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Martes: día de silencio
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Ana Salas | 13-01-2016 | 12:13

Un día en silencio para acallar la mente. Sin móvil, sin Facebook, sin libros, sin nada.

 

 

Esa presión. Vuelvo a sentirla durante la clase de yoga. Es día de sentir, no de pensar. Un par de respiraciones y la práctica continúa. Es martes, día de silencio. También fuera de la escuela. 

Qué difícil es no pensar, no leer, no escribir, no mirar el móvil, los periódicos, Facebook o algo que te conecte con el mundo. Solo un día a la semana.

 

Cartel colgado en la escuela de yoga.

 

 

A la salida de clase, con la mañana ya avanzada, adopto el ritmo indio. Me lo tomo con calma, como aquellos días que no tenía prisa para llegar a trabajar y me entretenía mirando los edificios del casco antiguo. La Catedral desde la calle Mon era una imagen que me gustaba retener.

 

Aprendo el camino a casa. Cruzo despacio la calle, casi sin oír los continuos pitidos del tráfico. Miro los carteles que indican algo que no entiendo. Imposible. Sigo. Paro otra vez. Mi lujo de la semana: “Coffe with soya milk”. Cuatro palabras no son demasiado. El café, Maya, es un pequeño paraíso en esta zona de la ciudad en la que hay poco que hacer. La mañana está tranquila. Tres clientes más. Uno mira su ligero Mac. Su acompañante esta absorta en el teléfono, igual que el último en llegar. Poco silencio ahí dentro.

 

Por fin he encontrado la leche de soja.

 

 

En casa, mi compañera italiana me propone una pasta. Cómo decir que no. La miro mientras la prepara.

 

Corta el pimiento a tiras muy finas y lo va echando poco a poco en la sartén con aceite caliente. Le añade una pizca de sal y tomate que va cortando en pequeños dados. Va removiendo. El agua salada empieza a hervir en la olla. La deja que borbotee. Entonces echa un abundante puñado de espaguetis. Con un tenedor les ayuda a que se sumerjan, uno a uno. Cuando los diez minutos indicados para la cocción han transcurrido, los prueba. Aún falta un poco. Espera. Esperamos. La sartén con los sencillos ingredientes está dispuesta. Vierte la pasta después de escurrirla y lo mezcla. Sin prisa.

 

Así como, en silencio, uno de los más deliciosos platos de pasta de mi vida. Ella come con una gana que da gusto mirarla. Da la sensación de que hoy todo tiene más sabor, mejor. No ha quedado nada.

 

En la calle, el viento se aprecia más suave y agradable. Mueve las hojas de los grandes y abundantes árboles. La fruta y las flores desprenden hoy más olor. Las calles por las que me pierdo caminando junto a chica italiana parecen haber aflojado el paso, acompañándonos.

 

Esta vaca tiene dueño, y la ordeña en plena calle.

 

 

Un olvido nos hace volver a casa antes de la clase de la tarde. Nada más abrir la puerta nos damos cuenta de que algo ha pasado. Hay agua. Pasillo adelante, los garbanzos que había dejado en remojo en la cocina han rodado por el suelo. Un aguacate mordisqueado. “¡Monos!”, grita ella experimentada en India. Y el día de silencio acaba forzado con la inesperada visita.

 

Duró hasta la tarde pero fue un gran día para observar cosas que en la mayor parte de los casos hacemos de manera mecánica. El próximo martes, más. O menos.

 

 

Sobre el autor Ana Salas
Soy periodista en transición. Cambio de ciudad y espero hacerlo también de trabajo. El último, en El Comercio, se ha prolongado durante ocho años. Buscando aproximarme a casa y empezar de nuevo, me tomo un tiempo. A veces no es necesario ir tan deprisa. Me voy a la India a practicar yoga antes de asentarme en una ciudad más al sur de la que me ha acogido durante 13 años: Oviedo. Dicen que un viaje así supone un antes y un después en la vida de cualquiera. Vamos a comprobarlo.