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Autor: mfi
'María Luisa', de Lebeña
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Montse Ferreras | 17-12-2015 | 12:14| 0

Por un momento, María Luisa desvía su atención .-“Disculpe, tiene que pagar un euro por visitar la iglesia”. Su voz tintinea, ni siquiera suena. Todo en ella parece dulce e inocente. Es menuda, el pelo color carbón, los ojos dos chinitas de ónix negro que revolotean intermitentes. Mece el móvil entre sus manos y lo consulta a ratos para enseñarme alguna que otra foto: trofeos instantáneos de visitantes ilustres.

María Luisa es la guía de Santa María de Lebeña y, como no podía ser de otra forma, también es oriunda del pueblo. Su madre antes que ella se encargaba de abrir y enseñar el edificio hasta que hace unos años le tomó el testigo. Desde entonces, la iglesia se ha convertido para ella en sus ventanas al mundo; lucernas a través de las que ve la vida pasar, conversa, recoge impresiones y las entrega. Santa María de Lebeña la coloca en bretes insospechados, como aquella ocasión en la que el Nuncio Papal, Renzo Fratini, vino a Cantabria con motivo de la conmemoración de la Bula Papal a Santo Toribio de Liébana. -“María Luisa, ¿vas a ir a Santo Toribio a la misa que va a dar el Nuncio del Papa?”- le preguntó una vecina. -“No puedo, tengo que abrir la iglesia”- contestó ella algo decepcionada. De esto, hace ya tres años y, sin embargo, María Luisa lo recuerda vívidamente: ” Así que no pude ir, pero ¡quién me iba a decir a mi que iba a estar yo aquí con el obispo y con el Nuncio! Los tres solos. Qué situación. Vinieron a visitar la iglesia”.- María Luisa lo cuenta y sonríe al mismo tiempo, feliz y, aún, incrédula.

Se balancea, va y viene sobre sus pies. Parece deseosa por contar pero, a la vez, da signos de no querer molestarme. Sin embargo, yo la animo; la presto, silenciosa, mis oídos y, de vez en cuando, conduzco su monólogo con alguna pregunta. “Como aquella vez que vino Vargas Llosa…” -continúa la guía- “Vino con Carmen Posadas. Qué mujer más agradable. Él no lo era tanto. Quería estar a su aire, que no le molestaras…” -María Luisa deja las palabras suspendidas en el aire y sugiere, sin siquiera nombrarlo, que al nobel peruano, recientemente nombrado ‘marqués’, le pesan demasiado los premios y los honores o, que en el mejor de los casos, buscaba entre los muros milenarios inspiración para alguna de sus novelas.

Y así, de la manera más caprichosa, se cuelan en su iglesia personajes variopintos -“El otro día estuvo aquí Carmen Machi. Con lo despistada que soy, ni me había dado cuenta. Venía con otros actores. Todos muy majos y muy sencillos. Es que esta gente quiere disfrutar así, tranquilos, como todo el mundo”- y me muestra en el móvil la foto que se hizo con ellos en la puerta de entrada; en el mismo lugar que después se hará también una conmigo; sólo que, en este caso, soy yo quien se la pido.

María Luisa, guía de Santa María de Lebeña,El éxito de María Luisa radica en su naturalidad y en el amor con que explica las virtudes y secretos de Santa María de Lebeña. No me equivoco si digo que los condes de Liébana, don Alfonso y doña Justa, no hubieran podido imaginar mejor anfitriona. Se gana al visitante con su inocencia infantil y le muestra el edificio como si fuera una hija pequeña. “Dicen -explica divertida- que don Alfonso Díaz mandó levantar la iglesia para albergar los restos de un santo y, como los monjes no se los daban, robó los de Santo Toribio del Monasterio de San Martín, que entonces se llamaba así, pero los devolvió por miedo a que Dios le castigara”.

Me fascina que no vomite las palabras. No es una guía al uso. Da la sensación de un anfitrión orgulloso que te muestra su casa. -“Un día vino un señor y me preguntó: ¿Qué es lo que concede la Virgen a cambio de las monedas que le deja la gente ? Hijos, le contesté yo. Es la Virgen de La Buena Leche y las mozas, cuando se van a casar, vienen a pedírselos. Y ¿sabes lo que hizo? -me preguntó entre risas- ¡le quitó el euro que le había puesto! ¡Que de eso no quería, decía!”-.

Adoro a este tipo de gente. A la que vive con orgullo lo propio, a la que hace de la sencillez su mejor carta de presentación. Y es que, con los años, me doy cuenta de que lo más valioso de las personas es que sean ellas mismas. María Luisa me cuenta un secreto más -en realidad- nos lo cuenta; a mí y al resto de visitantes que asisten a sus explicaciones como quien está sentado en una butaca escuchando un monólogo del Club de la Comedia: entregados, sorprendidos y divertidos. -“Don Alfonso y doña Justa edificaron la iglesia junto a un tejo, entonces se decía -la misa en la iglesia, el concejo en el tejo-, y junto a él plantaron un olivo, el árbol típico de Andalucía, origen de doña Justa”- y continúa- “pues bien, hace unos años quiso la mala suerte que un rayo tirara el tejo. Pero ya saben lo que dicen, que si una rama no muere, el árbol está vivo y hay una persona del pueblo que está cuidando una de sus ramas para replantarlo en el mismo lugar”-.

Con estas y otras historias como la de San Roque y el Perro, ameniza María Luisa, por un pírrico euro, la visita a nuestra joya del mozárabe. Existen muchas y variadas páginas escritas sobre las virtudes de Santa María de Lebeña -en este post os he dejado un enlace- pero me parecía redundante volver a escribir sobre lo que tanto se ha dicho. He preferido esbozar la vida dentro de sus muros. Trazar a pinceladas en la imagen de María Luisa su día a día y el de tan genial anfitriona. Quiero, desde aquí, dar las gracias a María Luisa por ser tan generosa conmigo y entregarse a la charla amable más allá del euro que pagué por entrar a su casa.

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Santa María de Lebeña
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Montse Ferreras | 17-12-2015 | 12:07| 0

Santa María de Lebeña siempre está ahí. Te mira de reojo, desde su vergel, en medio de un embudo montañoso que la sitúa en los confines de la nada y, al mismo tiempo, en el centro de todo. Su torre del siglo XVIII y sus tejadillos del X se asoman curiosos entre las ramas de los árboles, reclamando, elegantes y despistados, la atención del viajero. La iglesia -abismada por la calma del entorno y agarrada a la tierra desde hace mil años- está instalada en plena Edad Media. Al menos, esa es la sensación que te transmite a poco que cierres los ojos y trasvases con la imaginación las fronteras espaciotemporales.

Hoy he estado en Santa María de Lebeña. Hoy he tenido esa sensación. Hoy he cerrado los ojos y he palpado las hojas que adornan sus capiteles corintios. Hoy he vuelto a sentir un escalofrío al pensar que otras manos y otros ojos se posaron hace cientos de años sobre ellas. Y que pasados otros cientos, me convertiré en una sombra más de cuantas han dado vida a esta iglesia.
Recomiendo al caminante que cuando Santa María de Lebeña lo reclame, pare, pero que lo haga de verdad. Que se concentre en su silencio. En sus arcos de medio punto, en los de herradura. En su losa de signos visigodos que hablan de un lugar en el que también se rindió culto al sol. En sus esculturas. En la cruz griega de su estructura. En sus altas bóvedas. En sus santos, en su retablo y en su Virgen de la Buena Leche. Que se concentre, en definitiva, en su personalidad: sobria, pero acogedora; tan hermosa como le concede su sencillez; ecléctica. Probablemente, algo de ella se le quedará enganchado al alma.

Ahora, sentada frente al ordenador, cuando aún no han transcurrido cinco horas desde mi visita, todavía saboreo su recuerdo. Por unos minutos, me ha parecido estar más cerca de la iglesia que edificaron y vivieron los condes de Liébana, Don Alfonso Díaz y su esposa, Doña Justa. He querido descubrir entre sus paredes a los mamposteros y en lo alto, tras el ara, al párroco aleccionando a los lebaniegos.

No es cuestión de fe, de religión, ni tan siquiera de historia. Es una sensación personal de estar en conexión con algo más profundo. Una secuencia vital -la de Santa María de Lebeña- que nos une, en un suspiro, a personas tan distantes como las que vivieron en el siglo X y siguientes, y a las que habitamos ahora. Es el sentimiento de que esos muros, en apariencia inertes, tienen más vida que una misma. Que cuando faltemos, seguirá tomando prestadas las vidas de otros transeúntes para cobrar sentido.

Ligada a esta historia está la de María Luisa. También a ella la conocí hoy. Es su anfitriona. La mejor juglar que los condes hubieran deseado para su iglesia. Pero esa historia, como todas las que merecen la pena, necesita también su propio espacio. Os la contaré en el siguiente post. En él , a través de las palabras de esta especial guía, hablaremos de rasgos más prosaicos, como el hecho de que estamos ante la joya mozárabe cántabra por excelencia. Sin desmerecer, claro está, a la iglesia de San Román de Moroso en Bostronizo.

Feliz semana. Espero que el post os haya inspirado tanto como a mí mi visita a Lebeña.

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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.