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Un buen día
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Ana Salas | 20-01-2016 | 13:52

Madrugar para hacer yoga tiene su recompensa. El día empieza bien.

 

 

A las seis menos cuarto suena el despertador todos los días menos el sábado, que descanso. No voy a negar que cuando lo oigo en la lejanía de la habitación, donde está el único enchufe, quiero que pare. Sin permitirme mucho remolonear, con lo que me gusta, salgo de la cama.

 

Una ducha ayuda a despertar.

 

En ayunas, con un vaso o dos de agua en la barriga y un café, salgo de casa.

 

A esas horas la calle está tranquila. El aire se respira más limpio.

 

Quince minutos de camino lento y llego a la escuela. Abro la verja y subo las estrechas escaleras de piedra que conducen a la parte superior de una casa. Allí se ubica Sthalam8.

 

Una terraza sirve de recibidor. Unos pocos asientos, unas mesas y unos colchones cubiertos con telas componen el mobiliario. Las telas cubren también el techo completando su ‘indian style’. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alumnos esperan en la terraza a entrar en clase.

 

Desde aquí, a través de una gran puerta acristalada, se accede a la espartana shala, con dos vestuarios llenos de esterillas y un baño, más austeros aún. También, a la oficina y a la cocina, donde Deepak prepara platos sencillos y muy frescos para reconfortar a los extasiados yoguis.

 

Evidentemente, Ajay Kumar, el profesor, es el alma de este espacio pero Deepak es una pieza importante, igual que Prakash, su asistente, y Gayathry, la callada secretaria que organiza los papeles de los alumnos.

 

Faltan quince minutos para que empiece la clase de las siete. Varios chicos esperan. Hablamos poco y si lo hacemos, bajito. El inglés es el idioma oficial de una escuela con estudiantes llegados de todo el mundo que aparcan sus cosas, su vida, una temporada para dedicarse solo al yoga.

 

Van llegando los demás. Pasadas las siete, se escucha desde la terraza el canto final del grupo anterior.

 

 

 

 

 

 

 

 

Preparándose para empezar la práctica.

 

Somos pocos, una docena en cada una de las dos sesiones. Así quiere Ajay que sea: prestar la mayor atención a cada uno de nosotros. Eso significa que nos revisan casi cada postura. Sufro durante las cerca de dos horas que se prolonga la sesión.

 

Hay muchas cosas que hago mal y, si por un momento mi mirada se desvía, resulta inevitable la comparación viendo las complicadas poses que adquieren algunos de mis compañeros sin que en sus caras se aprecie demasiado esfuerzo. “Allí era diferente”, pienso por un instante. “No había gente de todo el mundo dedicada a la práctica”, me respondo para no dramatizar.

 

 

 

 

 

 

Cartel recordatorio.

 

También puede ocurrir que mires hacia la terraza y veas cómo el sol de la madrugada le añade tonos anaranjados.

 

Duro, difícil, energético y a la vez cálido y relajante. Cuando acabas, pasan los minutos dedicados al descanso, recoges, te vistes, sales a la calle, bebes el agua de un coco y caminas, sientes un día más que el esfuerzo ha merecido la pena. Y así es como empieza un buen día.

 

 

Sobre el autor Ana Salas
Soy periodista en transición. Cambio de ciudad y espero hacerlo también de trabajo. El último, en El Comercio, se ha prolongado durante ocho años. Buscando aproximarme a casa y empezar de nuevo, me tomo un tiempo. A veces no es necesario ir tan deprisa. Me voy a la India a practicar yoga antes de asentarme en una ciudad más al sur de la que me ha acogido durante 13 años: Oviedo. Dicen que un viaje así supone un antes y un después en la vida de cualquiera. Vamos a comprobarlo.