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Dejarse ir

Estoy en el patio de butacas, una pequeña sala del teatro de Escena Miriñaque en Santander. Probablemente, estamos cien personas, puede que más, seguro que menos. Un grupo reducido si se compara con el aforo de la Sala Argenta. Sin embargo, nunca la más orgullosa de las salas del Palacio de Festivales me hizo sentir así; ni siquiera cuando vi el Lago de los cisnes del  Bolshoi. La sensación de privilegio. De estar viviendo un momento único y diferente, al margen de la rueda mecánica y rutinaria de la ciudad.

La propuesta de Alberto Pineda es ‘Surcos’ una pieza de Danza Contemporánea en la que invita a sentir, a viajar, a ‘dejarse ir’… Me intriga qué es lo que consigue que un bailarín clásico, que ha pisado escenarios tan imponentes como la Scala de Milán o el Zenith de París, entre otros muchos, se salga de la ortodoxia del Clásico para habitar terrenos menos explorados y, seguro, más incomprendidos como los de la Danza Contemporánea. Que transitan en las lindes entre la profesionalidad que él atesora y la bisoñez de quienes provienen de mundos diferentes a los del ballet. Pronto caeré en la cuenta. No es sólo que sea terreno abonado para la creatividad es que, únicamente, cuando se domina con maestría un lenguaje se está en disposición de romperlo. Es un viaje de ida y vuelta en el que, es en el retorno, cuando se recogen los más provechosos frutos. Alberto se afana por habitar el cuerpo. A mi modo de entender, por atrapar la esencia. Es como intentar captar en una partícula la inmensidad del cosmos; como quintaesenciar un sabor; como apresar un instante.

No aspiro a que tú, lector, lo entiendas. Puede que lo hagas, ojalá. Pero, también, sé que hay muchas probabilidades de que no ocurra. Por eso, el aforo de la sala Miriñaque es de 100 y no de 1200 como la Argenta. Y, también, por eso, me siento privilegiada… No aspiro a comprender la lógica del creador, pero sí, en lo más terreno, disfruto ‘dejándome ir’, recreándome como una voyeur en el placer de la experiencia, rescatando pasiones dormidas durante años, como la danza.

De repente, se apaga la luz, todo se va a negro. De repente, una tímida mancha blanca se arroja violenta sobre los bailarines. El resto, en penumbra. De repente, el movimiento, la sonoridad, lo irracional, te atrapan -dejas de pensar- y es, en ese momento, cuando ‘te dejas ir’, comienzas a sentir. Cuando, como dice Alberto Pineda: comienza el viaje. No importa el argumento. No interesa la historia de Odette y del príncipe Sigfrido. Eso es lo de menos. La cuestión es hasta qué punto hay comunión entre el bailarín y el público.

Para mí, esa comunión es un rencuentro con mi juventud, incluso, con mi infancia. En mi viaje de ida y vuelta me he reencontrado con la danza. Porque creo que llega un momento en la vida en el que te das cuenta ‘de qué va ésta’.

Es a lo que se refiere Hemingway cuando dice que “El hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. A ello se refiere el filósofo chino Lao Tse cuando dice: “Cuando dejo ir lo que soy, me convierto en lo que debería ser”. Tal vez, es eso lo que le sucede al Alberto Pineda bailarín con su apasionado viaje por la Danza Contemporánea. Sin duda, es lo que me sucede a mí con mi rencuentro con las cosas sencillas, con las pasiones de infancia… He regresado a ellas con la experiencia que van dando los años y con la certeza de que sólo cuando te dejas ir, con naturalidad y sin dobleces, sale lo mejor de ti mismo.

Gracias a Alberto Pineda por su concepción de la danza, por permitir al público hurgar descarado en su obra, preguntar, opinar e, incluso, tratar de comprender.

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Cibersexo

Abre la boca, grande, amplia, descomunal. Una boca en la que podría caber cualquier cosa; casi, si me apuran, un animal entero. Pero la imagen que a mí me sorprende es la de un fajo de billetes engullido por los intestinos de la máquina. Ni un gracias, ni una sonrisa, ni un firme usted aquí. Es una mala pesadilla. Una imagen de película mala, de esas que auguran un futuro dominado por las máquinas, pero que tienen poca fortuna a la hora de transmitirlo de forma creíble en la pantalla. Sin embargo, la manera en la que yo lo vi fue, tan crudamente real, que sentí el zarpazo de un déjà vu. Un extraño ‘haber pasado por aquí antes’, sin, obviamente, haberlo hecho ¿Me habré metido yo en la máquina del tiempo de Wells? Tanto si lo hice como si no, desde luego tuve una impresión bastante clarividente.

Detrás de mí, esperando en la fila del cajero, después de haber visto cómo a mi vecina le tragaba un fajo de billetes una máquina que abría su inmensa boca de metal, oigo la conversación entre dos mujeres; una de voz dulce, otra, ligeramente atimbrada. La primera lanza constantes dudas y preguntas, la otra, siguiendo un protocolo ordenado -como lo son todos: estereotipados y ordenados- trata de indicarle cómo actuar. Me giro, curiosa, ante tal embrollo de infructuosas indicaciones y me pasmo. ¿Con quién habla la mujer? ¿Me he vuelto loca ? ¿Donde está la otra? ¡Ups! Qué torpe. La tengo en frente. Es gris, de acero inoxidable, voluminosa, de afiladas aristas. Le está indicando a su clienta cómo gestionar unos recibos pulsando los botones que tiene adosados en la barriguita.

Salgo del cajero taciturna. Llevo conmigo una sensación de embotamiento. Un mirar para atrás con la vista perdida tratando de comprender, pero sin hacerlo… Otra máquina en la sala de espera del banco, antes del episodio del cajero, ya se había equivocado al dar los turnos y me había tenido esperando 45 minutos, sin que la asesora, la de la mesa 7, la que me había adjudicado la maquinita, hiciera nada para contradecir a la diosamadre tecnológica que ahora controla todo el edificio.

Y con esa impresión: la de que el mundo se está deshumanizando a pasos agigantados ante nuestros ojos impávidos, subí al coche. Comencé a reflexionar entre las esperas ante los semáforos y el trayecto amable por la ciudad. Un vehículo me rebasa con dos niños en los asientos traseros, adheridos a los reposacabezas de sus papás llevan dos tabletas. Por la acera, dos amigos caminan a la par, uno al lado del otro, consultando los dos sus smartphones, paradójicamente, viviendo momentos distintos y distantes.

Pienso entonces en lo que a mí me hace feliz: charlar con mi hija, leer y comentar lo leído, tomarme una cerveza con amigos, salir a pasear con mi marido, comer en familia, hacer una ruta y explorar el entorno, viajar y conocer lugares y gentes nuevas, escuchar música en vivo, ver una función en el teatro… Todo, absolutamente, todo, requiere de ‘otro’, ‘otra’, ‘otros’. Y es que, estoy convencida, de que las relaciones humanas son las que nos hacen realmente felices. El resto es sólo un espejismo de la sociedad de consumo.

En eso estoy cuando llego a casa y, como de costumbre, enciendo la radio. Extrañamente, hay días en los que todo remite al mismo asunto. Un bucle que te lleva al principio. El locutor me traslada a la boca: insaciable, juguetona, llena de deseo.

“Se trata de un dispositivo móvil que permite practicar sexo a distancia. Colocas tu boca sobre una pieza de silicona, la besas, la lames, la estrujas y, al otro lado, a cientos de miles de kilómetros, un partenaire se deleita ante los retorcimientos de la goma”. Al parecer, aún se puede completar más la experiencia. Si se quiere, incluso, darle un toque romántico. Es posible comprar un anillo que, gracias a una APP y a la conexión bluetooth, permite escuchar los latidos de la pareja.

Así es. Esa misma cara se me quedó a mí. Y en ese momento me vino como un torrente a la cabeza la boca de metal engullendo billetes, la señora pidiendo instrucciones a un cajero, la enamorada escuchando los latidos metálicos del móvil y el caliente enamorado calentado con fruición el gelatinoso látex.

En definitiva, una vida de máquinas en la que el tiempo y el espacio se apuran al máximo intentando atraparlos, con la paradoja de que, cuanto más corremos, cuanto más apuramos, más se nos escapa la vida. Se nos anestesian los sentidos, la capacidad de decisión, la facultad de experimentar. Llegará un momento -sin tardar mucho; probablemente ya está llegando- en el que lo artesano, el trato humano, el detenimiento, serán privilegios muy caros, al alcance sólo de quienes se encuentran en lo alto de la pirámide (feudal) del capitalismo.

¿Qué por qué el título de “Cibersexo”, me preguntas? Porque el cibersexo es la máxima expresión de deshumanización a la que puede llegar el ser humano… El paradigma del aislamiento. La antítesis de su esencia: el hombre es un ser social. La trampa del capitalismo. La enfermedad terminal de la felicidad.

Sólo en compañía se puede ser feliz.

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Feliz Navidad desde el Mirador de Santa Catalina

Escribir es terapéutico y yo ya lo iba echando en falta. Me gustaría pensar que tal vez tú, al otro lado de la pantalla, también lo hayas hecho.  Que, al menos, una sola vez, has girado la ruedecita del ratón buscando en la sección de blogs mi última entrada. Y yo, vanidosa, he creído que has echado en falta mi ausencia.  Y ese sentido de la responsabilidad, ese orgullo -tal vez, mal entendido- me han hecho pensar que te fallaba.

Pero escribir, al menos como yo lo entiendo, más allá de juntar letras -aunque, supongo, que en ocasiones lo haga- significa zurcir ideas, sensaciones y sentimientos, arrancarle la corteza a la vida cotidiana y, eso no siempre pasa; no siempre estamos con la disposición de ánimo de reposar en cada una de las estaciones del alma.

Pienso en Unamuno y en la intensa relación que tenía con sus lectores, la manera en la que lo acompañaban en su viaje intelectual y espiritual, y siento añoranza de lo que no conocí. De un periodismo intenso, de una escritura sólida, de un expresarse con compromiso, más allá del juntar letras… Y busco en mi humilde mochila algo que se le parezca. Y sólo cuando encuentro el tema lo pongo sobre la mesa y trato de cincelarlo, una y otra vez, hasta que resulta la mejor versión de ambos; del texto y de mí misma; de lo que pueda ofrecerte sin sentir que te falto al respeto.

Pienso y repienso, y sólo cuando dejo de hacerlo, comprendo que el mejor menú que tengo para ti es mi último paseo. Y desde mi escritorio, con los rayos juguetones del amanecer colándose por la ventana y los árboles moviendo saludadores sus quimas- vuelvo la vista a mis recuerdos. Ahí están el desfiladero de La Hermida, los mil y un verdes, los tímidos grises de la montaña, el río cantando a coro con los pájaros, el crujir de las hojas marchitas, las castañas cobrizas y provocadoras esparciendo sus tesoros por el suelo… Me quedo a solas conmigo, con ellos.

Respiro hondo y, de nuevo, me sorprendo. Cantabria es puro hedonismo. Placer por placer. Voluptuosa, exuberante, variada, colorida… Te invita a comerte la vida a bocados. A morderla y a dejar que sus jugos resbalen por tu mejilla. A saciarte. A masticar con gula. Por eso, me parece grosera la imagen de los niños en el centro comercial, comiendo una hamburguesa de nombre yanki, sentados en una cafetería entregándole su vida a una tableta mientras papá y mamá se la entregan también al asfalto… Prefiero contemplarlos en la montaña, manchándose de tierra o de barro,  imaginando qué parece ese tronco caído, asustándose de una cabra, fotografiando una seta, recogiendo un puñado de castañas… y al final de la ‘experiencia’ -y recalco lo de ‘experiencia’- comiéndose un bocadillo de tortilla y un filete empanado de los de toda la vida; tan poco sofisticados y tan llenos de autenticidad, que avergonzarían al mismísimo McDonald y más baratos que la ‘hamburguer’ a un euro.

Y así voy -poco a poco, pensamiento a pensamiento- cubriendo los 800 metros de desnivel que me separan del mirador de Santa Cantalina. A mi lado, junto a los pájaros, las bóvedas arboladas y las decenas de sombras imaginarias del bosque, los niños. Les cuesta subir. Yo los contemplo orgullosa. Porque sé, que cada paso y cada esfuerzo, lo trasladarán a la mesa de estudio, a las obligaciones diarias… Porque creo que el reto cumplido les llenará de satisfacción. Porque sé que sólo lo que nos cuesta lograr, realmente nos llena de orgullo.

Y así cumplimos el trayecto. Una ruta hermosa de doce kilómetros y 700 metros de desnivel que ofrece, en lo alto, la vista más espectacular del desfiladero de la Hermida. En la que puedes dejar volar la imaginación hasta la Edad Media, hasta los tiempos de la Reconquista. Porque en la cima, la Bolera de los Moros lo recuerda.

¿Qué cual es la leyenda?

Te voy a dejar con la intriga. Si quieres conocerla sólo tienes que subir al mirador y leer el cartel que lo explica. A cambio, te prometo un día de sensaciones inolvidables. Para llegar sigue las siguientes indicaciones: pasada La Hermida, a un par de kilómetros en dirección a Potes, hay un pequeño entrante a la izquierda, justo al lado de un cartel que pone ‘Ruta de las Agüeras’. Desde ahí parte un sendero. Si con estas indicaciones no te queda claro, te dejo el enlace a wikiloc: https://es.wikiloc.com/rutas/senderismo/espana/cantabria/navedo

Feliz 2017. Feliz año repleto de experiencias, retos, sueños por cumplir y salud para luchar por ellos.

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Hay gente muy cerda

¿Cómo se escribe un texto para hablar de la basura que la gente tira sin avergonzarse en los lugares públicos?

Al principio, pensé en un texto metafórico, en el que Peña Cabarga, prácticamente sola todo el año, recibía acogedora cientos de invitados con motivo de la Vuelta Ciclista. Pero, tras el paso de la marabunta, lloraba desconsolada  por el trato desagradecido de estos. Se marchaban sin mirar atrás, sin despedirse, dejando decenas de latas de refrescos, bolsas de basura y papeles a lo largo de sus seis kilómetros de subida.

Luego imaginé un post al estilo de Arturo Pérez Reverte, en el que el periodista, cronista de guerra, ahora Académico, se cagaba en todo lo que se menea por la cantidad de cerdos que hay en este país.

Finalmente, pensé que ni lo uno ni lo otro, pero sí, que debo llamar a las cosas por su nombre, y por eso digo -haciendo gala de la misma desvergüenza de esos que se dedican a tirar su basura impunemente- que: ¡hay gente muy cerda! y, ya de paso también, ¡muy insolidaria!

Llevo tres meses -justo los de playa- trabajando gratis de basurera, lo cual, no me importa, pero sí me avergüenza. Porque no entiendo cómo alguien puede marcharse sin recoger su basura ¿Es que piensan que hay duendes nocturnos trabajando para limpiar los arenales? Y si no piensan eso, todavía peor. Si no les importa que esa lata, esa colilla, ese papel de aluminio del bocata, esa bolsa de plástico, esa botella… acaben en medio del Atlántico creando un continente de mierda que mata a las especies y arruina el ecosistema, entonces, si nos les importa eso…. Aún me lo ponen peor.

Llevo tres meses indignada, aquí, en Cantabria y también en Baleares; y digo estas dos costas porque son las que he visitado este verano. A poco que remuevas la arena salen montones de colillas y, en el caso, por ejemplo, de Formentera, montones de residuos plásticos pequeños como tapones de botella. La cuestión es que a poco que te fijes podrías estar toda la jornada playera recogiendo basura. Yo procuro tirar la que me encuentro y, afortunadamente, hay personas que hacen lo mismo. Escribo este post para que se le caiga la cara de vergüenza, si alguno que lo está leyendo lo hace.

La última me sucedió el pasado jueves con motivo de la Vuelta Ciclista a España en su subida a Peña Cabarga. El ascenso y el descenso lo hice a pie. La subida, jalonada por furgonetas de helados e improvisados campistas con su bocata y sus birras en la mano, la bajada con montones de latas y bolsas de basura en las cunetas. Luego, pensaba: la montaña está todo el año prácticamente sola, con la salvedad de un puñado de ciclistas y corredores, y algún turista despistado, ofreciendo una de las vistas más preciosas de la comunidad y, en un suspiro, escasas cuatro horas, nos brinda un escenario de excepción para este evento deportivo; un escenario del que me siento orgullosa y que me hace feliz que millones de personas contemplen a través de sus televisores. Pero después, veo esa basura… y reflexiono a cerca de lo contradictorio que es que cientos de personas vayan a la montaña a vivir la pasión de un deporte y dejen su mierda para deterioro del entorno por años y años….

Recordemos una vez más y demos ejemplo a nuestros niños. Esto es lo que tarda en degradarse la basura:

De 1 a 2 años. Colillas.

5 años. Un trozo de chicle.

10 años. Una lata.

200 años. Una zapatilla de cuero.

Entre 100 y 1000 años. Una botella de plástico.

4000 años. Una botella de cristal.

Y suma y sigue. Googleando un poco se encuentran estas y otras cifras y estudios aún más completos.

Para muestra os dejo algunas de las fotos que tomé al término de la subida a Peña Cabarga  de la Vuelta Ciclista a España el pasado jueves.

 

 

Oye… ¡Qué bonito el mar! ¡Qué bonita la montaña!…
¿A que sí?
Pues preservémoslo.

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Los ganaderos del mar

Cantabria tiene poesía en cada uno de sus paisajes y tradiciones, flotando en el agua, adentrándose en sus bosques y paseando sus prados. Lástima que esta tierra agradecida, tan rica como para que olvidemos muchos de sus tesoros, no sea motivo de estudio en las escuelas. Espero que nadie vea en estas líneas introductorias un golpe de pecho o una mirada chovinista; todo lo contrario: lo que hay, es un suspiro desencantado. Espero, algún día, dejar a mi hija como herencia: ‘raíces’ y ‘alas’. Un lugar desde el que volar. Un tronco fuerte desde el que partir, construir y al que volver en caso de necesidad. Así me gustaría a mí que fuera Cantabria. Una madre orgullosa de la que conociéramos todo, hasta el último pliegue de su falda. Un orgullo en el pecho y una fuente de sabiduría, porque para edificar, es imprescindible tener cimientos.

Reconozco, sin vergüenza aunque sí con pudor, que este fin de semana, he conocido a los ganaderos del mar. Y como yo, supongo que haya más de uno. Por eso, me he decidido a compartir un par de fotos y a transcribir un puñado de datos que me contó un paisano en San Vicente de la Barquera. Y aprovecho para decir que la charla, amable, abierta, sin trastienda, es fuente inagotable de buenas historias y de conocimiento. Y que hay mil mundos ahí afuera dispuestos a hablarnos a poco que pongamos la oreja…

Un ojo foráneo y, como veis, uno autóctono también, se lleva a engaño. En la cima de la loma que lame el acantilado, como hormiguitas si las espiáramos a vista de pájaro, estos monstruos de hierro se apostan codiciosos esperando a que el sol se retire a su refugio de poniente. Cuando la mar rompe y arranca la ocla , también conocida como caloca, el ocle en Asturias, descienden al arenal a recolectar este precioso tesoro marino.

 

Los tractores, aparcados en el prao, en hilera, parecen estar esperando la recogida del verde, provistos de largos ganchos a modo de bieldos mecanizados. El caso es que -como suele suceder- la ignorancia me engaña, pero la vista no. Es justo eso. Grandes rastrillos destinados a atropar, en esta ocasión, no la comida del ganado, sino las algas que el mar arranca rabioso. Un oro encarnado que ha llegado a pagarse a dos euros el kilo, de los miles que cada recolector consigue cada temporada; más o menos, de septiembre a diciembre. Hierbas molestas para los bañistas con destino a la farmacia, la cosmética, la alimentación e, incluso, la industria textil.

Me cuenta mi improvisado confidente, el mismo que repara el motor cansado de uno de estos buscadores de tesoros, que al atardecer, cuando la playa se queda sola, despliegan sus ganchos de entre ocho y diez metros, y sumergen sus pantorrillas de caucho hasta más arriba de la cintura. Los conductores adosan a sus máquinas, chimeneas que se elevan como periscopios un par de metros más de lo usual, para evitar así, que en la recogida de aire les entre agua al motor. No es que la vida de estas bestias sea larga pero, al menos, sobrevivirán dos temporadas, permitiendo a sus dueños amortizar sobradamente la compra.

Los de la ocla  son una familia bien avenida. Con la misma fiereza que se lanzan a la recolecta, detienen la faena y, todos a una, prestan ayuda si alguno se queda embachado. Tomás -llamemos así al mecánico que se somete amigable a mi insolente interrogatorio- rebusca entre el baúl de sus recuerdos aquellos que conectan con su juventud más tierna “Antiguamente, se hacía todo a mano. Yo iba con mis padres, el carro y la pala de guinchos. Entre dos tíos se pasaba una red y luego se cargaba la ocla en el carro”. Intuyo que la faena era muy dura, sin embargo, en las palabras de Tomás hay un deje de nostalgia, orgullo y romanticismo. “Ahora no es trabajo. Vamos… lo es, pero se hace todo con máquinas”. Tomás, como las gentes duras de nuestro campo, entiende que lo de ahora, comparado con lo de antaño, es coser y cantar. Un coser y cantar que para la mayoría de nosotros iría mucho más allá que el uso de aguja e hilo.

Me cuenta, mientras con sus manos, teñidas por la sangre negra del motor, hurga en sus intestinos, cómo “los de la ocla”, primero sacan de la mar las algas, luego las agrupan, las cargan y las esparcen en el “prao” para que sequen. Este proceso lo hacen ayudados de máquinas que toman prestadas, muchas veces, de la ganadería: remolques, máquinas arroladoras…. Una vez secas, las algas, que cubren como una manta el suelo, se hacen lombíos y después se recogen y se llevan a los pajares. De ahí, esta singular hierba marina será vendida como exquisito ingrediente de la industria más variada.

Y esta es la humilde historia; la de cómo conocí a estos recolectores terrestres de algas -que yo he bautizado ‘ganaderos del mar’ por las similitudes de la faena, aunque el mar se tome la molestia de segar– y de cómo advertí cuántas cosas increíbles desconozco de esta tierra, cuánto tiene que enseñarnos. Y, una vez más, lo importante que es hablar con el paisano de al lado…

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Un trono de nylon y aluminio

Estoy sobre la toalla, es un pareo barato, que tiene trazas de querer parecerse a uno bastante más caro que ojeé en el Corte Inglés. Éste, sin embargo, lo he rescatado de una revista femenina. Estaba abandonado como un huérfano a su suerte, ofrecido al mejor postor. Perfectamente plegado, rayado, morado y con flecos. Una etiqueta humilde ‘made in China’ lo identifica, al tiempo que lo une a una legión de hermanos gemelos. Por fortuna, está en exclusiva en esta playa.

Apoyo la cabeza sobre una almohada reciclada. Es un balón semihinchado de la marca ‘churruscadita al sol’ que parece mandarme un mensaje que no termino de entender ¿Será posible -me pregunto- que se esté burlando de mí? Y entonces comienzo a reflexionar  sobre la mala baba del balón, que me echa debajo de la sombrilla. No se lo digo, pero me alivia. Ay, qué placer. Qué fresquito. Y me río para mis adentros ¿qué ha sido de aquellos años en los que mi única indumentaria playera era un biquini, unas chanclas, una toalla y, en el mejor de los casos, un protector solar número 8?

Ahora, debajo de mi sombrilla marinera, gruesa, bien gruesa, para que no entre ni un rayo de sol extraviado, permanezco impasible entre mi legión de acompañantes: silla de playa, capazo, biquinis y bañadores a tutiplén, libros, revistas, palas, cubos de plástico y rastrillo, gafas de buceo, la neverita de la comida y un surtido de protectores solares de factor no inferior a 20. Es mi oasis. El único capaz de soportar una jornada playera con almuerzo, comida, merienda y atardecer. Para mí, el paraíso. No se me ocurre nada mejor que hacer un día de verano.

Tres sombrillas a mi izquierda, diviso una de color azul ajado con el letrero de ‘Ballantines’. No está en sus mejores horas, pero aún tiene carrete para rato.  Su color deslucido me cuenta que ha pasado muchas horas al sol. Está claro que casi tantas como su dueño. Lo veo en su silla, parece el capitán en su cuartel general. Ha plantado la tienda a primera hora de la mañana. En las coordenadas justas, en el lugar exacto. Ha probado el agua, se ha mojado un dedo y ha especulado sobre la dirección y la velocidad del viento; y ha colocado con mimo, uno a uno, cada uno de sus enseres. Son las doce del mediodía, a esta hora, tocan caracolillos, así que lo veo afanado sobre los diminutos crustáceos marinos, encajado en su cómoda silla como si fuera una segunda piel, sonriente como si presidiera una comida de gala con invitados de la más alta alcurnia, aunque en este caso visten trajes de baño y beben en vasos de plástico.

Pero mi amigo Moli está a otro nivel. Aún me pregunto de dónde saca toda su artillería playera. Lo observo atónita. Ojiplática. Sacando de su mochila un sinfín de artículos de playa y condumio, como si su bolsa fuera la de Mary Poppins. Me digo: atenta, éste es un profesional de la playa, y me propongo espiarlo hasta que me revele sus secretos.

Soy paciente, no me importa. Me tumbo, leo y, de cuando en cuando, lo miro de reojo. Uso la vieja estrategia de colar la mirada en el hueco que deja el brazo cuando te tumbas boca abajo y con él sostienes la cabeza. Nada. No hay manera. Es un rival fiero… Las tres, las cuatro, las cinco, las seis, las siete, las ocho, ocho y veinte… Ajá, empieza a recoger. ¡Esta es la mía! Y corro como alma que lleva el diablo a desenvolver mi móvil de la nube de bolsas, bolsitas y cremalleras en el que lo tengo metido. Ajá, te pillé, compañero. Este es tu secreto: la silla-mochila playera. Sí señor. Todo un invento.

Un ingenioso invento que le procura horas de comodidad y en el  que se siente todo un rey… Un trono de nylon y aluminio en el que los placeres sencillos se convierten en la clave de la felicidad durante los meses de verano. Y no es para menos, desde ella puede ver al sol caprichoso retozar con las olas;  oír el murmullo del mar que lo aleja, poco a poco y sin darse cuenta, hasta rincones inhabitados del alma; sentir la caricia de la brisa al volverle la cara;  los bocados de sabor a sal, y el mar, que unas veces lo acuna y otras le invita a jugar en un escondite debajo de sus faldas.

Sin duda, el mar es mágico, le digo. En ningún otro lugar alcanzas semejante paz al charlar con tus pensamientos, o disfrutas tanto al comer tu bocadillo después del baño. Un lugar donde se mezclan lo espiritual y lo prosaico. Los pequeños placeres y la inmensidad de las sensaciones que generan…

Y los dos convenimos, al despedirnos, la fortuna que tenemos de formar parte de ese grupo modesto, que disfruta con cosas modestas que son, para nosotros, placeres de reyes.

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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.