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Autor: mfi
Don Dionisio y la escuela de otros tiempos
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Montse Ferreras | 11-02-2018 | 10:57| 0

Don Dionisio es un buen nombre de maestro; casi, casi, cinematográfico, aunque, dicho sea de paso, muy real. Era el maestro de Ampuero, lo fue durante décadas y, durante aún más tiempo, ha permanecido en el recuerdo de sus pupilos.

Me ha venido a la cabeza esta mañana, al leer un comentario de los muchos que hace la  gente sobre los profesores. Era con motivo de la supuesta violación de un niño de 9 años en Jaén, a manos de dos adolescentes de 12 y 14 años. Un acto tan horrendo y fuera de toda lógica que revuelve lo más profundo de las entrañas. El comentario en cuestión está regado de palabras en mayúsculas que ponen el acento en expresiones como “ES QUE YA ESTÁ BIEN DE QUE NO SE ENTEREN DE NADA de lo que pasa en SU colegio..!! y que dejaban claro el grado de enfado y violencia hacia el profesorado de su autora, la cual, en una profunda reflexión de cinco líneas y 175 caracteres afirmaba concluyente “Y dónde estaban los profesores que tienen que estar en ese momento ahí…?? El responsable es el CENTRO..!!” Y lo remataba con unos puntos suspensivos como queriendo invitar a la reflexión; imagino, tan sesuda como la que, en esos momentos, estaba haciendo ella.

Y entiendo su enfado, porque la noticia no es para menos. Pero también, entenderán el mío, que como respuesta, en un arranque de mala leche e indignación le contesté, a modo de frase introductoria: “Pues los profesores de cañas, no te digo”.

Y es que somos una sociedad de cainitas, porque la culpa, es -como no- de los profesores. Esos vagos que tienen tres meses de vacaciones al año, que trabajan lo mínimo, que tienen manía al niño, porque cuando suspende Mario, no es que el chaval no estudie, es que el impresentable del profesor le dio la materia deprisa y corriendo el último día, o es que le tiene manía y a él no le explica o, peor aún, esa manía le lleva a suspenderlo. Y pasa lo mismo en este caso de Jaén ¿Dónde está el origen del problema? Según la internauta en los profesores, quienes seguro que se habían ido de compras en la hora de trabajo o estaban cerrados a cal y canto tomando café en la sala de profesores o, todavía más grave, sabían que tenían a dos delincuentes en potencia en el instituto y los han dejado campar a sus anchas y violar al niño de 9 años ¿Exageración? No lo creo.

La realidad es otra.

Señores, padres y madres, ustedes dejan a sus hijos en los centros educativos entre cinco y siete horas; a veces más. Muchos de los padres delegan no solo la guardia y custodia de los hijos y su enseñanza, sino, además, la educación. La realidad con la que se encuentran los docentes es la de niños, muchas veces, “sin educar”, sin respeto al profesor, sin capacidad de trabajo, sin gusto por la cultura y las actividades culturales y eso, les guste o no, llega de casa. El profesor -el que ama su profesión e, indudablemente, como en todas las profesiones hay ovejas negras- es una persona con infinita paciencia como para gestionar grupos de niños y adolescentes de veintitantas personas; cuya satisfacción está en que el estudiante aprenda y apruebe, porque el triunfo del estudiante es el triunfo del profesor; que hacen frente a las circunstancias de sus alumnos porque, lo crean o no, los niños son auténticos espejos de lo que sucede en sus hogares y cómo se les educa. De esta manera, el niño que está consentido demuestra escasa respuesta a la autoridad; el que está sobreprotegido poca autonomía y así, un rosario de circunstancias que el docente tiene que hacer frente en el aula.

Por eso, echo de menos los tiempos de Don Dionisio, en los que familia y escuela remaban en la misma dirección. En la que desde los hogares el profesor era visto como un aliado, no como un enemigo inepto y culpable. Tiempos en los que en el hogar se respetaba al maestro y eso se notaba después en el aula. Y conste que, no siempre es así. Hay padres muy conscientes de las capacidades y de las debilidades de sus hijos. Que adoptan una postura responsable y nunca esquiva, y estudiantes que son -más o menos trabajadores o más o menos capacitados- pero sumamente educados.

Por eso, querida amiga del chat. Yo prefiero hablar del origen de los problemas, no de culpables. Primero, porque en todo caso, los culpables de la violación son los estudiantes y, segundo, porque la reflexión debería ser ¿qué entorno tienen esos chicos para llegar a hacer lo que han hecho? ¿Qué circunstancias se han dado para que haya sucedido?

Por supuesto, el centro debe analizar dónde y cómo se ha producido la supuesta violación. Si se podría haber evitado. Si es necesaria una intervención educativa entre los estudiantes. Pero de ahí a culpabilizar a los profesores…

Termino el post transcribiendo la respuesta íntegra que ofrecí en Internet al comentario “¿Y dónde estaban los profesores?” Para otro día dejo la historia de Don Dionisio; retrato de otra época y de una profesión que tiene de grande, lo grandes que son los niños. No olvidemos que “lo que se les dé a los niños, los niños darán a la sociedad” (Karl Augustus Menninger):

“Pues los profesores de cañas, no te digo ¿Qué es eso de culpar a los profesores? Aquí no se está hablando de un acoso escolar que pudiera haber sido detectado por alguien y pasado por alto. Se habla de un hecho terrible, pero esperemos, puntual; que esos niños, imagino, habrán cometido escondiéndose. Por otro lado, me pregunto qué clase de educación y valores están recibiendo los agresores en sus hogares. Hay grandes profesionales de la educación que se preocupan y mucho por los chavales. Y también te digo que muchos niños van a los centros “sin educar”, con unas carencias tan básicas como no saber dar ni los buenos días. Me produce mucho malestar este tipo de análisis tan arbitrarios y a la ligera que criminalizan al profesorado”.

 

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Asesinato en el Orient Express
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Montse Ferreras | 03-12-2017 | 8:02| 0

Asesinato en el Orient Express‘, aunque la versión que yo vi bien podría titularse: ‘Asesinato en la fila 11, butacas 17 y 18’. Porque lo que prometía ser un bálsamo cinematográfico prenavideño, con todos lo matices y recuerdos de lecturas juveniles de Agatha Christie, resultó ser, para mi desgracia, material para este post. Y ya lo siento porque -a la vista de mis últimas letras- parece que estoy un poco cascarrabias, pero, corregidme si me equivoco después de esta breve historia que os voy a contar de tintes tragicómicos: ¿no es lo que sucedió surrealista, al más puro estilo Buñuel? Pues acomódense en sus butacas que empieza la función…

Érase una vez, en un cine de Santander, situado en una gran superficie, dos matrimonios que -por cuestión del destino, las apetencias cinematográficas y el gusto de todos ellos por sentarse en la última fila – coincidieron en el estreno cántabro de la adaptación cinematográfica de la célebre novela de misterio de Agatha Christie, ‘Asesinato en el Orient Express’. Todos ellos, los cuatro, se relamían, aunque por cuestiones diferentes.

– Qué ganas tengo de ver esta peli.

– Sí, yo también. En mi casa leímos muchísimo de chavales a Agatha Christie. ¿Has visto ‘Muerte en el Nilo’?

– No, la verdad que no.

– Pues tenemos que verla, es la mejor.

Mientras, en otro lugar del aparcamiento, al tiempo que pone el freno de mano y extrae del contacto las llaves, Paco (llamémosle así) le pregunta a Manoli: “¿Lo llevas todo?”. “Que sí pesado, te lo he dicho como quince veces desde que salimos de casa. Aquí tengo la mochila”.

Hagamos un paréntesis en este momento de la historia, no vaya a ser que alguno piense que Paco o Manoli van a poner una mochila bomba en la Sala número 2, butaca 11, filas 17 y 18. No. Es algo peor. Se van a montar un picnic allí, con el peligro de que -como en la peli de Kenneth Branagh- los asistentes, corroídos por el odio y el resentimiento, se alíen para asesinarlos antes de que se enciendan las luces y finalice la proyección.

– Buff, estos de al lado no dejan el móvil. Espero que cuando empiece la película lo apaguen porque, ¡menuda luz que da! ¡Si parece una linterna!

Manoli, que ha oido el comentario de sus vecinos de butaca, saca un pañuelo y, como si fuera la ayudante de Houdini lo coloca delante del teléfono de Paco, aunque, todo hay que decirlo, con poco acierto, porque la luz sigue inundando el espacio. Y así, entre trucos de magia, pañuelos al aire y trailers interminables, suenan los primeros acordes de la banda sonora de la película y aparece un Hercule Poirot, impoluto, con un gran moustache que le atraviesa la cara, seleccionando un par de huevos perfectos para el desayuno. Entonces, se ve que a Manoli y a Paco los huevos les abren el apetito porque, ni cortos ni perezosos, comienzan un picnic-cena-visionado-comentario de la película como si estuvieran en el salón de su casa.

– No te lo vas a creer, los de al lado están sacando los bocatas.

– Bueno, mujer…

– Es que no paran de hacer ruido con las bolsas… Y con el papel de aluminio. Porque traen los bocatas en papel albal y todo.

Mientras, Paco y Manoli, en los asientos contiguos, abren sus refrescos, “clas”, “clas”. Comentan -describiendo con el brazo libre ella y con ademanes de cabeza y “jum”, “jum” reiterados, él- lo bonito que es el paisaje.

– ¡Fíjate!

– Jum, jum.

– ¡Ay, qué bonito!

– Jum, jum. Sácame un poco más de bocata.

– ¿Como el de antes?

– No, sácame el de chorizo.

Mientras, en las butacas 15 y 16…

– No lo soporto. Se están sacando  otro bocadillo o no sé qué es eso. ¡Y encima todo envuelto en papel albal! Soy incapaz de meterme en la película.

Mientras, Poirot, al fondo, en Jerusalem, ante el muro de las lamentaciones, desenmascara a un criminal. Se ve que Kenneth Branagh, director y protagonista, ha querido comenzar la película presentando -como no podía ser  de otra manera- a un Poirot: observador, excéntrico y genial. Pero todo eso me lo pierdo yo en mi butaca número 16 y lo saborean Manoli y Paco entre sorbos de refrescos y comentarios llenos de sandwich y bocata de chorizo. Pero si alguien dudaba de que el festival había terminado, aún quedaba lo mejor ¿Qué es una cena hogareña, improvisada en un cine público, sin un postre a base de cacahuetes, por supuesto, con su cáscara y todo? Y vuelta a los “cras”, “cras” y a los “chas” y a los “¡Qué bonito!”. Porque cierto es que la fotografía de la peli -los paisajes montañosos y nevados por los que discurre el tren- son espectaculares.

La escena de Manoli y Paco fue dantesca, surrealista. Es como si los hubieran teletransportado desde el salón de su casa hasta la fila 11, butacas 17 y 18. Estaban como Perico por su casa. Tan campantes. No se les movía ni un pelo del flequillo. Pienso, incluso, que cuando no los vi se pusieron las babuchas de estar por casa ¿A ver si debajo del abrigo llevaban el pijama?… Si tuviera que poner un emoticono en este punto del texto, sería el de los ojos como platos.

En alguna ocasión he escuchado a gente quejarse por las personas que comen en el cine. Sinceramente, a mí nunca me han importado un puñado de palomitas que, la mayoría de las veces, ni llegan al comienzo de la película. Pero de eso, a sacar la mochila con todas las vituallas…. Respondedme a la pregunta que formulaba al principio: ¿es o no surrealista?

Por fortuna, la butaca 14 estaba libre así que puse un poco de distancia de por medio y, a la media hora justa de reloj, por fin pude meterme en el tren con Branagh, Michelle Pfeiffer, Willem Dafoe, Jonnhy Deep y Penélope Cruz a disfrutar de mi prometido bálsamo navideño.

“Montse, toma” dice mi marido al finalizar la película acercándome distraído el que, supuestamente, era mi bolso olvidado hace más de una hora en la butaca número 15. Miro extrañada el bulto que coloca sobre mis pantorrillas y le digo como si me estuviera posando una rata encima: “¡Quita, quita por ahí!”. Y es que me doy cuenta de que lo que ha puesto sobre mis piernas es la mochila de Manoli y me echo a reír a carcajadas.

Surrealista.

Qué le voy a hacer. En el fondo, siempre me ha hecho gracia lo surrealista.

 


                                                            

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No, ni periodista ni locutor
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Montse Ferreras | 19-11-2017 | 7:04| 0

Lo del intrusismo me tiene frita. Es la historia del jeta, del cara dura. La ley del mínimo esfuerzo. La forma de conducirse del que se encuentra en las antípodas de la seriedad. Y no me vengan a estas alturas a justificarse diciéndome que ir a la universidad es una pérdida de tiempo, o que lo que yo aprendí en cinco años y varios cursos y postgrados bien se puede adquirir en un seminario de 500 horas y, encima, on line. Tócate las narices. Sí, “tócate las narices, María Manuela”, con perdón de las Marías Manuelas.

¿Pues no me encuentro hace unos días a un señor que se autoproclama en Facebook periodista y locutor por arte de birlibirloque? Así, con todas las letras. Sin complejos. Claro, que es el mismo señor que proclama a los cuatro vientos que en un curso de dos meses aprendió lo mismo que un licenciado en INEF en cinco años. Pero lo peor de todo, no es eso, lo peor es que ejerce, con el perjuicio que eso conlleva. Y ya no hablo de la competencia por un puesto de trabajo, me refiero a la prestación de un servicio mal prestado; se trata del todo vale, es la construcción de una sociedad que se sustenta en el truco y la pillería. ¿De qué nos quejamos después?

Que un licenciado no tenga ni para empezar con tres o cuatro años de estudios, lo comparto, de hecho, en su obligación y responsabilidad está el seguir formándose y actualizándose hasta el fin de su vida laboral. Pero que venga alguien a estafar y a reírse del respetable utilizando atajos, no.

“Sólo sé que no sé nada” decía Sócrates, y lo cierto es que cuanto más sabemos, más conscientes somos de nuestras carencias; es entonces cuando las preguntas se multiplican y las dudas acechan, pero también, cuando mejor asumimos las responsabilidades que conlleva nuestro trabajo. Por eso, líbreme del ignorante, porque en su territorio se dan las mayores certezas y es desde esa certeza que se atreve a desempeñar un trabajo para el que no está preparado. Desde esa certeza comete errores de bulto sin tan siquiera darse cuenta.

Quien crea que la vía rápida es un buen camino, está equivocado.

El mejor puchero es, siempre, el que se cocina a fuego lento. El mejor tomate el que madura en la huerta acariciado por el sol. El mejor profesional el que lee, estudia, investiga, acumula experiencias.

Ojalá lo recordemos a la hora de desempeñar nuestro trabajo, pero también, a la hora de elegir quién lo va a desempeñar para nosotros.

No amigo, no. Ni eres periodista, ni eres locutor, ni eres profesor de educación física. Eres un entusiasta colaborador al que, probablemente, mal paguen, que va aprendiendo rudimentos a base de martillazos. Y un guía de gimnasio que poco o nada sabe de biomecánica del movimiento, anatomía o lesiones. Por lo menos, llámate por tu nombre.

 

 

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Me encanta Barcelona
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Montse Ferreras | 04-11-2017 | 1:05| 0

Lo digo alto, con la boca llena. Adoro esa ciudad de calles anchas y bien trazadas; regadas con hileras de árboles; acompasadas al ritmo de vehículos, peatones y bicicletas; limpia, ordenada; amante de la cultura y el diseño; una ciudad que bulle, que está viva.

Me encanta Barcelona. Es de esas ciudades que siempre te sugieren y estimulan la imaginación y de las que, de regreso en casa, te invitan a emular, a preguntarte por qué en tu ciudad no hay tantos carriles bici, o qué hace que tenga ese urbanismo, de dónde salen su sofisticación y su iniciativa empresarial. Muchas preguntas que, a mi modo de ver, e intentando dejar de lado cuestiones políticas, provienen de la gente. Porque, lo que hace distintas unas ciudades de otras somos las personas. Es esa la razón por la que visitar Viena es para mí, pasear por las asépticas calles de un museo, mientras que transitar la desvencijada Nápoles nos puede resultar la más excitante de las experiencias. Las personas, nuestro espíritu, la capacidad de iniciativa, en definitiva, un conjunto de intangibles, que convierten en excepcional, incluso, lo corriente.

Paseando estos días por Barcelona. Contemplando sus balcones jalonados de banderas de España, señeras y esteladas. Palpando, pese a todo, su ambiente tranquilo, incluso, en medio de manifestaciones. Observando fascinada dos mundos tan distintos como próximos en el Raval y el Gótico, separados unos metros por la Rambla. Colándome -me parecía a mí- como el viento sobre mi bicicleta en todos y cada uno de los rincones de la ciudad… reflexionaba sobre lo maravillosa que es España: tan diversa en su cultura, su gastronomía, su geografía. Tan distinta en sus puntos cardinales y, por eso mismo, tan rica. Reflexionaba sobre lo importante que es la formación, la lectura, la cultura, viajar, comprobar, experimentar, sentir y ver por uno mismo. Saber valorar y extraer conclusiones propias. Sustraernos de la manipulación de la política y, por qué no decirlo, en ocasiones, de la de los medios de comunicación.

Pensaba en lo distintas que son, por ejemplo: Santander, Lugo, Bilbao y Barcelona, ciudades que recientemente he visitado; ciudades, por otro lado, todas ellas, que me encantan. Y me preguntaba qué es lo que las hace diferentes, al margen de su política y su historia, y lo que las hace distintas y particulares son las personas que las habitan. Por ejemplo, a mí me gustaría que nuestra orgullosa Santander, tuviera más de la vitalidad e iniciativa de la vecina Bilbao; que fuera más atrevida como Barcelona; o que tuviera la sencillez lucense.

También pensaba en lo diferentes que serían las cosas si, en vez de mirarnos al ombligo, tomáramos ejemplo de lo que se hace bien en otras comunidades autónomas. Me gustaría que al frente de las instituciones públicas tuviéramos gente formada, instruida, especializada. Gente seria que con el dinero de todos construyera una sociedad de progreso, en vez de fagocitarse y revolcarse en el fango del sistema, para medrar, para envolverse en la capa de sus propias vanidades, para comprar voluntades… Porque, no nos engañemos, eso es lo que sucede. E insisto: la formación es la clave del progreso. Sólo una sociedad formada es capaz de avanzar, de pensar por sí misma, de no dejarse manipular, de exigirle a sus políticos.

Dejemos de ver a los Ferreras de turno, los Maruenda, los Alfonso Rojo, y un largo etcétera que ofrecen respuestas rápidas y poco meditadas en televisión. Adaptadas, dicho sea de paso, a un formato que exige a los púgiles, sangre, y que les permite todo tipo de tretas en su caza de la audiencia. Leamos, leamos, leamos y viajemos. En los libros está todo: la historia, la política, la cultura. Recogidas de manera contrastada, con el poso que exigen las cosas, por profesionales en la materia.

Paseo por Barcelona y agudizo el oído. Me paro en la plaza Sant Jaume junto a un grupo de cuatro hombres; ejecutivos o trabajadores de profesiones liberales impecablemente vestidos; de en torno a cuarenta años; hablan sobre el proceso catalán. Uno de ellos le recrimina al resto que proclamaran la independencia con una base social insuficiente. Los otros escuchan, asienten o no, ofrecen su perspectiva. Por la noche, en esa misma plaza, una concentración de unas 1000 o 1500 personas pide pacíficamente libertad para los que ellos denominan ‘presos políticos’; tal vez, de lo que no se dan cuenta es de que la palabra ‘políticos’ ha de ser utilizada como sustantivo en vez de adjetivo, en realidad son ‘políticos presos’, pero esa es otra historia. Me coloco en primera fila, grabo y observo en medio de la mayor tranquilidad sin que se palpe la tensión que en los medios he percibido durante semanas.  Cuando más tarde regreso al hotel  y pongo la televisión, la realidad que me pinta García Ferreras de miles y miles de manifestantes y de caceroladas no es la que yo he percibido. No sé si poner en duda al incombustible y sobreexcitado periodista de la Sexta o interpretar que en esa hora que yo no he estado en la calle las cosas han dado un giro copernicano. En cualquier caso, el ambiente que he vivido en Barcelona estos días no era muy diferente al de otras ocasiones, salvo porque el tema resonaba en las conversaciones, por la mencionada manifestación del jueves y porque un empresario me comenta que el conflicto está afectando muy negativamente a los negocios.

Tal vez, me he distanciado un poco del tema original: Barcelona y sus virtudes, sin embargo, yo creo que he hablado de ello en todas y cada una de las líneas del texto. Porque apreciar la ciudad estos días con la que está cayendo, supone desempolvarse los prejuicios y ver más allá de las apariencias. Leer, ver, comprobar y extraer conclusiones propias, y añado: seamos de donde seamos y opinemos como opinemos. Porque pensar por uno mismo significa ser libre. 

img_3521 El Raval Parque de la Ciutadella Catedral Basílica de la Santa Cruz y Santa Eulalia Paseo marítimo de la Barceloneta La Barceloneta Sagrada Familia img_3596

 

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El despilfarro de las fiestas infantiles
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Montse Ferreras | 21-06-2017 | 11:16| 0

Cuando yo tenía 10 años, y de aquello ya hace unos cuantos, a mi fiesta de cumpleaños asistían cinco niños incluida yo: mi hermano, mi primo, mi amiga Elen y su hermano Tote. La celebración consistía en snacks, Fanta, aceitunas y tarta. Ni siquiera recuerdo si había o no regalos; probablemente no, pero, el hecho de que no lo recuerde significa que no era importante. Sin embargo, lo que sí tengo muy vívidas son las sensaciones: la ilusión de reunirnos para celebrar mi fecha, el momento de apagar las velas, la tarta casera tan rica. Lo normal cobraba excepcionalidad porque nosotros, tan niños y tan poco sobreprotegidos, lo queríamos así. Nuestros padres no sobreactuaban para transmitirle al momento una emoción impostada; tampoco reunían docenas de regalos a la expectativa de que alguno de ellos nos sorprendiera; por su mente no pasaba el gastarse miles de pesetas (cientos de euros de los actuales) en celebrar el cumpleaños (hasta ahí podíamos llegar); tampoco accedían a invitar más niños que los que eran los íntimos de la familia. El cumpleaños era una celebración modesta, casi casi íntima, en la que la tarta de galletas, chocolate y crema pastelera era todo un clásico.

Pero hoy sí, tengo que entonar el mea culpa.

La semana pasada fui a contratar el cumpleaños de mi hija. Solamente, la palabra ‘contratar’ ya chirría. La instalación ofrece cumpleaños temáticos; todo un repertorio de princesas Disney y personajes de películas de animación. Tiene su propia ‘mesa dulce’ en la que las chuches se exponen a la vista de los niños como trofeos que se llevarán al finalizar la fiesta. Hay discoteca con luces de neón. Monitores que dirigen los juegos y velan por los niños, para que no tengan un minuto de aburrimiento. Hinchables y una merienda a base de burguer, bebidas variadas, snacks y tarta de chocolate.

Lo más curioso de todo es que para los niños no es ninguna novedad. Así son todas y cada una de sus fiestas de cumpleaños. En todas hay monitores, discoteca, hamburguesa o pizza y bolsa de chuches al terminar. Y lo peor de todo, tal vez, lo mejor, es que la mayoría de ellos disfrutarían de igual forma en un parque, todos juntos, por el simple hecho de reunirse, jugar y relacionarse en un ambiente diferente al del colegio.

Pero la culpa, como siempre es nuestra, aún cuando tratamos de curarnos en salud con aquello de: “es que hoy tienen de todo y no valoran nada”. Y lo decimos como si los regalos y todo lo que tienen de más, les viniera en un pack debajo del brazo cuando nacen. En realidad somos nosotros, por muy diferentes razones, quienes los sobre-protegemos, los sobre-alimentamos, los sobre-compramos, los sobre-regalamos… Unos, porque ellos no tuvieron y creen que en el dar está el ofrecer lo mejor; otros porque necesitan que sus hijos sean más que el resto, confundiendo que el ser no es el tener; otros porque ‘sus hijos no van a ser menos’; otros porque se dejan llevar por la marea; otros porque ellos mismos son víctimas del consumismo; otros por comodidad,  prefiriendo celebrar fuera de casa… Y así, de esa manera, seguimos todos, queriendo o no, la misma melodía.

En mi caso, en un intento -puede que vano- de eludir en cierta medida el consumismo, he preferido que los niños no traigan regalo puesto que la celebración y el hecho de reunir a los amigos no solamente es suficiente regalo sino que, a mi modo de ver, es el más importante. Pero con todo y con eso, la marea me envuelve, me revuelve y me desorienta.

Me quedo con la frase del filósofo Henry Thoreau:

“La mayor parte de los hombres (…) se afanan tanto en innecesarios artificios y labores absurdamente mediocres, que no les queda tiempo para recoger los mejores frutos de la vida”.

Y procuro recordar a diario una frase propia: “el día que me marche en la maleta no me cabrán los coches, los vestidos o las casas, pero sí las sensaciones vividas, los recuerdos y los sentimientos”.

 

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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.