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Asesinato en el Orient Express

Asesinato en el Orient Express‘, aunque la versión que yo vi bien podría titularse: ‘Asesinato en la fila 11, butacas 17 y 18’. Porque lo que prometía ser un bálsamo cinematográfico prenavideño, con todos lo matices y recuerdos de lecturas juveniles de Agatha Christie, resultó ser, para mi desgracia, material para este post. Y ya lo siento porque -a la vista de mis últimas letras- parece que estoy un poco cascarrabias, pero, corregidme si me equivoco después de esta breve historia que os voy a contar de tintes tragicómicos: ¿no es lo que sucedió surrealista, al más puro estilo Buñuel? Pues acomódense en sus butacas que empieza la función…

Érase una vez, en un cine de Santander, situado en una gran superficie, dos matrimonios que -por cuestión del destino, las apetencias cinematográficas y el gusto de todos ellos por sentarse en la última fila – coincidieron en el estreno cántabro de la adaptación cinematográfica de la célebre novela de misterio de Agatha Christie, ‘Asesinato en el Orient Express’. Todos ellos, los cuatro, se relamían, aunque por cuestiones diferentes.

– Qué ganas tengo de ver esta peli.

– Sí, yo también. En mi casa leímos muchísimo de chavales a Agatha Christie. ¿Has visto ‘Muerte en el Nilo’?

– No, la verdad que no.

– Pues tenemos que verla, es la mejor.

Mientras, en otro lugar del aparcamiento, al tiempo que pone el freno de mano y extrae del contacto las llaves, Paco (llamémosle así) le pregunta a Manoli: “¿Lo llevas todo?”. “Que sí pesado, te lo he dicho como quince veces desde que salimos de casa. Aquí tengo la mochila”.

Hagamos un paréntesis en este momento de la historia, no vaya a ser que alguno piense que Paco o Manoli van a poner una mochila bomba en la Sala número 2, butaca 11, filas 17 y 18. No. Es algo peor. Se van a montar un picnic allí, con el peligro de que -como en la peli de Kenneth Branagh- los asistentes, corroídos por el odio y el resentimiento, se alíen para asesinarlos antes de que se enciendan las luces y finalice la proyección.

– Buff, estos de al lado no dejan el móvil. Espero que cuando empiece la película lo apaguen porque, ¡menuda luz que da! ¡Si parece una linterna!

Manoli, que ha oido el comentario de sus vecinos de butaca, saca un pañuelo y, como si fuera la ayudante de Houdini lo coloca delante del teléfono de Paco, aunque, todo hay que decirlo, con poco acierto, porque la luz sigue inundando el espacio. Y así, entre trucos de magia, pañuelos al aire y trailers interminables, suenan los primeros acordes de la banda sonora de la película y aparece un Hercule Poirot, impoluto, con un gran moustache que le atraviesa la cara, seleccionando un par de huevos perfectos para el desayuno. Entonces, se ve que a Manoli y a Paco los huevos les abren el apetito porque, ni cortos ni perezosos, comienzan un picnic-cena-visionado-comentario de la película como si estuvieran en el salón de su casa.

– No te lo vas a creer, los de al lado están sacando los bocatas.

– Bueno, mujer…

– Es que no paran de hacer ruido con las bolsas… Y con el papel de aluminio. Porque traen los bocatas en papel albal y todo.

Mientras, Paco y Manoli, en los asientos contiguos, abren sus refrescos, “clas”, “clas”. Comentan -describiendo con el brazo libre ella y con ademanes de cabeza y “jum”, “jum” reiterados, él- lo bonito que es el paisaje.

– ¡Fíjate!

– Jum, jum.

– ¡Ay, qué bonito!

– Jum, jum. Sácame un poco más de bocata.

– ¿Como el de antes?

– No, sácame el de chorizo.

Mientras, en las butacas 15 y 16…

– No lo soporto. Se están sacando  otro bocadillo o no sé qué es eso. ¡Y encima todo envuelto en papel albal! Soy incapaz de meterme en la película.

Mientras, Poirot, al fondo, en Jerusalem, ante el muro de las lamentaciones, desenmascara a un criminal. Se ve que Kenneth Branagh, director y protagonista, ha querido comenzar la película presentando -como no podía ser  de otra manera- a un Poirot: observador, excéntrico y genial. Pero todo eso me lo pierdo yo en mi butaca número 16 y lo saborean Manoli y Paco entre sorbos de refrescos y comentarios llenos de sandwich y bocata de chorizo. Pero si alguien dudaba de que el festival había terminado, aún quedaba lo mejor ¿Qué es una cena hogareña, improvisada en un cine público, sin un postre a base de cacahuetes, por supuesto, con su cáscara y todo? Y vuelta a los “cras”, “cras” y a los “chas” y a los “¡Qué bonito!”. Porque cierto es que la fotografía de la peli -los paisajes montañosos y nevados por los que discurre el tren- son espectaculares.

La escena de Manoli y Paco fue dantesca, surrealista. Es como si los hubieran teletransportado desde el salón de su casa hasta la fila 11, butacas 17 y 18. Estaban como Perico por su casa. Tan campantes. No se les movía ni un pelo del flequillo. Pienso, incluso, que cuando no los vi se pusieron las babuchas de estar por casa ¿A ver si debajo del abrigo llevaban el pijama?… Si tuviera que poner un emoticono en este punto del texto, sería el de los ojos como platos.

En alguna ocasión he escuchado a gente quejarse por las personas que comen en el cine. Sinceramente, a mí nunca me han importado un puñado de palomitas que, la mayoría de las veces, ni llegan al comienzo de la película. Pero de eso, a sacar la mochila con todas las vituallas…. Respondedme a la pregunta que formulaba al principio: ¿es o no surrealista?

Por fortuna, la butaca 14 estaba libre así que puse un poco de distancia de por medio y, a la media hora justa de reloj, por fin pude meterme en el tren con Branagh, Michelle Pfeiffer, Willem Dafoe, Jonnhy Deep y Penélope Cruz a disfrutar de mi prometido bálsamo navideño.

“Montse, toma” dice mi marido al finalizar la película acercándome distraído el que, supuestamente, era mi bolso olvidado hace más de una hora en la butaca número 15. Miro extrañada el bulto que coloca sobre mis pantorrillas y le digo como si me estuviera posando una rata encima: “¡Quita, quita por ahí!”. Y es que me doy cuenta de que lo que ha puesto sobre mis piernas es la mochila de Manoli y me echo a reír a carcajadas.

Surrealista.

Qué le voy a hacer. En el fondo, siempre me ha hecho gracia lo surrealista.

 


                                                            

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No, ni periodista ni locutor

Lo del intrusismo me tiene frita. Es la historia del jeta, del cara dura. La ley del mínimo esfuerzo. La forma de conducirse del que se encuentra en las antípodas de la seriedad. Y no me vengan a estas alturas a justificarse diciéndome que ir a la universidad es una pérdida de tiempo, o que lo que yo aprendí en cinco años y varios cursos y postgrados bien se puede adquirir en un seminario de 500 horas y, encima, on line. Tócate las narices. Sí, “tócate las narices, María Manuela”, con perdón de las Marías Manuelas.

¿Pues no me encuentro hace unos días a un señor que se autoproclama en Facebook periodista y locutor por arte de birlibirloque? Así, con todas las letras. Sin complejos. Claro, que es el mismo señor que proclama a los cuatro vientos que en un curso de dos meses aprendió lo mismo que un licenciado en INEF en cinco años. Pero lo peor de todo, no es eso, lo peor es que ejerce, con el perjuicio que eso conlleva. Y ya no hablo de la competencia por un puesto de trabajo, me refiero a la prestación de un servicio mal prestado; se trata del todo vale, es la construcción de una sociedad que se sustenta en el truco y la pillería. ¿De qué nos quejamos después?

Que un licenciado no tenga ni para empezar con tres o cuatro años de estudios, lo comparto, de hecho, en su obligación y responsabilidad está el seguir formándose y actualizándose hasta el fin de su vida laboral. Pero que venga alguien a estafar y a reírse del respetable utilizando atajos, no.

“Sólo sé que no sé nada” decía Sócrates, y lo cierto es que cuanto más sabemos, más conscientes somos de nuestras carencias; es entonces cuando las preguntas se multiplican y las dudas acechan, pero también, cuando mejor asumimos las responsabilidades que conlleva nuestro trabajo. Por eso, líbreme del ignorante, porque en su territorio se dan las mayores certezas y es desde esa certeza que se atreve a desempeñar un trabajo para el que no está preparado. Desde esa certeza comete errores de bulto sin tan siquiera darse cuenta.

Quien crea que la vía rápida es un buen camino, está equivocado.

El mejor puchero es, siempre, el que se cocina a fuego lento. El mejor tomate el que madura en la huerta acariciado por el sol. El mejor profesional el que lee, estudia, investiga, acumula experiencias.

Ojalá lo recordemos a la hora de desempeñar nuestro trabajo, pero también, a la hora de elegir quién lo va a desempeñar para nosotros.

No amigo, no. Ni eres periodista, ni eres locutor, ni eres profesor de educación física. Eres un entusiasta colaborador al que, probablemente, mal paguen, que va aprendiendo rudimentos a base de martillazos. Y un guía de gimnasio que poco o nada sabe de biomecánica del movimiento, anatomía o lesiones. Por lo menos, llámate por tu nombre.

 

 

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El despilfarro de las fiestas infantiles

Cuando yo tenía 10 años, y de aquello ya hace unos cuantos, a mi fiesta de cumpleaños asistían cinco niños incluida yo: mi hermano, mi primo, mi amiga Elen y su hermano Tote. La celebración consistía en snacks, Fanta, aceitunas y tarta. Ni siquiera recuerdo si había o no regalos; probablemente no, pero, el hecho de que no lo recuerde significa que no era importante. Sin embargo, lo que sí tengo muy vívidas son las sensaciones: la ilusión de reunirnos para celebrar mi fecha, el momento de apagar las velas, la tarta casera tan rica. Lo normal cobraba excepcionalidad porque nosotros, tan niños y tan poco sobreprotegidos, lo queríamos así. Nuestros padres no sobreactuaban para transmitirle al momento una emoción impostada; tampoco reunían docenas de regalos a la expectativa de que alguno de ellos nos sorprendiera; por su mente no pasaba el gastarse miles de pesetas (cientos de euros de los actuales) en celebrar el cumpleaños (hasta ahí podíamos llegar); tampoco accedían a invitar más niños que los que eran los íntimos de la familia. El cumpleaños era una celebración modesta, casi casi íntima, en la que la tarta de galletas, chocolate y crema pastelera era todo un clásico.

Pero hoy sí, tengo que entonar el mea culpa.

La semana pasada fui a contratar el cumpleaños de mi hija. Solamente, la palabra ‘contratar’ ya chirría. La instalación ofrece cumpleaños temáticos; todo un repertorio de princesas Disney y personajes de películas de animación. Tiene su propia ‘mesa dulce’ en la que las chuches se exponen a la vista de los niños como trofeos que se llevarán al finalizar la fiesta. Hay discoteca con luces de neón. Monitores que dirigen los juegos y velan por los niños, para que no tengan un minuto de aburrimiento. Hinchables y una merienda a base de burguer, bebidas variadas, snacks y tarta de chocolate.

Lo más curioso de todo es que para los niños no es ninguna novedad. Así son todas y cada una de sus fiestas de cumpleaños. En todas hay monitores, discoteca, hamburguesa o pizza y bolsa de chuches al terminar. Y lo peor de todo, tal vez, lo mejor, es que la mayoría de ellos disfrutarían de igual forma en un parque, todos juntos, por el simple hecho de reunirse, jugar y relacionarse en un ambiente diferente al del colegio.

Pero la culpa, como siempre es nuestra, aún cuando tratamos de curarnos en salud con aquello de: “es que hoy tienen de todo y no valoran nada”. Y lo decimos como si los regalos y todo lo que tienen de más, les viniera en un pack debajo del brazo cuando nacen. En realidad somos nosotros, por muy diferentes razones, quienes los sobre-protegemos, los sobre-alimentamos, los sobre-compramos, los sobre-regalamos… Unos, porque ellos no tuvieron y creen que en el dar está el ofrecer lo mejor; otros porque necesitan que sus hijos sean más que el resto, confundiendo que el ser no es el tener; otros porque ‘sus hijos no van a ser menos’; otros porque se dejan llevar por la marea; otros porque ellos mismos son víctimas del consumismo; otros por comodidad,  prefiriendo celebrar fuera de casa… Y así, de esa manera, seguimos todos, queriendo o no, la misma melodía.

En mi caso, en un intento -puede que vano- de eludir en cierta medida el consumismo, he preferido que los niños no traigan regalo puesto que la celebración y el hecho de reunir a los amigos no solamente es suficiente regalo sino que, a mi modo de ver, es el más importante. Pero con todo y con eso, la marea me envuelve, me revuelve y me desorienta.

Me quedo con la frase del filósofo Henry Thoreau:

“La mayor parte de los hombres (…) se afanan tanto en innecesarios artificios y labores absurdamente mediocres, que no les queda tiempo para recoger los mejores frutos de la vida”.

Y procuro recordar a diario una frase propia: “el día que me marche en la maleta no me cabrán los coches, los vestidos o las casas, pero sí las sensaciones vividas, los recuerdos y los sentimientos”.

 

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La culpa no es de los niños, es de los zánganos

En muchas ocasiones, cuando voy a escribir, encuentro que se producen un cúmulo de casualidades o que, sin ser yo demasiado consciente de cómo se va engranando todo, lo hace como por arte de magia. Como si viera la película marcha atrás, a cámara lenta, y entonces todo fluyera con suavidad y cada cosa supiera, exactamente, dónde debiera colocarse.

Anoche salí a cenar y algo pulsó esa tecla. Unos niños chillando, una madre, aparentemente enfadada ofreciendo a los cuatro vientos un ultimátum y, entonces, no sé por qué, me vino a la mente la fábula de Tomás de Iriarte que leí un par de días antes con unos estudiantes. La de la abeja y los zánganos. En ella, los zánganos, honrando su nombre, buscan estratagemas para holgazanear sin que se note.  Dice Iriarte:

(…) Mas como el trabajar les era duro // y el enjambre inexperto // no estaba muy seguro // de rematar la empresa con acierto, // intentaron salir de aquel apuro // con acudir a una colmena vieja, // y sacar el cadáver de una abeja // muy hábil en su tiempo y laboriosa; // hacerla, con la pompa más honrosa, // unas grandes exequias funerales, // y susurrar elogios inmortales // de lo ingeniosa que era // en labrar dulce miel y blanda cera. // Con esto se alababan tan ufanos, // que una abeja les dijo por despique: // “¿No trabajáis más que eso? Pues, hermanos, // jamás equivaldrá vuestro zumbido // a una gota de miel que yo fabrique” (…)

Pues lo mismo le sucedía a aquella madre, envuelta toda ella en pose e impostura. Voces huecas al aire, que ni a las niñas les llegaban ni al resto de comensales nos convencían. Yo atacaba mi plato con el tenedor amenazante, con una furia contenida. Harta de gritos, carreras descontroladas entre las mesas, a lo largo de la barra del bar y al fondo, dentro de los servicios. Las voces infantiles dominaban el espacio. La dueña, con malestar contenido, le indicaba a las niñas que no corrieran. Al fondo, muy al fondo, los padres eran ajenos a la escena. Cenaban a gusto, sin preocupaciones, seguramente, manoseando esa frase también hueca de: “qué se va a hacer, son niños” y reaccionado, después, en realidad, mucho después, desproporcionadamente. Zumbando, como los zánganos de la fábula de Iriarte, más para el respetable que para sus propias hijas, tan sólo para mantener la compostura; para aparentar el papel de dignos educadores. Como los zánganos para “disimular su inútil ocio”.

Y es que, hasta que un taburete cortó el aire con su estruendo al caer después de cuarenta y cinco minutos de juegos infantiles, derrapes entre mesas y gritos estridentes, las dos madres de aquellos cuatro retoños (porque se trataba de dos parejas con cuatro hijas) no se dignaron a atravesar el comedor y acceder al bar para reprender a las niñas por “aquella” fechoría.

Ay, qué distintas de los otros padres, aquellos que vi en la terraza indicándoles a sus hijos: “estamos en un restaurante, aquí no se puede correr ni gritar”. “¿Y en la calle?”. “En la calle sí, pero con cuidado de no tirar nada de las mesas”. Qué distinto… Indicaciones precisas, que por el tono y las formas, dejaban claro que no era la primera vez que eran formuladas, ni tampoco, la primera que los niños las asumían.

Pero luego están los otros. Los zánganos zumbones. Los gritos huecos, a destiempo, sin sentido, que encubren más la incapacidad paterna que la de los niños para ser niños.

No nos quepa duda de que nuestros hijos aprenden el mundo a través de nuestros ojos. Por eso, cada vez que les echamos la culpa de un comportamiento inadecuado, deberíamos preguntarnos: ¿acaso yo le he enseñado otra cosa?.

Con razón concluye Tomás de Iriarte con la siguiente moraleja su fábula:

¡Cuántos pasar por sabios han querido // con citar a los muertos que lo han sido! // ¡Y qué pomposamente los citan! // Mas pregunto yo ahora: ¿los imitan?

 

 

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¿Y si ésta fuera la última vez?

El pasado fin de semana estuve en Liébana. Quizás no es preciso decir que ‘estuve’, más bien, debería decir que sentí el entorno, dejé que la vista caminara lejos, tan lejos como le permitía el horizonte, que los oídos se posaran en cada uno de los sonidos, que escrutaran y se concentraran en los campanos al fondo, en los pájaros en un segundo plano, en el grillo justo al lado. De repente, el sol acariciador y meloso se volvía mezquino al bordear una imponente pared y lanzaba despiadado sus rayos sobre mis brazos, mis piernas desnudas, mi nuca, mi rostro… Al llegar a la cima el viento helador acudía galante a sofocarme. Pero lo hacía con ímpetu, como un amante inexperto, y mi cuerpo se estremecía molesto.

A unos metros por encima de mi cabeza, en la ladera de la montaña, podía ver desperdigadas las perlas de lana que brillaban al sol. Los ejércitos contra los que luchaba Don Qujiote en la Mancha que aquí -como auténticas equilibristas- rasuraban hasta la última brizna de hierba. Más abajo, majestuosos y potentes, los caballos se batían vanidosos y desmelenados, lanzando al cielo bravuconadas y trotando con desvergüenza al sol.  La poesía del momento y la concentración con la que yo los miraba se rompió en cuanto deslicé mi mano en el bolsillo lateral de la mochila. Cinco, diez, no sé cuántas fotos llegué a hacer para poder atrapar siquiera una sensación de las tantas que el instante me provocaba. Por supuesto, erré en mi intento. Es prácticamente imposible, salvo para un objetivo profesional, captar la esencia de las cosas sin que pierdan algo de ellas mismas.

Caminaba lento, con estudiado deleite, tratando de encontrar mi momento de soledad en aquel paraje invadido momentáneamente por trece andarines. Allí estábamos, como una familia italiana, nerviosa, alegre, vocinglera. Creando una realidad nueva con nuestras risas, nuestras impresiones, nuestros peros y porqués. El sol azotaba por momentos. Más traicionero a los mayores, juguetón con los pequeños. La montaña enorme para unos, casi inabarcable para otros, nos observaba divertida, viendo cómo hacíamos cálculos a cerca de cuál sería el mejor cortado para comenzar el descenso.

Y en ese momento no pude dejar de pensar en que, tal vez, esa fuera la única ocasión en que estaría allí o, peor aún, pudiera ser que mis padres -los biológicos y los políticos- con sesenta y más años en sus piernas, nunca más podrían ascender hasta la canal de Colio.

Esa es una sensación que me invade en muchas ocasiones. Pienso: “¿Y si ésta fuera la última vez…?”

Reconozco que hay algo de fetichista en esa reflexión, de intentar, inútilmente, apoderarme del terreno. De dejar mi endeble baba de caracol por el planeta. Nuestra vida es la estela de ese avión que tiene la fuerza momentánea de su paso; que desaparece en unos minutos y se suma a las estelas invisibles de otros cientos de miles que pasaron y volverán a pasar por allí. Pero a mí, me queda el placer de haber sido uno de ellos. El gusto dulce y vanidoso del recuerdo. Y ese vértigo de pensar ¿y si ésta fuera la última vez? Pero esa pregunta es la que me anima a ir a por más. A correr. A recorrer. A ver. A fotografiar. A vivir. A visitar. En definitiva, a querer. Querer atesorar ese momento en una instantánea. Querer a los que me acompañan. Querer hacer otra ruta, y otra más, también con ellos.

En estas estoy cuando me llega el eco acuciante de una voz: ¡Montse! ¡Montse! ¡Qué! respondo con desgana ¿Bajas por este atajo o sigues la pista? Entonces, me resigno a dejar mi retiro momentáneo y recorro los doscientos metros que me separan del grupo. Decido hacer caso a lo que decía mi abuela: “no hay atajo sin trabajo” y me incorporo de nuevo a esa realidad que estamos construyendo juntos esa jornada de domingo ¿Y si esa fuera la última vez…?

 

 

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La vida perfecta de Laura

Laura está atenta a la comida, en realidad, mitad atenta a la comida, mitad a capturar la escena. Es como si en su interior librara una lucha constante entre lo que está viviendo y lo que quiere mostrar. Le sucede lo mismo cuando van a la montaña, o mientras pasean tranquilamente a la orilla del mar; su ojo calcula atento cuál será el mejor encuadre, la luz perfecta, el juego de imágenes que haga de la realidad la composición más bella.

En los últimos tiempos Laura ha disfrutado de atardeceres cálidos, rosados, magenta; de días de sol dorado; de noches a la luz de las velas; de estampas que casi casi, lograban chillar, salirse del cuadro, gritar a los cuatro vientos su alegría.

Laura vive en un constante sonreír. Es una risa amplia, hermosa, llena de dientes. De esas por las que se escapa la vida y al resto solo nos queda mirar con extrañeza, como si en su existir todo fueran días arcoíris -no se sabe bien por qué, seguramente, la fortuna, la mala, se cebó con nosotros- sin embargo, el suyo parece un trayecto sin asperezas. O quién sabe, tal vez es que Laura es de ese tipo de personas capaz de mantener bajo control todo cuanto le sucede.

Laura está ahora en esa discusión que entabla a diario consigo misma. Le sucede casi desde que se levanta. Tal vez, ese rayo que se ve entre los bloques de edificios ochenteros que se alzan frente al suyo es tan hermoso que debería capturarlo o, mejor aún, la mesa del desayuno con sus colores naranjas, celestes, blancos, sobre un mantel de cuadritos pastel, sí, es la imagen más hermosa de la mañana; sin duda lo es.

Esa es su batalla mental. La que libra a cada instante. Saber en qué momento de su día a día está la foto perfecta. la que encierra todos los matices de una vida plena. Y así, día a día, se queda atrapada en cómo mostrar las escenas de su vida como si fuera una de esas películas edulcoradas en las que Hugh Grant hace de solícito enamorado en el barrio de Notting Hill. A ella le encanta luego recrearse en esas estampas. Es como si se mirara en un espejo en el que, acicalada de boda, le devolviera el mejor de sus reflejos. Y se mira y se remira una y otra vez, siempre con la sensación de tener todo bajo control, en orden, bello.

Luego llega Mario, la grita, le recrimina por qué está todo el santo día pegada al móvil. Más le valía limpiar un poco la casa. Está harto de vivir en ese constante desorden. A Mario se le han pasado las zalamerías de los primeros meses de novios y lo que queda de él es un tipo más bien grotesco y de costumbres machistas. A él le gusta llegar a casa y tener el plato en la mesa, caliente, dispuesto. Da igual si Laura ha estado trabajando en el turno de noche preparando las rebajas, o si ha tenido que reunirse por enésima vez con la maestra porque Saúl insiste en proclamarse el graciosillo de la clase y, después, corre que te corre, lo ha llevado a futbito, se ha recorrido dos supermercados en busca de las mejores ofertas y ha regresado exhausta con tiempo, tan sólo, para sentarse veinte minutos a descansar y regalarle a sus amigas de Facebook las mejores estampas de su preciosa vida. Ha decidido subir la foto que tomó justo cuando llegó al campo con Saúl. El sol estaba cayendo y el niño, radiante en su equipamiento, le había regalado la sonrisa grande y feliz de quien, harto del tedio escolar, por fin, sale a trotar detrás del balón. Y ella, hábil para reconocer la estampa perfecta, había capturado la foto, y ahora, antes de que llegara Mario y la sacara de su otra vida, la de Internet, la perfecta, la que proyectaba la ilusión de sí misma que tanto la atrapa, la está colgando acompañada de muchos emoticonos y un mensaje que dice “Otro maravilloso día, lleno de luz y fútbol”.

– Laura, ¡ya estás otra vez! Me parece increíble, llevo todo el día trabajando y aún no has empezado a hacer la cena. Mario irrumpió en su mundo de luz y color de Facebook sin que él ni siquiera se diera cuenta. Rápidamente, guardó el móvil en su bolsillo y emprendió como cada noche, en realidad, como cada momento en el que estaban juntos una amarga discusión plagada de reproches y frases feas. Pero, en medio de ese desorden, de los gritos y sinsabores, Laura no olvidó colgar en la red una foto bien estudiada de la cena que rabiosa había preparado para Mario, eso sí, acompañada de dos corazones y la frase “Acabando la jornada con una rica lasaña”. Tan sólo se le olvidó contar a sus ciberamigos que la lasaña era prefabricada, al igual que la vida que les mostraba a través de la red.

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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.