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Primeras impresiones
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Ana Salas | 07-01-2016 | 10:36

 

Los niños trabajan en el mercado y miran a los encargados de los puestos cuando tienen que cobrar a los extranjeros. Cuanto más, mejor, piensan ya a esas edades.



 

 

Las mujeres visten con sari, que pueden ser de telas sencillas estampadas o más delicadas y coloridas con adornos que suenan acompasando el movimiento. Lucen bindi, grandes pendientes dorados, collares y pulseras que realzan aún más su tono de piel. Tapan sus hombros mientras dejan al descubierto sus barrigas.

Los hombres visten con pantalón o falda, larga o corta; con o sin turbante. Los jóvenes cada vez están más occidentalizados y se colocan sus vaqueros, camisas y llamativas gafas de sol. Son las únicas que llevan.

Los indios no tienen problemas de visión. Los turistas que sí los padecen necesitan andarse con cuidado con los monos, que sienten una atracción fatal por ese complemento en el que se ven reflejados.

Los bordillos son altos. Las aceras están rotas o, simplemente, no existen. En su lugar puede haber montones de arena. La basura no se recoge, y mucho menos se recicla. Se amontona en las esquinas de las calles y alguien la quema. Seguro que antes una vaca ha pasado a ver si encontraba algo aprovechable. Los animales sagrados no son una excepción, sino habituales. Los postes de la luz están llenos de cables.

En ciertos puntos estratégicos los hombres venden plátanos, cocos, papayas, granadas, ensaladas de mango… Cada uno, una cosa. También, verduras fritas que preparan, a veces mujeres, en su pequeño puesto rodante.

Tienen esa habilidad de poder cargar paquetes o cestos llenos en la cabeza sin que se les caigan.

 

 

El claxon no lo usan solo para advertir de un peligro, sino para decir que están ahí y tengan cuidado con ellos. No para de sonar. Suenan todos a la vez.

Cruzar la calle obliga al peatón a mirar a todos lados al mismo el tiempo. Otra opción es sumarse a algún grupo de indios que vayan en la misma dirección, o pasar a la vez que una vaca. Esta última es la forma más segura de conseguir ir de un lado a otro de una vía con cuatro o cinco coches en cada sentido, aparte de motos y rickshow, esa especie de moto con asientos para tres o cuatro personas, dependiendo de su corpulencia.

La bicicleta está prácticamente descartada ante este panorama.

Los autobuses van llenos hasta que no cabe nadie más. Un hombre colgado de la puerta, abierta, se encarga de que nadie se scaiga del vehículo en marcha. La aglomeración no es inconveniente. Sonríen y miran a las tres únicas blancas entre tantos indios.

La comida es deliciosamente picante. Es el paraíso para un vegetariano. Los veganos, sin embargo, tienen algún problema más. La leche de soja les suena a salsa de soja.

Los extranjeros viven en casas con todas las comodidades: wifi en lugar de lavadora. Y todos tienen en común su pasión por el móvil. Mires donde mires, viajeros y autóctonos, atienden a su teléfono. También aquí empiezan a perder las buenas costumbres.

Los tejados de las casas se usan como terraza, y esto es lo que se ve desde el mío.

 

 

 

Impresiones personales de la primera semana en Mysore.

Sobre el autor Ana Salas
Soy periodista en transición. Cambio de ciudad y espero hacerlo también de trabajo. El último, en El Comercio, se ha prolongado durante ocho años. Buscando aproximarme a casa y empezar de nuevo, me tomo un tiempo. A veces no es necesario ir tan deprisa. Me voy a la India a practicar yoga antes de asentarme en una ciudad más al sur de la que me ha acogido durante 13 años: Oviedo. Dicen que un viaje así supone un antes y un después en la vida de cualquiera. Vamos a comprobarlo.