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Fecha: February, 2016
¡Viva la mujer florero!
Montse Ferreras 27-02-2016 | 11:18 | 2

El próximo 8 de marzo, ‘Día Internacional de la Mujer Trabajadora’, por favor, que alguien le recuerde ‘a los que mandan’ que proteger a la mujer es mucho más que sumarse a esta efeméride. O que luchar contra los estereotipos sociales que animan la discriminación, comienza por lo más básico, sin ir más lejos, la televisión ¿A nadie le llama la atención que  miércoles sí, miércoles también, la 1 de Televisión Española, le dé cobertura a un ‘señorito’, andaluz para más señas, que se jacta de no saber encender una vitrocerámica? No se le pide que encienda el fuego con un palito y una piedra, tan sólo, un electrodoméstico tan cotidiano como la necesidad de comer.

Del programa de Bertín Osborne -‘En la tuya o en la mía’- se podrían extraer muchas lecturas, además del éxito del formato, que está salvando la parrilla de la pública. Por ejemplo, por qué de una entrevista a Iker Casillas, en la que lo más interesante fue el mensaje del guardameta a los jóvenes aspirantes a estrella del balón, se extrae lo de siempre, lo que vende, lo que -por deformación profesional o criterio de rentabilidad- se supone que más nos van a comprar los televidentes: su polémica con Mourinho. En román paladino: en esto, como en lo de las mujeres florero, la responsabilidad social brilla por su ausencia.

¡Y vivan las mujeres florero! Y vivan las cocinas que, al parecer, por mucho que hayamos avanzado, teóricamente, al menos, siguen destinadas a la mujer. Que se lo digan a Fabiola, que cada dos o tres programas, acude a socorrer a su marido, incapaz de reconocer los botones de encendido, del más y del menos, de su galáctico electrodoméstico. Cuando no, la que viaja a través de combinaciones alfanuméricas y tecnología digital -una videollamada- es la mamá de Paco León, Carmina, para, instrucción a instrucción y aderezada con media docena de tacos, guiarles en la preparación de ‘chocos con papas’. Eso sí, a ellos, que no les falte el delantal y un vinito servido en copa alta.

Pero no es solo la televisión pública, obligada a ofrecer, precisamente, un servicio ‘público’, con lo que eso conlleva. Son también las otras: la de, por ejemplo, ‘Doce meses, doce causas’, Tele 5. Es de chiste. Que alguien me diga por qué una de sus causas principales es promover una fábrica de mujeres de artificio -todo silicona y minifalda- que acuden a un programa a intentar reinar sobre una pléyade de musculitos y, no precisamente, por su inteligencia, sino por una competición de ver quién levanta más el ánimo del respetable.

Y qué decir de Antena 3. Cada vez que veo a la señorita de ‘La Ruleta’ pasearse moviendo el pandero para destapar casillas o bailar, retorciéndose como una culebra, para animar el sarao, siento una enorme tristeza ¿Qué necesidad hay de eso? ¿Tan poco valoramos a la audiencia como para seguir atrayéndola con modelos televisivos de hace veinte años? ¿Por qué tengo -como mujer- que verme reflejada de esa manera en el televisor? Y luego nos extraña que el machismo esté creciendo entre las jóvenes generaciones ¡No es para menos! No nos quejemos después, de que nuestras hijas, de mayores, para ganarse la vida, quieran dedicarse a ‘ser famosas’…

Y para rebatir a quienes piensen que, tal vez, al otro lado de estas letras pueda esconderse una feminista incorregible o una mojigata, les diré que la mujer debe ser mujer, y serlo con todos sus matices, que son los que la enriquecen: por supuesto que puede ser sexy, pero también inteligente, lo uno no exime lo otro. Puede querer arreglarse, pero también no hacerlo. Puede ser madre a tiempo completo o profesional las 24 horas. Puede amar la cocina u odiarla más que a nada en el mundo. Gustarle la casa o estar fuera de ella. Llevar minifalda o pantalón. Pero, sobre todas las cosas, puede decidir. Porque cuando nacemos no hay ningún lugar en el que diga que hemos venido a este mundo a satisfacer las necesidades básicas de otro. No hay nada que me parezca más estúpido que tener hambre y sólo comer si hay alguien que te lo prepare. Que sí. Que eso existe. Que se lo digan a Bertín.

Pues bien, reflexionemos sobre esto el próximo 8 de marzo, ‘Día Internacional de la Mujer Trabajadora’, pero sobre todo, cada día, al encender el televisor ¡Vivan los hombres y las mujeres inteligentes!

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Cumplir cuarenta es llegar a la segunda juventud
Montse Ferreras 19-02-2016 | 8:56 | 8

Esta semana he cumplido años. Puedo decir que estoy en la frontera. Casi, casi, piso con el dedo gordo el cuarenta. Las felicitaciones empiezan a llegar cargadas de coletillas: “estás hecha una jovenzuela”. Y aunque las agradezco, “mal síntoma”, pienso. ¿Qué fue de aquellas épocas en las que el común denominador era? “¡Habrá que celebrarlo!”. En tan sólo 11 palabras de media -“Muchísimas felicidades. Espero que disfrutes tu día. Estás hecha una jovenzuela”- se concentra cuánto han cambiado las cosas, y yo me digo, internamente, una frase que me suena a best seller mediático: la vida iba en serio. Y de repente un torbellino de energía me envuelve y me entran ganas de hacerlo todo; se me cae la venda y me doy cuenta de lo que realmente importa. Y, entonces, por fin, me detengo a paladear el tiempo: no con prisa, no con ansiedad bisoña, no con falso deleite. Lo hago sabiendo qué y quienes importan. Disfrutando cada una de las palabras que escribo en este papel digital. Al fin, no, mejor a la mitad de ella, me doy cuenta de lo que es la vida: un ser, un experimentar, un salir a la calle sin trampa ni cartón, un sentir y hacer sentir. Porque como genialmente decía Quevedo:

“Tú / pues / oh caminante que me escuchas // si pretendes salir con la victoria // del monstruo con quien luchas (la vida) // harás que se adelante tu memoria // a recibir la muerte // que oscura y muda viene a deshacerte // No hagas de otro caso // pues se huye la vida paso a paso // y en mentidos placeres // muriendo naces / y viviendo mueres”

Me miro al espejo, a tan sólo veinte centímetros, mi cara de hace 33 años. Tersa, sonrosada. Una manzanita luminosa. El pelo, hilos de seda dorada. Regreso la vista a mi propia mirada y veo más allá, al otro lado, dentro de mí. Me contemplo feliz, llena de energía, segura de mi misma, a cara descubierta. Y entonces, recuerdo otra de las felicitaciones: “estás mejor que nunca”. “Pues sí, amigo. Lo estoy”. ¿Cuándo mis 20 años fueron tan auténticos? ¿Tan llenos de experiencias y reflexivos? ¿Cuándo menos egoístas?

Y esto vale no sólo para los 39, o para los 40 -ese momento en el que llegamos a la mitad del camino y dicen que la crisis arrecia-. Vale para todos. Adoro ver a mis padres bailar. Recuperar sus ilusiones de juventud. Adoro mis mañanas de sábado, mis patines, mis coderas y todo el equipaje de ‘Barbie patinadora’ que, seguro, mi antecesora veinteañera no se hubiera puesto ni loca. Adoro la alegría de vivir en la gente. Las ganas de exprimir cada uno de sus segundos de vida con aquello que realmente les importa, por lo general, pequeñas cosas. Y es que, si en algo mis ideas no han cambiado, es que me sigo plegando a aquello que decía Nietzsche: “Aquel que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a todos los cómos”.

Mis porqués son los que me rodean, es la escritura, la buena mesa, el chocolate caliente con churros en una tarde de invierno, el placer de un vino rico, un día de playa, la lectura, correr hasta que la mente vuele más allá que mis pies, pasear con mi familia, disfrutar de una tarde de domingo los tres juntos en casa…

No le pido más a la vida. Sin embargo, ¡es mucho lo que le pido! Así que con ese propósito comienzo mi nuevo año, preludio, como dicen, de la crisis de los 40. Sin embargo, creo que libro. Los 39 me han sentado fantásticamente bien. Comienzo mi segunda juventud cargada de proyectos. Brindo con vosotros por ella: ¡por la segunda, la tercera juventud! Que no nos engañen ¡se lleva por dentro no por fuera!

 

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Lo que el disfraz esconde
Montse Ferreras 13-02-2016 | 10:32 | 3

¿Sabes esas mañanas de sábado de cielo raso que te arrastran por un brazo hasta la calle? Son perfectas: el pulso del tiempo es bajo, la luz alegre y, si madrugas, alcanzas a estrenar las calles antes de que la mayoría despierte.

Es sábado. Uno de esos. Invierno tibio. Sol de almendros. Febrero carnavalesco. Me siento con un café humeante, un zumo de naranja y una croissant, en frente toda una lista de pequeñas cosas con las que voy a deleitarme en este día de descanso y, más allá, tres o cuatro mesas por delante, Toro Sentado leyendo el periódico.

Lo miro entre divertida y curiosa. No acierto a calcular su edad; el penacho de plumas me   despista.  Se lo coloca a cada rato haciendo un gesto coqueto. El gran jefe indio no termina de acostumbrarse a las trenzas. La gente lo observa indiscreta y yo no dejo de preguntarme qué le habrá animado a dejarse ver por la gran ciudad. De repente, se levanta, recoge el arco, las flechas y el Tomahawk, y va derecho a la barra derramando un reguero de miradas a su paso.

– ¿Buenos días? ¿Da gusto verlo a usted?- Se detiene. Sostiene con una mano sus armas y con la otra se apoya en el respaldo de la silla vacía. Me regala una sonrisa cálida. Es la primera percepción que tengo de Toro Sentado. Parece amigable. Sus ojos azules comienzan a chispear . – ¿Te gusta?

– Me encanta. Da gusto ver a alguien de su edad disfrazado.

– Pues sí. Hay que dar alegría a toda esta gente- Y se gira, abarcando con su mirada la sala en derredor . En pie y por sus palabras, parece estar muy por encima del resto -No los ves. Todos serios. Caras largas. Mira aquel- su mirada atraviesa la ventana- ¿Ves cómo me mira? Buffffff, otro que me critica. Pero a mí me da igual.

– ¿Quiere un café, le puedo invitar a algo?- Declina la invitación a desayunar, pero no le hace ascos a una buena charla. -El café no, pero si me permites me voy a sentar un ratito-. Y se sienta, y me regala uno de los ‘ratitos’ más adorables que he pasado en mucho tiempo. Apoyo la cara sobre la palma de la mano en actitud de escucha. Quiero descubrir quién es ese descarado indio que ha madrugado un sábado de carnaval para alegrarle la vida a la gente.

No es de la tribu de los Sioux, sino que desciende de ‘Los Chelines’ de Miengo. Pero comparte con el gran jefe, Tatanka Iyotanka, que vivió en Canadá. “Hace cincuenta años, tengo ahora 78, me disfracé de Papá Noel”. “¿Pero existía Papá Noel en España en esa época?”, le pregunto yo suspicaz. “Qué va. Eso lo había visto yo en Canadá. Fui el primero en disfrazarme”. Y como una cosa lleva a la otra, impulsados por la anécdota del disfraz, salieron a relucir Francia, Bélgica, Estados Unidos… “Llevo viajando desde los 18 años. A los catorce empecé a trabajar en Asturiana de Zinc y con lo que fui ahorrando y un dinero que me prestaron, me marché a París y empecé a trabajar de calderero soldador”.

– Ringgggg, ringgggg- Suena un móvil y Ruperto -que ya me ha contado como se llama- busca en el bolsillo de su pantalón de indio un móvil de tapa que abre con agilidad cotidiana y contesta -Ahora voy, estoy charlando con una chica que me ha invitado a un café-. Cuelga y sonríe -Mi hija, que me está esperando-. Me fijo también, que debajo de la casaca asoma una impoluta camisa azul y se intuye el bulto de una corbata.

Es curioso, reflexiono cómo pueden engañarnos las apariencias. Desde la lejanía, Ruperto parecía un anciano excéntrico. En primer plano, sin embargo, se descubre como un hombre valiente, lleno de energía, historias por contar y hecho a sí mismo. “Lo que más me ha aportado a mí viajar -me dice- es que me ha quitado todos los complejos”. Y así es cómo se le ve: transparente, arrollador e, incluso, para muchos, provocador.

– ¿Y cómo es que le dio a usted por viajar en aquella época?

– Eso se lleva en la sangre. Fíjate, ya mi abuelo se marchó a EEUU  a buscarse la vida. Y mientras, mi abuela, aquí era la princesa del pueblo. Le llegaban aquellos billetones de dólar. Claro, que no estaba bien visto que él se fuera y la dejara aquí. Él murió en EEUU.

– ¿Qué dice? ¿Y cómo fue?

– Resulta que como se ganaba buen dinero mi abuelo se llevó para allá a su cuñado, pero éste se enteró de que mi abuelo tenía allí a otra mujer y lo mató de un tiro.

Ruperto me cuenta esta insólita historia del tirón. No noto en él pena, tampoco orgullo. Es una muestra del carácter intrépido de su familia que a mí me permite situarme en el Nueva York de comienzos del siglo pasado. Pensar en cómo se marchaban en aquella época con cuatro pesetas en el bolsillo y sin chapurrear ni media de inglés. Ruperto me despierta de mi ensoñación con un estridente: PP. Descubro que la política es, junto a viajar, otra de sus pasiones. Entonces comienza a relatarme -con pelos y señales, nombres y apellidos- sus peripecias como alcalde pedáneo de Ongayo. Ahora ya no es Ruperto, ahora se transforma en Ruperto Arenal, y yo le dejo marchar poco a poco, porque su hija lo espera y porque he rescatado de él lo que más me interesa: esa esencia vitalista, emprendedora, de espaldas al qué dirán, en la que me gustaría reflejarme a su edad y a cualquier otra.

 

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Pablo Garnica: una calle de museo
Montse Ferreras 10-02-2016 | 12:19 | 2

Quienes sean de mi quinta o mayores recordarán las colas que se formaban en Ceferino Calderón para coger el autobús a Suances en verano, y las que había, diariamente, en Pablo Garnica para tomar el que iba en dirección a Barreda, Requejada y Polanco. Es una de esas imágenes que, por mucho que se transforme la fisonomía de Torrelavega, sobrevive en nuestra memoria. El tránsito de viandantes estaba asegurado. Pero los tiempos cambian y la ciudad, que pasa por ser una de las peores urbanizadas de España, trata de convertirse, a golpe de peatonalización, en una urbe del siglo XXI, sin embargo, paradójicamente, dichas calles nunca han estado menos animadas.

El Plan Urban ha permitido, en gran medida, lavarle la cara al barrio de La Inmobiliaria, y no se puede negar que, en una parte de él, la mejora del alumbrado, el pavimento e, incluso, los saneamientos, es visible. La polémica surge en torno al objetivo municipal de ‘acercar el barrio al centro de la ciudad’. Lo cierto es, que para quienes somos de fuera, ahora, La Inmobiliaria nos da la espalda. Acostumbrados a acceder a través de Ceferino Calderón, el recorrido resultante de la reorganización del tráfico, hace que sólo podamos entrar por Marqueses de Valdecilla y Pelayo o por Bonifacio del Castillo en dirección a Casimiro Sainz, rodeando así el cogollo central. O lo que es lo mismo, cuando el conductor llega a la capital del Besaya, sí o sí, está a salvo de toparse, de lleno, con una de sus zonas más deprimidas. Y cuando se interna, las calles que antes eran de entrada, ahora lo son de salida.

Luego está el asunto de aparcar. Quien quiera hacerlo en el barrio, tiene dos opciones o, mejor, tres, si es que no le importa pagar por ello. Uno, buscar aparcamiento libre o dos, acudir a un parking gratuito. En la medida en que la ciudad se peatonaliza, los aparcamientos públicos, que tienen mucho de improvisados, aparecen como setas. Grandes espacios, en su mayoría, a medio urbanizar o embarrados, como el que nos recibe al comienzo de José María de Pereda; el que se sitúa junto a las vías, en Hermilio Alcalde del Río; el que limita con Pintor Varela y Gervasio Herrero y, recientemente, uno que he descubierto a un lado de la iglesia de La Asunción. Torrelavega tiene -como algunas casas que parecen de exposición- un gran salón que no se puede usar, pero pequeñas salitas feas como qué, que sí se pueden estropear.

Y la cuestión es que, ante este panorama, los comerciantes se le revelan al ayuntamiento. Da la sensación, de que eso de que la obra ‘acerca el barrio al centro de la ciudad’, a muchos de ellos no les convence. Lo cierto es que, estos días, Pablo Garnica, presidida en su zona peatonal por la Iglesia de la Asunción, ha quedado reducida, en este tramo, a una calle de museo. Sea que los torrelaveguenses no se acostumbran o que los visitantes ya no pasan por la zona como lo hacían, el caso es que dicen que ya se pueden ver las grandes tumbleweed de las pelis del oeste; vamos, las bolas de matojos que ruedan por los terrenos yermos. Y muchos de ellos añoran los tiempos de las colas para coger el autobús.

Pero como no me quiero meter en ‘fregaos’ y hay quien se deleita, día sí, día también, con la vista de la espléndida Asunción sin coches que le resten hermosura, al César hay que darle lo que es del César, bonito ha quedado a rabiar. Nunca ha estado tan guapa la condenada. Esperemos a ver si la reorganización del tráfico y la operación estética en torno a la iglesia dan los frutos esperados. No sé, se me ocurre que, tal vez, antes de encerrarse en un despacho y tomar decisiones, es mejor consultarlo con el respetable que, a posteriori, ya se sabe, pasa lo que pasa…

 

 

 

 

 

 

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Una bicicleta en tiempos de crisis
Montse Ferreras 06-02-2016 | 9:16 | 0

La bicicleta de Manolo es lo más parecido que he conocido a lo que llaman ‘Economía Colaborativa’ y que está tan de moda en la red. Ni crowdfunding, ni plataformas como Uber.com -que conecta pasajeros con conductores- o como la holandesa Shareyourmeal que propone que compartamos nuestra comida. Manolo y su bicicleta son el ejemplo palpable de lo que sesudos economistas han definido en letras de oro: el capitalismo sin control ha dejado a mucha gente desilusionada. Personas que buscan nuevos caminos que den sentido a sus vidas.
Sin embargo, Manolo no sabe de Web 2.0, Smartphones, redes sociales o plataformas. Tampoco de ‘Economía Colaborativa’, al menos, de la teoría; de la práctica es todo un experto. Este sistema permite acceder a bienes y servicios que de otra forma no se podrían disfrutar. Es una manera de combatir la desigualdad y la crisis financiera, sin embargo, para él es una manera de subsistir.
Me gusta contar cómo conozco a las personas, tal vez, porque eso demuestra que conseguirlo es sencillo: sólo tienes que ofrecer tus oídos, tu tiempo y una sonrisa. La gente es generosa, te lo devuelve compartiendo su historia. Hubo una época en la que me parecía que sólo con decir: “Hola, me llamo Montse Ferreras y soy de la cadena tal” tenía la llave de mil puertas, y reconozco que me fascinaba. Pero, por fortuna, hay muchas historias que se cruzan cada día y no tienen cerrojo. Son las más interesantes.
Vi a Manolo mientras iba conduciendo. Desde la lejanía me pareció un peregrino de Santiago con sus alforjas colgando. Enseguida me fijé en el espejo retrovisor de su bici. “¡Qué ingenioso!”, es lo primero que pensé, “¿por qué no harán más bicicletas como esa?”. Pero estaba claro que aquella no era una Canyon o una Cube. Lo adelanté perpleja, sin quitarle ojo. Di vuelta más adelante y esperé a que pasara. Saqué el móvil. No pude evitarlo. Primera foto. Con menos cuidado -los bajos de mi coche son testigos- volví a dar vuelta cuando me adelantó y, de nuevo, a retratarlo. El destino -imprevisto y fascinante- hizo que unos minutos después paráramos en la misma casa. Pensé que quería reñirme por robarle una instantánea. Él me recibió con una sonrisa amable mientras yo revisaba mi vehículo: “Qué ¿le has dado un golpe?”.
Pude comprobar que la bicicleta de Manolo no era nueva ni sofisticada, pero sí, muy imaginativa; estaba plagada de añadidos caseros y reciclados. Los había ido adosando como se amuebla una casa: según sus necesidades. El espejo retrovisor extensible, el portalámparas ajustado al cestillo delantero, el guardabarros hecho con un neumático, el compartimento del cuadro de la bici en el que -agarrado con una cubierta en desuso- llevaba enseres personales, y el cesto en el que transportaba comida suficiente para pasar el día.
Si no fuera por lo que descubrí después, hasta aquí podría pensarse que tan sólo se trata de un tipo extravagante.
Manolo tiene coche, pero lo deja aparcado en casa. Incluso, en días como el que nos conocimos, que amenazaba lluvia. Tiene una bici reciclada y una huerta que no es suya. Bueno, en realidad, el terreno no lo es, pero lo trabaja, como muchas de las cosas que consigue; que las trueca.
Llegaba a la casa en la que nos encontramos a dejar una bolsa repleta de pan duro. Un gesto que me dio la impresión de cotidiano. Los dos hombres no mediaron palabra; tan sólo un buenos días y varias sonrisas cruzadas. Su interlocutor apenas levantó la mirada de la labor. Es la práctica habitual de Manolo. Cambia lo que tiene por lo que puedan ofrecerle. El día anterior, Andrés le había transportado en su remolque un toldo. En agradecimiento, le llevaba aquellos mendrugos para los perros. El pan lo había conseguido en una panadería a la que, de vez en cuando, lleva algún producto de su huerta. Y la huerta le da para completar su exigua pensión y, al mismo tiempo, para practicar esa ‘Economía Colaborativa’ de la que ahora tanto se habla.
Manolo comparte sus tomates, sus lechugas, sus patatas. Todo lo que sale de un huerto bien nutrido. A cambio la gente le ofrece lo que tiene: unos, chocolate, otros, pan, otros, su remolque… Y así, el sólo, sin motivos macroeconómicos ni grandes aspiraciones, construye una red solidaria que le provee de lo que necesita y le granjea amistades allá por donde pasa.
Manolo me ha hecho reflexionar acerca de lo que siempre me dice mi padre, lo que veo reflejado en él y tanto admiro: la vuelta a lo natural, a lo auténtico, a la esencia sin ambages. Y realmente creo que sólo en nuestra propia piel, cuando no necesitamos de adornos, es cuando somos en verdad felices.

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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.