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Mysore: viaje al origen del yoga
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Ana Salas | 28-12-2015 | 17:26

Viajo al sur de la India, concretamente a Mysore.

 

 

Está situada a unos 150 kilómetros al sur de Bangalore, la capital de Karnakata, una de las urbes más pobladas del país y conocida como el Silicon Valley indio.

 

Dice Wikipedia que Mysore tiene una población unos 750.000 de habitantes. Es la ciudad más turística de Karnakata, entre otras cosas porque hasta 1947 fue la capital del reino que le da nombre. Su palacio es uno de los grandes atractivos de mi destino, próximo a las colinas Chamundi. La lengua oficial, el canarés; el inglés, para los extranjeros. En realidad sé poco más del lugar al que voy porque no me lleva un interés turístico.

Es mi primer viaje a India. En los tres meses que voy a pasar allí, espero que me dé tiempo a saber un poco más de lo que aprende el turista: conocer algo a sus gentes, acercarme a sus costumbres, sorprenderme con sus colores y reconocer, como me han advertido, sus fuertes olores.

 

No me alojaré en un hotel sino en una casa con otros como yo. Porque voy, vamos, a aprender sobre yoga.  Practicaré en dos centros diferentes en los que conoceré dos maneras muy distintas de enseñar y de estudiar. Uno más pequeño y personalizado, y otro mucho mayor y conocido, el Instituto PattabhiJois, lugar de referencia para cualquier practicante de Ashtanga. Es la modalidad que Guruji, como se llamaba al señor Jois, desarrolló y extendió por todo el mundo.

 

Nacido en una familia pobre, estudió al principio a sus espaldas de la mano de uno de los yoguis más importantes del siglo pasado, Krishnamacharya. Fue profesor de yoga en la Universidad de Sánscrito y dedicó toda su vida a la enseñanza de esta práctica milenaria. En los años 60 llegaron los primeros yoguis extranjeros a su escuela de Mysore. En los 70 viajó él a difundir su método. Falleció en 2009. Hacía años que había dejado el instituto en manos de su hija Saraswathi y su nieto Sharatt.

 

Aunque a alguien fuera del mundillo le pueda resultar exótico un viaje como este, a quien practica yoga con cierta regularidad, le parece algo lógico. Es normal buscar el origen de lo que nos fascina: ir a los clásicos en la literatura, en el rock o en la gastronomía. Es fundamental para entender cómo comemos, bailamos, leemos y escribimos hoy. Lo mismo ocurre con el yoga.

 

Viajar al punto desde donde parte el yoga que hago supone un cambio importante, imagino que en la práctica pero, seguro, en la vida.

 

Los viajes marcan nuestra trayectoria.

 

El yoga ayuda a mirar hacia el interior de cada uno de nosotros, a analizar lo que somos y a entender mejor lo que queremos. Tres meses practicando cada día ( seis días a la semana) será un intenso viaje.

 

 

 

Sobre el autor Ana Salas
Soy periodista en transición. Cambio de ciudad y espero hacerlo también de trabajo. El último, en El Comercio, se ha prolongado durante ocho años. Buscando aproximarme a casa y empezar de nuevo, me tomo un tiempo. A veces no es necesario ir tan deprisa. Me voy a la India a practicar yoga antes de asentarme en una ciudad más al sur de la que me ha acogido durante 13 años: Oviedo. Dicen que un viaje así supone un antes y un después en la vida de cualquiera. Vamos a comprobarlo.