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Autor: mfi
El despilfarro de las fiestas infantiles
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Montse Ferreras | 21-06-2017 | 11:16| 0

Cuando yo tenía 10 años, y de aquello ya hace unos cuantos, a mi fiesta de cumpleaños asistían cinco niños incluida yo: mi hermano, mi primo, mi amiga Elen y su hermano Tote. La celebración consistía en snacks, Fanta, aceitunas y tarta. Ni siquiera recuerdo si había o no regalos; probablemente no, pero, el hecho de que no lo recuerde significa que no era importante. Sin embargo, lo que sí tengo muy vívidas son las sensaciones: la ilusión de reunirnos para celebrar mi fecha, el momento de apagar las velas, la tarta casera tan rica. Lo normal cobraba excepcionalidad porque nosotros, tan niños y tan poco sobreprotegidos, lo queríamos así. Nuestros padres no sobreactuaban para transmitirle al momento una emoción impostada; tampoco reunían docenas de regalos a la expectativa de que alguno de ellos nos sorprendiera; por su mente no pasaba el gastarse miles de pesetas (cientos de euros de los actuales) en celebrar el cumpleaños (hasta ahí podíamos llegar); tampoco accedían a invitar más niños que los que eran los íntimos de la familia. El cumpleaños era una celebración modesta, casi casi íntima, en la que la tarta de galletas, chocolate y crema pastelera era todo un clásico.

Pero hoy sí, tengo que entonar el mea culpa.

La semana pasada fui a contratar el cumpleaños de mi hija. Solamente, la palabra ‘contratar’ ya chirría. La instalación ofrece cumpleaños temáticos; todo un repertorio de princesas Disney y personajes de películas de animación. Tiene su propia ‘mesa dulce’ en la que las chuches se exponen a la vista de los niños como trofeos que se llevarán al finalizar la fiesta. Hay discoteca con luces de neón. Monitores que dirigen los juegos y velan por los niños, para que no tengan un minuto de aburrimiento. Hinchables y una merienda a base de burguer, bebidas variadas, snacks y tarta de chocolate.

Lo más curioso de todo es que para los niños no es ninguna novedad. Así son todas y cada una de sus fiestas de cumpleaños. En todas hay monitores, discoteca, hamburguesa o pizza y bolsa de chuches al terminar. Y lo peor de todo, tal vez, lo mejor, es que la mayoría de ellos disfrutarían de igual forma en un parque, todos juntos, por el simple hecho de reunirse, jugar y relacionarse en un ambiente diferente al del colegio.

Pero la culpa, como siempre es nuestra, aún cuando tratamos de curarnos en salud con aquello de: “es que hoy tienen de todo y no valoran nada”. Y lo decimos como si los regalos y todo lo que tienen de más, les viniera en un pack debajo del brazo cuando nacen. En realidad somos nosotros, por muy diferentes razones, quienes los sobre-protegemos, los sobre-alimentamos, los sobre-compramos, los sobre-regalamos… Unos, porque ellos no tuvieron y creen que en el dar está el ofrecer lo mejor; otros porque necesitan que sus hijos sean más que el resto, confundiendo que el ser no es el tener; otros porque ‘sus hijos no van a ser menos’; otros porque se dejan llevar por la marea; otros porque ellos mismos son víctimas del consumismo; otros por comodidad,  prefiriendo celebrar fuera de casa… Y así, de esa manera, seguimos todos, queriendo o no, la misma melodía.

En mi caso, en un intento -puede que vano- de eludir en cierta medida el consumismo, he preferido que los niños no traigan regalo puesto que la celebración y el hecho de reunir a los amigos no solamente es suficiente regalo sino que, a mi modo de ver, es el más importante. Pero con todo y con eso, la marea me envuelve, me revuelve y me desorienta.

Me quedo con la frase del filósofo Henry Thoreau:

“La mayor parte de los hombres (…) se afanan tanto en innecesarios artificios y labores absurdamente mediocres, que no les queda tiempo para recoger los mejores frutos de la vida”.

Y procuro recordar a diario una frase propia: “el día que me marche en la maleta no me cabrán los coches, los vestidos o las casas, pero sí las sensaciones vividas, los recuerdos y los sentimientos”.

 

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La culpa no es de los niños, es de los zánganos
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Montse Ferreras | 28-05-2017 | 8:36| 0

En muchas ocasiones, cuando voy a escribir, encuentro que se producen un cúmulo de casualidades o que, sin ser yo demasiado consciente de cómo se va engranando todo, lo hace como por arte de magia. Como si viera la película marcha atrás, a cámara lenta, y entonces todo fluyera con suavidad y cada cosa supiera, exactamente, dónde debiera colocarse.

Anoche salí a cenar y algo pulsó esa tecla. Unos niños chillando, una madre, aparentemente enfadada ofreciendo a los cuatro vientos un ultimátum y, entonces, no sé por qué, me vino a la mente la fábula de Tomás de Iriarte que leí un par de días antes con unos estudiantes. La de la abeja y los zánganos. En ella, los zánganos, honrando su nombre, buscan estratagemas para holgazanear sin que se note.  Dice Iriarte:

(…) Mas como el trabajar les era duro // y el enjambre inexperto // no estaba muy seguro // de rematar la empresa con acierto, // intentaron salir de aquel apuro // con acudir a una colmena vieja, // y sacar el cadáver de una abeja // muy hábil en su tiempo y laboriosa; // hacerla, con la pompa más honrosa, // unas grandes exequias funerales, // y susurrar elogios inmortales // de lo ingeniosa que era // en labrar dulce miel y blanda cera. // Con esto se alababan tan ufanos, // que una abeja les dijo por despique: // “¿No trabajáis más que eso? Pues, hermanos, // jamás equivaldrá vuestro zumbido // a una gota de miel que yo fabrique” (…)

Pues lo mismo le sucedía a aquella madre, envuelta toda ella en pose e impostura. Voces huecas al aire, que ni a las niñas les llegaban ni al resto de comensales nos convencían. Yo atacaba mi plato con el tenedor amenazante, con una furia contenida. Harta de gritos, carreras descontroladas entre las mesas, a lo largo de la barra del bar y al fondo, dentro de los servicios. Las voces infantiles dominaban el espacio. La dueña, con malestar contenido, le indicaba a las niñas que no corrieran. Al fondo, muy al fondo, los padres eran ajenos a la escena. Cenaban a gusto, sin preocupaciones, seguramente, manoseando esa frase también hueca de: “qué se va a hacer, son niños” y reaccionado, después, en realidad, mucho después, desproporcionadamente. Zumbando, como los zánganos de la fábula de Iriarte, más para el respetable que para sus propias hijas, tan sólo para mantener la compostura; para aparentar el papel de dignos educadores. Como los zánganos para “disimular su inútil ocio”.

Y es que, hasta que un taburete cortó el aire con su estruendo al caer después de cuarenta y cinco minutos de juegos infantiles, derrapes entre mesas y gritos estridentes, las dos madres de aquellos cuatro retoños (porque se trataba de dos parejas con cuatro hijas) no se dignaron a atravesar el comedor y acceder al bar para reprender a las niñas por “aquella” fechoría.

Ay, qué distintas de los otros padres, aquellos que vi en la terraza indicándoles a sus hijos: “estamos en un restaurante, aquí no se puede correr ni gritar”. “¿Y en la calle?”. “En la calle sí, pero con cuidado de no tirar nada de las mesas”. Qué distinto… Indicaciones precisas, que por el tono y las formas, dejaban claro que no era la primera vez que eran formuladas, ni tampoco, la primera que los niños las asumían.

Pero luego están los otros. Los zánganos zumbones. Los gritos huecos, a destiempo, sin sentido, que encubren más la incapacidad paterna que la de los niños para ser niños.

No nos quepa duda de que nuestros hijos aprenden el mundo a través de nuestros ojos. Por eso, cada vez que les echamos la culpa de un comportamiento inadecuado, deberíamos preguntarnos: ¿acaso yo le he enseñado otra cosa?.

Con razón concluye Tomás de Iriarte con la siguiente moraleja su fábula:

¡Cuántos pasar por sabios han querido // con citar a los muertos que lo han sido! // ¡Y qué pomposamente los citan! // Mas pregunto yo ahora: ¿los imitan?

 

 

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¿Y si ésta fuera la última vez?
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Montse Ferreras | 12-05-2017 | 8:43| 0

El pasado fin de semana estuve en Liébana. Quizás no es preciso decir que ‘estuve’, más bien, debería decir que sentí el entorno, dejé que la vista caminara lejos, tan lejos como le permitía el horizonte, que los oídos se posaran en cada uno de los sonidos, que escrutaran y se concentraran en los campanos al fondo, en los pájaros en un segundo plano, en el grillo justo al lado. De repente, el sol acariciador y meloso se volvía mezquino al bordear una imponente pared y lanzaba despiadado sus rayos sobre mis brazos, mis piernas desnudas, mi nuca, mi rostro… Al llegar a la cima el viento helador acudía galante a sofocarme. Pero lo hacía con ímpetu, como un amante inexperto, y mi cuerpo se estremecía molesto.

A unos metros por encima de mi cabeza, en la ladera de la montaña, podía ver desperdigadas las perlas de lana que brillaban al sol. Los ejércitos contra los que luchaba Don Qujiote en la Mancha que aquí -como auténticas equilibristas- rasuraban hasta la última brizna de hierba. Más abajo, majestuosos y potentes, los caballos se batían vanidosos y desmelenados, lanzando al cielo bravuconadas y trotando con desvergüenza al sol.  La poesía del momento y la concentración con la que yo los miraba se rompió en cuanto deslicé mi mano en el bolsillo lateral de la mochila. Cinco, diez, no sé cuántas fotos llegué a hacer para poder atrapar siquiera una sensación de las tantas que el instante me provocaba. Por supuesto, erré en mi intento. Es prácticamente imposible, salvo para un objetivo profesional, captar la esencia de las cosas sin que pierdan algo de ellas mismas.

Caminaba lento, con estudiado deleite, tratando de encontrar mi momento de soledad en aquel paraje invadido momentáneamente por trece andarines. Allí estábamos, como una familia italiana, nerviosa, alegre, vocinglera. Creando una realidad nueva con nuestras risas, nuestras impresiones, nuestros peros y porqués. El sol azotaba por momentos. Más traicionero a los mayores, juguetón con los pequeños. La montaña enorme para unos, casi inabarcable para otros, nos observaba divertida, viendo cómo hacíamos cálculos a cerca de cuál sería el mejor cortado para comenzar el descenso.

Y en ese momento no pude dejar de pensar en que, tal vez, esa fuera la única ocasión en que estaría allí o, peor aún, pudiera ser que mis padres -los biológicos y los políticos- con sesenta y más años en sus piernas, nunca más podrían ascender hasta la canal de Colio.

Esa es una sensación que me invade en muchas ocasiones. Pienso: “¿Y si ésta fuera la última vez…?”

Reconozco que hay algo de fetichista en esa reflexión, de intentar, inútilmente, apoderarme del terreno. De dejar mi endeble baba de caracol por el planeta. Nuestra vida es la estela de ese avión que tiene la fuerza momentánea de su paso; que desaparece en unos minutos y se suma a las estelas invisibles de otros cientos de miles que pasaron y volverán a pasar por allí. Pero a mí, me queda el placer de haber sido uno de ellos. El gusto dulce y vanidoso del recuerdo. Y ese vértigo de pensar ¿y si ésta fuera la última vez? Pero esa pregunta es la que me anima a ir a por más. A correr. A recorrer. A ver. A fotografiar. A vivir. A visitar. En definitiva, a querer. Querer atesorar ese momento en una instantánea. Querer a los que me acompañan. Querer hacer otra ruta, y otra más, también con ellos.

En estas estoy cuando me llega el eco acuciante de una voz: ¡Montse! ¡Montse! ¡Qué! respondo con desgana ¿Bajas por este atajo o sigues la pista? Entonces, me resigno a dejar mi retiro momentáneo y recorro los doscientos metros que me separan del grupo. Decido hacer caso a lo que decía mi abuela: “no hay atajo sin trabajo” y me incorporo de nuevo a esa realidad que estamos construyendo juntos esa jornada de domingo ¿Y si esa fuera la última vez…?

 

 

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La vida perfecta de Laura
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Montse Ferreras | 15-04-2017 | 12:12| 0

Laura está atenta a la comida, en realidad, mitad atenta a la comida, mitad a capturar la escena. Es como si en su interior librara una lucha constante entre lo que está viviendo y lo que quiere mostrar. Le sucede lo mismo cuando van a la montaña, o mientras pasean tranquilamente a la orilla del mar; su ojo calcula atento cuál será el mejor encuadre, la luz perfecta, el juego de imágenes que haga de la realidad la composición más bella.

En los últimos tiempos Laura ha disfrutado de atardeceres cálidos, rosados, magenta; de días de sol dorado; de noches a la luz de las velas; de estampas que casi casi, lograban chillar, salirse del cuadro, gritar a los cuatro vientos su alegría.

Laura vive en un constante sonreír. Es una risa amplia, hermosa, llena de dientes. De esas por las que se escapa la vida y al resto solo nos queda mirar con extrañeza, como si en su existir todo fueran días arcoíris -no se sabe bien por qué, seguramente, la fortuna, la mala, se cebó con nosotros- sin embargo, el suyo parece un trayecto sin asperezas. O quién sabe, tal vez es que Laura es de ese tipo de personas capaz de mantener bajo control todo cuanto le sucede.

Laura está ahora en esa discusión que entabla a diario consigo misma. Le sucede casi desde que se levanta. Tal vez, ese rayo que se ve entre los bloques de edificios ochenteros que se alzan frente al suyo es tan hermoso que debería capturarlo o, mejor aún, la mesa del desayuno con sus colores naranjas, celestes, blancos, sobre un mantel de cuadritos pastel, sí, es la imagen más hermosa de la mañana; sin duda lo es.

Esa es su batalla mental. La que libra a cada instante. Saber en qué momento de su día a día está la foto perfecta. la que encierra todos los matices de una vida plena. Y así, día a día, se queda atrapada en cómo mostrar las escenas de su vida como si fuera una de esas películas edulcoradas en las que Hugh Grant hace de solícito enamorado en el barrio de Notting Hill. A ella le encanta luego recrearse en esas estampas. Es como si se mirara en un espejo en el que, acicalada de boda, le devolviera el mejor de sus reflejos. Y se mira y se remira una y otra vez, siempre con la sensación de tener todo bajo control, en orden, bello.

Luego llega Mario, la grita, le recrimina por qué está todo el santo día pegada al móvil. Más le valía limpiar un poco la casa. Está harto de vivir en ese constante desorden. A Mario se le han pasado las zalamerías de los primeros meses de novios y lo que queda de él es un tipo más bien grotesco y de costumbres machistas. A él le gusta llegar a casa y tener el plato en la mesa, caliente, dispuesto. Da igual si Laura ha estado trabajando en el turno de noche preparando las rebajas, o si ha tenido que reunirse por enésima vez con la maestra porque Saúl insiste en proclamarse el graciosillo de la clase y, después, corre que te corre, lo ha llevado a futbito, se ha recorrido dos supermercados en busca de las mejores ofertas y ha regresado exhausta con tiempo, tan sólo, para sentarse veinte minutos a descansar y regalarle a sus amigas de Facebook las mejores estampas de su preciosa vida. Ha decidido subir la foto que tomó justo cuando llegó al campo con Saúl. El sol estaba cayendo y el niño, radiante en su equipamiento, le había regalado la sonrisa grande y feliz de quien, harto del tedio escolar, por fin, sale a trotar detrás del balón. Y ella, hábil para reconocer la estampa perfecta, había capturado la foto, y ahora, antes de que llegara Mario y la sacara de su otra vida, la de Internet, la perfecta, la que proyectaba la ilusión de sí misma que tanto la atrapa, la está colgando acompañada de muchos emoticonos y un mensaje que dice “Otro maravilloso día, lleno de luz y fútbol”.

– Laura, ¡ya estás otra vez! Me parece increíble, llevo todo el día trabajando y aún no has empezado a hacer la cena. Mario irrumpió en su mundo de luz y color de Facebook sin que él ni siquiera se diera cuenta. Rápidamente, guardó el móvil en su bolsillo y emprendió como cada noche, en realidad, como cada momento en el que estaban juntos una amarga discusión plagada de reproches y frases feas. Pero, en medio de ese desorden, de los gritos y sinsabores, Laura no olvidó colgar en la red una foto bien estudiada de la cena que rabiosa había preparado para Mario, eso sí, acompañada de dos corazones y la frase “Acabando la jornada con una rica lasaña”. Tan sólo se le olvidó contar a sus ciberamigos que la lasaña era prefabricada, al igual que la vida que les mostraba a través de la red.

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Dejarse ir
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Montse Ferreras | 29-01-2017 | 11:25| 0

Estoy en el patio de butacas, una pequeña sala del teatro de Escena Miriñaque en Santander. Probablemente, estamos cien personas, puede que más, seguro que menos. Un grupo reducido si se compara con el aforo de la Sala Argenta. Sin embargo, nunca la más orgullosa de las salas del Palacio de Festivales me hizo sentir así; ni siquiera cuando vi el Lago de los cisnes del  Bolshoi. La sensación de privilegio. De estar viviendo un momento único y diferente, al margen de la rueda mecánica y rutinaria de la ciudad.

La propuesta de Alberto Pineda es ‘Surcos’ una pieza de Danza Contemporánea en la que invita a sentir, a viajar, a ‘dejarse ir’… Me intriga qué es lo que consigue que un bailarín clásico, que ha pisado escenarios tan imponentes como la Scala de Milán o el Zenith de París, entre otros muchos, se salga de la ortodoxia del Clásico para habitar terrenos menos explorados y, seguro, más incomprendidos como los de la Danza Contemporánea. Que transitan en las lindes entre la profesionalidad que él atesora y la bisoñez de quienes provienen de mundos diferentes a los del ballet. Pronto caeré en la cuenta. No es sólo que sea terreno abonado para la creatividad es que, únicamente, cuando se domina con maestría un lenguaje se está en disposición de romperlo. Es un viaje de ida y vuelta en el que, es en el retorno, cuando se recogen los más provechosos frutos. Alberto se afana por habitar el cuerpo. A mi modo de entender, por atrapar la esencia. Es como intentar captar en una partícula la inmensidad del cosmos; como quintaesenciar un sabor; como apresar un instante.

No aspiro a que tú, lector, lo entiendas. Puede que lo hagas, ojalá. Pero, también, sé que hay muchas probabilidades de que no ocurra. Por eso, el aforo de la sala Miriñaque es de 100 y no de 1200 como la Argenta. Y, también, por eso, me siento privilegiada… No aspiro a comprender la lógica del creador, pero sí, en lo más terreno, disfruto ‘dejándome ir’, recreándome como una voyeur en el placer de la experiencia, rescatando pasiones dormidas durante años, como la danza.

De repente, se apaga la luz, todo se va a negro. De repente, una tímida mancha blanca se arroja violenta sobre los bailarines. El resto, en penumbra. De repente, el movimiento, la sonoridad, lo irracional, te atrapan -dejas de pensar- y es, en ese momento, cuando ‘te dejas ir’, comienzas a sentir. Cuando, como dice Alberto Pineda: comienza el viaje. No importa el argumento. No interesa la historia de Odette y del príncipe Sigfrido. Eso es lo de menos. La cuestión es hasta qué punto hay comunión entre el bailarín y el público.

Para mí, esa comunión es un rencuentro con mi juventud, incluso, con mi infancia. En mi viaje de ida y vuelta me he reencontrado con la danza. Porque creo que llega un momento en la vida en el que te das cuenta ‘de qué va ésta’.

Es a lo que se refiere Hemingway cuando dice que “El hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. A ello se refiere el filósofo chino Lao Tse cuando dice: “Cuando dejo ir lo que soy, me convierto en lo que debería ser”. Tal vez, es eso lo que le sucede al Alberto Pineda bailarín con su apasionado viaje por la Danza Contemporánea. Sin duda, es lo que me sucede a mí con mi rencuentro con las cosas sencillas, con las pasiones de infancia… He regresado a ellas con la experiencia que van dando los años y con la certeza de que sólo cuando te dejas ir, con naturalidad y sin dobleces, sale lo mejor de ti mismo.

Gracias a Alberto Pineda por su concepción de la danza, por permitir al público hurgar descarado en su obra, preguntar, opinar e, incluso, tratar de comprender.

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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.