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Autor: mfi
Una angustiosa espera
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Montse Ferreras | 01-04-2016 | 10:45| 0

Sus dedos tamborilean sobre el salpicadero. Se abraza al volante como un niño pequeño a su mamá. A ratos nervioso. A ratos… enfadado. No quiere, pero va a hacerlo. Mira una vez más las manecillas del reloj, suda cada uno de los segundos de espera. De hecho, en su cabeza no son segundos, son martillazos y en su estómago una soga que lo aprieta. No quiere dejarse llevar por la impaciencia. Era algo que siempre le sucedía, pero, en aquella ocasión, no ¡por favor! Imaginaba encontrársela allí. Esperándolo. Con cara gélida y mirada ardiente. Con un gran abrazo que le dijera: “cuánto te he necesitado”. Sin embargo, ahí estaba. Los minutos no corrían; habían pasado ya tres horas. Adelante y atrás, se balancea, se acurruca sobre el volante como un cachorro abandonado y malherido. Enciende el motor, acciona el limpiaparabrisas, arquea las cejas y suspira aliviado, es ella… De pronto, no reconoce ni la bufanda ni las botas acharoladas de la chica. El abrigo rojo le ha despistado. “Cómo, cómo, cómo hemos  llegado a esto”. Al tiempo que lo dice, golpea -una y otra vez- la cabeza contra el volante de su Xara Picasso.

La culpa era suya. Sí, siempre hacían lo que él quería. Como con aquel coche. Ahora lo maldecía. El vehículo y aquella tonta idea. “Yo, yo, yo”. Otra vez contra el volante. Y se enfadaba con el coche como si él representara todas y cada una de las imposiciones que le había hecho a ella.

Recordaba ahora la primera vez que le propuso ir a aquel lugar. Fantaseaba con la idea y aunque a Laura no terminada de convencerle, fue horadando su pétrea coraza a base de lametazos de mar. Poco a poco. Día a día. Insinuación a insinuación. Consciente, siempre, de que él lo necesitaba. Ignorante -al menos en apariencia- del dolor que a ella le causaba intuir que, tal vez, no era lo suficientemente buena para su marido. “Yo, yo, yo”. La rabia, dos lágrimas por el rabillo del ojo y unas inmensas ganas de vomitar. “Cuatro horas, cuatro horas. Hace cuatro horas que entró”. El alma se le desgarraba. “Y yo no he podido estar ni media hora”…

Entre la cortina de lágrimas divisó el abrigo rojo. El corazón se le paró. Sabía que la que salía de aquel local de intercambio de parejas ya no era Laura, su Laura. Era otra; no de rostro gélido, mirada añorante y brazos abiertos de par en par en actitud de espera. Esta llevaba el pelo revuelto, la mirada brillante y el paso decidido. No quería imaginar cómo sería el regreso en coche con aquella nueva Laura y, mucho menos, el resto de sus vidas.

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En Cantabria se regala leche
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Montse Ferreras | 25-03-2016 | 2:34| 0

Llueve. Hace frío. Unas perlas intermitentes se descuelgan desde la capucha de su abrigo trasnochado hasta la mejilla, coloreando de grana su rostro, cada vez más mojado. Llueve mucho, pero los animales no entienden de meteorología; tienen que comer, y hacerlo a diario. El rún rún de la máquina segadora la engulle. Zara, empapada, olisquea e hinca el hocico en cada hueco del terreno, meneando el rabo, contenta, como si la inclemencia no fuera con ella. María la observa mientras atropa. Las manos, congeladas por el dorso, abrasadas y abrasadoras por la palma, atenazan la herramienta. Empuña orgullosa la rastrilla; fiel compañera de la gentil mujer que honra sus campos y alimenta a sus bestias. En la lumbre ha dejado unas alubias, cocinándose a fuego lento. A las dos y media llegarán los chiquillos del colegio y, para entonces, tendrá que tener preparada la comida y comidas las vacas. Permite a sus pensamientos que se escapen de la tarea y, poco a poco, deja también que lo consciente se vuelva maquinal, y atropa, sin atropar, un carro de verde. Lo hace mientras cabila cómo vendrá el tiempo para llamar al de las bolas. Tienen que segar toda la finca, arrolarla y que venga Paco el de Felisa a encintar. Claro, y que no se moje.

Suspira. Su vida es un constante mirar al cielo. Un hacer cábalas. A veces se pregunta si no hubiera sido mejor hacer como los de Manolo, quitar el ganado y buscar el jornal en otra parte. Pero al marido le gusta el campo. “Es duro, sí”- le dice cuando hablan de ello- “¿Pero qué crees que te van a dar por ahí? Cuesta mucho montar una ganadería”- Vaya si lo sabe ella. Muchos millones, mucho conservar los prados de generación en generación y, sobre todo, mucho sacrificio. “Ángel” -dice- “Que en las vacas no hay sábados ni domingos. Ya lo sabes tú. Que no nos podemos ir a ningún lado tranquilos. No te extrañe que los chavales no quieran ni oír hablar de ellas… Y hacen bien. Que estudien o que se vayan a trabajar donde puedan. Mejor eso que estar pringados todo el día  y con preocupaciones”.

El tronar de un claxon le recuerda donde está. “¡Ángel! -grita- me marcho. Voy a darle la leche a Rosi”. Más que dársela, se la regala. La fábrica no se la recoge, así que ha llamado a algunos amigos por si la quieren o, de lo contrario, con todo el dolor de su corazón, la tendrá que tirar. “¿Cómo es que no te la recogen?”, le pregunta escandalizada Rosi. “Ya ves, he agotado el cupo, he producido cuanto podía este año y hasta abril no van a pasar a por ella. Hemos intentado vendérsela a las queserías, pero no la quieren. También tienen excedente así que están esperando a ver si con la Semana Santa y el turismo le dan salida a los quesos. A ver si es verdad y puedo hacer algo con esta leche”.

María despide a Rosi, son casi las dos y veinte. En nada aparecerá el autobús y en nada tendrá a sus dos pequeñas fieras hambrientas pidiéndole la comida. Entre ordeñar, hacer la casa y el verde, se le ha ido la mañana sin darse cuenta. Deja el viejo abrigo secando sobre un banco en el porche de la casa, al lado de la puerta se desembaraza de las katiuskas verdes, las cambia por unas zapatillas con suela de goma, rojas y blancas. Al entrar se coloca el delantal y, sin tiempo para un descanso, sigue con la faena. El rún rún del tractor la lleva hasta la ventana. Ve a Ángel cerrar la portilla del establo. Mira al cielo y se pregunta cuándo parará de llover, porque, aunque no pueda vender la leche, las vacas no pueden dejar de comer…

EPÍLOGO:

Esta semana un vecino me ha regalado leche. De la buena. De la que sale directamente de la vaca. De la que es 100% proteína y grasa; sí, grasa. Que en los últimos tiempos, circulan estudios de dudosa intencionalidad -para mí al menos- en los que se defiende que la de tetrabrik y, en concreto, la desnatada, es más saludable. Al final, lo más sano va a ser beber agua…

Debería haberme alegrado del regalo de mi vecino, sino fuera porque me entristece la manera en la que su modo de vida se va agotando ante nuestra mirada impasible. El desdén con que la comunidad mira a sus raíces, profundamente ganaderas. La manera en la que el capitalismo feroz y la globalización la engulle. El puesto tan descolgado que tiene en el ranking de preocupaciones de nuestros políticos.

He querido con este post reivindicar un modo de vida y rendir homenaje a nuestros hombres y mujeres del campo, especialmente a ellas, todo un ejemplo de raza y coraje: madres, esposas, amas de casa y ganaderas al mismo tiempo.

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La Rusca
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Montse Ferreras | 17-03-2016 | 11:35| 0

‘La Rusca’ como la llamaba Bruno, el entrañable viejecito de ‘La sonrisa etrusca’ de José Luis Sampedro. Esa compañera invisible que infundía melancolía y vida a cada uno de sus pasos en la gran ciudad. A esa tal Rusca, yo no la conozco, a pesar de que ya nos han presentado.

La Rusca, que no es la Rusca, es el cáncer. Con todas y cada una de sus letras; sin estigmas, sin oscurantismo ni visos de magia simpática por la que pronunciar su nombre nos contagie. Con valentía, sin miedo. Como lo afrontan los enfermos. Es ahí cuando nos presentaron. Cuando conocí a Almudena, a Silvia, a María, a Daniel, a José… Unos en primera persona, otros de oídas, buena parte de ellos bastante jóvenes. Aunque claro, ¿quién ha dicho cuándo se es suficientemente mayor para enfermar?

Os voy a contar una de esas historias. La de Almudena. La suya es como la del maestre Don Rodrigo, que tan magistralmente plasmó Jorge Manrique en sus Coplas. Capaz de hacerle una mueca al destino y a la muerte, ganándoles la partida con la fama. Así, en su copla número XL concluye el poeta:

Que aunque la vida perdió / dexónos harto consuelo / su memoria

Eso mismo le sucede a Almudena y, por ello, este próximo sábado, 19 de marzo, más de 6000 personas se van a juntar en Los Corrales de Buelna para participar en la marcha solidaria que organiza la asociación que ella creó: ‘Luchamos por la vida’. Su espíritu permanece tan vivo que también logró hacerle un giño al destino, con la suerte de que la posteridad la lleva como compañera eterna.

Almudena tiene treinta años. Se mira al espejo, de reojo alcanza a ver el pañuelo -“Ni siquiera sé ponérmelo”- piensa. Imagino que esa es una de las pequeñas cosas del día a día en las que el cáncer le empieza a demostrar que está ahí, con ella. La razón por la que Bruno le pone un nombre cariñoso al cáncer; porque ya es suyo, le acompaña a todas partes; a la enfermedad -escribe José Luis Sampedro en su novela- “la llama Rusca, nombre de un hurón hembra que le regaló Ambrosio después de la guerra: no hubo nunca en el pueblo mejor conejera”.

Al igual que Bruno, Almudena decide que, si ha de ser su compañera de viaje, entonces ha de tratarla y conocerla. Ha de presentarle su Rusca a otras Ruscas. Ha de ayudar a quienes -a diferencia de ella- aún no saben cómo manejarla. Poco a poco, en Los Corrales de Buelna, empieza a hacer comunidad, a organizar cursos en los que enseña a otras enfermas a colocarse el pañuelo, a dar respuesta a problemas cotidianos que con la venida de la enfermedad ella también tuvo que afrontar sin saber cómo. Cursos, marchas, encuentros, eventos… Un ejercicio de empatía y positividad que terminan haciendo de ella un estímulo y un ejemplo para muchas personas. Una manera positiva de llevar su Rusca, su cáncer, que fue aliento para quienes la rodearon y para ella misma.

La asociación ‘Luchamos por la vida’ organiza este fin de semana la 8ª edición de su Marcha Solidaria. La recaudación servirá, íntegra, para financiar proyectos de investigación sobre la enfermedad. Es una de las iniciativas que puso en marcha Almudena. Participar significa: acompañar a los familiares y enfermos; compartir un día de ocio y diversión al aire libre; fomentar el estilo de vida sano; hacer visible la enfermedad; NORMALIZARLA.

Quiero que este post sea una mano tendida. Un recuerdo de Almudena Ruiz Pellón, a quien sus vecinos y amigos no olvidan. Para ella erigieron un monumento y una plaza en el pueblo. A quien el cáncer, traidor, la cogió desprevenida y embarazada y, aún así, lo encaró con coraje, le puso nombre, se lo llevó de viaje. Le guiñó un ojo al destino y la posteridad la convirtió en compañera eterna; fuerza para muchos, ánimo y ejemplo. Desde aquí también hoy quiero yo darle la palabra; a todos quienes lleváis la Rusca por compañera: ¡ánimo!, ¡estamos con vosotros!, ¡va a salir bien!

Marcha Solidaria 'Luchamos por la vida' 2015

Puedes conseguir más información sobre la Marcha Solidaria ‘Luchamos por la vida’ o ponerte en contacto con la asociación en su página web o a través de su Facebook:
www.luchamosporlavida.com
www.facebook.com/luchamosporlavida

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Las Adas, Marianos y Pablos no tienen la última palabra en Educación
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Montse Ferreras | 11-03-2016 | 11:47| 0

A todos se nos llena la boca con la palabra ‘educación’. Tanto que, muchas veces, estamos escasos de ella, como le ha pasado a Ada Colau. La alcaldesa de Barcelona ha confundido las churras con las merinas y le ha plantado al ejército la bandera en mitad del pompis, quedando ella totalmente en evidencia. Es esa obsesión de los políticos de velar por la EDUCACIÓN con mayúsculas. Es tal su preocupación que cambian leyes cada cuatro años, enfangan con burocracia inútil la labor docente, estigmatizan a los estudiantes con comparaciones injustas establecidas por informes de la OCDE y, en este caso, deciden por ellos si el ejército es o no una opción de futuro. En fin, que EDUCAN al respetable a base de insufribles cambios legislativos, al ritmo de titulares periodísticos en los que se habla del nivel académico en España y dándole a la tijera. Según el informe de la Fundación BBVA publicado esta semana, la inversión pública en educación en nuestro país se ha retraído un 15%, a niveles del año 2000, mientras que las familias debemos asumir un 28% más de gasto. Así están las cosas…

La cuestión es que Ada y su desplante al pétreo castrense que le estrechó la mano, me han hecho reflexionar sobre este asunto ¿Quién es responsable de la educación de nuestros hijos? ¿Por qué algo tan importante queda sujeto a tantos vaivenes y subjetividades? Recuerdo una entrevista a Fernando Sánchez Dragó en la que le escuché al excéntrico escritor afirmar que su hijo se educaría en casa; opinaba que no se le ocurría lugar mejor. En aquel momento, lo juzgué una insensatez, ahora, en cierta medida, entiendo la conveniencia.

Hace un par de días, María, la misma maestra de ‘Prohibido cantar villancicos en la fiesta de Navidad. Firmado el director’, me contó que los papás de Leo habían ido a quejarse al colegio. Leo es uno de sus alumnos de 4º de primaria. En su clase, esta semana, Mateo, otro de los niños, se dedicó a esconderle los libros a un compañero. María castigó a toda la clase sin salir al recreo hasta que los libros y el culpable aparecieran y eso, al parecer, había molestado muchísimo al papá y a la mamá de Leo. María, entre risueña y disgustada, me lo explicaba, aún sin creerlo.

Por situaciones como esta es por las que entiendo un poco la conveniencia de la afirmación de Dragó. No de sacar a nuestros hijos del sistema educativo, sino de colaborar más en su educación. Porque si los papás de Leo entienden que reprender y desautorizar a la maestra favorece en algo a su educación, en mi humilde parecer, se equivocan de principio a fin. Hay otras cosas mucho más interesantes en las que se puede intervenir: reforzar la educación con actividades culturales, deportivas y de ocio al aire libre; colaborar en los proyectos escolares acudiendo de visita al colegio, aportando materiales o facilitándoles información; interesarse de cómo marchan las cosas con los compañeros y con las clases;  ayudar con las tareas escolares animando y sugiriendo; fomentar la autonomía en el proceso de estudio…

No creo que debamos delegar en el colegio toda la responsabilidad de educar a nuestros hijos y que cuando la puerta se cierre tras ellos cada mañana, todo esté ya resuelto. Como tampoco creo que las Adas, Marianos, Pablos… tengan que tener la última palabra porque, entre otras cosas, tienen costumbre de hacer con la educación política. EDUCAR trasciende el ámbito escolar, legislativo y político, pero les atañe a todos y, a la primera, a la FAMILIA.

Hoy os escribo desde la humildad de mi calidad de madre y de mi máster en Formación del Profesorado.

Feliz fin de semana, familia.

 

 

 

 

 

 

 

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Echarse Cantabria a la boca
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Montse Ferreras | 05-03-2016 | 10:29| 0

Este es un post para quienes disfrutan con la comida y, por qué no decirlo, con la bebida también. Que como decía Quevedo:

No hay cuestión ni pesadumbre
que sepa amigo, nadar;
todas se ahogan en vino,
todas se atascan en pan…

A mí, como a ti, me gusta comer: paladear, degustar, saborear y, a continuación, resolver si es o no ‘el mejor plato de…’ que he probado hasta el momento. Y lo mismo, con el vino: apreciar si es tanto o mejor que el que probé otro día.

Por fortuna, Cantabria es una región maravillosa para practicar el deporte culinario. Su materia prima es tan variada y sabrosa que podríamos comernos mar, cielo y tierra, sin ni siquiera levantarnos de la mesa. Y, en los últimos tiempos, bebernos, incluso, magníficas barricas de su propia cosecha. Se granjea la fama de ser tierra donde se come ‘bien’; simple y llanamente, ‘bien’. Sin más aditamentos. Yo añadiría que, entrado el invierno, se come, especialmente bien, ‘de cuchara’, y la zonas rurales completan el espectáculo con un entorno en el que la excursión ‘a comer’ provoca síndrome de Stendhal.

No hay nada más hermoso que deleitarse ante un plato humeante cuando, al fondo, a través del ventano de madera, se asoma la montaña nevada o unas quimas alazanas retozando con el viento. He de decir, a estas alturas del texto, que quién tema a los efectos del síndrome es mejor que no siga leyendo.

Os propongo un viaje, a lomos de la palabra e impulsados por la imaginación, en el que cruzaremos los cuatro puntos cardinales. Cuatro pequeñas excursiones en las que nos echaremos Cantabria a la boca. Cuatro humildes templos en los que disfrutar de la cocina y la materia prima típicamente cántabra:

1) La Cuchara del Camesa. Nos sentamos en su comedor, revestido de madera, ornado con espectaculares calabazas, setas y productos de la tierra que se van turnando según la temporada; abierto por su ventanal al valle de Valdeolea y dulcemente calentado por una chimenea herrumbrosa que provoca descarada al resto de elementos decorativos con su moderno diseño. La comida sin aditamentos: sabor puro, natural, fresco, de carnes, verduras y hongos recién recolectados; combinados a la perfección para generar una experiencia nueva en algunos casos o llevarnos al más genuino sabor de la cocina tradicional con sus ollas ferroviarias. Un lugar en el que la sencillez de lo autóctono estalla elegante.

2) Bar La Taberna en Bustablado. Nos acomodamos en su pequeño comedor. La decoración es controvertida, protagonizada por unas paredes maquilladas de color carmesí. Sin embargo, no nos importa; es un detalle nimio al que no prestamos la menor atención en cuanto nos sirven sus caricos, los mejores de la región. Después, “sin llenar demasiado el ojo antes que el papo” elegimos un segundo entre sus productos de la matanza. Con los torreznos, nos entran ganas de llorar de emoción. Después, tras la sobremesa, nos perdemos, unos a pie, otros en coche, en los parajes que ofrece su entorno.

3) Casa Cayo, en Potes. Hoy hay mucha gente. Le suele suceder en fechas señaladas. Sin embargo, la travesía hasta el fondo de la barra merece la pena. En cuanto llegamos a ese refugio, el éxito está asegurado. En Casa Cayo -aún cuando no cabe un alfiler- son amables y eficaces. Es otro de esos lugares en los que no nos fallan. Hoy no tenemos sitio en el comedor; lástima, la carta merece entera la pena, sin embargo, nuestra excursión está a salvo, pedimos una ración de callos, sin duda, los mejores que hemos probado nunca.

4) La Portilla de Celis. Subimos al segundo piso de la casona montañesa en la que está instalado el restaurante. Es el salón más acogedor, la luz entra a raudales y mira a la montaña. Dudamos. A esas alturas de nuestro viaje ya estamos bastante llenos. Aún así, la decisión está clara; pediremos cabrito. En la mesa de al lado, un nutrido grupo de vascos ha decidido lo mismo y, entre el cabrito, varias botellas de vino y ensaladas, completan un banquete a cuerpo de rey.

Si a estas alturas no te has emocionado lo mismo que lo harías ante una obra de arte como predica el síndrome de Stendhal, no emprendas el viaje. Si por el contrario te encuentras entre ese grupo de amantes del yantar, estas cuatro opciones son seguro de calidad, sabor y buen precio en comida tradicional cántabra. Una manera sabrosa de ‘echarse Cantabria a la boca’.

Os deseo un feliz y sabroso fin de semana.

 

 

 

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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.