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Las vacas que cambian de color
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Ana Salas | 17-01-2016 | 11:58

 El 15 de enero, el sol empieza a moverse hacia el norte. A partir de ahora los días crecen y se vuelven más calurosos. Es Sankranti, uno de los festivales más importantes en India. Lo celebran pintando las vacas y haciéndoles caminar por encima de pequeños fuegos.

 

Nos habían advertido: mañana por la noche habrá jaleo en Mysore porque se celebra Makara Sankranti. Con ese nombre, no tengo ni idea de qué puede ser. 

 

Llegado el día, el 15 de enero, ya observamos algo distinto: las vacas están pintadas.

 

Utilizan cúrcuma para darles un color rojizo en las patas o ponerles el bindi, y pintura común para convertir sus zonas blancas en amarillas. Los animales se dejan hacer.

 

Una vaca cualquiera.

 

Antes de venir pensaba que las vacas indias eran delgadas. Estaba muy confundida. Son gordas y lustrosas, y lucen hermosos cuernos afilados, estos días coloreados por Sankranti.

 

Es una fiesta con componentes religiosos, como muchas de las cosas que ocurren aquí; también con un trasfondo pagano. En estas fechas el sol se mueve hacia el norte. Los días empiezan a ser más largos y calurosos y las tierras comienzan a dar sus frutos. Algo parecido a un cambio de estación.

 

La celebración no es única del sur del país, ni siquiera de India. También se conmemora en otros lugares del sureste asiático aunque no siempre con el mismo nombre.

 

La secretaria de la escuela de yoga a la que asisto, Gayathry, nos invita a su casa para el festival. Suele sonreír, pero mucho menos que esta tarde. Está pletórica con más de una docena de alumnos occidentales en su modesto hogar en el que vive con su marido y sus dos hijas, su madre y su hermana con otros dos niños. Ocho en total. Nos ofrecen unos aperitivos típicos de la celebración elaborados a base de frutos secos a los que, por supuesto, añaden picante. Es imposible decir que no. Cuando ven que va reduciéndose el contenido de los pequeños boles, sirven más. Están contentos de poder compartir, aunque lo que tengan sea poco.

 

 

Gayathry, que viste un sari rojo, junto a su familia.

 

 

Los hombres en la calle esperan a que salgamos. Los niños amontonan hierba seca. Las vacas ya están dispuestas. Siempre las mismas, cuentan. En este caso, Laksmy y Cavery. “Van a disfrutar mucho nuestras vacas hoy”, asegura Gayathry. Y ríe.

 

Ella y su marido son los únicos que se defienden con el inglés pero no supone un problema de comunicación. El resto, abre mucho los ojos, casi tanto como nosotros. Somos objeto de su curiosidad y viceversa. Sonreímos agradecidos. Ellos, casi más.

 

Prenden los montones de hierba distribuidos en la calle y tiran de las vacas atadas con cuerdas para que pasen por encima del fuego. Sin reticencias lo hacen. Cruzan un par de veces. Es suficiente. Las bendicen al terminar. Ahora son más sagradas aún.

 

 

Uno de los niños tira de Laksmy, la vaca que da

16 litros de leche al día.

 

 

Han tenido que pasar dos semanas para volver a escuchar música. Esto es lo más aquí.

 

Sobre el autor Ana Salas
Soy periodista en transición. Cambio de ciudad y espero hacerlo también de trabajo. El último, en El Comercio, se ha prolongado durante ocho años. Buscando aproximarme a casa y empezar de nuevo, me tomo un tiempo. A veces no es necesario ir tan deprisa. Me voy a la India a practicar yoga antes de asentarme en una ciudad más al sur de la que me ha acogido durante 13 años: Oviedo. Dicen que un viaje así supone un antes y un después en la vida de cualquiera. Vamos a comprobarlo.