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Autor: mfi
¿Y si ésta fuera la última vez?
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Montse Ferreras | 12-05-2017 | 8:43| 0

El pasado fin de semana estuve en Liébana. Quizás no es preciso decir que ‘estuve’, más bien, debería decir que sentí el entorno, dejé que la vista caminara lejos, tan lejos como le permitía el horizonte, que los oídos se posaran en cada uno de los sonidos, que escrutaran y se concentraran en los campanos al fondo, en los pájaros en un segundo plano, en el grillo justo al lado. De repente, el sol acariciador y meloso se volvía mezquino al bordear una imponente pared y lanzaba despiadado sus rayos sobre mis brazos, mis piernas desnudas, mi nuca, mi rostro… Al llegar a la cima el viento helador acudía galante a sofocarme. Pero lo hacía con ímpetu, como un amante inexperto, y mi cuerpo se estremecía molesto.

A unos metros por encima de mi cabeza, en la ladera de la montaña, podía ver desperdigadas las perlas de lana que brillaban al sol. Los ejércitos contra los que luchaba Don Qujiote en la Mancha que aquí -como auténticas equilibristas- rasuraban hasta la última brizna de hierba. Más abajo, majestuosos y potentes, los caballos se batían vanidosos y desmelenados, lanzando al cielo bravuconadas y trotando con desvergüenza al sol.  La poesía del momento y la concentración con la que yo los miraba se rompió en cuanto deslicé mi mano en el bolsillo lateral de la mochila. Cinco, diez, no sé cuántas fotos llegué a hacer para poder atrapar siquiera una sensación de las tantas que el instante me provocaba. Por supuesto, erré en mi intento. Es prácticamente imposible, salvo para un objetivo profesional, captar la esencia de las cosas sin que pierdan algo de ellas mismas.

Caminaba lento, con estudiado deleite, tratando de encontrar mi momento de soledad en aquel paraje invadido momentáneamente por trece andarines. Allí estábamos, como una familia italiana, nerviosa, alegre, vocinglera. Creando una realidad nueva con nuestras risas, nuestras impresiones, nuestros peros y porqués. El sol azotaba por momentos. Más traicionero a los mayores, juguetón con los pequeños. La montaña enorme para unos, casi inabarcable para otros, nos observaba divertida, viendo cómo hacíamos cálculos a cerca de cuál sería el mejor cortado para comenzar el descenso.

Y en ese momento no pude dejar de pensar en que, tal vez, esa fuera la única ocasión en que estaría allí o, peor aún, pudiera ser que mis padres -los biológicos y los políticos- con sesenta y más años en sus piernas, nunca más podrían ascender hasta la canal de Colio.

Esa es una sensación que me invade en muchas ocasiones. Pienso: “¿Y si ésta fuera la última vez…?”

Reconozco que hay algo de fetichista en esa reflexión, de intentar, inútilmente, apoderarme del terreno. De dejar mi endeble baba de caracol por el planeta. Nuestra vida es la estela de ese avión que tiene la fuerza momentánea de su paso; que desaparece en unos minutos y se suma a las estelas invisibles de otros cientos de miles que pasaron y volverán a pasar por allí. Pero a mí, me queda el placer de haber sido uno de ellos. El gusto dulce y vanidoso del recuerdo. Y ese vértigo de pensar ¿y si ésta fuera la última vez? Pero esa pregunta es la que me anima a ir a por más. A correr. A recorrer. A ver. A fotografiar. A vivir. A visitar. En definitiva, a querer. Querer atesorar ese momento en una instantánea. Querer a los que me acompañan. Querer hacer otra ruta, y otra más, también con ellos.

En estas estoy cuando me llega el eco acuciante de una voz: ¡Montse! ¡Montse! ¡Qué! respondo con desgana ¿Bajas por este atajo o sigues la pista? Entonces, me resigno a dejar mi retiro momentáneo y recorro los doscientos metros que me separan del grupo. Decido hacer caso a lo que decía mi abuela: “no hay atajo sin trabajo” y me incorporo de nuevo a esa realidad que estamos construyendo juntos esa jornada de domingo ¿Y si esa fuera la última vez…?

 

 

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La vida perfecta de Laura
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Montse Ferreras | 15-04-2017 | 12:12| 0

Laura está atenta a la comida, en realidad, mitad atenta a la comida, mitad a capturar la escena. Es como si en su interior librara una lucha constante entre lo que está viviendo y lo que quiere mostrar. Le sucede lo mismo cuando van a la montaña, o mientras pasean tranquilamente a la orilla del mar; su ojo calcula atento cuál será el mejor encuadre, la luz perfecta, el juego de imágenes que haga de la realidad la composición más bella.

En los últimos tiempos Laura ha disfrutado de atardeceres cálidos, rosados, magenta; de días de sol dorado; de noches a la luz de las velas; de estampas que casi casi, lograban chillar, salirse del cuadro, gritar a los cuatro vientos su alegría.

Laura vive en un constante sonreír. Es una risa amplia, hermosa, llena de dientes. De esas por las que se escapa la vida y al resto solo nos queda mirar con extrañeza, como si en su existir todo fueran días arcoíris -no se sabe bien por qué, seguramente, la fortuna, la mala, se cebó con nosotros- sin embargo, el suyo parece un trayecto sin asperezas. O quién sabe, tal vez es que Laura es de ese tipo de personas capaz de mantener bajo control todo cuanto le sucede.

Laura está ahora en esa discusión que entabla a diario consigo misma. Le sucede casi desde que se levanta. Tal vez, ese rayo que se ve entre los bloques de edificios ochenteros que se alzan frente al suyo es tan hermoso que debería capturarlo o, mejor aún, la mesa del desayuno con sus colores naranjas, celestes, blancos, sobre un mantel de cuadritos pastel, sí, es la imagen más hermosa de la mañana; sin duda lo es.

Esa es su batalla mental. La que libra a cada instante. Saber en qué momento de su día a día está la foto perfecta. la que encierra todos los matices de una vida plena. Y así, día a día, se queda atrapada en cómo mostrar las escenas de su vida como si fuera una de esas películas edulcoradas en las que Hugh Grant hace de solícito enamorado en el barrio de Notting Hill. A ella le encanta luego recrearse en esas estampas. Es como si se mirara en un espejo en el que, acicalada de boda, le devolviera el mejor de sus reflejos. Y se mira y se remira una y otra vez, siempre con la sensación de tener todo bajo control, en orden, bello.

Luego llega Mario, la grita, le recrimina por qué está todo el santo día pegada al móvil. Más le valía limpiar un poco la casa. Está harto de vivir en ese constante desorden. A Mario se le han pasado las zalamerías de los primeros meses de novios y lo que queda de él es un tipo más bien grotesco y de costumbres machistas. A él le gusta llegar a casa y tener el plato en la mesa, caliente, dispuesto. Da igual si Laura ha estado trabajando en el turno de noche preparando las rebajas, o si ha tenido que reunirse por enésima vez con la maestra porque Saúl insiste en proclamarse el graciosillo de la clase y, después, corre que te corre, lo ha llevado a futbito, se ha recorrido dos supermercados en busca de las mejores ofertas y ha regresado exhausta con tiempo, tan sólo, para sentarse veinte minutos a descansar y regalarle a sus amigas de Facebook las mejores estampas de su preciosa vida. Ha decidido subir la foto que tomó justo cuando llegó al campo con Saúl. El sol estaba cayendo y el niño, radiante en su equipamiento, le había regalado la sonrisa grande y feliz de quien, harto del tedio escolar, por fin, sale a trotar detrás del balón. Y ella, hábil para reconocer la estampa perfecta, había capturado la foto, y ahora, antes de que llegara Mario y la sacara de su otra vida, la de Internet, la perfecta, la que proyectaba la ilusión de sí misma que tanto la atrapa, la está colgando acompañada de muchos emoticonos y un mensaje que dice “Otro maravilloso día, lleno de luz y fútbol”.

– Laura, ¡ya estás otra vez! Me parece increíble, llevo todo el día trabajando y aún no has empezado a hacer la cena. Mario irrumpió en su mundo de luz y color de Facebook sin que él ni siquiera se diera cuenta. Rápidamente, guardó el móvil en su bolsillo y emprendió como cada noche, en realidad, como cada momento en el que estaban juntos una amarga discusión plagada de reproches y frases feas. Pero, en medio de ese desorden, de los gritos y sinsabores, Laura no olvidó colgar en la red una foto bien estudiada de la cena que rabiosa había preparado para Mario, eso sí, acompañada de dos corazones y la frase “Acabando la jornada con una rica lasaña”. Tan sólo se le olvidó contar a sus ciberamigos que la lasaña era prefabricada, al igual que la vida que les mostraba a través de la red.

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Dejarse ir
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Montse Ferreras | 29-01-2017 | 11:25| 0

Estoy en el patio de butacas, una pequeña sala del teatro de Escena Miriñaque en Santander. Probablemente, estamos cien personas, puede que más, seguro que menos. Un grupo reducido si se compara con el aforo de la Sala Argenta. Sin embargo, nunca la más orgullosa de las salas del Palacio de Festivales me hizo sentir así; ni siquiera cuando vi el Lago de los cisnes del  Bolshoi. La sensación de privilegio. De estar viviendo un momento único y diferente, al margen de la rueda mecánica y rutinaria de la ciudad.

La propuesta de Alberto Pineda es ‘Surcos’ una pieza de Danza Contemporánea en la que invita a sentir, a viajar, a ‘dejarse ir’… Me intriga qué es lo que consigue que un bailarín clásico, que ha pisado escenarios tan imponentes como la Scala de Milán o el Zenith de París, entre otros muchos, se salga de la ortodoxia del Clásico para habitar terrenos menos explorados y, seguro, más incomprendidos como los de la Danza Contemporánea. Que transitan en las lindes entre la profesionalidad que él atesora y la bisoñez de quienes provienen de mundos diferentes a los del ballet. Pronto caeré en la cuenta. No es sólo que sea terreno abonado para la creatividad es que, únicamente, cuando se domina con maestría un lenguaje se está en disposición de romperlo. Es un viaje de ida y vuelta en el que, es en el retorno, cuando se recogen los más provechosos frutos. Alberto se afana por habitar el cuerpo. A mi modo de entender, por atrapar la esencia. Es como intentar captar en una partícula la inmensidad del cosmos; como quintaesenciar un sabor; como apresar un instante.

No aspiro a que tú, lector, lo entiendas. Puede que lo hagas, ojalá. Pero, también, sé que hay muchas probabilidades de que no ocurra. Por eso, el aforo de la sala Miriñaque es de 100 y no de 1200 como la Argenta. Y, también, por eso, me siento privilegiada… No aspiro a comprender la lógica del creador, pero sí, en lo más terreno, disfruto ‘dejándome ir’, recreándome como una voyeur en el placer de la experiencia, rescatando pasiones dormidas durante años, como la danza.

De repente, se apaga la luz, todo se va a negro. De repente, una tímida mancha blanca se arroja violenta sobre los bailarines. El resto, en penumbra. De repente, el movimiento, la sonoridad, lo irracional, te atrapan -dejas de pensar- y es, en ese momento, cuando ‘te dejas ir’, comienzas a sentir. Cuando, como dice Alberto Pineda: comienza el viaje. No importa el argumento. No interesa la historia de Odette y del príncipe Sigfrido. Eso es lo de menos. La cuestión es hasta qué punto hay comunión entre el bailarín y el público.

Para mí, esa comunión es un rencuentro con mi juventud, incluso, con mi infancia. En mi viaje de ida y vuelta me he reencontrado con la danza. Porque creo que llega un momento en la vida en el que te das cuenta ‘de qué va ésta’.

Es a lo que se refiere Hemingway cuando dice que “El hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. A ello se refiere el filósofo chino Lao Tse cuando dice: “Cuando dejo ir lo que soy, me convierto en lo que debería ser”. Tal vez, es eso lo que le sucede al Alberto Pineda bailarín con su apasionado viaje por la Danza Contemporánea. Sin duda, es lo que me sucede a mí con mi rencuentro con las cosas sencillas, con las pasiones de infancia… He regresado a ellas con la experiencia que van dando los años y con la certeza de que sólo cuando te dejas ir, con naturalidad y sin dobleces, sale lo mejor de ti mismo.

Gracias a Alberto Pineda por su concepción de la danza, por permitir al público hurgar descarado en su obra, preguntar, opinar e, incluso, tratar de comprender.

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Cibersexo
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Montse Ferreras | 14-01-2017 | 6:14| 0

Abre la boca, grande, amplia, descomunal. Una boca en la que podría caber cualquier cosa; casi, si me apuran, un animal entero. Pero la imagen que a mí me sorprende es la de un fajo de billetes engullido por los intestinos de la máquina. Ni un gracias, ni una sonrisa, ni un firme usted aquí. Es una mala pesadilla. Una imagen de película mala, de esas que auguran un futuro dominado por las máquinas, pero que tienen poca fortuna a la hora de transmitirlo de forma creíble en la pantalla. Sin embargo, la manera en la que yo lo vi fue, tan crudamente real, que sentí el zarpazo de un déjà vu. Un extraño ‘haber pasado por aquí antes’, sin, obviamente, haberlo hecho ¿Me habré metido yo en la máquina del tiempo de Wells? Tanto si lo hice como si no, desde luego tuve una impresión bastante clarividente.

Detrás de mí, esperando en la fila del cajero, después de haber visto cómo a mi vecina le tragaba un fajo de billetes una máquina que abría su inmensa boca de metal, oigo la conversación entre dos mujeres; una de voz dulce, otra, ligeramente atimbrada. La primera lanza constantes dudas y preguntas, la otra, siguiendo un protocolo ordenado -como lo son todos: estereotipados y ordenados- trata de indicarle cómo actuar. Me giro, curiosa, ante tal embrollo de infructuosas indicaciones y me pasmo. ¿Con quién habla la mujer? ¿Me he vuelto loca ? ¿Donde está la otra? ¡Ups! Qué torpe. La tengo en frente. Es gris, de acero inoxidable, voluminosa, de afiladas aristas. Le está indicando a su clienta cómo gestionar unos recibos pulsando los botones que tiene adosados en la barriguita.

Salgo del cajero taciturna. Llevo conmigo una sensación de embotamiento. Un mirar para atrás con la vista perdida tratando de comprender, pero sin hacerlo… Otra máquina en la sala de espera del banco, antes del episodio del cajero, ya se había equivocado al dar los turnos y me había tenido esperando 45 minutos, sin que la asesora, la de la mesa 7, la que me había adjudicado la maquinita, hiciera nada para contradecir a la diosamadre tecnológica que ahora controla todo el edificio.

Y con esa impresión: la de que el mundo se está deshumanizando a pasos agigantados ante nuestros ojos impávidos, subí al coche. Comencé a reflexionar entre las esperas ante los semáforos y el trayecto amable por la ciudad. Un vehículo me rebasa con dos niños en los asientos traseros, adheridos a los reposacabezas de sus papás llevan dos tabletas. Por la acera, dos amigos caminan a la par, uno al lado del otro, consultando los dos sus smartphones, paradójicamente, viviendo momentos distintos y distantes.

Pienso entonces en lo que a mí me hace feliz: charlar con mi hija, leer y comentar lo leído, tomarme una cerveza con amigos, salir a pasear con mi marido, comer en familia, hacer una ruta y explorar el entorno, viajar y conocer lugares y gentes nuevas, escuchar música en vivo, ver una función en el teatro… Todo, absolutamente, todo, requiere de ‘otro’, ‘otra’, ‘otros’. Y es que, estoy convencida, de que las relaciones humanas son las que nos hacen realmente felices. El resto es sólo un espejismo de la sociedad de consumo.

En eso estoy cuando llego a casa y, como de costumbre, enciendo la radio. Extrañamente, hay días en los que todo remite al mismo asunto. Un bucle que te lleva al principio. El locutor me traslada a la boca: insaciable, juguetona, llena de deseo.

“Se trata de un dispositivo móvil que permite practicar sexo a distancia. Colocas tu boca sobre una pieza de silicona, la besas, la lames, la estrujas y, al otro lado, a cientos de miles de kilómetros, un partenaire se deleita ante los retorcimientos de la goma”. Al parecer, aún se puede completar más la experiencia. Si se quiere, incluso, darle un toque romántico. Es posible comprar un anillo que, gracias a una APP y a la conexión bluetooth, permite escuchar los latidos de la pareja.

Así es. Esa misma cara se me quedó a mí. Y en ese momento me vino como un torrente a la cabeza la boca de metal engullendo billetes, la señora pidiendo instrucciones a un cajero, la enamorada escuchando los latidos metálicos del móvil y el caliente enamorado calentado con fruición el gelatinoso látex.

En definitiva, una vida de máquinas en la que el tiempo y el espacio se apuran al máximo intentando atraparlos, con la paradoja de que, cuanto más corremos, cuanto más apuramos, más se nos escapa la vida. Se nos anestesian los sentidos, la capacidad de decisión, la facultad de experimentar. Llegará un momento -sin tardar mucho; probablemente ya está llegando- en el que lo artesano, el trato humano, el detenimiento, serán privilegios muy caros, al alcance sólo de quienes se encuentran en lo alto de la pirámide (feudal) del capitalismo.

¿Qué por qué el título de “Cibersexo”, me preguntas? Porque el cibersexo es la máxima expresión de deshumanización a la que puede llegar el ser humano… El paradigma del aislamiento. La antítesis de su esencia: el hombre es un ser social. La trampa del capitalismo. La enfermedad terminal de la felicidad.

Sólo en compañía se puede ser feliz.

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Las Campos
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Montse Ferreras | 31-12-2016 | 1:21| 0

Me gustaría poder decir que lo vi, zapeando. Me gustaría ‘nadar y guardar la ropa’. Pero, como también dice el refranero, ‘sin sacrificio no hay victoria’, así que sacrificaré, por tanto, mi identidad digital, y dejaré testimonio en la red de que el pasado martes puse Tele 5 para ver el reality, documental o como quieran llamar a ese sucedáneo televisivo que muestra sin pudor y grandes dosis de horterismo la vida de Las Campos. Pero, sin duda, lo peor de todo es que me perdí la caída. El momento en el que ‘Terelu’ casi deja los dientes sobre la mesa. Aqui os dejo el enlace: http://bit.ly/2hCNfvz

Bueno, pues chascarrillos aparte, twitter hace tres días se volvía loco pidiendo la reaparición de María -la empleada de María Teresa Campos a la que en la anterior entrega, llamaba a golpe de campanilla y con entonación más propia del siglo XIX que del XXI-  y criticando, de nuevo, los modos de ‘Terelu’ para con las chicas que servían la mesa. Baste decir que, semejante despliegue de catetismo, tenía locos a los twiteros.

En este capítulo, las empleadas aparecen con el rostro pixelado, no vaya a ser que cobren el mismo protagonismo que María, y atienden a los ‘señores’ al tiempo que ‘Terelu’ engulle, encorbada como Cuasimodo sobre su plato y con restos de comida en el labio inferior, y pide maleducada más vino. La escena -vista, incluso, a través del televisor- produce grima y recuerda las mesas medievales en las que gordos señores desgajaban a bocados una pata de cerdo o un muslo de pollo gigante. En este caso, la pequeña de las Campos se las tenía que ver con una triste cigala, pero aún así, lo más delicado que había en la mesa eran el mantel y las servilletas. Ante esto yo me preguntaba el por qué  de que alguien deje que muestren esa faceta tan grosera de ella;  pronto caí en la cuenta de que ‘Terelu’ -la misma que permite que la llamen en público con un diminutivo infantil y familiar- está cómoda en el papel de niña malcriada a la que se le ríen gracias que no la tienen.

Qué contraste, dios mío, el que había entre los pretendidos señores y las inseguras trabajadoras. Su actitud sumisa y taciturna dejaba claro al espectador que en esa casa los errores no caen en saco roto. Los modos de la madrastra y de sus hijas -porque a mí me recuerdan a las protagonistas secundarias de La Cenicienta- dejaban entrever unas relaciones sociales que más tienen que ver con tiempos pretéritos y entornos provincianos que con gente mínimamente educada y con valores.

Ese rollo de rendir pleitesía, ese mostrar ‘casoplones’ que dan cobijo a una persona y tres empleadas del hogar, ese comer grosero, ese alardear de ‘señor’ comportándose peor que un ‘asno’ (pobre asno…), ese llorar en la televisión por una pizca de reconocimiento sin tener siquiera la carrera de periodismo (tal es el caso de Terelu), ese envolverse en ropa cara como si fueran papeles y lazos de regalo, ese mostrar sin pudor alguno la abundancia enmedio de un país en el que 12 millones de personas están en riesgo severo de pobreza (son datos de la UE), ese enseñar al novio de turno (Bigote Arrocez), chulo de profesión y vividor de apellido, ese coro de amigas pijas que gorgojean sus reflexiones sinsustanciadas como si fueran mantras, ese cocinar removiendo el puchero que ha preparado tu asistenta, ese caminar pesado y torpe fruto de la vagancia y la sobrealimentación…, todo eso y mucho más es lo que me parece obsceno.

Se trata de una televisión que -lejos de cumplir con la deontología profesional: debemos informar, formar y entretener-  ‘desinforma’, ‘deforma’ y ofrece un entreteniemiento barato y mediocre. Todo ello revestido por comentaristas que trufan su discurso con jerga periodística: ‘titular’, ‘fuente’, ‘off the record’, y otras  expresiones de nuevo cuño: ‘me consta’, ‘no me consta’, en un intento por otorgar a aquello de dignidad. Flaco favor le hacen a esta profesión ya de por sí, en los últimos tiempos, famélica….

Pues bien, fruto de esa televisión tenemos ‘Las Campos’. Tele 5 sigue rindiendo pleitesía a la reina de las mañanas, de las tardes… Un personaje camaleónico que trata de seguir gobernando en un reino que ya no es el suyo, a riesgo -como le pasó al personaje de Hans Christian Andersen en el ‘Traje nuevo del Emperador’- de pasearse en cueros delante del respetable sin que nadie sea capaz de decirle el espantoso ridículo que está haciendo.

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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.