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Fecha: August, 2016
Los ganaderos del mar
Montse Ferreras 28-08-2016 | 12:59 | 2

Cantabria tiene poesía en cada uno de sus paisajes y tradiciones, flotando en el agua, adentrándose en sus bosques y paseando sus prados. Lástima que esta tierra agradecida, tan rica como para que olvidemos muchos de sus tesoros, no sea motivo de estudio en las escuelas. Espero que nadie vea en estas líneas introductorias un golpe de pecho o una mirada chovinista; todo lo contrario: lo que hay, es un suspiro desencantado. Espero, algún día, dejar a mi hija como herencia: ‘raíces’ y ‘alas’. Un lugar desde el que volar. Un tronco fuerte desde el que partir, construir y al que volver en caso de necesidad. Así me gustaría a mí que fuera Cantabria. Una madre orgullosa de la que conociéramos todo, hasta el último pliegue de su falda. Un orgullo en el pecho y una fuente de sabiduría, porque para edificar, es imprescindible tener cimientos.

Reconozco, sin vergüenza aunque sí con pudor, que este fin de semana, he conocido a los ganaderos del mar. Y como yo, supongo que haya más de uno. Por eso, me he decidido a compartir un par de fotos y a transcribir un puñado de datos que me contó un paisano en San Vicente de la Barquera. Y aprovecho para decir que la charla, amable, abierta, sin trastienda, es fuente inagotable de buenas historias y de conocimiento. Y que hay mil mundos ahí afuera dispuestos a hablarnos a poco que pongamos la oreja…

Un ojo foráneo y, como veis, uno autóctono también, se lleva a engaño. En la cima de la loma que lame el acantilado, como hormiguitas si las espiáramos a vista de pájaro, estos monstruos de hierro se apostan codiciosos esperando a que el sol se retire a su refugio de poniente. Cuando la mar rompe y arranca la ocla , también conocida como caloca, el ocle en Asturias, descienden al arenal a recolectar este precioso tesoro marino.

 

Los tractores, aparcados en el prao, en hilera, parecen estar esperando la recogida del verde, provistos de largos ganchos a modo de bieldos mecanizados. El caso es que -como suele suceder- la ignorancia me engaña, pero la vista no. Es justo eso. Grandes rastrillos destinados a atropar, en esta ocasión, no la comida del ganado, sino las algas que el mar arranca rabioso. Un oro encarnado que ha llegado a pagarse a dos euros el kilo, de los miles que cada recolector consigue cada temporada; más o menos, de septiembre a diciembre. Hierbas molestas para los bañistas con destino a la farmacia, la cosmética, la alimentación e, incluso, la industria textil.

Me cuenta mi improvisado confidente, el mismo que repara el motor cansado de uno de estos buscadores de tesoros, que al atardecer, cuando la playa se queda sola, despliegan sus ganchos de entre ocho y diez metros, y sumergen sus pantorrillas de caucho hasta más arriba de la cintura. Los conductores adosan a sus máquinas, chimeneas que se elevan como periscopios un par de metros más de lo usual, para evitar así, que en la recogida de aire les entre agua al motor. No es que la vida de estas bestias sea larga pero, al menos, sobrevivirán dos temporadas, permitiendo a sus dueños amortizar sobradamente la compra.

Los de la ocla  son una familia bien avenida. Con la misma fiereza que se lanzan a la recolecta, detienen la faena y, todos a una, prestan ayuda si alguno se queda embachado. Tomás -llamemos así al mecánico que se somete amigable a mi insolente interrogatorio- rebusca entre el baúl de sus recuerdos aquellos que conectan con su juventud más tierna “Antiguamente, se hacía todo a mano. Yo iba con mis padres, el carro y la pala de guinchos. Entre dos tíos se pasaba una red y luego se cargaba la ocla en el carro”. Intuyo que la faena era muy dura, sin embargo, en las palabras de Tomás hay un deje de nostalgia, orgullo y romanticismo. “Ahora no es trabajo. Vamos… lo es, pero se hace todo con máquinas”. Tomás, como las gentes duras de nuestro campo, entiende que lo de ahora, comparado con lo de antaño, es coser y cantar. Un coser y cantar que para la mayoría de nosotros iría mucho más allá que el uso de aguja e hilo.

Me cuenta, mientras con sus manos, teñidas por la sangre negra del motor, hurga en sus intestinos, cómo “los de la ocla”, primero sacan de la mar las algas, luego las agrupan, las cargan y las esparcen en el “prao” para que sequen. Este proceso lo hacen ayudados de máquinas que toman prestadas, muchas veces, de la ganadería: remolques, máquinas arroladoras…. Una vez secas, las algas, que cubren como una manta el suelo, se hacen lombíos y después se recogen y se llevan a los pajares. De ahí, esta singular hierba marina será vendida como exquisito ingrediente de la industria más variada.

Y esta es la humilde historia; la de cómo conocí a estos recolectores terrestres de algas -que yo he bautizado ‘ganaderos del mar’ por las similitudes de la faena, aunque el mar se tome la molestia de segar– y de cómo advertí cuántas cosas increíbles desconozco de esta tierra, cuánto tiene que enseñarnos. Y, una vez más, lo importante que es hablar con el paisano de al lado…

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Un trono de nylon y aluminio
Montse Ferreras 10-08-2016 | 4:36 | 2

Estoy sobre la toalla, es un pareo barato, que tiene trazas de querer parecerse a uno bastante más caro que ojeé en el Corte Inglés. Éste, sin embargo, lo he rescatado de una revista femenina. Estaba abandonado como un huérfano a su suerte, ofrecido al mejor postor. Perfectamente plegado, rayado, morado y con flecos. Una etiqueta humilde ‘made in China’ lo identifica, al tiempo que lo une a una legión de hermanos gemelos. Por fortuna, está en exclusiva en esta playa.

Apoyo la cabeza sobre una almohada reciclada. Es un balón semihinchado de la marca ‘churruscadita al sol’ que parece mandarme un mensaje que no termino de entender ¿Será posible -me pregunto- que se esté burlando de mí? Y entonces comienzo a reflexionar  sobre la mala baba del balón, que me echa debajo de la sombrilla. No se lo digo, pero me alivia. Ay, qué placer. Qué fresquito. Y me río para mis adentros ¿qué ha sido de aquellos años en los que mi única indumentaria playera era un biquini, unas chanclas, una toalla y, en el mejor de los casos, un protector solar número 8?

Ahora, debajo de mi sombrilla marinera, gruesa, bien gruesa, para que no entre ni un rayo de sol extraviado, permanezco impasible entre mi legión de acompañantes: silla de playa, capazo, biquinis y bañadores a tutiplén, libros, revistas, palas, cubos de plástico y rastrillo, gafas de buceo, la neverita de la comida y un surtido de protectores solares de factor no inferior a 20. Es mi oasis. El único capaz de soportar una jornada playera con almuerzo, comida, merienda y atardecer. Para mí, el paraíso. No se me ocurre nada mejor que hacer un día de verano.

Tres sombrillas a mi izquierda, diviso una de color azul ajado con el letrero de ‘Ballantines’. No está en sus mejores horas, pero aún tiene carrete para rato.  Su color deslucido me cuenta que ha pasado muchas horas al sol. Está claro que casi tantas como su dueño. Lo veo en su silla, parece el capitán en su cuartel general. Ha plantado la tienda a primera hora de la mañana. En las coordenadas justas, en el lugar exacto. Ha probado el agua, se ha mojado un dedo y ha especulado sobre la dirección y la velocidad del viento; y ha colocado con mimo, uno a uno, cada uno de sus enseres. Son las doce del mediodía, a esta hora, tocan caracolillos, así que lo veo afanado sobre los diminutos crustáceos marinos, encajado en su cómoda silla como si fuera una segunda piel, sonriente como si presidiera una comida de gala con invitados de la más alta alcurnia, aunque en este caso visten trajes de baño y beben en vasos de plástico.

Pero mi amigo Moli está a otro nivel. Aún me pregunto de dónde saca toda su artillería playera. Lo observo atónita. Ojiplática. Sacando de su mochila un sinfín de artículos de playa y condumio, como si su bolsa fuera la de Mary Poppins. Me digo: atenta, éste es un profesional de la playa, y me propongo espiarlo hasta que me revele sus secretos.

Soy paciente, no me importa. Me tumbo, leo y, de cuando en cuando, lo miro de reojo. Uso la vieja estrategia de colar la mirada en el hueco que deja el brazo cuando te tumbas boca abajo y con él sostienes la cabeza. Nada. No hay manera. Es un rival fiero… Las tres, las cuatro, las cinco, las seis, las siete, las ocho, ocho y veinte… Ajá, empieza a recoger. ¡Esta es la mía! Y corro como alma que lleva el diablo a desenvolver mi móvil de la nube de bolsas, bolsitas y cremalleras en el que lo tengo metido. Ajá, te pillé, compañero. Este es tu secreto: la silla-mochila playera. Sí señor. Todo un invento.

Un ingenioso invento que le procura horas de comodidad y en el  que se siente todo un rey… Un trono de nylon y aluminio en el que los placeres sencillos se convierten en la clave de la felicidad durante los meses de verano. Y no es para menos, desde ella puede ver al sol caprichoso retozar con las olas;  oír el murmullo del mar que lo aleja, poco a poco y sin darse cuenta, hasta rincones inhabitados del alma; sentir la caricia de la brisa al volverle la cara;  los bocados de sabor a sal, y el mar, que unas veces lo acuna y otras le invita a jugar en un escondite debajo de sus faldas.

Sin duda, el mar es mágico, le digo. En ningún otro lugar alcanzas semejante paz al charlar con tus pensamientos, o disfrutas tanto al comer tu bocadillo después del baño. Un lugar donde se mezclan lo espiritual y lo prosaico. Los pequeños placeres y la inmensidad de las sensaciones que generan…

Y los dos convenimos, al despedirnos, la fortuna que tenemos de formar parte de ese grupo modesto, que disfruta con cosas modestas que son, para nosotros, placeres de reyes.

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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.