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Autor: mfi
“Aquí lo tienes: Rafael, el más autóctono de San Martín de Trevejo”
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Montse Ferreras | 15-04-2016 | 8:46| 0

Alguna vez me habló alguien del verdor de la tierra extremeña y de la luz de sus pueblos. Recuerdo que en aquella ocasión -hace ya años- me reí para mis adentros echando mano de argumentos mezquinos: ¿a quién se le ocurre hablar a una cántabra de paisajes verdes y pueblos con encanto? El tiempo -siempre hábil consejero- me puso en mi sitio.

Me ha pasado con Extremadura, lo mismo que en su día con Galicia y Baleares. Se me han colado tan adentro, que no puedo dejar pasar mucho tiempo sin ir a darles un beso y un abrazo; a decirles un ¿qué tal estás? ¿Qué hay de nuevo?

Se me han colado sus paisajes, su gastronomía, sus gentes… tan diversas y espléndidas que me animan a hurgar en cada uno de los rincones de nuestro país. Porque en España la variedad es tan variada que es una de nuestras mayores riquezas.

En esta ocasión ha sido San Martín de Trevejo. Es un pueblo pequeño, arropado por bosques de castaños, en un valle de la Sierra de Gata, a los pies del monte Jálaba. Es sereno, ostentosamente sencillo, diría yo. Con calles empinadas, piso empedrado y casas espléndidamente conservadas, de piedra y adobe. En sus huertos conviven los olivos con algún naranjo despistado de los que se pueden ver a cientos en el vecino pueblo de Acebo. San Martín de Trevejo desprende el mismo aire bonachón que sus gentes y la misma alegría cantarina que los arroyuelos que recorren sus calles trasportando el agua del regadío. Lugar de cruce de pueblos: limita con Salamanca y Portugal y se precia de una lengua propia que se puede escuchar en boca de los lugareños: “la nuestra fala”.

En San Martín conocí a Rafael. Si me dijeran que lo han transportado en una máquina del tiempo desde los años 60 o 70 del siglo pasado, incluso antes, me lo creería.

Lo conocí mientras paseaba por las huertas del pueblo. Un olivo tuvo la culpa. Me colé en un terrenito a fotografiarlo y a pedirle permiso para olerlo y tocarlo. “¿Eres de los de Mejías?”. Me giré al instante, desconcertada, dudando de si me habían preguntado a mí; creyendo que me había metido en un lío por allanar la propiedad privada. Pronto me di cuenta de que en aquel pueblo todo era de todos y, muy especialmente, el tiempo de conversación.

Vi una cara ajada por el sol. La ropa corría la misma suerte. Los dientes dejaron salir una sonrisa intermitente. Llevaba a la espalda un coloño de leña. Lo mismo que hacía, según me contaba, mi abuela Leo de niña; recoger ramas en los bosques para alimentar el fuego del hogar. Enseguida me di cuenta de que los Mejías habían sido sólo una excusa para entablar conversación. Y en un ‘pis pas’ que duró media hora, Rafael me contó de su vida como pastor, de su estancia en la mili -probablemente, la única fuera de San Martín de Trevejo-, y de los jóvenes del pueblo.

“Ay de tiempos pasados”. “La gente de ahora no quiere el campo, pero tampoco deja la casa”. La cabeza de Rafael -mucho más lustrosa que sus desgastadas ropas- no entiende cómo “los jóvenes de ahora se dedican a no hacer nada”. No comprende una vida sin objetivos o, más bien, sin trabajo. Yo pienso… Y quién lo hace, Rafael…

Rafael es -como me dijo otro vecino al pasar- lo más autóctono que tiene San Martín de Trevejo: afable, tranquilo, sencillo, austero, dispuesto a la charla y a los rigores de las labores del campo, pero, sobre todo, instalado, férreamente sujeto, a otros tiempos.

Rafael me hizo pensar en las diferentes realidades que conviven en San Martín de Trevejo. Un mismo entorno en el que pasado y presente se dan la mano. Y me hizo reflexionar, una vez más, acerca de la inteligencia natural de las personas: cuántas preguntas se hace el bueno de Rafael sin necesidad de ser erudito.

Os dejo las fotos que le hice, me avergüenza un poco decir que son medio robadas. Medio, porque se le ve a medias; él no quería mostrarse con su humilde atuendo “que ahora con los teléfonos te ve cualquiera”. Pues sí, Rafael, te ve cualquiera que sea capaz de traspasar la envoltura de la apariencia.

No hace falta que os lo diga, la comunidad: Extremadura, la zona: la Sierra de Gata y el pueblo: San Martín de Trevejo, muy recomendables. Yo, por mi parte, continuaré hurgando…

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Correr con el coche ya no se lleva
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Montse Ferreras | 08-04-2016 | 8:56| 0

“Correr con el coche ya no se lleva”. Recuerdo cuándo me dijeron esta frase; tendría yo unos veinticuatro años. Reconozco que por entonces no sabía qué pensar: si decantarme a favor o en contra. Si era fiel a mi recién conquistada libertad al volante y a mi espíritu joven, aquello sonaba a apolillado, sin embargo, si escuchaba a mi yo reflexivo, no podía más que darle la razón.

Pues bien, a día de hoy, sin conquistas automovilísticas que realizar y con la templanza que va dando la experiencia, no puedo más que plegarme a esa expresión: “correr con el coche ya no se lleva”. Es más, afirmo que es: ¡una horterada!  Porque entre ir Paseando a Miss Daisy  y emular a Fast and Furious hay un trecho. Me pregunto ¿qué tienen que demostrar algunos y algunas en la carretera?

Lo que os cuento me sucedió esta mañana y ha sido la gota que colma el vaso. Si pudiera le hubiera grabado al mendrugo en cuestión un video -que ya sabemos, que lo hecho en público y captado como tal puede ser emitido-bien merecido se lo tendría. Y para curarme en salud y no ser sospechosa de ir provocando accidentes precisamente por lo contrario, por ir demasiado lenta, diré que aún no se me ha subido ningún caracol a la rueda, que mi coche lleva intermitentes de serie (nunca, opcionales) y que obtuve mi carnet a la primera.

Llamemos al ínclito en cuestión, Pierre Nodoyuna, y a su auto loco, Bemeuve. Esta es su hazaña:

14:00 pm. En la radio de mi coche suenan las señales horarias. A punto está de comenzar el informativo. Es, justo, la hora de recoger a mi hija para llevarla al colegio. Me incorporo desde una pequeña carretera de servicio a la comarcal, cuando, de repente, me encuentro, de lleno, a mi izquierda, con el mismísimo Pierre Nodoyuna. Por unos instantes dudo de si me habré metido en una de las carreras de Los Autos Locos porque Pierre desciende veloz, atravesando un cambio de rasante, a más de 80 kilómetros por hora en una zona limitada a 50. No lo duda, me sortea haciendo serpentear su coche y atrás me deja maldiciéndolo, pensando la poca vergüenza que tiene, queriendo apartar de mi mente lo que sucedería si atropella a un caminante de los que transitan por esa carretera secundaria, a mi marido cuando sale a correr,  a mi padre cuando circula en bici; o si me arrolla llevando yo a mi Candela a bordo.

Le pito. Poco más puedo hacer. Y para mi sorpresa, Pierre comienza a dar bandazos sobre la raya continua, describiendo eses en el suelo; a un lado, a otro… A menos de doscientos metros de una curva… Chuleando de la manera más ridícula y temeraria que jamás haya visto. Como sea para todo tan espabilado -pienso- apañado va.

Es entonces cuando me siento impotente y una vez más recuerdo la frase de mis veintitantos: ‘correr con el coche no se lleva’. Es una horterada. Pero es que no se lleva correr, no se lleva avasallar al resto de vehículos ni pensar que somos Fernando Alonso al volante; que para eso están los circuitos ¿Qué pretenden demostrar los Pierre Nodoyuna del mundo? ¿Que son más fuertes? Tal vez ¿más importantes? ¿Que su coche es el más rápido? ¿Que son más listos…? ¿Qué? Sinceramente, creo que no son conscientes de lo que transmiten, sino, probablemente, no lo harían: falta de inteligencia, ninguna educación ni respeto, un total egoísmo y temeridad que pone en peligro la vida de los demás.

Así que, a ver si te enteras Pierre Nodoyuna: no seas cutre ¡correr con el coche ya no se lleva!

 

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Una angustiosa espera
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Montse Ferreras | 01-04-2016 | 10:45| 0

Sus dedos tamborilean sobre el salpicadero. Se abraza al volante como un niño pequeño a su mamá. A ratos nervioso. A ratos… enfadado. No quiere, pero va a hacerlo. Mira una vez más las manecillas del reloj, suda cada uno de los segundos de espera. De hecho, en su cabeza no son segundos, son martillazos y en su estómago una soga que lo aprieta. No quiere dejarse llevar por la impaciencia. Era algo que siempre le sucedía, pero, en aquella ocasión, no ¡por favor! Imaginaba encontrársela allí. Esperándolo. Con cara gélida y mirada ardiente. Con un gran abrazo que le dijera: “cuánto te he necesitado”. Sin embargo, ahí estaba. Los minutos no corrían; habían pasado ya tres horas. Adelante y atrás, se balancea, se acurruca sobre el volante como un cachorro abandonado y malherido. Enciende el motor, acciona el limpiaparabrisas, arquea las cejas y suspira aliviado, es ella… De pronto, no reconoce ni la bufanda ni las botas acharoladas de la chica. El abrigo rojo le ha despistado. “Cómo, cómo, cómo hemos  llegado a esto”. Al tiempo que lo dice, golpea -una y otra vez- la cabeza contra el volante de su Xara Picasso.

La culpa era suya. Sí, siempre hacían lo que él quería. Como con aquel coche. Ahora lo maldecía. El vehículo y aquella tonta idea. “Yo, yo, yo”. Otra vez contra el volante. Y se enfadaba con el coche como si él representara todas y cada una de las imposiciones que le había hecho a ella.

Recordaba ahora la primera vez que le propuso ir a aquel lugar. Fantaseaba con la idea y aunque a Laura no terminada de convencerle, fue horadando su pétrea coraza a base de lametazos de mar. Poco a poco. Día a día. Insinuación a insinuación. Consciente, siempre, de que él lo necesitaba. Ignorante -al menos en apariencia- del dolor que a ella le causaba intuir que, tal vez, no era lo suficientemente buena para su marido. “Yo, yo, yo”. La rabia, dos lágrimas por el rabillo del ojo y unas inmensas ganas de vomitar. “Cuatro horas, cuatro horas. Hace cuatro horas que entró”. El alma se le desgarraba. “Y yo no he podido estar ni media hora”…

Entre la cortina de lágrimas divisó el abrigo rojo. El corazón se le paró. Sabía que la que salía de aquel local de intercambio de parejas ya no era Laura, su Laura. Era otra; no de rostro gélido, mirada añorante y brazos abiertos de par en par en actitud de espera. Esta llevaba el pelo revuelto, la mirada brillante y el paso decidido. No quería imaginar cómo sería el regreso en coche con aquella nueva Laura y, mucho menos, el resto de sus vidas.

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En Cantabria se regala leche
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Montse Ferreras | 25-03-2016 | 2:34| 0

Llueve. Hace frío. Unas perlas intermitentes se descuelgan desde la capucha de su abrigo trasnochado hasta la mejilla, coloreando de grana su rostro, cada vez más mojado. Llueve mucho, pero los animales no entienden de meteorología; tienen que comer, y hacerlo a diario. El rún rún de la máquina segadora la engulle. Zara, empapada, olisquea e hinca el hocico en cada hueco del terreno, meneando el rabo, contenta, como si la inclemencia no fuera con ella. María la observa mientras atropa. Las manos, congeladas por el dorso, abrasadas y abrasadoras por la palma, atenazan la herramienta. Empuña orgullosa la rastrilla; fiel compañera de la gentil mujer que honra sus campos y alimenta a sus bestias. En la lumbre ha dejado unas alubias, cocinándose a fuego lento. A las dos y media llegarán los chiquillos del colegio y, para entonces, tendrá que tener preparada la comida y comidas las vacas. Permite a sus pensamientos que se escapen de la tarea y, poco a poco, deja también que lo consciente se vuelva maquinal, y atropa, sin atropar, un carro de verde. Lo hace mientras cabila cómo vendrá el tiempo para llamar al de las bolas. Tienen que segar toda la finca, arrolarla y que venga Paco el de Felisa a encintar. Claro, y que no se moje.

Suspira. Su vida es un constante mirar al cielo. Un hacer cábalas. A veces se pregunta si no hubiera sido mejor hacer como los de Manolo, quitar el ganado y buscar el jornal en otra parte. Pero al marido le gusta el campo. “Es duro, sí”- le dice cuando hablan de ello- “¿Pero qué crees que te van a dar por ahí? Cuesta mucho montar una ganadería”- Vaya si lo sabe ella. Muchos millones, mucho conservar los prados de generación en generación y, sobre todo, mucho sacrificio. “Ángel” -dice- “Que en las vacas no hay sábados ni domingos. Ya lo sabes tú. Que no nos podemos ir a ningún lado tranquilos. No te extrañe que los chavales no quieran ni oír hablar de ellas… Y hacen bien. Que estudien o que se vayan a trabajar donde puedan. Mejor eso que estar pringados todo el día  y con preocupaciones”.

El tronar de un claxon le recuerda donde está. “¡Ángel! -grita- me marcho. Voy a darle la leche a Rosi”. Más que dársela, se la regala. La fábrica no se la recoge, así que ha llamado a algunos amigos por si la quieren o, de lo contrario, con todo el dolor de su corazón, la tendrá que tirar. “¿Cómo es que no te la recogen?”, le pregunta escandalizada Rosi. “Ya ves, he agotado el cupo, he producido cuanto podía este año y hasta abril no van a pasar a por ella. Hemos intentado vendérsela a las queserías, pero no la quieren. También tienen excedente así que están esperando a ver si con la Semana Santa y el turismo le dan salida a los quesos. A ver si es verdad y puedo hacer algo con esta leche”.

María despide a Rosi, son casi las dos y veinte. En nada aparecerá el autobús y en nada tendrá a sus dos pequeñas fieras hambrientas pidiéndole la comida. Entre ordeñar, hacer la casa y el verde, se le ha ido la mañana sin darse cuenta. Deja el viejo abrigo secando sobre un banco en el porche de la casa, al lado de la puerta se desembaraza de las katiuskas verdes, las cambia por unas zapatillas con suela de goma, rojas y blancas. Al entrar se coloca el delantal y, sin tiempo para un descanso, sigue con la faena. El rún rún del tractor la lleva hasta la ventana. Ve a Ángel cerrar la portilla del establo. Mira al cielo y se pregunta cuándo parará de llover, porque, aunque no pueda vender la leche, las vacas no pueden dejar de comer…

EPÍLOGO:

Esta semana un vecino me ha regalado leche. De la buena. De la que sale directamente de la vaca. De la que es 100% proteína y grasa; sí, grasa. Que en los últimos tiempos, circulan estudios de dudosa intencionalidad -para mí al menos- en los que se defiende que la de tetrabrik y, en concreto, la desnatada, es más saludable. Al final, lo más sano va a ser beber agua…

Debería haberme alegrado del regalo de mi vecino, sino fuera porque me entristece la manera en la que su modo de vida se va agotando ante nuestra mirada impasible. El desdén con que la comunidad mira a sus raíces, profundamente ganaderas. La manera en la que el capitalismo feroz y la globalización la engulle. El puesto tan descolgado que tiene en el ranking de preocupaciones de nuestros políticos.

He querido con este post reivindicar un modo de vida y rendir homenaje a nuestros hombres y mujeres del campo, especialmente a ellas, todo un ejemplo de raza y coraje: madres, esposas, amas de casa y ganaderas al mismo tiempo.

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La Rusca
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Montse Ferreras | 17-03-2016 | 11:35| 0

‘La Rusca’ como la llamaba Bruno, el entrañable viejecito de ‘La sonrisa etrusca’ de José Luis Sampedro. Esa compañera invisible que infundía melancolía y vida a cada uno de sus pasos en la gran ciudad. A esa tal Rusca, yo no la conozco, a pesar de que ya nos han presentado.

La Rusca, que no es la Rusca, es el cáncer. Con todas y cada una de sus letras; sin estigmas, sin oscurantismo ni visos de magia simpática por la que pronunciar su nombre nos contagie. Con valentía, sin miedo. Como lo afrontan los enfermos. Es ahí cuando nos presentaron. Cuando conocí a Almudena, a Silvia, a María, a Daniel, a José… Unos en primera persona, otros de oídas, buena parte de ellos bastante jóvenes. Aunque claro, ¿quién ha dicho cuándo se es suficientemente mayor para enfermar?

Os voy a contar una de esas historias. La de Almudena. La suya es como la del maestre Don Rodrigo, que tan magistralmente plasmó Jorge Manrique en sus Coplas. Capaz de hacerle una mueca al destino y a la muerte, ganándoles la partida con la fama. Así, en su copla número XL concluye el poeta:

Que aunque la vida perdió / dexónos harto consuelo / su memoria

Eso mismo le sucede a Almudena y, por ello, este próximo sábado, 19 de marzo, más de 6000 personas se van a juntar en Los Corrales de Buelna para participar en la marcha solidaria que organiza la asociación que ella creó: ‘Luchamos por la vida’. Su espíritu permanece tan vivo que también logró hacerle un giño al destino, con la suerte de que la posteridad la lleva como compañera eterna.

Almudena tiene treinta años. Se mira al espejo, de reojo alcanza a ver el pañuelo -“Ni siquiera sé ponérmelo”- piensa. Imagino que esa es una de las pequeñas cosas del día a día en las que el cáncer le empieza a demostrar que está ahí, con ella. La razón por la que Bruno le pone un nombre cariñoso al cáncer; porque ya es suyo, le acompaña a todas partes; a la enfermedad -escribe José Luis Sampedro en su novela- “la llama Rusca, nombre de un hurón hembra que le regaló Ambrosio después de la guerra: no hubo nunca en el pueblo mejor conejera”.

Al igual que Bruno, Almudena decide que, si ha de ser su compañera de viaje, entonces ha de tratarla y conocerla. Ha de presentarle su Rusca a otras Ruscas. Ha de ayudar a quienes -a diferencia de ella- aún no saben cómo manejarla. Poco a poco, en Los Corrales de Buelna, empieza a hacer comunidad, a organizar cursos en los que enseña a otras enfermas a colocarse el pañuelo, a dar respuesta a problemas cotidianos que con la venida de la enfermedad ella también tuvo que afrontar sin saber cómo. Cursos, marchas, encuentros, eventos… Un ejercicio de empatía y positividad que terminan haciendo de ella un estímulo y un ejemplo para muchas personas. Una manera positiva de llevar su Rusca, su cáncer, que fue aliento para quienes la rodearon y para ella misma.

La asociación ‘Luchamos por la vida’ organiza este fin de semana la 8ª edición de su Marcha Solidaria. La recaudación servirá, íntegra, para financiar proyectos de investigación sobre la enfermedad. Es una de las iniciativas que puso en marcha Almudena. Participar significa: acompañar a los familiares y enfermos; compartir un día de ocio y diversión al aire libre; fomentar el estilo de vida sano; hacer visible la enfermedad; NORMALIZARLA.

Quiero que este post sea una mano tendida. Un recuerdo de Almudena Ruiz Pellón, a quien sus vecinos y amigos no olvidan. Para ella erigieron un monumento y una plaza en el pueblo. A quien el cáncer, traidor, la cogió desprevenida y embarazada y, aún así, lo encaró con coraje, le puso nombre, se lo llevó de viaje. Le guiñó un ojo al destino y la posteridad la convirtió en compañera eterna; fuerza para muchos, ánimo y ejemplo. Desde aquí también hoy quiero yo darle la palabra; a todos quienes lleváis la Rusca por compañera: ¡ánimo!, ¡estamos con vosotros!, ¡va a salir bien!

Marcha Solidaria 'Luchamos por la vida' 2015

Puedes conseguir más información sobre la Marcha Solidaria ‘Luchamos por la vida’ o ponerte en contacto con la asociación en su página web o a través de su Facebook:
www.luchamosporlavida.com
www.facebook.com/luchamosporlavida

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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.