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Autor: mfi
“Conectando los puntos” de Steve Jobs
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Montse Ferreras | 03-01-2016 | 10:12| 0

Hace cinco años -sin ni siquiera ser consciente de ello- comencé a “conectar mis puntos”. Es curioso, puede hacerse, incluso, a una edad en la que ya pensabas que lo estaban hacía tiempo o, al menos, que deberían estarlo. Sentada en un aula de la Universidad de Cantabria, escucho un discurso de Steve Jobs; probablemente, uno de los más famosos, el que ofreció en la Universidad de Standfor. En él relata cómo tuvo que abandonar la universidad y qué le empujó a realizar un curso de caligrafía que, más tarde, sería fundamental para el desarrollo de la tipografía de Macintosh. -“Si nunca hubiera decidido dejarlo todo, nunca hubiera entrado a aquella clase de caligrafía y los ordenadores personales no tendrían la maravillosa tipografía que poseen (…) Tendrán que confiar en que los puntos se conectarán alguna vez en el futuro. Tienes que confiar en tu instinto, en el destino, en el karma, en lo que sea (…) Esta forma de actuar nunca me ha dejado tirado y ha marcado la diferencia en mi vida”-.

Jobs dispara en quince minutos, muy a la americana, un rosario de ‘tips’ que bien pudieran haber salido de la boca de Nietzsche, Kierkegaard o algún filósofo existencialista. La vida mana a borbotones de sus palabras y a mi me choca ese planteamiento desordenado de una existencia que se va ordenando ella sola por efecto de no se sabe qué casualidades extraordinarias. Y aún me sorprende más que lo dijera uno de los hombres con más éxito profesional del planeta. Me pregunto entonces si no tendría razón y empiezo a tener fe en una afirmación que contradice buena parte de lo que yo he practicado hasta ese momento. Me agarro a ella como un naufrago a una balsa a la deriva. Compruebo que Steve Jobs sucumbió y resurgió a golpe de pálpito, esfuerzo y autenticidad.

Perder el trabajo, diluir un sueño, salir despedido hacia la otra esquina es algo hoy tan real, frecuente y perturbador como catárquico. Reiventarse, reiventarse, reiventarse, reiventarse; se insiste en ello de forma machacona. Pues bien, por arte de magia, encuentro a mi Jobs en un pueblecito de 264 habitantes. Él hace realidad esa angustiosa letanía que se repite a quienes se sienten parias en medio de esta crisis.

Se llama, pongamos, Alberto. Tiene cuarenta y cinco años. Es homosexual. Este último dato, tan íntimo y que a mí  me importa tan poco, es significativo sólo porque condiciona lo que ha sido su vida: un sentirse observado, un salvar prejuicios, un conquistar corazones, más allá de sus modos y maneras, que dejan entrever, claramente, su condición sexual.

Cuando lo conocí llevaba lentillas de gato: gris-azuladas, casi blancas, con una franja vertical que partía la pupila en dos. Es fácil imaginar mi susto contenido. Traté de disimular la impresión que me causó ver un humano transformado en felino en plena noche. Pero en el fondo me agradó. Me satisfizo comprobar su valentía para salir al mundo a cara descubierta. De eso han pasado quince años. Ya se ha desenfundando las lentillas y su gusto por la ropa llamativa, pero conserva, para su fortuna y la de quienes lo rodean, esa naturalidad entrañable desprovista de maldad. Una humanidad, más allá de prejuicios que es la que le ha permitido “conectar los puntos”.

Ring, ring. -¿Sí?- Contesto… -¿Sí?- …. Silencio.

Silencio largo. Después, conversación escueta; cargada de fingido optimismo por su parte y bienintencionados ánimos por la mía.-Me han echado del trabajo-.

Le habían echado después de toda una vida laboral dedicado a revisar coches, piezas, componentes. A integrarse con éxito en un ambiente fabril, manual y masculino en el que hacía lo que podía por sacar a flote su semblante más humano.

Ring, ring. -¿Sí?- Contesto. ¡Hola! ¿Cómo estás? ¿Tomamos algo?

Risas, abrazos y un cálculo aproximado del tiempo que llevamos sin vernos. -Tres años. Sí, sí. Hace, por lo menos, tres años que no nos vemos-.

En esos tres años le ha dado tiempo de sacarse el título de auxiliar de enfermería. Está haciendo prácticas y a la espera de un más que probable trabajo. -Estoy feliz. Disfruto mucho con los abuelos. Tengo un contacto con las personas que me permite ser más yo-.

Es entonces cuando veo que sus puntos comienzan a conectar. Cómo la adversidad lo ha llevado, caprichosa, a un rincón de su propia vida en el que está más a gusto y se reencuentra con él mismo. Me pregunto, en ese momento, si no soy yo también una pequeña Jobs. Con este blog, en el que he desembocado con mi pasión de la infancia: escribir; y recuerdo lo que alguien me dijo una vez: “somos quienes fuimos en el patio del colegio”.

Este post se lo dedico a quienes han sido expulsados hacia la otra esquina de su existencia y que, por el momento, sólo por el momento, ven complicado cómo conectar sus puntos.

Os deseo un 2016 lleno de intuiciones, confianza y puntos que se vayan conectando en vuestro horizonte.

 

 

 

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Apología del desnudo en las campanadas: Habemus Pedroche
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Montse Ferreras | 01-01-2016 | 4:15| 0

No hay nada más natural que el desnudo. Así vinimos al mundo. Así nos mostramos hasta que perdemos la inocencia. Un análisis anatómico nos definiría jerarquizándonos en aparatos, sistemas, órganos, tejidos, células y moléculas. El resto -los juicios y prejuicios- se encargan de añadirlos nuestras costumbres y creencias.

Anoche retrocedí en el tiempo treinta años. La fortuna de estar enferma en Nochevieja es que te conviertes en espectadora; el show pasa por delante sin despeinarte. No hay borrachera de sentidos, ni vorágine que te arrastre. Vives una de esas ‘otras nocheviejas’ que se celebran; porque hay muchas: la de los médicos de guardia, la de quienes la pasan en el hospital, la de quienes están fuera de casa, la de quienes -sencillamente- no la quieren celebrar. Y entre esas, la tuya: la de quienes cogen la gripe y reciben el año nuevo en la cama, con un atracón de especiales televisivos. Fue entonces, cuando tuve mi déjà vu.

La Uno, la Tres, la Cinco… Suma y sigue. “¿Será posible que hasta hoy no me haya dado cuenta?”- pienso- . Las cadenas repiten el mismo formato televisivo que TVE emite desde el año 1964. -“Claro -me explico a mí misma- otros años la tele es sólo un runrún que nos acompaña hasta que llegan las uvas”. Me arreglo la almohada, atrapo el mando a distancia, y veo lo que veía cuando tenía diez años; una suerte de totum revolutum compuesto por: canciones variadas y variopintas, señoritas presentadoras con replicante masculino, guiones toscos de dudosa gracia, todo ello, aderezado con un sentido del humor más o menos logrado en cada caso y confeti, mucho confeti. Pero, atención, este año, por segunda vez, ‘Habemus Pedroche’, y amenaza con convertirse en tradición.

Zapeo y la veo con su vestido -medio rejilla, medio crochet- que a Pronovias, al parecer, le ha llevado 340 horas. Me pregunto qué diferencia hay entre el vestido de la de Vallecas y la teta que se le salió a Sabrina en el año 1987. Para mi decepción: ninguna. Qué poco han cambiado las cosas. La misma estrategia: la mujer como florero. Idéntica sociedad: que se escandaliza ante el caca, culo, pedo, pis.

Anoche, las redes sociales ardían: comentarios de mal gusto, juicios de valor, críticas estéticas e, incluso, defensas quijotescas; que ya se sabe que la libertad se escribe en letras de oro y cada cual la usa y maltrata a su antojo. Anoche, Cristina Pedroche, a nadie le quepa duda, hizo uso de la suya y se convirtió, un año más, en estrategia televisiva para robar espectadores al resto de cadenas. Algo, que nada tiene que ver con la naturalidad de la desnudez, sino más bien con la mirada torva que insistimos en poner sobre ella. Es algo tan pueril y tan ridículo que me sonrojo tan sólo de pensarlo: las televisiones son capaces de ganar audiencia mostrando un cuerpo femenino a través de un vestido semitransparente o, en su defecto, a tres en bragas y a un cuarto en calzoncillo.

Quién sabe, igual es cierto que somos más civilizados que las tribus más aisladas del Amazonas. Sin embargo, me pregunto qué pensarían ellos si vieran nuestra actitud ante la desnudez. Creo, sinceramente, que tenemos que hacérnoslo mirar.

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Sola en Nochebuena
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Montse Ferreras | 27-12-2015 | 9:25| 0

“El coronel Aureliano Buendía apenas si comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”.

Sucedía en el Macondo de Gabriel García Márquez. El coronel Aureliano Buendía se mantenía a la espera en su laboratorio de alquimia, haciendo y deshaciendo pececitos de oro; recibiendo al atardecer la visita de su compañero Gerineldo Márquez. Pero Amaranta Buendía no soportaba la conversación de Gerineldo; resucitaba en ella los recuerdos del pasado, así que, gota a gota, fue horadando la paciencia de éste hasta que dejó de visitar al coronel.

Igual que Amaranta le da la espalda a la vejez, impertinentemente reflejada en la calvicie de Gerineldo, la familia de Gloria se la da a ella.

Veo la escena desde dos ventanas abiertas a la noche. Una insolente; vomita chorros de luz. En la otra, la vida apenas se atreve a asomarse entre las cortinas. En una, cuatro personas conversan animadas, se entremezclan en el follón de una cocina vestida de Navidad. En la otra, Gloria, sola, espera a que den las nueve y sus nietos la inviten a pasar a cenar. Es 24 de diciembre. Se me arruga el corazón y ya no volverá a estar lustroso en toda la noche.

Tal vez, sería más popular escribir sobre la juventud. De hecho, lo es. Lo joven, lo bello, lo nuevo… Y escribo esto a riesgo de provocar un apagón en mi lectura. Sin embargo, este blog y esta modestas letras nacen fieles a la vida y leales a mi mirada sobre ella, y hace tres días fue esto lo que me impactó:

Son las 19:00 pm. Cojo un camino diferente para llegar a casa. No el habitual, no el de otros días. Y quiere el destino que esta Nochebuena se junten la vida del frutero -que aún a esas horas está trabajando-, la de Gloria -que renqueante sale a comprar cuatro plátanos y alguna que otra pieza de fruta- y la mía -que regreso a casa dispuesta a enfundarme mi mejor sonrisa para inaugurar la noche con unas cañas-. Detengo el coche. No puedo evitar parar a saludarla. Gloria es de esas personas que son más familia que mucha de la propia. Necesito hacerlo porque siento que esa va a ser de las pocas cosas ‘de verdad’ que haga en toda la noche. El resto: la opípara cena, las luces de navidad, Papá Noel descolgándose por el porche de la casa…, son sólo patéticos sucedáneos de la vida en mayúsculas. Porque en esa noche -aunque suene impopular- todos nos sentimos en la obligación de ser felices o, al menos, de parecerlo, a riesgo, si no lo conseguimos, de sentirnos desgraciados.

Su tímida invitación -“¿Pasas?”- me indica que sus 89 años de soledad están deseosos de que lo haga. Pero no paso con la idea de hacerle un favor, más bien, con la sensación de hacérmelo a mí misma. Sus 89 y mis 38 se unen en un punto intermedio, ajeno a la edad. Es curioso, ya no somos la niña y la mujer joven. Hemos avanzado posiciones en el tablero. Juntas recordamos a los que no están: su marido, mi hermano. Ambas, sin decirlo, nos entristecemos. Es un baile extraño en el que suenan la soledad, la añoranza, el goteo incesante del paso del tiempo y el cariño que nos tenemos… Y como colofón un: “Anímate, esta noche vas a estar con los nietos”. “No creas -responde- estaba más a gusto aquí, cenando cualquier cosa y después a la cama”. No comprendo muy bien qué me quiere decir. Con todo, me voy feliz. Alegre por el reencuentro.

Pero entonces, salgo a la calle y me subo al coche. Entonces, lo veo. Las dos ventanas. Apenas separadas diez metros. Las cortinas echadas en una. Las persianas abiertas en otra, con gente trajinando dentro. La vejez. La juventud. La soledad. La ignorancia de que todos nos haremos viejos. La pérdida de perspectiva, olvidando quién te amó y te cuidó de pequeño. La desorientación cuando crees que son más importantes la comida, las luces, los regalos, y te olvidas de que a diez metros está tu abuela tejiendo las penas de su soledad.

No tengo más que decir.

Final.

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“Prohibido cantar villancicos en la fiesta de Navidad”. Firmado: el director.
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Montse Ferreras | 20-12-2015 | 10:01| 0

Bip, bip, bip. Las tres. Suelta la cartera sobre la mesa del comedor, justo al lado se deja caer ella misma, sobre el viejo sofácama. El piso es modesto, 50 metros cuadrados de esos que dicen los políticos que son suficientes para una pareja sin hijos. Muebles de Ikea unos, heredados otros; componen un peculiar bodegón de viejos y nuevos amigos. María fija su mirada en su diploma de Magisterio, está al lado del árbol de Navidad -en esa casa todo está al lado de todo- y a través de él viaja al salón de actos del colegio. Por un momento se ve vestida de ángel, con aquella absurda peluca rizada de querubín. Pero se siente con el pecho henchido, a punto de estallar. Tiene ocho años y sus padres han ido a ver la función. Es el preludio de quince días de luces, villancicos, comidas y cenas familiares, de encuentros con los primos.

De repente, Odo la despierta. “Hola”, perece decir con su rabo, “¿cómo ha ido el día?, insiste el cachorro. María suspira y saca de su gastada cartera de maestra la circular que le ha dado el director; se titula: “Instrucciones para la función de Navidad”. Lee justo el punto que la trastorna: “Las actuaciones no tendrán motivo religioso debido al carácter público y laico del centro” y sigue “La función será el día 18, el 19 se celebrará la llegada de los Reyes”.

Por más veces que lo relee, María no deja de salir de su asombro. “¿Una fiesta navideña en la que llegan los Reyes Magos pero donde mis niños no pueden cantar villancicos?”. De hecho, lo más cercano a la Navidad que pueden hacer sus alumnos, por respeto a la diversidad en el centro, es esperar regalos y bailar al ritmo de Ricky Martin el ‘Un, dos, tres, María’.

Sin mucha gana, se levanta para sacar la lata de comida de Odo y, de paso, el taper con albóndigas de la nevera. Pasea la mirada por la humilde estancia y luego la vuelve a esas bolitas de carne que con tanto amor le ha cocinado su madre. Una chispa de emoción le transfigura el rosto; ya está, lo tengo. La familia es lo más hermoso de la Navidad: compartir, ser generoso… María va corriendo hasta su pequeña biblioteca. Tira apresurada unos cuantos libros hasta que encuentra el que desea: “Aquí estás: Christmas Carol”. Enciende el portátil y escribe la versión de Charles Dickens más hermosa que puede imaginar para sus pequeños. No falta nada: la nieve, las compras navideñas -que tanto parecen agradar en el cole- el agrio empresario y el fantasma de la Navidad. Y compone una obra de teatro en la que la amistad, la familia y la generosidad se convierten en valores universales que cualquiera de sus alumnos -por encima de la religión que profesen- pueden integrar en su sistema de valores.

Esta historia podría ser un cuento, sino fuera porque es verdad.

Estos días ha llegado a mis oídos, por boca de María, lo que está pasando en su colegio. El centro celebra las fiestas navideñas, se toma los días de vacaciones preceptivos, incluso, dedica varias horas lectivas a un festival que de navideño sólo tiene el título y el hecho de que, como colofón, llegan los Reyes Magos. Por respeto a la diversidad y al laicismo, el director suprime los aspectos que menos le interesan de la Navidad. A cambio, los padres, les guste o no, se tragan tradiciones foráneas como, por ejemplo, ‘Halloween’ que, ya se sabe, no puede faltar en ningún colegio ‘moderno’ y ‘bilingüe’.

Me pregunto si no se estará cayendo en el absurdo. Si algunos centros no estarán haciendo de su capa un sayo aplicando normas de dudosa lógica. Prohibir no es la solución, como tampoco lo es el adoctrinamiento. Sí lo es ofrecer información a los niños sobre las diferentes religiones, dar alternativas a quienes no desean celebrar la Navidad, vivir con naturalidad las costumbres y tradiciones, educar a los niños en el conocimiento de sus raíces. Porque sólo desde la formación es posible tomar decisiones fundamentadas y consecuentes.

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'María Luisa', de Lebeña
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Montse Ferreras | 17-12-2015 | 12:14| 0

Por un momento, María Luisa desvía su atención .-“Disculpe, tiene que pagar un euro por visitar la iglesia”. Su voz tintinea, ni siquiera suena. Todo en ella parece dulce e inocente. Es menuda, el pelo color carbón, los ojos dos chinitas de ónix negro que revolotean intermitentes. Mece el móvil entre sus manos y lo consulta a ratos para enseñarme alguna que otra foto: trofeos instantáneos de visitantes ilustres.

María Luisa es la guía de Santa María de Lebeña y, como no podía ser de otra forma, también es oriunda del pueblo. Su madre antes que ella se encargaba de abrir y enseñar el edificio hasta que hace unos años le tomó el testigo. Desde entonces, la iglesia se ha convertido para ella en sus ventanas al mundo; lucernas a través de las que ve la vida pasar, conversa, recoge impresiones y las entrega. Santa María de Lebeña la coloca en bretes insospechados, como aquella ocasión en la que el Nuncio Papal, Renzo Fratini, vino a Cantabria con motivo de la conmemoración de la Bula Papal a Santo Toribio de Liébana. -“María Luisa, ¿vas a ir a Santo Toribio a la misa que va a dar el Nuncio del Papa?”- le preguntó una vecina. -“No puedo, tengo que abrir la iglesia”- contestó ella algo decepcionada. De esto, hace ya tres años y, sin embargo, María Luisa lo recuerda vívidamente: ” Así que no pude ir, pero ¡quién me iba a decir a mi que iba a estar yo aquí con el obispo y con el Nuncio! Los tres solos. Qué situación. Vinieron a visitar la iglesia”.- María Luisa lo cuenta y sonríe al mismo tiempo, feliz y, aún, incrédula.

Se balancea, va y viene sobre sus pies. Parece deseosa por contar pero, a la vez, da signos de no querer molestarme. Sin embargo, yo la animo; la presto, silenciosa, mis oídos y, de vez en cuando, conduzco su monólogo con alguna pregunta. “Como aquella vez que vino Vargas Llosa…” -continúa la guía- “Vino con Carmen Posadas. Qué mujer más agradable. Él no lo era tanto. Quería estar a su aire, que no le molestaras…” -María Luisa deja las palabras suspendidas en el aire y sugiere, sin siquiera nombrarlo, que al nobel peruano, recientemente nombrado ‘marqués’, le pesan demasiado los premios y los honores o, que en el mejor de los casos, buscaba entre los muros milenarios inspiración para alguna de sus novelas.

Y así, de la manera más caprichosa, se cuelan en su iglesia personajes variopintos -“El otro día estuvo aquí Carmen Machi. Con lo despistada que soy, ni me había dado cuenta. Venía con otros actores. Todos muy majos y muy sencillos. Es que esta gente quiere disfrutar así, tranquilos, como todo el mundo”- y me muestra en el móvil la foto que se hizo con ellos en la puerta de entrada; en el mismo lugar que después se hará también una conmigo; sólo que, en este caso, soy yo quien se la pido.

María Luisa, guía de Santa María de Lebeña,El éxito de María Luisa radica en su naturalidad y en el amor con que explica las virtudes y secretos de Santa María de Lebeña. No me equivoco si digo que los condes de Liébana, don Alfonso y doña Justa, no hubieran podido imaginar mejor anfitriona. Se gana al visitante con su inocencia infantil y le muestra el edificio como si fuera una hija pequeña. “Dicen -explica divertida- que don Alfonso Díaz mandó levantar la iglesia para albergar los restos de un santo y, como los monjes no se los daban, robó los de Santo Toribio del Monasterio de San Martín, que entonces se llamaba así, pero los devolvió por miedo a que Dios le castigara”.

Me fascina que no vomite las palabras. No es una guía al uso. Da la sensación de un anfitrión orgulloso que te muestra su casa. -“Un día vino un señor y me preguntó: ¿Qué es lo que concede la Virgen a cambio de las monedas que le deja la gente ? Hijos, le contesté yo. Es la Virgen de La Buena Leche y las mozas, cuando se van a casar, vienen a pedírselos. Y ¿sabes lo que hizo? -me preguntó entre risas- ¡le quitó el euro que le había puesto! ¡Que de eso no quería, decía!”-.

Adoro a este tipo de gente. A la que vive con orgullo lo propio, a la que hace de la sencillez su mejor carta de presentación. Y es que, con los años, me doy cuenta de que lo más valioso de las personas es que sean ellas mismas. María Luisa me cuenta un secreto más -en realidad- nos lo cuenta; a mí y al resto de visitantes que asisten a sus explicaciones como quien está sentado en una butaca escuchando un monólogo del Club de la Comedia: entregados, sorprendidos y divertidos. -“Don Alfonso y doña Justa edificaron la iglesia junto a un tejo, entonces se decía -la misa en la iglesia, el concejo en el tejo-, y junto a él plantaron un olivo, el árbol típico de Andalucía, origen de doña Justa”- y continúa- “pues bien, hace unos años quiso la mala suerte que un rayo tirara el tejo. Pero ya saben lo que dicen, que si una rama no muere, el árbol está vivo y hay una persona del pueblo que está cuidando una de sus ramas para replantarlo en el mismo lugar”-.

Con estas y otras historias como la de San Roque y el Perro, ameniza María Luisa, por un pírrico euro, la visita a nuestra joya del mozárabe. Existen muchas y variadas páginas escritas sobre las virtudes de Santa María de Lebeña -en este post os he dejado un enlace- pero me parecía redundante volver a escribir sobre lo que tanto se ha dicho. He preferido esbozar la vida dentro de sus muros. Trazar a pinceladas en la imagen de María Luisa su día a día y el de tan genial anfitriona. Quiero, desde aquí, dar las gracias a María Luisa por ser tan generosa conmigo y entregarse a la charla amable más allá del euro que pagué por entrar a su casa.

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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.