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Autor: mfi
No, ni periodista ni locutor
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Montse Ferreras | 19-11-2017 | 7:04| 0

Lo del intrusismo me tiene frita. Es la historia del jeta, del cara dura. La ley del mínimo esfuerzo. La forma de conducirse del que se encuentra en las antípodas de la seriedad. Y no me vengan a estas alturas a justificarse diciéndome que ir a la universidad es una pérdida de tiempo, o que lo que yo aprendí en cinco años y varios cursos y postgrados bien se puede adquirir en un seminario de 500 horas y, encima, on line. Tócate las narices. Sí, “tócate las narices, María Manuela”, con perdón de las Marías Manuelas.

¿Pues no me encuentro hace unos días a un señor que se autoproclama en Facebook periodista y locutor por arte de birlibirloque? Así, con todas las letras. Sin complejos. Claro, que es el mismo señor que proclama a los cuatro vientos que en un curso de dos meses aprendió lo mismo que un licenciado en INEF en cinco años. Pero lo peor de todo, no es eso, lo peor es que ejerce, con el perjuicio que eso conlleva. Y ya no hablo de la competencia por un puesto de trabajo, me refiero a la prestación de un servicio mal prestado; se trata del todo vale, es la construcción de una sociedad que se sustenta en el truco y la pillería. ¿De qué nos quejamos después?

Que un licenciado no tenga ni para empezar con tres o cuatro años de estudios, lo comparto, de hecho, en su obligación y responsabilidad está el seguir formándose y actualizándose hasta el fin de su vida laboral. Pero que venga alguien a estafar y a reírse del respetable utilizando atajos, no.

“Sólo sé que no sé nada” decía Sócrates, y lo cierto es que cuanto más sabemos, más conscientes somos de nuestras carencias; es entonces cuando las preguntas se multiplican y las dudas acechan, pero también, cuando mejor asumimos las responsabilidades que conlleva nuestro trabajo. Por eso, líbreme del ignorante, porque en su territorio se dan las mayores certezas y es desde esa certeza que se atreve a desempeñar un trabajo para el que no está preparado. Desde esa certeza comete errores de bulto sin tan siquiera darse cuenta.

Quien crea que la vía rápida es un buen camino, está equivocado.

El mejor puchero es, siempre, el que se cocina a fuego lento. El mejor tomate el que madura en la huerta acariciado por el sol. El mejor profesional el que lee, estudia, investiga, acumula experiencias.

Ojalá lo recordemos a la hora de desempeñar nuestro trabajo, pero también, a la hora de elegir quién lo va a desempeñar para nosotros.

No amigo, no. Ni eres periodista, ni eres locutor, ni eres profesor de educación física. Eres un entusiasta colaborador al que, probablemente, mal paguen, que va aprendiendo rudimentos a base de martillazos. Y un guía de gimnasio que poco o nada sabe de biomecánica del movimiento, anatomía o lesiones. Por lo menos, llámate por tu nombre.

 

 

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Me encanta Barcelona
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Montse Ferreras | 04-11-2017 | 1:05| 0

Lo digo alto, con la boca llena. Adoro esa ciudad de calles anchas y bien trazadas; regadas con hileras de árboles; acompasadas al ritmo de vehículos, peatones y bicicletas; limpia, ordenada; amante de la cultura y el diseño; una ciudad que bulle, que está viva.

Me encanta Barcelona. Es de esas ciudades que siempre te sugieren y estimulan la imaginación y de las que, de regreso en casa, te invitan a emular, a preguntarte por qué en tu ciudad no hay tantos carriles bici, o qué hace que tenga ese urbanismo, de dónde salen su sofisticación y su iniciativa empresarial. Muchas preguntas que, a mi modo de ver, e intentando dejar de lado cuestiones políticas, provienen de la gente. Porque, lo que hace distintas unas ciudades de otras somos las personas. Es esa la razón por la que visitar Viena es para mí, pasear por las asépticas calles de un museo, mientras que transitar la desvencijada Nápoles nos puede resultar la más excitante de las experiencias. Las personas, nuestro espíritu, la capacidad de iniciativa, en definitiva, un conjunto de intangibles, que convierten en excepcional, incluso, lo corriente.

Paseando estos días por Barcelona. Contemplando sus balcones jalonados de banderas de España, señeras y esteladas. Palpando, pese a todo, su ambiente tranquilo, incluso, en medio de manifestaciones. Observando fascinada dos mundos tan distintos como próximos en el Raval y el Gótico, separados unos metros por la Rambla. Colándome -me parecía a mí- como el viento sobre mi bicicleta en todos y cada uno de los rincones de la ciudad… reflexionaba sobre lo maravillosa que es España: tan diversa en su cultura, su gastronomía, su geografía. Tan distinta en sus puntos cardinales y, por eso mismo, tan rica. Reflexionaba sobre lo importante que es la formación, la lectura, la cultura, viajar, comprobar, experimentar, sentir y ver por uno mismo. Saber valorar y extraer conclusiones propias. Sustraernos de la manipulación de la política y, por qué no decirlo, en ocasiones, de la de los medios de comunicación.

Pensaba en lo distintas que son, por ejemplo: Santander, Lugo, Bilbao y Barcelona, ciudades que recientemente he visitado; ciudades, por otro lado, todas ellas, que me encantan. Y me preguntaba qué es lo que las hace diferentes, al margen de su política y su historia, y lo que las hace distintas y particulares son las personas que las habitan. Por ejemplo, a mí me gustaría que nuestra orgullosa Santander, tuviera más de la vitalidad e iniciativa de la vecina Bilbao; que fuera más atrevida como Barcelona; o que tuviera la sencillez lucense.

También pensaba en lo diferentes que serían las cosas si, en vez de mirarnos al ombligo, tomáramos ejemplo de lo que se hace bien en otras comunidades autónomas. Me gustaría que al frente de las instituciones públicas tuviéramos gente formada, instruida, especializada. Gente seria que con el dinero de todos construyera una sociedad de progreso, en vez de fagocitarse y revolcarse en el fango del sistema, para medrar, para envolverse en la capa de sus propias vanidades, para comprar voluntades… Porque, no nos engañemos, eso es lo que sucede. E insisto: la formación es la clave del progreso. Sólo una sociedad formada es capaz de avanzar, de pensar por sí misma, de no dejarse manipular, de exigirle a sus políticos.

Dejemos de ver a los Ferreras de turno, los Maruenda, los Alfonso Rojo, y un largo etcétera que ofrecen respuestas rápidas y poco meditadas en televisión. Adaptadas, dicho sea de paso, a un formato que exige a los púgiles, sangre, y que les permite todo tipo de tretas en su caza de la audiencia. Leamos, leamos, leamos y viajemos. En los libros está todo: la historia, la política, la cultura. Recogidas de manera contrastada, con el poso que exigen las cosas, por profesionales en la materia.

Paseo por Barcelona y agudizo el oído. Me paro en la plaza Sant Jaume junto a un grupo de cuatro hombres; ejecutivos o trabajadores de profesiones liberales impecablemente vestidos; de en torno a cuarenta años; hablan sobre el proceso catalán. Uno de ellos le recrimina al resto que proclamaran la independencia con una base social insuficiente. Los otros escuchan, asienten o no, ofrecen su perspectiva. Por la noche, en esa misma plaza, una concentración de unas 1000 o 1500 personas pide pacíficamente libertad para los que ellos denominan ‘presos políticos’; tal vez, de lo que no se dan cuenta es de que la palabra ‘políticos’ ha de ser utilizada como sustantivo en vez de adjetivo, en realidad son ‘políticos presos’, pero esa es otra historia. Me coloco en primera fila, grabo y observo en medio de la mayor tranquilidad sin que se palpe la tensión que en los medios he percibido durante semanas.  Cuando más tarde regreso al hotel  y pongo la televisión, la realidad que me pinta García Ferreras de miles y miles de manifestantes y de caceroladas no es la que yo he percibido. No sé si poner en duda al incombustible y sobreexcitado periodista de la Sexta o interpretar que en esa hora que yo no he estado en la calle las cosas han dado un giro copernicano. En cualquier caso, el ambiente que he vivido en Barcelona estos días no era muy diferente al de otras ocasiones, salvo porque el tema resonaba en las conversaciones, por la mencionada manifestación del jueves y porque un empresario me comenta que el conflicto está afectando muy negativamente a los negocios.

Tal vez, me he distanciado un poco del tema original: Barcelona y sus virtudes, sin embargo, yo creo que he hablado de ello en todas y cada una de las líneas del texto. Porque apreciar la ciudad estos días con la que está cayendo, supone desempolvarse los prejuicios y ver más allá de las apariencias. Leer, ver, comprobar y extraer conclusiones propias, y añado: seamos de donde seamos y opinemos como opinemos. Porque pensar por uno mismo significa ser libre. 

img_3521 El Raval Parque de la Ciutadella Catedral Basílica de la Santa Cruz y Santa Eulalia Paseo marítimo de la Barceloneta La Barceloneta Sagrada Familia img_3596

 

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El despilfarro de las fiestas infantiles
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Montse Ferreras | 21-06-2017 | 11:16| 0

Cuando yo tenía 10 años, y de aquello ya hace unos cuantos, a mi fiesta de cumpleaños asistían cinco niños incluida yo: mi hermano, mi primo, mi amiga Elen y su hermano Tote. La celebración consistía en snacks, Fanta, aceitunas y tarta. Ni siquiera recuerdo si había o no regalos; probablemente no, pero, el hecho de que no lo recuerde significa que no era importante. Sin embargo, lo que sí tengo muy vívidas son las sensaciones: la ilusión de reunirnos para celebrar mi fecha, el momento de apagar las velas, la tarta casera tan rica. Lo normal cobraba excepcionalidad porque nosotros, tan niños y tan poco sobreprotegidos, lo queríamos así. Nuestros padres no sobreactuaban para transmitirle al momento una emoción impostada; tampoco reunían docenas de regalos a la expectativa de que alguno de ellos nos sorprendiera; por su mente no pasaba el gastarse miles de pesetas (cientos de euros de los actuales) en celebrar el cumpleaños (hasta ahí podíamos llegar); tampoco accedían a invitar más niños que los que eran los íntimos de la familia. El cumpleaños era una celebración modesta, casi casi íntima, en la que la tarta de galletas, chocolate y crema pastelera era todo un clásico.

Pero hoy sí, tengo que entonar el mea culpa.

La semana pasada fui a contratar el cumpleaños de mi hija. Solamente, la palabra ‘contratar’ ya chirría. La instalación ofrece cumpleaños temáticos; todo un repertorio de princesas Disney y personajes de películas de animación. Tiene su propia ‘mesa dulce’ en la que las chuches se exponen a la vista de los niños como trofeos que se llevarán al finalizar la fiesta. Hay discoteca con luces de neón. Monitores que dirigen los juegos y velan por los niños, para que no tengan un minuto de aburrimiento. Hinchables y una merienda a base de burguer, bebidas variadas, snacks y tarta de chocolate.

Lo más curioso de todo es que para los niños no es ninguna novedad. Así son todas y cada una de sus fiestas de cumpleaños. En todas hay monitores, discoteca, hamburguesa o pizza y bolsa de chuches al terminar. Y lo peor de todo, tal vez, lo mejor, es que la mayoría de ellos disfrutarían de igual forma en un parque, todos juntos, por el simple hecho de reunirse, jugar y relacionarse en un ambiente diferente al del colegio.

Pero la culpa, como siempre es nuestra, aún cuando tratamos de curarnos en salud con aquello de: “es que hoy tienen de todo y no valoran nada”. Y lo decimos como si los regalos y todo lo que tienen de más, les viniera en un pack debajo del brazo cuando nacen. En realidad somos nosotros, por muy diferentes razones, quienes los sobre-protegemos, los sobre-alimentamos, los sobre-compramos, los sobre-regalamos… Unos, porque ellos no tuvieron y creen que en el dar está el ofrecer lo mejor; otros porque necesitan que sus hijos sean más que el resto, confundiendo que el ser no es el tener; otros porque ‘sus hijos no van a ser menos’; otros porque se dejan llevar por la marea; otros porque ellos mismos son víctimas del consumismo; otros por comodidad,  prefiriendo celebrar fuera de casa… Y así, de esa manera, seguimos todos, queriendo o no, la misma melodía.

En mi caso, en un intento -puede que vano- de eludir en cierta medida el consumismo, he preferido que los niños no traigan regalo puesto que la celebración y el hecho de reunir a los amigos no solamente es suficiente regalo sino que, a mi modo de ver, es el más importante. Pero con todo y con eso, la marea me envuelve, me revuelve y me desorienta.

Me quedo con la frase del filósofo Henry Thoreau:

“La mayor parte de los hombres (…) se afanan tanto en innecesarios artificios y labores absurdamente mediocres, que no les queda tiempo para recoger los mejores frutos de la vida”.

Y procuro recordar a diario una frase propia: “el día que me marche en la maleta no me cabrán los coches, los vestidos o las casas, pero sí las sensaciones vividas, los recuerdos y los sentimientos”.

 

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La culpa no es de los niños, es de los zánganos
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Montse Ferreras | 28-05-2017 | 8:36| 0

En muchas ocasiones, cuando voy a escribir, encuentro que se producen un cúmulo de casualidades o que, sin ser yo demasiado consciente de cómo se va engranando todo, lo hace como por arte de magia. Como si viera la película marcha atrás, a cámara lenta, y entonces todo fluyera con suavidad y cada cosa supiera, exactamente, dónde debiera colocarse.

Anoche salí a cenar y algo pulsó esa tecla. Unos niños chillando, una madre, aparentemente enfadada ofreciendo a los cuatro vientos un ultimátum y, entonces, no sé por qué, me vino a la mente la fábula de Tomás de Iriarte que leí un par de días antes con unos estudiantes. La de la abeja y los zánganos. En ella, los zánganos, honrando su nombre, buscan estratagemas para holgazanear sin que se note.  Dice Iriarte:

(…) Mas como el trabajar les era duro // y el enjambre inexperto // no estaba muy seguro // de rematar la empresa con acierto, // intentaron salir de aquel apuro // con acudir a una colmena vieja, // y sacar el cadáver de una abeja // muy hábil en su tiempo y laboriosa; // hacerla, con la pompa más honrosa, // unas grandes exequias funerales, // y susurrar elogios inmortales // de lo ingeniosa que era // en labrar dulce miel y blanda cera. // Con esto se alababan tan ufanos, // que una abeja les dijo por despique: // “¿No trabajáis más que eso? Pues, hermanos, // jamás equivaldrá vuestro zumbido // a una gota de miel que yo fabrique” (…)

Pues lo mismo le sucedía a aquella madre, envuelta toda ella en pose e impostura. Voces huecas al aire, que ni a las niñas les llegaban ni al resto de comensales nos convencían. Yo atacaba mi plato con el tenedor amenazante, con una furia contenida. Harta de gritos, carreras descontroladas entre las mesas, a lo largo de la barra del bar y al fondo, dentro de los servicios. Las voces infantiles dominaban el espacio. La dueña, con malestar contenido, le indicaba a las niñas que no corrieran. Al fondo, muy al fondo, los padres eran ajenos a la escena. Cenaban a gusto, sin preocupaciones, seguramente, manoseando esa frase también hueca de: “qué se va a hacer, son niños” y reaccionado, después, en realidad, mucho después, desproporcionadamente. Zumbando, como los zánganos de la fábula de Iriarte, más para el respetable que para sus propias hijas, tan sólo para mantener la compostura; para aparentar el papel de dignos educadores. Como los zánganos para “disimular su inútil ocio”.

Y es que, hasta que un taburete cortó el aire con su estruendo al caer después de cuarenta y cinco minutos de juegos infantiles, derrapes entre mesas y gritos estridentes, las dos madres de aquellos cuatro retoños (porque se trataba de dos parejas con cuatro hijas) no se dignaron a atravesar el comedor y acceder al bar para reprender a las niñas por “aquella” fechoría.

Ay, qué distintas de los otros padres, aquellos que vi en la terraza indicándoles a sus hijos: “estamos en un restaurante, aquí no se puede correr ni gritar”. “¿Y en la calle?”. “En la calle sí, pero con cuidado de no tirar nada de las mesas”. Qué distinto… Indicaciones precisas, que por el tono y las formas, dejaban claro que no era la primera vez que eran formuladas, ni tampoco, la primera que los niños las asumían.

Pero luego están los otros. Los zánganos zumbones. Los gritos huecos, a destiempo, sin sentido, que encubren más la incapacidad paterna que la de los niños para ser niños.

No nos quepa duda de que nuestros hijos aprenden el mundo a través de nuestros ojos. Por eso, cada vez que les echamos la culpa de un comportamiento inadecuado, deberíamos preguntarnos: ¿acaso yo le he enseñado otra cosa?.

Con razón concluye Tomás de Iriarte con la siguiente moraleja su fábula:

¡Cuántos pasar por sabios han querido // con citar a los muertos que lo han sido! // ¡Y qué pomposamente los citan! // Mas pregunto yo ahora: ¿los imitan?

 

 

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¿Y si ésta fuera la última vez?
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Montse Ferreras | 12-05-2017 | 8:43| 0

El pasado fin de semana estuve en Liébana. Quizás no es preciso decir que ‘estuve’, más bien, debería decir que sentí el entorno, dejé que la vista caminara lejos, tan lejos como le permitía el horizonte, que los oídos se posaran en cada uno de los sonidos, que escrutaran y se concentraran en los campanos al fondo, en los pájaros en un segundo plano, en el grillo justo al lado. De repente, el sol acariciador y meloso se volvía mezquino al bordear una imponente pared y lanzaba despiadado sus rayos sobre mis brazos, mis piernas desnudas, mi nuca, mi rostro… Al llegar a la cima el viento helador acudía galante a sofocarme. Pero lo hacía con ímpetu, como un amante inexperto, y mi cuerpo se estremecía molesto.

A unos metros por encima de mi cabeza, en la ladera de la montaña, podía ver desperdigadas las perlas de lana que brillaban al sol. Los ejércitos contra los que luchaba Don Qujiote en la Mancha que aquí -como auténticas equilibristas- rasuraban hasta la última brizna de hierba. Más abajo, majestuosos y potentes, los caballos se batían vanidosos y desmelenados, lanzando al cielo bravuconadas y trotando con desvergüenza al sol.  La poesía del momento y la concentración con la que yo los miraba se rompió en cuanto deslicé mi mano en el bolsillo lateral de la mochila. Cinco, diez, no sé cuántas fotos llegué a hacer para poder atrapar siquiera una sensación de las tantas que el instante me provocaba. Por supuesto, erré en mi intento. Es prácticamente imposible, salvo para un objetivo profesional, captar la esencia de las cosas sin que pierdan algo de ellas mismas.

Caminaba lento, con estudiado deleite, tratando de encontrar mi momento de soledad en aquel paraje invadido momentáneamente por trece andarines. Allí estábamos, como una familia italiana, nerviosa, alegre, vocinglera. Creando una realidad nueva con nuestras risas, nuestras impresiones, nuestros peros y porqués. El sol azotaba por momentos. Más traicionero a los mayores, juguetón con los pequeños. La montaña enorme para unos, casi inabarcable para otros, nos observaba divertida, viendo cómo hacíamos cálculos a cerca de cuál sería el mejor cortado para comenzar el descenso.

Y en ese momento no pude dejar de pensar en que, tal vez, esa fuera la única ocasión en que estaría allí o, peor aún, pudiera ser que mis padres -los biológicos y los políticos- con sesenta y más años en sus piernas, nunca más podrían ascender hasta la canal de Colio.

Esa es una sensación que me invade en muchas ocasiones. Pienso: “¿Y si ésta fuera la última vez…?”

Reconozco que hay algo de fetichista en esa reflexión, de intentar, inútilmente, apoderarme del terreno. De dejar mi endeble baba de caracol por el planeta. Nuestra vida es la estela de ese avión que tiene la fuerza momentánea de su paso; que desaparece en unos minutos y se suma a las estelas invisibles de otros cientos de miles que pasaron y volverán a pasar por allí. Pero a mí, me queda el placer de haber sido uno de ellos. El gusto dulce y vanidoso del recuerdo. Y ese vértigo de pensar ¿y si ésta fuera la última vez? Pero esa pregunta es la que me anima a ir a por más. A correr. A recorrer. A ver. A fotografiar. A vivir. A visitar. En definitiva, a querer. Querer atesorar ese momento en una instantánea. Querer a los que me acompañan. Querer hacer otra ruta, y otra más, también con ellos.

En estas estoy cuando me llega el eco acuciante de una voz: ¡Montse! ¡Montse! ¡Qué! respondo con desgana ¿Bajas por este atajo o sigues la pista? Entonces, me resigno a dejar mi retiro momentáneo y recorro los doscientos metros que me separan del grupo. Decido hacer caso a lo que decía mi abuela: “no hay atajo sin trabajo” y me incorporo de nuevo a esa realidad que estamos construyendo juntos esa jornada de domingo ¿Y si esa fuera la última vez…?

 

 

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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.