y vuelta. Siempre volver. Volver a casa, volver a verte, volver a la vida de allí, volver a India, volver a esta vida despreocupada.

 

¿Cómo será la vuelta?

Sobre el autor Ana Salas
Soy periodista en transición. Cambio de ciudad y espero hacerlo también de trabajo. El último, en El Comercio, se ha prolongado durante ocho años. Buscando aproximarme a casa y empezar de nuevo, me tomo un tiempo. A veces no es necesario ir tan deprisa. Me voy a la India a practicar yoga antes de asentarme en una ciudad más al sur de la que me ha acogido durante 13 años: Oviedo. Dicen que un viaje así supone un antes y un después en la vida de cualquiera. Vamos a comprobarlo.