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Fecha: May, 2016
Reflexiones en la Calzada Romana
Montse Ferreras 21-05-2016 | 8:59 | 4

Salomón viste camisa de cuadros y se apoya sobre una ahijada. Tiene la cara morena y los ojos vivarachos de un niño pequeño. Salomón podría ser mi abuelo o cualquier otro de los que viven en los pueblos de Cantabria. Hoy me he encontrado dos salomones y un Gonzalo en mi ruta por Pesquera. Dos abuelos y un lugareño con las manecillas del reloj paradas y dispuestos a compartir su tiempo y sus recuerdos a cambio de un simple hola y una sonrisa franca.
Hace un par de semanas estuve por motivos de trabajo en Madrid. Justo siete días después, en la Ruta de los Puentes en Ucieda. Entonces, igual que hoy, en Pesquera, recorriendo la Calzada Romana que lo une con Bárcena de Pie de Concha, me sacudió la frase de alguien que -después de estar un mes de vacaciones en Cantabria- a su regreso a la capital, dijo: “de vuelta a la civilización”.
¡De vuelta a la civilización! Esa frase me obsesiona, y no he podido dejar de pensar en ella.
En medio de los árboles, abandonada a sus murmullos y al ingenio de sus formas; con la cámara, intentando robarle alguno de sus rincones para, luego, en casa, recrearme como una voyeur, me fascina lo perfecto que es todo. No puedo evitar pensar que si civilización es progreso, el progreso encuentra su lógica en la naturaleza; en sus formas, en la ergonomía y la dinámica de sus animales, en las propiedades de sus plantas. Y me admira comprobar lo que este entorno hace conmigo: por cuatro, cinco horas, me quedo a solas, aunque lleve otros andarines a mi lado. El bosque me inspira, me relaja y hace que mi pensamiento germine más creativo. Lo comparo con mi estancia en Madrid. Imagino la ciudad desnuda. Como si los edificios -sin paredes ni ventanas- amontonaran, piso sobre piso, vidas enjauladas. Micro-mundos de relaciones humanas en las que el otro pasa a tu lado como un fantasma. Nada es y nada llama la atención, a menos que se exacerbe.
Hoy encontré a mi primer Salomón en Bárcena de Pie de Concha. “Perdone -le dije- Queremos hacer una ruta que hemos visto en Internet y que empieza en Somaconcha”. “Internet, Internet… A tomar por culo con Internet”. No supe qué pensar. Malas pulgas tiene éste. Sin embargo, enseguida cambié de impresión. Salomón se conocía al dedillo la Calzada Romana, las pistas y el bosque de Montabliz por donde íbamos a comenzar a caminar. Lo que pasa es que en el mundo de Salomón, Internet no es civilización ni progreso. Háblame en román paladino, carajo; pareció decirme. Y el tosco hombre de pueblo, en cinco minutos, se convirtió en guía y en una buena charla. Me recordó a mi abuelo y, reconozco que, hasta por ello, me hizo dudar de sus intenciones. Cuando yo era cría, cuando un despistado paraba en casa a preguntar por dónde se cogía de nuevo la carretera para ir a Santander, él les mandaba en dirección al monte. Una pequeña travesura que a mi hermano y a mi nos procuraba no pocas risas cuando veíamos, después de un rato, al pobre incauto, desandar el camino hecho.
Mi segundo Salomón, éste sí que se llamaba así, es el de la camisa de cuadros, la ahijada y los ojos vivos como el sol más ardiente. Me lo encontré en Pesquera, al lado de la fuente, charlando con un muchacho que recogía agua en una más que usada garrafa. “¿Sabe usted por donde se va a Somaconcha?” “Sí mujer sí. Coges esta carretera todo a derecho, hasta arriba. Cuando yo era mozo íbamos por ahí al pueblo de al lado, y en marzo, que era la fiesta, nos invitaban a tomar café. Éramos como hermanos. Aunque, no creas, a veces también había sus más y sus menos. Ya sabes, cosas de mozos, pues que a dos les convenía la misma”. Y al decir esto Salomón sonreía como si la escaramuza la hubiera vivido la misma noche antes.
Ascendimos hasta Somaconcha para aparcar junto a la iglesia y comenzar desde ahí el recorrido hasta el bosque de Montabliz, descender hasta la estación de tren, enfilar luego la Calzada Romana y retornar a Somoconcha. Catorce kilómetros que nos supieron a gloria. Pues bien, en el comienzo del recorrido coincidimos con Gonzalo. Hicimos con él apenas medio kilómetro de trayecto, hasta que llegó al ‘prao’ donde tenía las vacas. Y, de nuevo, nos sucedió algo que sólo pasa en esos lugares donde las personas se detienen a conocer al otro. “Mira -me dice uno de mis acompañantes- desde aquí se ve Bostronizo”. “Anda, uno de Bostronizo conozco yo -dice Gonzalo-. Mi padre le compró unas ovejas. El Diablo.” “Sí hombre sí -responde el otro-. Yo soy de Bostronizo. El Diablo, cómo no le voy a conocer. Ese es internacional”. Y tan internacional debe ser el paisano que estoy deseando organizar una excursión para conocerlo y poder contároslo.
Por todo esto os digo, que poco veo yo de civilización en las grandes ciudades aparte de posibilidades laborales (eso sí), espectáculos, restaurantes y tiendas de toda índole que -dicho sea de paso- son sólo accesibles si, como decía Carlos Goñi, tienes el maldito dorado.
Así que me quedo con mis Salomones, mi Gonzalo, mis bosques y sus secretos. Algo que esta tierra nuestra derrocha manirrota. Y me reafirmo en mi idea de que Civilización no es un concepto ligado -necesariamente- a la ciudad.
Monte de Montabliz
Para algunos de nosotros este tronco parecía una fiera, tal vez un horrendo lobo, con otro animal a lomos. Hay quien vio una fiera atravesando a una mujer.
Sin duda, la naturaleza es la más perfecta diseñadora.
Al adentrarte en la Calzada Romana, si cierras los ojos, puedes retroceder más de 2000 años para imaginarte a las legiones transitando esos caminos empedrados.
En el pueblo semi-abandonado de Somaconcha.

Rescato este texto de entre las impresiones que me causó en otoño mi paseo por la Calzada Romana. Espero que, si aún no conocéis la zona, estas letras y la primavera os animen a hacerlo.

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Camionero y bailarín
Montse Ferreras 14-05-2016 | 12:40 | 3

Camionero y bailarín son dos ocupaciones que al ideario colectivo le extraña, le pasma e, incluso, hasta a alguno, seguro que le golpea. El ideario es tozudo, burgués y conservador, y asocia: camionero, masculino. Bailarín, femenino. Camionero: póster al fondo de la cabina. Bailarín: afeminado u homosexual. Por eso, me encanta la historia que os voy a contar; por lo que tiene de transgresora. Por el mensaje que lanza: la vida es un sentir, un estar, un arriesgar. La vida es ser fiel a uno mismo, sin despeinarse, sin importar el qué dirán. Porque nada es lo que parece y las etiquetas sólo están bien, adheridas a los botes de conserva.

La foto fija de esta historia es corriente, pero por eso mismo, llamativa. Gabi tiene 43 años, está casado, tiene dos niñas, es camionero de profesión e hijo de camionero, natural de Riovorvo -una población cántabra de 160 habitantes- y desde el pasado mes de noviembre, bailarín de ballet clásico. Son estas últimas tres palabras las que me descolocan: “de ballet clásico”. Me pregunto qué es lo que lleva a alguien como él a apuntarse a esta disciplina. El colectivo le diría que por qué no practica baile de salón o coreografías de esas modernas. Gabi le responde indiferente y con una sonrisa en la boca: se ríe alto y claro. Lo hace cuando se calza sus zapatillas de tela negra,  se enfunda sus mallas y se anuda su pañuelo del pato Lucas a la cabeza. Lo hace cada vez que escucha a Tchaikovsky o a Stravinski. Cuando calienta antes de comenzar la clase. Cuando ensaya en casa los pasos de la función en la que intervendrá el próximo mes de junio en el Teatro Concha Espina de Torrelavega… Se ríe del ideario, pero no porque el ideario le afecte, sino porque está feliz.

Gabi estirando en una de sus sesiones de ballet

Escuché, y me gusta recordarlo de cuando en cuando, que somos quienes fuimos en el patio del colegio. Tal vez, a Gabi le suceda lo mismo y esté recuperando algo que ya le gustaba de niño. Lo escucho atenta, mientras él deja escapar un torrente de palabras. Estoy a punto de saber por qué siente esa pasión por el ballet clásico. Tiene ojos vivarachos, se expresa rápido y contundente, sin dobleces: “No sé, me gusta, siempre me ha gustado. Recuerdo cuando era un chaval y en San Cipriano sólo bailábamos otro amigo y yo”. “Mi hermana me dice que me recuerda de bien pequeño queriendo bailar. Que me gustaba. Que quizás debería haberme dedicado a ello”. Lo escucho y las piezas empiezan a encajar. “He hecho de todo. Qué se yo. Fútbol, taekwondo, kárate, taichí, el Soplao en bici de montaña… Un montón de cosas”. “Hace tres años fui a ver a mi hija pequeña a su función de ballet y me encantó. Al año siguiente se animó la mayor. Fue entonces cuando comencé a plantearme apuntarme también yo. Así que este año estaremos en el escenario los tres juntos”.

Gabi con sus hijas, Gabriela y Alba.

Los imagino a los tres en casa, preparando sus bolsas para la clase. Los imagino en la academia de baile, juntos y a la vez separados, concentrados en el rond de jambe , en el arabesque. Pero, sobre todo, contemplo la magnífica lección de vida que Gabi está dando a sus hijas; enseñándoles lo importante que es ser uno mismo; disfrutar al máximo con lo que a uno le gusta, sin absurdos complejos y llevando como bandera la autenticidad.

Alumnas y compañeras de clase de Gabi en la Academia Ana Serna de Torrelavega

Gabi ha encontrado en la Academia Ana Serna una pequeña familia que lo ha acogido con el mismo respeto y cariño que él le demuestra al baile. Por fortuna para quienes amamos la danza, en los últimos tiempos, hay una corriente de retorno a ella. Antiguas alumnas que con 40, 50 años vuelven a peinarse el moño y a agarrar la barrar para recuperar una pasión de infancia y juventud. Otros, como es el caso de Gabi acceden por primera vez.

Probablemente, a estas alturas más de uno aún no entienda por qué Gabi practica ballet cinco días a la semana, por qué es la ilusión con la que ocupa su tiempo libre, por qué le importa menos que nada lo que puedan pensar los demás. Quizás sería necesario que le escucharan hablar: con inocencia, con naturalidad extrema, con pasión por el baile; algo que sólo puede hacer a quien le corre el gusanillo de la danza por las venas. Tal vez, esperaban una respuesta rocambolesca a la altura de la paradoja: camionero-bailarín. Sin embargo, es sencillo: ganas de vivir. Puede que el entorno rural, el contexto social o generacional hicieran que Gabi, en su día, no optara por el ballet como primera opción; quien sabe. Sin embargo, lo importante es que lo ha hecho ahora. Porque como dice Sabina en la letra de su canción: No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

Dedicado a todos cuantos viven a pecho descubierto.

Si queréis asistir a la gala benéfica en el Teatro Concha Espina de Torrelavega, el próximo 12 de junio, a las 19:00 horas, las entradas están a la venta al precio de 5 euros. Entre el elenco de bailarines encontraréis a Gabi.

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De excursión a la luz
Montse Ferreras 07-05-2016 | 2:13 | 2

La luz es terapia de vida. Hay algo en ella que despierta las calles. Las mesas y las sillas, aletargadas durante el invierno, se desperezan para acomodar visitantes. A mí me gusta imaginar la escena como si la viera a través de un vídeo: los meses se suceden a cámara rápida y, en tan sólo unos segundos, el gris de las nubes, los paraguas, los abrigos, empiezan a desnudarse y a dejar que se cuelen parpadeantes rayos, chaquetas ligeras y, finalmente, una bóveda celeste.

Algo tiene mayo y la llegada del sol que el alma se pone en pie para recibirlo y, junto a él, las flores y los árboles. La playa, hasta ahora solitaria con la única visita regular de las olas, empieza a ponerse guapa para recibir paseantes y algún atrevido bañista. Abres los ojos y la claridad, a borbotones, te invita a VIVIR. Barruntas las vacaciones, las cañas, los paseos, los baños de sol y mar, los días largos, las risas, la ropa ligera, los colores…

Si hay algo que me gusta de los lugares que visito es su luz. Ella lo tamiza todo. Lo tiñe. Lo colorea. Cambia las sensaciones de cada lugar. Es la increíble cúpula del cielo castellano, tan límpido y elevado. Es el azul juguetón y alegre de Baleares. La luz albina del Caribe y la cálida, casi abrasadora, de Canarias. Es el tímido sol gallego, que se desmelena en las Rías Baixas. Es el verde fluorescente de Esles cuando el sol juguetea con las copas de los árboles… Esa luz de la que los pintores impresionistas -Cezzáne, Van Gogh- trataban de atrapar en el Mediterráneo.




Y me niego a creer que el frío y la lluvia no nos hayan abandonado, por mucho que se empeñen las previsiones meteorológicas, por mucho que insistan los agoreros, porque mi espíritu ya es otro y porque la temperatura, también lo es… Por eso, quiero compartir con vosotros una excursión a la luz. Muy cerquita, en Cantabria, apta para todos los bolsillos y las condiciones físicas. El monte Buciero en Santoña. Quien no lo haya visitado, aún no conoce el Caribe cántabro. Las aguas que lamen la roca no tienen nada que envidiarle a ninguna otra costa. Sólo en este paraje, sientes que el tiempo se detiene y mar y montaña, rumor de olas y brisa, sol y sombra, brincan y retozan transportándote en un paseo pleno de sensaciones.
Os dejo unas cuantas fotografías para que continuéis atiborrando la retina de luz. Si después de verlas sentís ganas de hacerle una visita al Buciero, clicad aquí; obtendréis información de las rutas que os ofrece.




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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.