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Fecha: December, 2016
Las Campos
Montse Ferreras 31-12-2016 | 1:21 | 2

Me gustaría poder decir que lo vi, zapeando. Me gustaría ‘nadar y guardar la ropa’. Pero, como también dice el refranero, ‘sin sacrificio no hay victoria’, así que sacrificaré, por tanto, mi identidad digital, y dejaré testimonio en la red de que el pasado martes puse Tele 5 para ver el reality, documental o como quieran llamar a ese sucedáneo televisivo que muestra sin pudor y grandes dosis de horterismo la vida de Las Campos. Pero, sin duda, lo peor de todo es que me perdí la caída. El momento en el que ‘Terelu’ casi deja los dientes sobre la mesa. Aqui os dejo el enlace: http://bit.ly/2hCNfvz

Bueno, pues chascarrillos aparte, twitter hace tres días se volvía loco pidiendo la reaparición de María -la empleada de María Teresa Campos a la que en la anterior entrega, llamaba a golpe de campanilla y con entonación más propia del siglo XIX que del XXI-  y criticando, de nuevo, los modos de ‘Terelu’ para con las chicas que servían la mesa. Baste decir que, semejante despliegue de catetismo, tenía locos a los twiteros.

En este capítulo, las empleadas aparecen con el rostro pixelado, no vaya a ser que cobren el mismo protagonismo que María, y atienden a los ‘señores’ al tiempo que ‘Terelu’ engulle, encorbada como Cuasimodo sobre su plato y con restos de comida en el labio inferior, y pide maleducada más vino. La escena -vista, incluso, a través del televisor- produce grima y recuerda las mesas medievales en las que gordos señores desgajaban a bocados una pata de cerdo o un muslo de pollo gigante. En este caso, la pequeña de las Campos se las tenía que ver con una triste cigala, pero aún así, lo más delicado que había en la mesa eran el mantel y las servilletas. Ante esto yo me preguntaba el por qué  de que alguien deje que muestren esa faceta tan grosera de ella;  pronto caí en la cuenta de que ‘Terelu’ -la misma que permite que la llamen en público con un diminutivo infantil y familiar- está cómoda en el papel de niña malcriada a la que se le ríen gracias que no la tienen.

Qué contraste, dios mío, el que había entre los pretendidos señores y las inseguras trabajadoras. Su actitud sumisa y taciturna dejaba claro al espectador que en esa casa los errores no caen en saco roto. Los modos de la madrastra y de sus hijas -porque a mí me recuerdan a las protagonistas secundarias de La Cenicienta- dejaban entrever unas relaciones sociales que más tienen que ver con tiempos pretéritos y entornos provincianos que con gente mínimamente educada y con valores.

Ese rollo de rendir pleitesía, ese mostrar ‘casoplones’ que dan cobijo a una persona y tres empleadas del hogar, ese comer grosero, ese alardear de ‘señor’ comportándose peor que un ‘asno’ (pobre asno…), ese llorar en la televisión por una pizca de reconocimiento sin tener siquiera la carrera de periodismo (tal es el caso de Terelu), ese envolverse en ropa cara como si fueran papeles y lazos de regalo, ese mostrar sin pudor alguno la abundancia enmedio de un país en el que 12 millones de personas están en riesgo severo de pobreza (son datos de la UE), ese enseñar al novio de turno (Bigote Arrocez), chulo de profesión y vividor de apellido, ese coro de amigas pijas que gorgojean sus reflexiones sinsustanciadas como si fueran mantras, ese cocinar removiendo el puchero que ha preparado tu asistenta, ese caminar pesado y torpe fruto de la vagancia y la sobrealimentación…, todo eso y mucho más es lo que me parece obsceno.

Se trata de una televisión que -lejos de cumplir con la deontología profesional: debemos informar, formar y entretener-  ‘desinforma’, ‘deforma’ y ofrece un entreteniemiento barato y mediocre. Todo ello revestido por comentaristas que trufan su discurso con jerga periodística: ‘titular’, ‘fuente’, ‘off the record’, y otras  expresiones de nuevo cuño: ‘me consta’, ‘no me consta’, en un intento por otorgar a aquello de dignidad. Flaco favor le hacen a esta profesión ya de por sí, en los últimos tiempos, famélica….

Pues bien, fruto de esa televisión tenemos ‘Las Campos’. Tele 5 sigue rindiendo pleitesía a la reina de las mañanas, de las tardes… Un personaje camaleónico que trata de seguir gobernando en un reino que ya no es el suyo, a riesgo -como le pasó al personaje de Hans Christian Andersen en el ‘Traje nuevo del Emperador’- de pasearse en cueros delante del respetable sin que nadie sea capaz de decirle el espantoso ridículo que está haciendo.

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Feliz Navidad desde el Mirador de Santa Catalina
Montse Ferreras 29-12-2016 | 4:13 | 2

Escribir es terapéutico y yo ya lo iba echando en falta. Me gustaría pensar que tal vez tú, al otro lado de la pantalla, también lo hayas hecho.  Que, al menos, una sola vez, has girado la ruedecita del ratón buscando en la sección de blogs mi última entrada. Y yo, vanidosa, he creído que has echado en falta mi ausencia.  Y ese sentido de la responsabilidad, ese orgullo -tal vez, mal entendido- me han hecho pensar que te fallaba.

Pero escribir, al menos como yo lo entiendo, más allá de juntar letras -aunque, supongo, que en ocasiones lo haga- significa zurcir ideas, sensaciones y sentimientos, arrancarle la corteza a la vida cotidiana y, eso no siempre pasa; no siempre estamos con la disposición de ánimo de reposar en cada una de las estaciones del alma.

Pienso en Unamuno y en la intensa relación que tenía con sus lectores, la manera en la que lo acompañaban en su viaje intelectual y espiritual, y siento añoranza de lo que no conocí. De un periodismo intenso, de una escritura sólida, de un expresarse con compromiso, más allá del juntar letras… Y busco en mi humilde mochila algo que se le parezca. Y sólo cuando encuentro el tema lo pongo sobre la mesa y trato de cincelarlo, una y otra vez, hasta que resulta la mejor versión de ambos; del texto y de mí misma; de lo que pueda ofrecerte sin sentir que te falto al respeto.

Pienso y repienso, y sólo cuando dejo de hacerlo, comprendo que el mejor menú que tengo para ti es mi último paseo. Y desde mi escritorio, con los rayos juguetones del amanecer colándose por la ventana y los árboles moviendo saludadores sus quimas- vuelvo la vista a mis recuerdos. Ahí están el desfiladero de La Hermida, los mil y un verdes, los tímidos grises de la montaña, el río cantando a coro con los pájaros, el crujir de las hojas marchitas, las castañas cobrizas y provocadoras esparciendo sus tesoros por el suelo… Me quedo a solas conmigo, con ellos.

Respiro hondo y, de nuevo, me sorprendo. Cantabria es puro hedonismo. Placer por placer. Voluptuosa, exuberante, variada, colorida… Te invita a comerte la vida a bocados. A morderla y a dejar que sus jugos resbalen por tu mejilla. A saciarte. A masticar con gula. Por eso, me parece grosera la imagen de los niños en el centro comercial, comiendo una hamburguesa de nombre yanki, sentados en una cafetería entregándole su vida a una tableta mientras papá y mamá se la entregan también al asfalto… Prefiero contemplarlos en la montaña, manchándose de tierra o de barro,  imaginando qué parece ese tronco caído, asustándose de una cabra, fotografiando una seta, recogiendo un puñado de castañas… y al final de la ‘experiencia’ -y recalco lo de ‘experiencia’- comiéndose un bocadillo de tortilla y un filete empanado de los de toda la vida; tan poco sofisticados y tan llenos de autenticidad, que avergonzarían al mismísimo McDonald y más baratos que la ‘hamburguer’ a un euro.

Y así voy -poco a poco, pensamiento a pensamiento- cubriendo los 800 metros de desnivel que me separan del mirador de Santa Cantalina. A mi lado, junto a los pájaros, las bóvedas arboladas y las decenas de sombras imaginarias del bosque, los niños. Les cuesta subir. Yo los contemplo orgullosa. Porque sé, que cada paso y cada esfuerzo, lo trasladarán a la mesa de estudio, a las obligaciones diarias… Porque creo que el reto cumplido les llenará de satisfacción. Porque sé que sólo lo que nos cuesta lograr, realmente nos llena de orgullo.

Y así cumplimos el trayecto. Una ruta hermosa de doce kilómetros y 700 metros de desnivel que ofrece, en lo alto, la vista más espectacular del desfiladero de la Hermida. En la que puedes dejar volar la imaginación hasta la Edad Media, hasta los tiempos de la Reconquista. Porque en la cima, la Bolera de los Moros lo recuerda.

¿Qué cual es la leyenda?

Te voy a dejar con la intriga. Si quieres conocerla sólo tienes que subir al mirador y leer el cartel que lo explica. A cambio, te prometo un día de sensaciones inolvidables. Para llegar sigue las siguientes indicaciones: pasada La Hermida, a un par de kilómetros en dirección a Potes, hay un pequeño entrante a la izquierda, justo al lado de un cartel que pone ‘Ruta de las Agüeras’. Desde ahí parte un sendero. Si con estas indicaciones no te queda claro, te dejo el enlace a wikiloc: https://es.wikiloc.com/rutas/senderismo/espana/cantabria/navedo

Feliz 2017. Feliz año repleto de experiencias, retos, sueños por cumplir y salud para luchar por ellos.

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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.