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Fuera de la realidad
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Ana Salas | 03-02-2016 | 12:49

Miran, miramos. Nos miramos sin saber mucho los unos de los otros. Ellos siempre preguntan lo mismo: de dónde eres. La respuesta les basta. Nosotros, seguimos mirando. A veces no lo suficiente. Es duro ver su pobreza.

Qué pensarán cuando nos observan. Pueden pasar minutos mirándonos tratando de averiguar algo sobre esos extranjeros que llegan a su ciudad buscando profundizar en la milenaria tradición del yoga. Nosotros hacemos lo mismo, pero con una perspectiva muy diferente a la suya.

La vida que llevamos aquí tiene algo de irrealidad.

Por la mañana cuando vamos a la escuela, a nuestra dedicada práctica, amanece. Esta mañana el cielo tiene un sorprendente color rosado. En la primera esquina, un par de vacas comen. Se acercan tres más caminando seguras por el medio de la calle. Seguimos el trayecto. Una mujer barre la vía. No lleva zapatos y su escoba artesana dificulta la ingrata tarea.

En este recorrido, no más de diez minutos a paso ligero, la distancia entre mi casa y la escuela de yoga, hay un pequeño asentamiento. Varias familias han construido ahí, en plena calle, unas cabañas para vivir durante la estación seca o mientras las autoridades se lo permitan.

El injusto reparto del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Estos niños son algunos de los habitantes del asentamiento.

 

 

Coches, autobuses, motos, más vacas, perros. Ladran, se pelean. Una chica occidental interviene calmando a los animales.

Practicamos. Salimos. Bebemos nuestro coco. Respiramos. Un chai.

Al lado, un montón de hombres desayunan arroz con huevos cocidos y algún tipo de curry. Uno lo cocina y sirve la mezcla. Otro, ayudado por un chico que debería estar en el colegio en lugar de en esta cocina rodante, prepara chapati. Ha traído la mezcla de casa. El hombre amasa, extiende con un rodillo, dobla y enrolla para después aplastar y freír. Sonríen al advertir la curiosidad del extranjero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Uno de los muchos restaurantes con ruedas.

 

 

No les molesta que mires si así tú permites mirar. Miran cómo cargamos con nuestras esterillas, qué blanca es nuestra piel y qué claros nuestros ojos. Los suyos, tan negros, no parecen preocupados por no llevar zapatos o porque sus camisas no estén muy limpias, planchadas o nuevas.

¿Qué pensarán? ¿Les preocupará mañana? A veces envidio ese poder estar solo en hoy. Otras, agradezco aprender sus principios desde nuestro mundo.

Desapegarse de las cosas es fácil cuando las tienes. A muchos de los que nos cruzamos cada día no les queda otra que desapegarse porque no hay nada a lo que apegarse. No sé de castas ni de organización de la vida india pero así veo esta realidad.

También habrá otra, la de quienes conducen grandes coches guardados en lujosas casas en este país en construcción. A esos, se les ve menos.

Sobre el autor Ana Salas
Soy periodista en transición. Cambio de ciudad y espero hacerlo también de trabajo. El último, en El Comercio, se ha prolongado durante ocho años. Buscando aproximarme a casa y empezar de nuevo, me tomo un tiempo. A veces no es necesario ir tan deprisa. Me voy a la India a practicar yoga antes de asentarme en una ciudad más al sur de la que me ha acogido durante 13 años: Oviedo. Dicen que un viaje así supone un antes y un después en la vida de cualquiera. Vamos a comprobarlo.