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Autor: mfi
Hay gente muy cerda
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Montse Ferreras | 03-09-2016 | 10:53| 0

¿Cómo se escribe un texto para hablar de la basura que la gente tira sin avergonzarse en los lugares públicos?

Al principio, pensé en un texto metafórico, en el que Peña Cabarga, prácticamente sola todo el año, recibía acogedora cientos de invitados con motivo de la Vuelta Ciclista. Pero, tras el paso de la marabunta, lloraba desconsolada  por el trato desagradecido de estos. Se marchaban sin mirar atrás, sin despedirse, dejando decenas de latas de refrescos, bolsas de basura y papeles a lo largo de sus seis kilómetros de subida.

Luego imaginé un post al estilo de Arturo Pérez Reverte, en el que el periodista, cronista de guerra, ahora Académico, se cagaba en todo lo que se menea por la cantidad de cerdos que hay en este país.

Finalmente, pensé que ni lo uno ni lo otro, pero sí, que debo llamar a las cosas por su nombre, y por eso digo -haciendo gala de la misma desvergüenza de esos que se dedican a tirar su basura impunemente- que: ¡hay gente muy cerda! y, ya de paso también, ¡muy insolidaria!

Llevo tres meses -justo los de playa- trabajando gratis de basurera, lo cual, no me importa, pero sí me avergüenza. Porque no entiendo cómo alguien puede marcharse sin recoger su basura ¿Es que piensan que hay duendes nocturnos trabajando para limpiar los arenales? Y si no piensan eso, todavía peor. Si no les importa que esa lata, esa colilla, ese papel de aluminio del bocata, esa bolsa de plástico, esa botella… acaben en medio del Atlántico creando un continente de mierda que mata a las especies y arruina el ecosistema, entonces, si nos les importa eso…. Aún me lo ponen peor.

Llevo tres meses indignada, aquí, en Cantabria y también en Baleares; y digo estas dos costas porque son las que he visitado este verano. A poco que remuevas la arena salen montones de colillas y, en el caso, por ejemplo, de Formentera, montones de residuos plásticos pequeños como tapones de botella. La cuestión es que a poco que te fijes podrías estar toda la jornada playera recogiendo basura. Yo procuro tirar la que me encuentro y, afortunadamente, hay personas que hacen lo mismo. Escribo este post para que se le caiga la cara de vergüenza, si alguno que lo está leyendo lo hace.

La última me sucedió el pasado jueves con motivo de la Vuelta Ciclista a España en su subida a Peña Cabarga. El ascenso y el descenso lo hice a pie. La subida, jalonada por furgonetas de helados e improvisados campistas con su bocata y sus birras en la mano, la bajada con montones de latas y bolsas de basura en las cunetas. Luego, pensaba: la montaña está todo el año prácticamente sola, con la salvedad de un puñado de ciclistas y corredores, y algún turista despistado, ofreciendo una de las vistas más preciosas de la comunidad y, en un suspiro, escasas cuatro horas, nos brinda un escenario de excepción para este evento deportivo; un escenario del que me siento orgullosa y que me hace feliz que millones de personas contemplen a través de sus televisores. Pero después, veo esa basura… y reflexiono a cerca de lo contradictorio que es que cientos de personas vayan a la montaña a vivir la pasión de un deporte y dejen su mierda para deterioro del entorno por años y años….

Recordemos una vez más y demos ejemplo a nuestros niños. Esto es lo que tarda en degradarse la basura:

De 1 a 2 años. Colillas.

5 años. Un trozo de chicle.

10 años. Una lata.

200 años. Una zapatilla de cuero.

Entre 100 y 1000 años. Una botella de plástico.

4000 años. Una botella de cristal.

Y suma y sigue. Googleando un poco se encuentran estas y otras cifras y estudios aún más completos.

Para muestra os dejo algunas de las fotos que tomé al término de la subida a Peña Cabarga  de la Vuelta Ciclista a España el pasado jueves.

 

 

Oye… ¡Qué bonito el mar! ¡Qué bonita la montaña!…
¿A que sí?
Pues preservémoslo.

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Los ganaderos del mar
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Montse Ferreras | 28-08-2016 | 12:59| 0

Cantabria tiene poesía en cada uno de sus paisajes y tradiciones, flotando en el agua, adentrándose en sus bosques y paseando sus prados. Lástima que esta tierra agradecida, tan rica como para que olvidemos muchos de sus tesoros, no sea motivo de estudio en las escuelas. Espero que nadie vea en estas líneas introductorias un golpe de pecho o una mirada chovinista; todo lo contrario: lo que hay, es un suspiro desencantado. Espero, algún día, dejar a mi hija como herencia: ‘raíces’ y ‘alas’. Un lugar desde el que volar. Un tronco fuerte desde el que partir, construir y al que volver en caso de necesidad. Así me gustaría a mí que fuera Cantabria. Una madre orgullosa de la que conociéramos todo, hasta el último pliegue de su falda. Un orgullo en el pecho y una fuente de sabiduría, porque para edificar, es imprescindible tener cimientos.

Reconozco, sin vergüenza aunque sí con pudor, que este fin de semana, he conocido a los ganaderos del mar. Y como yo, supongo que haya más de uno. Por eso, me he decidido a compartir un par de fotos y a transcribir un puñado de datos que me contó un paisano en San Vicente de la Barquera. Y aprovecho para decir que la charla, amable, abierta, sin trastienda, es fuente inagotable de buenas historias y de conocimiento. Y que hay mil mundos ahí afuera dispuestos a hablarnos a poco que pongamos la oreja…

Un ojo foráneo y, como veis, uno autóctono también, se lleva a engaño. En la cima de la loma que lame el acantilado, como hormiguitas si las espiáramos a vista de pájaro, estos monstruos de hierro se apostan codiciosos esperando a que el sol se retire a su refugio de poniente. Cuando la mar rompe y arranca la ocla , también conocida como caloca, el ocle en Asturias, descienden al arenal a recolectar este precioso tesoro marino.

 

Los tractores, aparcados en el prao, en hilera, parecen estar esperando la recogida del verde, provistos de largos ganchos a modo de bieldos mecanizados. El caso es que -como suele suceder- la ignorancia me engaña, pero la vista no. Es justo eso. Grandes rastrillos destinados a atropar, en esta ocasión, no la comida del ganado, sino las algas que el mar arranca rabioso. Un oro encarnado que ha llegado a pagarse a dos euros el kilo, de los miles que cada recolector consigue cada temporada; más o menos, de septiembre a diciembre. Hierbas molestas para los bañistas con destino a la farmacia, la cosmética, la alimentación e, incluso, la industria textil.

Me cuenta mi improvisado confidente, el mismo que repara el motor cansado de uno de estos buscadores de tesoros, que al atardecer, cuando la playa se queda sola, despliegan sus ganchos de entre ocho y diez metros, y sumergen sus pantorrillas de caucho hasta más arriba de la cintura. Los conductores adosan a sus máquinas, chimeneas que se elevan como periscopios un par de metros más de lo usual, para evitar así, que en la recogida de aire les entre agua al motor. No es que la vida de estas bestias sea larga pero, al menos, sobrevivirán dos temporadas, permitiendo a sus dueños amortizar sobradamente la compra.

Los de la ocla  son una familia bien avenida. Con la misma fiereza que se lanzan a la recolecta, detienen la faena y, todos a una, prestan ayuda si alguno se queda embachado. Tomás -llamemos así al mecánico que se somete amigable a mi insolente interrogatorio- rebusca entre el baúl de sus recuerdos aquellos que conectan con su juventud más tierna “Antiguamente, se hacía todo a mano. Yo iba con mis padres, el carro y la pala de guinchos. Entre dos tíos se pasaba una red y luego se cargaba la ocla en el carro”. Intuyo que la faena era muy dura, sin embargo, en las palabras de Tomás hay un deje de nostalgia, orgullo y romanticismo. “Ahora no es trabajo. Vamos… lo es, pero se hace todo con máquinas”. Tomás, como las gentes duras de nuestro campo, entiende que lo de ahora, comparado con lo de antaño, es coser y cantar. Un coser y cantar que para la mayoría de nosotros iría mucho más allá que el uso de aguja e hilo.

Me cuenta, mientras con sus manos, teñidas por la sangre negra del motor, hurga en sus intestinos, cómo “los de la ocla”, primero sacan de la mar las algas, luego las agrupan, las cargan y las esparcen en el “prao” para que sequen. Este proceso lo hacen ayudados de máquinas que toman prestadas, muchas veces, de la ganadería: remolques, máquinas arroladoras…. Una vez secas, las algas, que cubren como una manta el suelo, se hacen lombíos y después se recogen y se llevan a los pajares. De ahí, esta singular hierba marina será vendida como exquisito ingrediente de la industria más variada.

Y esta es la humilde historia; la de cómo conocí a estos recolectores terrestres de algas -que yo he bautizado ‘ganaderos del mar’ por las similitudes de la faena, aunque el mar se tome la molestia de segar– y de cómo advertí cuántas cosas increíbles desconozco de esta tierra, cuánto tiene que enseñarnos. Y, una vez más, lo importante que es hablar con el paisano de al lado…

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Un trono de nylon y aluminio
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Montse Ferreras | 10-08-2016 | 4:36| 0

Estoy sobre la toalla, es un pareo barato, que tiene trazas de querer parecerse a uno bastante más caro que ojeé en el Corte Inglés. Éste, sin embargo, lo he rescatado de una revista femenina. Estaba abandonado como un huérfano a su suerte, ofrecido al mejor postor. Perfectamente plegado, rayado, morado y con flecos. Una etiqueta humilde ‘made in China’ lo identifica, al tiempo que lo une a una legión de hermanos gemelos. Por fortuna, está en exclusiva en esta playa.

Apoyo la cabeza sobre una almohada reciclada. Es un balón semihinchado de la marca ‘churruscadita al sol’ que parece mandarme un mensaje que no termino de entender ¿Será posible -me pregunto- que se esté burlando de mí? Y entonces comienzo a reflexionar  sobre la mala baba del balón, que me echa debajo de la sombrilla. No se lo digo, pero me alivia. Ay, qué placer. Qué fresquito. Y me río para mis adentros ¿qué ha sido de aquellos años en los que mi única indumentaria playera era un biquini, unas chanclas, una toalla y, en el mejor de los casos, un protector solar número 8?

Ahora, debajo de mi sombrilla marinera, gruesa, bien gruesa, para que no entre ni un rayo de sol extraviado, permanezco impasible entre mi legión de acompañantes: silla de playa, capazo, biquinis y bañadores a tutiplén, libros, revistas, palas, cubos de plástico y rastrillo, gafas de buceo, la neverita de la comida y un surtido de protectores solares de factor no inferior a 20. Es mi oasis. El único capaz de soportar una jornada playera con almuerzo, comida, merienda y atardecer. Para mí, el paraíso. No se me ocurre nada mejor que hacer un día de verano.

Tres sombrillas a mi izquierda, diviso una de color azul ajado con el letrero de ‘Ballantines’. No está en sus mejores horas, pero aún tiene carrete para rato.  Su color deslucido me cuenta que ha pasado muchas horas al sol. Está claro que casi tantas como su dueño. Lo veo en su silla, parece el capitán en su cuartel general. Ha plantado la tienda a primera hora de la mañana. En las coordenadas justas, en el lugar exacto. Ha probado el agua, se ha mojado un dedo y ha especulado sobre la dirección y la velocidad del viento; y ha colocado con mimo, uno a uno, cada uno de sus enseres. Son las doce del mediodía, a esta hora, tocan caracolillos, así que lo veo afanado sobre los diminutos crustáceos marinos, encajado en su cómoda silla como si fuera una segunda piel, sonriente como si presidiera una comida de gala con invitados de la más alta alcurnia, aunque en este caso visten trajes de baño y beben en vasos de plástico.

Pero mi amigo Moli está a otro nivel. Aún me pregunto de dónde saca toda su artillería playera. Lo observo atónita. Ojiplática. Sacando de su mochila un sinfín de artículos de playa y condumio, como si su bolsa fuera la de Mary Poppins. Me digo: atenta, éste es un profesional de la playa, y me propongo espiarlo hasta que me revele sus secretos.

Soy paciente, no me importa. Me tumbo, leo y, de cuando en cuando, lo miro de reojo. Uso la vieja estrategia de colar la mirada en el hueco que deja el brazo cuando te tumbas boca abajo y con él sostienes la cabeza. Nada. No hay manera. Es un rival fiero… Las tres, las cuatro, las cinco, las seis, las siete, las ocho, ocho y veinte… Ajá, empieza a recoger. ¡Esta es la mía! Y corro como alma que lleva el diablo a desenvolver mi móvil de la nube de bolsas, bolsitas y cremalleras en el que lo tengo metido. Ajá, te pillé, compañero. Este es tu secreto: la silla-mochila playera. Sí señor. Todo un invento.

Un ingenioso invento que le procura horas de comodidad y en el  que se siente todo un rey… Un trono de nylon y aluminio en el que los placeres sencillos se convierten en la clave de la felicidad durante los meses de verano. Y no es para menos, desde ella puede ver al sol caprichoso retozar con las olas;  oír el murmullo del mar que lo aleja, poco a poco y sin darse cuenta, hasta rincones inhabitados del alma; sentir la caricia de la brisa al volverle la cara;  los bocados de sabor a sal, y el mar, que unas veces lo acuna y otras le invita a jugar en un escondite debajo de sus faldas.

Sin duda, el mar es mágico, le digo. En ningún otro lugar alcanzas semejante paz al charlar con tus pensamientos, o disfrutas tanto al comer tu bocadillo después del baño. Un lugar donde se mezclan lo espiritual y lo prosaico. Los pequeños placeres y la inmensidad de las sensaciones que generan…

Y los dos convenimos, al despedirnos, la fortuna que tenemos de formar parte de ese grupo modesto, que disfruta con cosas modestas que son, para nosotros, placeres de reyes.

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Reflexiones en la Calzada Romana
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Montse Ferreras | 21-05-2016 | 8:59| 0

Salomón viste camisa de cuadros y se apoya sobre una ahijada. Tiene la cara morena y los ojos vivarachos de un niño pequeño. Salomón podría ser mi abuelo o cualquier otro de los que viven en los pueblos de Cantabria. Hoy me he encontrado dos salomones y un Gonzalo en mi ruta por Pesquera. Dos abuelos y un lugareño con las manecillas del reloj paradas y dispuestos a compartir su tiempo y sus recuerdos a cambio de un simple hola y una sonrisa franca.
Hace un par de semanas estuve por motivos de trabajo en Madrid. Justo siete días después, en la Ruta de los Puentes en Ucieda. Entonces, igual que hoy, en Pesquera, recorriendo la Calzada Romana que lo une con Bárcena de Pie de Concha, me sacudió la frase de alguien que -después de estar un mes de vacaciones en Cantabria- a su regreso a la capital, dijo: “de vuelta a la civilización”.
¡De vuelta a la civilización! Esa frase me obsesiona, y no he podido dejar de pensar en ella.
En medio de los árboles, abandonada a sus murmullos y al ingenio de sus formas; con la cámara, intentando robarle alguno de sus rincones para, luego, en casa, recrearme como una voyeur, me fascina lo perfecto que es todo. No puedo evitar pensar que si civilización es progreso, el progreso encuentra su lógica en la naturaleza; en sus formas, en la ergonomía y la dinámica de sus animales, en las propiedades de sus plantas. Y me admira comprobar lo que este entorno hace conmigo: por cuatro, cinco horas, me quedo a solas, aunque lleve otros andarines a mi lado. El bosque me inspira, me relaja y hace que mi pensamiento germine más creativo. Lo comparo con mi estancia en Madrid. Imagino la ciudad desnuda. Como si los edificios -sin paredes ni ventanas- amontonaran, piso sobre piso, vidas enjauladas. Micro-mundos de relaciones humanas en las que el otro pasa a tu lado como un fantasma. Nada es y nada llama la atención, a menos que se exacerbe.
Hoy encontré a mi primer Salomón en Bárcena de Pie de Concha. “Perdone -le dije- Queremos hacer una ruta que hemos visto en Internet y que empieza en Somaconcha”. “Internet, Internet… A tomar por culo con Internet”. No supe qué pensar. Malas pulgas tiene éste. Sin embargo, enseguida cambié de impresión. Salomón se conocía al dedillo la Calzada Romana, las pistas y el bosque de Montabliz por donde íbamos a comenzar a caminar. Lo que pasa es que en el mundo de Salomón, Internet no es civilización ni progreso. Háblame en román paladino, carajo; pareció decirme. Y el tosco hombre de pueblo, en cinco minutos, se convirtió en guía y en una buena charla. Me recordó a mi abuelo y, reconozco que, hasta por ello, me hizo dudar de sus intenciones. Cuando yo era cría, cuando un despistado paraba en casa a preguntar por dónde se cogía de nuevo la carretera para ir a Santander, él les mandaba en dirección al monte. Una pequeña travesura que a mi hermano y a mi nos procuraba no pocas risas cuando veíamos, después de un rato, al pobre incauto, desandar el camino hecho.
Mi segundo Salomón, éste sí que se llamaba así, es el de la camisa de cuadros, la ahijada y los ojos vivos como el sol más ardiente. Me lo encontré en Pesquera, al lado de la fuente, charlando con un muchacho que recogía agua en una más que usada garrafa. “¿Sabe usted por donde se va a Somaconcha?” “Sí mujer sí. Coges esta carretera todo a derecho, hasta arriba. Cuando yo era mozo íbamos por ahí al pueblo de al lado, y en marzo, que era la fiesta, nos invitaban a tomar café. Éramos como hermanos. Aunque, no creas, a veces también había sus más y sus menos. Ya sabes, cosas de mozos, pues que a dos les convenía la misma”. Y al decir esto Salomón sonreía como si la escaramuza la hubiera vivido la misma noche antes.
Ascendimos hasta Somaconcha para aparcar junto a la iglesia y comenzar desde ahí el recorrido hasta el bosque de Montabliz, descender hasta la estación de tren, enfilar luego la Calzada Romana y retornar a Somoconcha. Catorce kilómetros que nos supieron a gloria. Pues bien, en el comienzo del recorrido coincidimos con Gonzalo. Hicimos con él apenas medio kilómetro de trayecto, hasta que llegó al ‘prao’ donde tenía las vacas. Y, de nuevo, nos sucedió algo que sólo pasa en esos lugares donde las personas se detienen a conocer al otro. “Mira -me dice uno de mis acompañantes- desde aquí se ve Bostronizo”. “Anda, uno de Bostronizo conozco yo -dice Gonzalo-. Mi padre le compró unas ovejas. El Diablo.” “Sí hombre sí -responde el otro-. Yo soy de Bostronizo. El Diablo, cómo no le voy a conocer. Ese es internacional”. Y tan internacional debe ser el paisano que estoy deseando organizar una excursión para conocerlo y poder contároslo.
Por todo esto os digo, que poco veo yo de civilización en las grandes ciudades aparte de posibilidades laborales (eso sí), espectáculos, restaurantes y tiendas de toda índole que -dicho sea de paso- son sólo accesibles si, como decía Carlos Goñi, tienes el maldito dorado.
Así que me quedo con mis Salomones, mi Gonzalo, mis bosques y sus secretos. Algo que esta tierra nuestra derrocha manirrota. Y me reafirmo en mi idea de que Civilización no es un concepto ligado -necesariamente- a la ciudad.
Monte de Montabliz
Para algunos de nosotros este tronco parecía una fiera, tal vez un horrendo lobo, con otro animal a lomos. Hay quien vio una fiera atravesando a una mujer.
Sin duda, la naturaleza es la más perfecta diseñadora.
Al adentrarte en la Calzada Romana, si cierras los ojos, puedes retroceder más de 2000 años para imaginarte a las legiones transitando esos caminos empedrados.
En el pueblo semi-abandonado de Somaconcha.

Rescato este texto de entre las impresiones que me causó en otoño mi paseo por la Calzada Romana. Espero que, si aún no conocéis la zona, estas letras y la primavera os animen a hacerlo.

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Camionero y bailarín
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Montse Ferreras | 14-05-2016 | 12:40| 0

Camionero y bailarín son dos ocupaciones que al ideario colectivo le extraña, le pasma e, incluso, hasta a alguno, seguro que le golpea. El ideario es tozudo, burgués y conservador, y asocia: camionero, masculino. Bailarín, femenino. Camionero: póster al fondo de la cabina. Bailarín: afeminado u homosexual. Por eso, me encanta la historia que os voy a contar; por lo que tiene de transgresora. Por el mensaje que lanza: la vida es un sentir, un estar, un arriesgar. La vida es ser fiel a uno mismo, sin despeinarse, sin importar el qué dirán. Porque nada es lo que parece y las etiquetas sólo están bien, adheridas a los botes de conserva.

La foto fija de esta historia es corriente, pero por eso mismo, llamativa. Gabi tiene 43 años, está casado, tiene dos niñas, es camionero de profesión e hijo de camionero, natural de Riovorvo -una población cántabra de 160 habitantes- y desde el pasado mes de noviembre, bailarín de ballet clásico. Son estas últimas tres palabras las que me descolocan: “de ballet clásico”. Me pregunto qué es lo que lleva a alguien como él a apuntarse a esta disciplina. El colectivo le diría que por qué no practica baile de salón o coreografías de esas modernas. Gabi le responde indiferente y con una sonrisa en la boca: se ríe alto y claro. Lo hace cuando se calza sus zapatillas de tela negra,  se enfunda sus mallas y se anuda su pañuelo del pato Lucas a la cabeza. Lo hace cada vez que escucha a Tchaikovsky o a Stravinski. Cuando calienta antes de comenzar la clase. Cuando ensaya en casa los pasos de la función en la que intervendrá el próximo mes de junio en el Teatro Concha Espina de Torrelavega… Se ríe del ideario, pero no porque el ideario le afecte, sino porque está feliz.

Gabi estirando en una de sus sesiones de ballet

Escuché, y me gusta recordarlo de cuando en cuando, que somos quienes fuimos en el patio del colegio. Tal vez, a Gabi le suceda lo mismo y esté recuperando algo que ya le gustaba de niño. Lo escucho atenta, mientras él deja escapar un torrente de palabras. Estoy a punto de saber por qué siente esa pasión por el ballet clásico. Tiene ojos vivarachos, se expresa rápido y contundente, sin dobleces: “No sé, me gusta, siempre me ha gustado. Recuerdo cuando era un chaval y en San Cipriano sólo bailábamos otro amigo y yo”. “Mi hermana me dice que me recuerda de bien pequeño queriendo bailar. Que me gustaba. Que quizás debería haberme dedicado a ello”. Lo escucho y las piezas empiezan a encajar. “He hecho de todo. Qué se yo. Fútbol, taekwondo, kárate, taichí, el Soplao en bici de montaña… Un montón de cosas”. “Hace tres años fui a ver a mi hija pequeña a su función de ballet y me encantó. Al año siguiente se animó la mayor. Fue entonces cuando comencé a plantearme apuntarme también yo. Así que este año estaremos en el escenario los tres juntos”.

Gabi con sus hijas, Gabriela y Alba.

Los imagino a los tres en casa, preparando sus bolsas para la clase. Los imagino en la academia de baile, juntos y a la vez separados, concentrados en el rond de jambe , en el arabesque. Pero, sobre todo, contemplo la magnífica lección de vida que Gabi está dando a sus hijas; enseñándoles lo importante que es ser uno mismo; disfrutar al máximo con lo que a uno le gusta, sin absurdos complejos y llevando como bandera la autenticidad.

Alumnas y compañeras de clase de Gabi en la Academia Ana Serna de Torrelavega

Gabi ha encontrado en la Academia Ana Serna una pequeña familia que lo ha acogido con el mismo respeto y cariño que él le demuestra al baile. Por fortuna para quienes amamos la danza, en los últimos tiempos, hay una corriente de retorno a ella. Antiguas alumnas que con 40, 50 años vuelven a peinarse el moño y a agarrar la barrar para recuperar una pasión de infancia y juventud. Otros, como es el caso de Gabi acceden por primera vez.

Probablemente, a estas alturas más de uno aún no entienda por qué Gabi practica ballet cinco días a la semana, por qué es la ilusión con la que ocupa su tiempo libre, por qué le importa menos que nada lo que puedan pensar los demás. Quizás sería necesario que le escucharan hablar: con inocencia, con naturalidad extrema, con pasión por el baile; algo que sólo puede hacer a quien le corre el gusanillo de la danza por las venas. Tal vez, esperaban una respuesta rocambolesca a la altura de la paradoja: camionero-bailarín. Sin embargo, es sencillo: ganas de vivir. Puede que el entorno rural, el contexto social o generacional hicieran que Gabi, en su día, no optara por el ballet como primera opción; quien sabe. Sin embargo, lo importante es que lo ha hecho ahora. Porque como dice Sabina en la letra de su canción: No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

Dedicado a todos cuantos viven a pecho descubierto.

Si queréis asistir a la gala benéfica en el Teatro Concha Espina de Torrelavega, el próximo 12 de junio, a las 19:00 horas, las entradas están a la venta al precio de 5 euros. Entre el elenco de bailarines encontraréis a Gabi.

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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.