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El yoga y la luna
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Ana Salas | 26-01-2016 | 13:52

La energía de la luna sobre la tierra también nos afecta a nosotros. Los días de luna llena y luna nueva, no practicamos. Lunas en domingo que unidas a sábados de descanso nos regalan pequeñas vacaciones en este mes de enero. Qué buenas son las vacaciones.

 

 

-¿Eres lunática?, le preguntó poco después de conocerla.

-No sé, se reservó la respuesta.

-Me refiero a si te afecta la luna, aclaró ante la definición de la RAE: “Que padece locura, no continua, sino a intervalos”. La luna influye en las mareas y en el ciclo vital de algunos animales. También en las personas. ¿No notas nada raro cuando hay luna nueva o luna llena?

 

Los días de luna, como aquí los llamamos, paramos porque son momentos de fuertes energías y pueden intervenir en nuestra intensa y delicada práctica. Esto no ocurre en otras disciplinas del yoga pero sí en Ashtanga, y para los seguidores es día de descanso.

 

Si pasa como este mes que la luna nueva y la luna llena caen en domingo, el descanso crece porque el sábado es el día en el que tradicionalmente no se practica.

 

Este primer mes en India he tenido dos largos fines de semana. Cuando practicas a diario, no hacerlo durante dos días es como estar de vacaciones. Llega el lunes y estás deseando volver a la esterilla. Como cuando éramos niños y queríamos que se acabara el verano para volver al colegio a conocer a los nuevos compañeros y profesores. (¿No era así?) Aquí pasa igual, deseosos de ver cómo avanzamos una semana más.

 

Los dos fines de semana de reposo, con sus sábados y sus domingos, han dado para conocer la playa de Kannur, en Kerarala, donde se llega a través de una selvática carretera; para ir a la piscina; para asistir a varios kirtans (cantos en grupo de mantras acompañados por instrumentos como el armonio o el sitar y algo de percusión), uno de los cuales se nos fue de las manos y parecía imposible que los asistentes dejaran de bailar y cantar entusiasmados con la máxima de disfrutar el momento; y para conocer algunas de las opciones domingueras de los vecinos de Mysore, cuyo gentilicio desconozco.

 

Es India, sí, pero el domingo se aprovecha como en cualquier otro lugar. Lo dedican, por ejemplo, a visitar el conocido como Templo Dorado, (Namdorling Nyingmapa Monastery es su nombre completo), en el que viven unos cinco mil lamas, la mayoría monjes budistas tibetanos.

 

 Una de las ceremonias del domingo por la tarde en el Templo Dorado.

 

 

O van al río a darse un chapuzón.

Un refrescante y divertido baño.

 

En el grupo de la foto, llaman la atención dos niños con el pelo rapado. Aquí las mujeres lo llevan muy largo, suelto o recogido en una bonita trenza o un moño. En realidad, son niñas y les afeitan la cabeza como parte del ritual de celebración del nacimiento de algún nuevo miembro de la familia, me explican.

 

Tras salir del agua les pusieron unos llamativos vestidos que parecían salidos de una película de Disney. Cuando pregunté si vestían así por ser domingo, no pudieron evitar la carcajada. Es un traje tradicional con el que cree que se les protege y no, no es por domingo, visten así todos los días mientras son pequeñas. Ya había visto otras niñas con atuendos similares, con adornos dorados o plateados en los tules rojos, rosas, amarillos o azules. 

 

India no deja de sorprender, tan diferente, tan colorida, tan alegre en ocasiones.

 

Dos fines de semana de luna han servido para estrechar amistades y también para recordar otras gentes y otras lunas, como la de este día.

Sobre el autor Ana Salas
Soy periodista en transición. Cambio de ciudad y espero hacerlo también de trabajo. El último, en El Comercio, se ha prolongado durante ocho años. Buscando aproximarme a casa y empezar de nuevo, me tomo un tiempo. A veces no es necesario ir tan deprisa. Me voy a la India a practicar yoga antes de asentarme en una ciudad más al sur de la que me ha acogido durante 13 años: Oviedo. Dicen que un viaje así supone un antes y un después en la vida de cualquiera. Vamos a comprobarlo.