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Categoría: actualidad
Don Dionisio y la escuela de otros tiempos

Don Dionisio es un buen nombre de maestro; casi, casi, cinematográfico, aunque, dicho sea de paso, muy real. Era el maestro de Ampuero, lo fue durante décadas y, durante aún más tiempo, ha permanecido en el recuerdo de sus pupilos.

Me ha venido a la cabeza esta mañana, al leer un comentario de los muchos que hace la  gente sobre los profesores. Era con motivo de la supuesta violación de un niño de 9 años en Jaén, a manos de dos adolescentes de 12 y 14 años. Un acto tan horrendo y fuera de toda lógica que revuelve lo más profundo de las entrañas. El comentario en cuestión está regado de palabras en mayúsculas que ponen el acento en expresiones como “ES QUE YA ESTÁ BIEN DE QUE NO SE ENTEREN DE NADA de lo que pasa en SU colegio..!! y que dejaban claro el grado de enfado y violencia hacia el profesorado de su autora, la cual, en una profunda reflexión de cinco líneas y 175 caracteres afirmaba concluyente “Y dónde estaban los profesores que tienen que estar en ese momento ahí…?? El responsable es el CENTRO..!!” Y lo remataba con unos puntos suspensivos como queriendo invitar a la reflexión; imagino, tan sesuda como la que, en esos momentos, estaba haciendo ella.

Y entiendo su enfado, porque la noticia no es para menos. Pero también, entenderán el mío, que como respuesta, en un arranque de mala leche e indignación le contesté, a modo de frase introductoria: “Pues los profesores de cañas, no te digo”.

Y es que somos una sociedad de cainitas, porque la culpa, es -como no- de los profesores. Esos vagos que tienen tres meses de vacaciones al año, que trabajan lo mínimo, que tienen manía al niño, porque cuando suspende Mario, no es que el chaval no estudie, es que el impresentable del profesor le dio la materia deprisa y corriendo el último día, o es que le tiene manía y a él no le explica o, peor aún, esa manía le lleva a suspenderlo. Y pasa lo mismo en este caso de Jaén ¿Dónde está el origen del problema? Según la internauta en los profesores, quienes seguro que se habían ido de compras en la hora de trabajo o estaban cerrados a cal y canto tomando café en la sala de profesores o, todavía más grave, sabían que tenían a dos delincuentes en potencia en el instituto y los han dejado campar a sus anchas y violar al niño de 9 años ¿Exageración? No lo creo.

La realidad es otra.

Señores, padres y madres, ustedes dejan a sus hijos en los centros educativos entre cinco y siete horas; a veces más. Muchos de los padres delegan no solo la guardia y custodia de los hijos y su enseñanza, sino, además, la educación. La realidad con la que se encuentran los docentes es la de niños, muchas veces, “sin educar”, sin respeto al profesor, sin capacidad de trabajo, sin gusto por la cultura y las actividades culturales y eso, les guste o no, llega de casa. El profesor -el que ama su profesión e, indudablemente, como en todas las profesiones hay ovejas negras- es una persona con infinita paciencia como para gestionar grupos de niños y adolescentes de veintitantas personas; cuya satisfacción está en que el estudiante aprenda y apruebe, porque el triunfo del estudiante es el triunfo del profesor; que hacen frente a las circunstancias de sus alumnos porque, lo crean o no, los niños son auténticos espejos de lo que sucede en sus hogares y cómo se les educa. De esta manera, el niño que está consentido demuestra escasa respuesta a la autoridad; el que está sobreprotegido poca autonomía y así, un rosario de circunstancias que el docente tiene que hacer frente en el aula.

Por eso, echo de menos los tiempos de Don Dionisio, en los que familia y escuela remaban en la misma dirección. En la que desde los hogares el profesor era visto como un aliado, no como un enemigo inepto y culpable. Tiempos en los que en el hogar se respetaba al maestro y eso se notaba después en el aula. Y conste que, no siempre es así. Hay padres muy conscientes de las capacidades y de las debilidades de sus hijos. Que adoptan una postura responsable y nunca esquiva, y estudiantes que son -más o menos trabajadores o más o menos capacitados- pero sumamente educados.

Por eso, querida amiga del chat. Yo prefiero hablar del origen de los problemas, no de culpables. Primero, porque en todo caso, los culpables de la violación son los estudiantes y, segundo, porque la reflexión debería ser ¿qué entorno tienen esos chicos para llegar a hacer lo que han hecho? ¿Qué circunstancias se han dado para que haya sucedido?

Por supuesto, el centro debe analizar dónde y cómo se ha producido la supuesta violación. Si se podría haber evitado. Si es necesaria una intervención educativa entre los estudiantes. Pero de ahí a culpabilizar a los profesores…

Termino el post transcribiendo la respuesta íntegra que ofrecí en Internet al comentario “¿Y dónde estaban los profesores?” Para otro día dejo la historia de Don Dionisio; retrato de otra época y de una profesión que tiene de grande, lo grandes que son los niños. No olvidemos que “lo que se les dé a los niños, los niños darán a la sociedad” (Karl Augustus Menninger):

“Pues los profesores de cañas, no te digo ¿Qué es eso de culpar a los profesores? Aquí no se está hablando de un acoso escolar que pudiera haber sido detectado por alguien y pasado por alto. Se habla de un hecho terrible, pero esperemos, puntual; que esos niños, imagino, habrán cometido escondiéndose. Por otro lado, me pregunto qué clase de educación y valores están recibiendo los agresores en sus hogares. Hay grandes profesionales de la educación que se preocupan y mucho por los chavales. Y también te digo que muchos niños van a los centros “sin educar”, con unas carencias tan básicas como no saber dar ni los buenos días. Me produce mucho malestar este tipo de análisis tan arbitrarios y a la ligera que criminalizan al profesorado”.

 

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Me encanta Barcelona

Lo digo alto, con la boca llena. Adoro esa ciudad de calles anchas y bien trazadas; regadas con hileras de árboles; acompasadas al ritmo de vehículos, peatones y bicicletas; limpia, ordenada; amante de la cultura y el diseño; una ciudad que bulle, que está viva.

Me encanta Barcelona. Es de esas ciudades que siempre te sugieren y estimulan la imaginación y de las que, de regreso en casa, te invitan a emular, a preguntarte por qué en tu ciudad no hay tantos carriles bici, o qué hace que tenga ese urbanismo, de dónde salen su sofisticación y su iniciativa empresarial. Muchas preguntas que, a mi modo de ver, e intentando dejar de lado cuestiones políticas, provienen de la gente. Porque, lo que hace distintas unas ciudades de otras somos las personas. Es esa la razón por la que visitar Viena es para mí, pasear por las asépticas calles de un museo, mientras que transitar la desvencijada Nápoles nos puede resultar la más excitante de las experiencias. Las personas, nuestro espíritu, la capacidad de iniciativa, en definitiva, un conjunto de intangibles, que convierten en excepcional, incluso, lo corriente.

Paseando estos días por Barcelona. Contemplando sus balcones jalonados de banderas de España, señeras y esteladas. Palpando, pese a todo, su ambiente tranquilo, incluso, en medio de manifestaciones. Observando fascinada dos mundos tan distintos como próximos en el Raval y el Gótico, separados unos metros por la Rambla. Colándome -me parecía a mí- como el viento sobre mi bicicleta en todos y cada uno de los rincones de la ciudad… reflexionaba sobre lo maravillosa que es España: tan diversa en su cultura, su gastronomía, su geografía. Tan distinta en sus puntos cardinales y, por eso mismo, tan rica. Reflexionaba sobre lo importante que es la formación, la lectura, la cultura, viajar, comprobar, experimentar, sentir y ver por uno mismo. Saber valorar y extraer conclusiones propias. Sustraernos de la manipulación de la política y, por qué no decirlo, en ocasiones, de la de los medios de comunicación.

Pensaba en lo distintas que son, por ejemplo: Santander, Lugo, Bilbao y Barcelona, ciudades que recientemente he visitado; ciudades, por otro lado, todas ellas, que me encantan. Y me preguntaba qué es lo que las hace diferentes, al margen de su política y su historia, y lo que las hace distintas y particulares son las personas que las habitan. Por ejemplo, a mí me gustaría que nuestra orgullosa Santander, tuviera más de la vitalidad e iniciativa de la vecina Bilbao; que fuera más atrevida como Barcelona; o que tuviera la sencillez lucense.

También pensaba en lo diferentes que serían las cosas si, en vez de mirarnos al ombligo, tomáramos ejemplo de lo que se hace bien en otras comunidades autónomas. Me gustaría que al frente de las instituciones públicas tuviéramos gente formada, instruida, especializada. Gente seria que con el dinero de todos construyera una sociedad de progreso, en vez de fagocitarse y revolcarse en el fango del sistema, para medrar, para envolverse en la capa de sus propias vanidades, para comprar voluntades… Porque, no nos engañemos, eso es lo que sucede. E insisto: la formación es la clave del progreso. Sólo una sociedad formada es capaz de avanzar, de pensar por sí misma, de no dejarse manipular, de exigirle a sus políticos.

Dejemos de ver a los Ferreras de turno, los Maruenda, los Alfonso Rojo, y un largo etcétera que ofrecen respuestas rápidas y poco meditadas en televisión. Adaptadas, dicho sea de paso, a un formato que exige a los púgiles, sangre, y que les permite todo tipo de tretas en su caza de la audiencia. Leamos, leamos, leamos y viajemos. En los libros está todo: la historia, la política, la cultura. Recogidas de manera contrastada, con el poso que exigen las cosas, por profesionales en la materia.

Paseo por Barcelona y agudizo el oído. Me paro en la plaza Sant Jaume junto a un grupo de cuatro hombres; ejecutivos o trabajadores de profesiones liberales impecablemente vestidos; de en torno a cuarenta años; hablan sobre el proceso catalán. Uno de ellos le recrimina al resto que proclamaran la independencia con una base social insuficiente. Los otros escuchan, asienten o no, ofrecen su perspectiva. Por la noche, en esa misma plaza, una concentración de unas 1000 o 1500 personas pide pacíficamente libertad para los que ellos denominan ‘presos políticos’; tal vez, de lo que no se dan cuenta es de que la palabra ‘políticos’ ha de ser utilizada como sustantivo en vez de adjetivo, en realidad son ‘políticos presos’, pero esa es otra historia. Me coloco en primera fila, grabo y observo en medio de la mayor tranquilidad sin que se palpe la tensión que en los medios he percibido durante semanas.  Cuando más tarde regreso al hotel  y pongo la televisión, la realidad que me pinta García Ferreras de miles y miles de manifestantes y de caceroladas no es la que yo he percibido. No sé si poner en duda al incombustible y sobreexcitado periodista de la Sexta o interpretar que en esa hora que yo no he estado en la calle las cosas han dado un giro copernicano. En cualquier caso, el ambiente que he vivido en Barcelona estos días no era muy diferente al de otras ocasiones, salvo porque el tema resonaba en las conversaciones, por la mencionada manifestación del jueves y porque un empresario me comenta que el conflicto está afectando muy negativamente a los negocios.

Tal vez, me he distanciado un poco del tema original: Barcelona y sus virtudes, sin embargo, yo creo que he hablado de ello en todas y cada una de las líneas del texto. Porque apreciar la ciudad estos días con la que está cayendo, supone desempolvarse los prejuicios y ver más allá de las apariencias. Leer, ver, comprobar y extraer conclusiones propias, y añado: seamos de donde seamos y opinemos como opinemos. Porque pensar por uno mismo significa ser libre. 

img_3521 El Raval Parque de la Ciutadella Catedral Basílica de la Santa Cruz y Santa Eulalia Paseo marítimo de la Barceloneta La Barceloneta Sagrada Familia img_3596

 

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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.