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Categoría: Lugares y sus gentes
Asesinato en el Orient Express

Asesinato en el Orient Express‘, aunque la versión que yo vi bien podría titularse: ‘Asesinato en la fila 11, butacas 17 y 18’. Porque lo que prometía ser un bálsamo cinematográfico prenavideño, con todos lo matices y recuerdos de lecturas juveniles de Agatha Christie, resultó ser, para mi desgracia, material para este post. Y ya lo siento porque -a la vista de mis últimas letras- parece que estoy un poco cascarrabias, pero, corregidme si me equivoco después de esta breve historia que os voy a contar de tintes tragicómicos: ¿no es lo que sucedió surrealista, al más puro estilo Buñuel? Pues acomódense en sus butacas que empieza la función…

Érase una vez, en un cine de Santander, situado en una gran superficie, dos matrimonios que -por cuestión del destino, las apetencias cinematográficas y el gusto de todos ellos por sentarse en la última fila – coincidieron en el estreno cántabro de la adaptación cinematográfica de la célebre novela de misterio de Agatha Christie, ‘Asesinato en el Orient Express’. Todos ellos, los cuatro, se relamían, aunque por cuestiones diferentes.

– Qué ganas tengo de ver esta peli.

– Sí, yo también. En mi casa leímos muchísimo de chavales a Agatha Christie. ¿Has visto ‘Muerte en el Nilo’?

– No, la verdad que no.

– Pues tenemos que verla, es la mejor.

Mientras, en otro lugar del aparcamiento, al tiempo que pone el freno de mano y extrae del contacto las llaves, Paco (llamémosle así) le pregunta a Manoli: “¿Lo llevas todo?”. “Que sí pesado, te lo he dicho como quince veces desde que salimos de casa. Aquí tengo la mochila”.

Hagamos un paréntesis en este momento de la historia, no vaya a ser que alguno piense que Paco o Manoli van a poner una mochila bomba en la Sala número 2, butaca 11, filas 17 y 18. No. Es algo peor. Se van a montar un picnic allí, con el peligro de que -como en la peli de Kenneth Branagh- los asistentes, corroídos por el odio y el resentimiento, se alíen para asesinarlos antes de que se enciendan las luces y finalice la proyección.

– Buff, estos de al lado no dejan el móvil. Espero que cuando empiece la película lo apaguen porque, ¡menuda luz que da! ¡Si parece una linterna!

Manoli, que ha oido el comentario de sus vecinos de butaca, saca un pañuelo y, como si fuera la ayudante de Houdini lo coloca delante del teléfono de Paco, aunque, todo hay que decirlo, con poco acierto, porque la luz sigue inundando el espacio. Y así, entre trucos de magia, pañuelos al aire y trailers interminables, suenan los primeros acordes de la banda sonora de la película y aparece un Hercule Poirot, impoluto, con un gran moustache que le atraviesa la cara, seleccionando un par de huevos perfectos para el desayuno. Entonces, se ve que a Manoli y a Paco los huevos les abren el apetito porque, ni cortos ni perezosos, comienzan un picnic-cena-visionado-comentario de la película como si estuvieran en el salón de su casa.

– No te lo vas a creer, los de al lado están sacando los bocatas.

– Bueno, mujer…

– Es que no paran de hacer ruido con las bolsas… Y con el papel de aluminio. Porque traen los bocatas en papel albal y todo.

Mientras, Paco y Manoli, en los asientos contiguos, abren sus refrescos, “clas”, “clas”. Comentan -describiendo con el brazo libre ella y con ademanes de cabeza y “jum”, “jum” reiterados, él- lo bonito que es el paisaje.

– ¡Fíjate!

– Jum, jum.

– ¡Ay, qué bonito!

– Jum, jum. Sácame un poco más de bocata.

– ¿Como el de antes?

– No, sácame el de chorizo.

Mientras, en las butacas 15 y 16…

– No lo soporto. Se están sacando  otro bocadillo o no sé qué es eso. ¡Y encima todo envuelto en papel albal! Soy incapaz de meterme en la película.

Mientras, Poirot, al fondo, en Jerusalem, ante el muro de las lamentaciones, desenmascara a un criminal. Se ve que Kenneth Branagh, director y protagonista, ha querido comenzar la película presentando -como no podía ser  de otra manera- a un Poirot: observador, excéntrico y genial. Pero todo eso me lo pierdo yo en mi butaca número 16 y lo saborean Manoli y Paco entre sorbos de refrescos y comentarios llenos de sandwich y bocata de chorizo. Pero si alguien dudaba de que el festival había terminado, aún quedaba lo mejor ¿Qué es una cena hogareña, improvisada en un cine público, sin un postre a base de cacahuetes, por supuesto, con su cáscara y todo? Y vuelta a los “cras”, “cras” y a los “chas” y a los “¡Qué bonito!”. Porque cierto es que la fotografía de la peli -los paisajes montañosos y nevados por los que discurre el tren- son espectaculares.

La escena de Manoli y Paco fue dantesca, surrealista. Es como si los hubieran teletransportado desde el salón de su casa hasta la fila 11, butacas 17 y 18. Estaban como Perico por su casa. Tan campantes. No se les movía ni un pelo del flequillo. Pienso, incluso, que cuando no los vi se pusieron las babuchas de estar por casa ¿A ver si debajo del abrigo llevaban el pijama?… Si tuviera que poner un emoticono en este punto del texto, sería el de los ojos como platos.

En alguna ocasión he escuchado a gente quejarse por las personas que comen en el cine. Sinceramente, a mí nunca me han importado un puñado de palomitas que, la mayoría de las veces, ni llegan al comienzo de la película. Pero de eso, a sacar la mochila con todas las vituallas…. Respondedme a la pregunta que formulaba al principio: ¿es o no surrealista?

Por fortuna, la butaca 14 estaba libre así que puse un poco de distancia de por medio y, a la media hora justa de reloj, por fin pude meterme en el tren con Branagh, Michelle Pfeiffer, Willem Dafoe, Jonnhy Deep y Penélope Cruz a disfrutar de mi prometido bálsamo navideño.

“Montse, toma” dice mi marido al finalizar la película acercándome distraído el que, supuestamente, era mi bolso olvidado hace más de una hora en la butaca número 15. Miro extrañada el bulto que coloca sobre mis pantorrillas y le digo como si me estuviera posando una rata encima: “¡Quita, quita por ahí!”. Y es que me doy cuenta de que lo que ha puesto sobre mis piernas es la mochila de Manoli y me echo a reír a carcajadas.

Surrealista.

Qué le voy a hacer. En el fondo, siempre me ha hecho gracia lo surrealista.

 


                                                            

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Me encanta Barcelona

Lo digo alto, con la boca llena. Adoro esa ciudad de calles anchas y bien trazadas; regadas con hileras de árboles; acompasadas al ritmo de vehículos, peatones y bicicletas; limpia, ordenada; amante de la cultura y el diseño; una ciudad que bulle, que está viva.

Me encanta Barcelona. Es de esas ciudades que siempre te sugieren y estimulan la imaginación y de las que, de regreso en casa, te invitan a emular, a preguntarte por qué en tu ciudad no hay tantos carriles bici, o qué hace que tenga ese urbanismo, de dónde salen su sofisticación y su iniciativa empresarial. Muchas preguntas que, a mi modo de ver, e intentando dejar de lado cuestiones políticas, provienen de la gente. Porque, lo que hace distintas unas ciudades de otras somos las personas. Es esa la razón por la que visitar Viena es para mí, pasear por las asépticas calles de un museo, mientras que transitar la desvencijada Nápoles nos puede resultar la más excitante de las experiencias. Las personas, nuestro espíritu, la capacidad de iniciativa, en definitiva, un conjunto de intangibles, que convierten en excepcional, incluso, lo corriente.

Paseando estos días por Barcelona. Contemplando sus balcones jalonados de banderas de España, señeras y esteladas. Palpando, pese a todo, su ambiente tranquilo, incluso, en medio de manifestaciones. Observando fascinada dos mundos tan distintos como próximos en el Raval y el Gótico, separados unos metros por la Rambla. Colándome -me parecía a mí- como el viento sobre mi bicicleta en todos y cada uno de los rincones de la ciudad… reflexionaba sobre lo maravillosa que es España: tan diversa en su cultura, su gastronomía, su geografía. Tan distinta en sus puntos cardinales y, por eso mismo, tan rica. Reflexionaba sobre lo importante que es la formación, la lectura, la cultura, viajar, comprobar, experimentar, sentir y ver por uno mismo. Saber valorar y extraer conclusiones propias. Sustraernos de la manipulación de la política y, por qué no decirlo, en ocasiones, de la de los medios de comunicación.

Pensaba en lo distintas que son, por ejemplo: Santander, Lugo, Bilbao y Barcelona, ciudades que recientemente he visitado; ciudades, por otro lado, todas ellas, que me encantan. Y me preguntaba qué es lo que las hace diferentes, al margen de su política y su historia, y lo que las hace distintas y particulares son las personas que las habitan. Por ejemplo, a mí me gustaría que nuestra orgullosa Santander, tuviera más de la vitalidad e iniciativa de la vecina Bilbao; que fuera más atrevida como Barcelona; o que tuviera la sencillez lucense.

También pensaba en lo diferentes que serían las cosas si, en vez de mirarnos al ombligo, tomáramos ejemplo de lo que se hace bien en otras comunidades autónomas. Me gustaría que al frente de las instituciones públicas tuviéramos gente formada, instruida, especializada. Gente seria que con el dinero de todos construyera una sociedad de progreso, en vez de fagocitarse y revolcarse en el fango del sistema, para medrar, para envolverse en la capa de sus propias vanidades, para comprar voluntades… Porque, no nos engañemos, eso es lo que sucede. E insisto: la formación es la clave del progreso. Sólo una sociedad formada es capaz de avanzar, de pensar por sí misma, de no dejarse manipular, de exigirle a sus políticos.

Dejemos de ver a los Ferreras de turno, los Maruenda, los Alfonso Rojo, y un largo etcétera que ofrecen respuestas rápidas y poco meditadas en televisión. Adaptadas, dicho sea de paso, a un formato que exige a los púgiles, sangre, y que les permite todo tipo de tretas en su caza de la audiencia. Leamos, leamos, leamos y viajemos. En los libros está todo: la historia, la política, la cultura. Recogidas de manera contrastada, con el poso que exigen las cosas, por profesionales en la materia.

Paseo por Barcelona y agudizo el oído. Me paro en la plaza Sant Jaume junto a un grupo de cuatro hombres; ejecutivos o trabajadores de profesiones liberales impecablemente vestidos; de en torno a cuarenta años; hablan sobre el proceso catalán. Uno de ellos le recrimina al resto que proclamaran la independencia con una base social insuficiente. Los otros escuchan, asienten o no, ofrecen su perspectiva. Por la noche, en esa misma plaza, una concentración de unas 1000 o 1500 personas pide pacíficamente libertad para los que ellos denominan ‘presos políticos’; tal vez, de lo que no se dan cuenta es de que la palabra ‘políticos’ ha de ser utilizada como sustantivo en vez de adjetivo, en realidad son ‘políticos presos’, pero esa es otra historia. Me coloco en primera fila, grabo y observo en medio de la mayor tranquilidad sin que se palpe la tensión que en los medios he percibido durante semanas.  Cuando más tarde regreso al hotel  y pongo la televisión, la realidad que me pinta García Ferreras de miles y miles de manifestantes y de caceroladas no es la que yo he percibido. No sé si poner en duda al incombustible y sobreexcitado periodista de la Sexta o interpretar que en esa hora que yo no he estado en la calle las cosas han dado un giro copernicano. En cualquier caso, el ambiente que he vivido en Barcelona estos días no era muy diferente al de otras ocasiones, salvo porque el tema resonaba en las conversaciones, por la mencionada manifestación del jueves y porque un empresario me comenta que el conflicto está afectando muy negativamente a los negocios.

Tal vez, me he distanciado un poco del tema original: Barcelona y sus virtudes, sin embargo, yo creo que he hablado de ello en todas y cada una de las líneas del texto. Porque apreciar la ciudad estos días con la que está cayendo, supone desempolvarse los prejuicios y ver más allá de las apariencias. Leer, ver, comprobar y extraer conclusiones propias, y añado: seamos de donde seamos y opinemos como opinemos. Porque pensar por uno mismo significa ser libre. 

img_3521 El Raval Parque de la Ciutadella Catedral Basílica de la Santa Cruz y Santa Eulalia Paseo marítimo de la Barceloneta La Barceloneta Sagrada Familia img_3596

 

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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.