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Cambios
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Ana Salas | 15-02-2016 | 11:04

Cada principio de mes, me mudo. Ahora, de barrio y de escuela.

 

Me costó encontrar una casa en Gokulam porque es temporada alta de yoguis y el barrio está completo. Pero al final, apareció.

 

Había venido varias veces como visitante porque aquí hay tiendas que no encuentras en otras zonas de Mysore. Tienen leche fresca de soja, de almendras y de coco, tofu recién hecho y chocolate vegano artesano, por ejemplo. Hay tiendas de ropa y libros, además de restaurantes y cafés frecuentados fundamentalmente por extranjeros. Es decir, nosotros.

 

Había advertido que es un barrio más elegante, con grandes casas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

También hay extraños ejemplos arquitectónicos.

 

Se me había pasado, sin embargo, un detalle importante que ahora que vivo aquí no entiendo cómo no vi a la primera: no hay basura en las esquinas. Alguien se dedica a recogerla casa por casa y no sé si se la da a las vacas en otro sitio porque, desde luego, en Gokulam tampoco abundan los animales sagrados.

 

Es un barrio limpio y cómodo, con todo lo que el foráneo pueda necesitar en un paseo de cinco o diez minutos. Ahora que ya llevo un mes largo en Mysore, que no es India profunda ni mucho menos, Gokulam me parece un lujo.

 

El cambio de barrio está relacionado con el yoga, no es que buscara una zona más animada donde vivir que, hay que decirlo, tampoco está mal.

 

En cinco minutos relajados llego a la shala de Saraswathi, mi profesora e hija de Pattabhi Jois, uno de los ‘exportadores’ del yoga a Occidente. Reconozco que cada día que pongo el pie en las escaleras de su casa, donde da las clases, esperando a que llegue mi turno siento cierto cosquilleo en el estómago.

 

Somos unos 40 practicando al mismo tiempo, cada uno a su ritmo, con su serie. 

 

El domingo tenemos clase dirigida.

 

Saraswathi canta las posturas y las respiraciones que les acompañan. Sesiones rápidas y muy calurosas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El antes y el después de una de las clases dirigidas de los domingos.

 

 

Estos días, unos 150 discípulos siguen a la vez la serie de movimientos. La sensación es bastante difícil de describir: respirando juntos y atendiendo a las anotaciones de esta mujer que en 2016 cumplirá 75 años. Tiene experiencia y fuerza. Sus ajustes son firmes.

 

Las clases de su hijo Sharath son aún más populosas. Desde muy temprano, cada día, imparten las enseñanzas heredadas. Uno a la semana, Sarath resuelve las dudas de los alumnos. Habla de qué es el yoga y de la importancia de acompañar la práctica con ciertas normas morales, porque yoga es en realidad vida, una vida consciente, sencilla y agradecida. Así vivimos aquí y esto es lo que debemos llevarnos.

Sobre el autor Ana Salas
Soy periodista en transición. Cambio de ciudad y espero hacerlo también de trabajo. El último, en El Comercio, se ha prolongado durante ocho años. Buscando aproximarme a casa y empezar de nuevo, me tomo un tiempo. A veces no es necesario ir tan deprisa. Me voy a la India a practicar yoga antes de asentarme en una ciudad más al sur de la que me ha acogido durante 13 años: Oviedo. Dicen que un viaje así supone un antes y un después en la vida de cualquiera. Vamos a comprobarlo.