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Fecha: January, 2016
Julia no se quiere ir de casa
Montse Ferreras 30-01-2016 | 10:57 | 3

Cuando la entonces princesa Leticia se prometió con el hoy rey de España, Felipe VI, mi abuela se enfadó muchísimo. No entendía aquel matrimonio. Fruncía el ceño, levantaba los puños y con una mezcla de indignación, amor y mucha inocencia, le cantaba las cuarenta a Leti y a Felipe. -¡Ya quisiera esa! ¡Si tu eres mucho más guapa! ¡Dónde va a parar!-.

En un rincón de su cerebro -donde se acurrucan los sentimientos-  permanecía intacto el amor que me tenía- pero, el otro, el que debía decirle que frisaba los 90 en vez de los 60; que su hija querida no era su madre añorada y que, por su puesto, su nieta periodista jamás se casaría con el futuro rey de España; ese lado del cerebro, ya no le funcionaba. De haberlo hecho, jamás hubiera dejado escapar aquellas palabras. Era en esos momentos, cuando, quienes la rodeábamos, decíamos: “Madre mía si ella se viera; con lo que siempre fue”.

¿Qué cómo fue? Resignada, prudente, entregada a los suyos, luchadora. Hija de una época en la que las historias se moldeaban a pico y pala:  con guerra, cartilla de racionamiento y posguerra; un marido enfermo y necesidades; con trabajo duro y, sin embargo, tanto amor en esa casa… Después, el tiempo se encargó de hacerle olvidar. La demencia le hizo regresar a una infancia perpetua, de la que sólo despertaba gracias a ligeros parpadeos de su memoria para recordar a ratos a su marido, a ratos a sus hijas, otros a sus nietos. -“¡Hoy sí que estás bien! ¡Sí señor!”- y luego, después de conversar con el televisor un rato, creyendo que, en realidad, lo hacía conmigo mientras veía el programa que yo presentaba, se reía tímida e imitaba burlona mis aspavientos; le hacía muchísima gracia cómo gesticulaba y movía  los brazos yo.

Estoy segura de que, de no haber permanecido en casa, no lo hubiera resistido. Hasta el último hálito de su vida, lo pasó en familia, y yo tengo guardado su recuerdo en mi frasco de las esencias.

De la misma edad es -pongamos que se llama- Julia. Un nombre ficticio, por respeto. Llora inconsolable ante sus vecinas porque tiene que dejar su casa; dentro de ella sus recuerdos, fuera, sus animales, su huerta. Las que la escuchan lo hacen mudas, impotentes, porque saben que Julia deja también, en ese espacio, su vida: lo que fue y lo que le queda. Está viuda. Tiene un sólo hijo, varón. Él ha decidido -unilateralmente- que el mejor lugar para su madre es una residencia. -“Me ha dicho que la residencia está aquí al lado. Que no me preocupe. Que si me pasa algo, que dé una voz y vienen en un momento”. Lástima, ni siquiera le han contado que, en realidad, está a 60 kilómetros y que el ambiente pejino poco tiene que ver con al que ella está acostumbrada.

Julia tiene suficiente movilidad, aunque empieza a manifestar algunas pérdidas de memoria. Comprende que necesita ayuda, pero se pregunta si no hay otra forma de dársela. Tal vez, alguien que la atienda; porque para eso tiene recursos, que lleva toda una vida trabajando y ahorrando. Puede que, incluso, su hijo o su nieto pudieran echarle una mano, como le sucede a su vecina… Pero no. No hay alternativa.

Y yo, ante esa estampa me quedo seca. No creo que las personas seamos otra cosa más que ‘relación’; con los seres queridos, con el entorno. Todo lo que hacemos es por alguien. No sólo por nosotros mismos. De hecho, quien busca el éxito en soledad se marchita de vacío y de pena. Imagino el vértigo asfixiante de asomarme a la vejez sola. Porque una vez fuimos niños, adolescentes cargados de ilusiones, padres entregados, periodistas, peluqueras, amas de casa, médicos… ¿Dónde quedó todo eso? Me imagino en el lugar de Julia, asomada al abismo de su vejez luchando por recordarle a sus seres queridos quién es ella. Aferrándose a su casa, enfrentándose a la tristeza de no volver a verla ni habitarla.

Y pienso también, que a más de uno se le olvida que estamos todos en la misma guerra, sólo que en diferente línea de combate y, que con el paso del tiempo, nos guste o no, saldremos de la retaguardia hasta la primera fila. Por eso, lejos de querer dar lecciones, que no estoy yo para eso, únicamente para contar historias, invito al hijo de Julia a que reflexione: ¿en verdad no hay más opciones?

EPÍLOGO

No sé si hay muchas o pocas, pero hay personas que quieren ir a la residencia; también, ancianos, que por su precaria salud, necesitan cuidados específicos, y hay causas de fuerza mayor que pueden impedir atender a los abuelos en el hogar. Sin duda, existe la casuística, y la discusión es larga y compleja, en una sociedad cada vez más envejecida. Pero, con todo y con ello, hay casos que deben hacernos reflexionar.

Recordemos más a menudo, quiénes fueron y qué significaron para nosotros nuestros mayores. El ciclo de la vida nos devuelve a todos a la niñez, ese momento en el que necesitamos cuidados constantes; nada más y nada menos, que los que, en su día, nos dieron nuestros padres. Visto desde esa perspectiva, es fácil comprender que la vejez no es un estorbo, sino merecedora de cariño y respeto; fuente de conocimiento. El mejor premio a una vida entera es sentirse valorado y querido por quienes se ha dado todo.


 

 

 

 

 

 

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“Me caso: no me regaléis nada”
Montse Ferreras 23-01-2016 | 7:44 | 15

Me caso y no me regaléis nada, por alguna razón, nunca son expresiones que vayan unidas. Evolucionan los modelos de relación y las costumbres, pero ese aspecto de la celebración, no. Por eso, cuando recibí el austero sobre color ocre, me quedé perpleja.

Saqué el pliego -mitad de mitad de dinA4- también de color ocre, y leí pasmada aquella invitación tan singular. Escrita en Times New Roman, clara y sin pretensiones, anunciaba: “Nos casamos y estaríamos muy felices de que compartierais con nosotros ese momento. No necesitamos nada, por eso, no queremos ningún regalo. Iremos de viaje de novios a Tailandia para visitar algunas misiones que se realizan en el país para ayudar a la gente desfavorecida. Si alguno de vosotros desea colaborar, os invitamos a que lo que pensarais regalarnos lo aportéis para ayudar a personas que lo necesitan más que nosotros. Durante la ceremonia se pasará un cesto”.

Y allí estaba yo, en medio de la iglesia, dejando la prueba de mi amistad en el fondo del saco granate. Porque eso era entonces: no un donativo, sino un símbolo de cariño y amistad. Tailandia, las misiones, la gente desfavorecida, sonaba entonces un poco abstracto. Difuso. Quizá, lejano. Una ejemplar acción que iban a emprender aquellos dos queridos amigos. Hoy, sin embargo, me traen de retorno su historia y tengo que darles las gracias porque, sin merecerlo, me han hecho cómplice de un gesto tan generoso.

En mi armario, sobre la pila de bufandas y pañuelos, sobresale uno de tonos lechosos; beis y amarillo. Lo ha hecho Kanya, una tejedora del pueblecito de Hanjai. No podría decir qué edad tiene. 50, tal vez 60, puede que menos; quien sabe. En Tailandia, las mujeres no valen nada. Ni ellas, ni los niños. La vida les maltrata. La sociedad les ignora. En muchos casos, vagan por las calles buscándose la vida como pueden. Por eso, su cara, de mirada lejana, no es capaz de decirnos qué edad tiene.

Kanya está casada. Lo está con un hombre alcohólico y ludópata. Desde el año pasado él está en la cárcel por asuntos de droga y, desde entonces, ha tenido que buscarse la vida, porque, en Thailandia, no existe ningún tipo de asistencia para mujeres y niños. La forma que ha encontrado para subsistir  es la que le ofrece su rudimentario telar.

Observando mi impecable pañuelo, parece increíble que lo haya hecho con ese artilugio de materiales reciclados. El hilo, 100% natural, lo extrae de un capullo similar al de los gusanos de seda. Luego, pasada a pasada, va confeccionando las telas de las que saldrán pañuelos, fulares y bolsos. Y de ahí, tras un viaje de 36 horas con escalas incluidas, a mi ropero. Al mío y al de quien quiera comprarlo. Los distribuyen -entre otras- en la parroquia de Bezana.

La segunda parte del viaje, de la que no tengo suvenir, pero sí fotos que mostrar, es la visita al colegio de las Misioneras de la Caridad, discípulas de la Madre Teresa de Calcuta. “Si el viaje ha merecido la pena, ha sido por la visita a estas monjas. Jamás había visto de una manera tan clara el amor hacia los demás”. Así se expresa mi amigo justo antes de contarme que las hermanas -dos indias, una tailandesa y una norteamericana- atienden a los niños que nadie quiere. Si un menor abandonado es lo último de lo último en este país, si además es deficiente mental o tiene sida, se hace invisible. Probablemente, esté abocado a acabar en manos de mafias que utilizan a los niños para apuestas ilegales de lucha o para la explotación sexual.

Que nadie piense que mi reflexión de hoy es fruto de una cuestión religiosa. No lo es. Es cierto que las misiones que han visitado mis amigos están sostenidas por católicos, pero a mi me interesa el componente humano, no la fe que les guía. Desde pequeña, entiendo, que no importa qué dios inspire nuestros actos, siempre y cuando, éstos procuren el bien ajeno y estén inspirados en el amor.
“Me caso: no me regaléis nada”

Tengo que dar las gracias a Héctor y a Isa por su generosidad. No sólo por no reclamar su regalo, algo que es, sin duda, muy inusual, sino, sobre todo, por hacerme partícipe de su aventura. Hay mil vidas y  me han permitido compartir con ellos la mil uno. Una fuente de inspiración en medio de una sociedad en la que suele trascender, únicamente, lo más vil del ser humano. Quede este post como una muestra de que otra realidad es posible.

 

 

 

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Lo que la televisión hace con las personas
Montse Ferreras 16-01-2016 | 3:18 | 2

Hacer televisión es maravilloso. Es una suerte de exhibicionismo que te permite utilizar todos los recursos gestuales, lingüísticos e intelectuales a tu disposición para conectar con la señora o el señor, tumbados en su sofá, al otro lado. Pensándolos como individualidades; dirigiéndote a ellos como si fueran uno y todos a la vez. Calculando mentalmente sus reacciones, logrando un ritmo y unos tiempos adecuados a cada tipo de mensaje. Para mí, significa explorar las posibilidades de la comunicación para ofrecer a quien me escucha un producto elaborado desde el máximo respeto y, siempre, intentando sumar; conseguir que se obre el milagro de que lo que digo y cómo lo digo consigan que al otro le merezca la pena escucharme. Esa es la parte bonita del trabajo. Lo complejo es no desvirtuarlo por efecto del endiosamiento.

La televisión es demasiado generosa -cualquiera que salga por el pequeño electrodoméstico se convierte, en poco tiempo, en alguien conocido, aunque, no necesariamente, respetado- y los periodistas tenemos un defecto endogámico; creemos que ‘salir’ y ‘estar’ es, siempre, consecuencia de nuestras indudables y excepcionales cualidades, no del poder que tienen en sí mismos los medios de comunicación. Cuando perdemos de esa manera la perspectiva y nos colocamos por encima de a quien servimos -el ciudadano-, entonces, nos relajamos, el producto se deteriora y empezamos a ser caricaturas de nosotros mismos.

No puedo quitarme de la cabeza, y de ello han pasado ya nueve años, la frase de un colega de profesión al entrar a un restaurante: “Mira, nos han reconocido”. Mi cara fue, en aquel momento, como la del emoticono de los ojos como platos. -“Pero… ¿Qué me estás diciendo?”- pensé. No recuerdo si aquel día nos invitaron o no a comer -desde luego él creía que iban a hacerlo-  lo que sí sé es que, es frecuente, que cuando tienes cierta visibilidad en televisión lo hagan. Ese y otros gestos de reconocimiento a los que es fácil engancharse y de los que es difícil sustraerse sin dejar de tener los pies en la tierra. Sin olvidar que no hemos inventado la penicilina o ganado un premio Nobel.

Por eso, a nadie le extrañe ver a Ana Obregón -esta semana- haciendo contorsiones circenses, mientras un Bertín Osborne, tanto o más esperpéntico, trataba, con gestos inapropiadamente infantiles, de imitar a la ‘bióloga’ y ‘escritora’ de España. El madrileño  -con quien tuve ocasión de presentar al alimón una gala en el Palacio de Festivales; experiencia que algún día contaré- conduce su entrevista entre chascarrillos e interrupciones que, en ocasiones, estropean una buena respuesta. Pero, Osborne siempre responde a su perfil: alegre, despreocupado, seductor. Lo otro, la entrevista, lo técnico, ya quedan a cargo de un magnífico equipo que produce y edita exquisitamente el programa.

Le pasa lo mismo a Carlos Lozano.  Hacía años que no lo veía en televisión; si acaso, en alguna revista como personaje de la prensa rosa. De repente, se rinde a los néctares de Gran Hermano. Esa coctelera a donde van a parar viejas glorias, juguetes televisivos y aspirantes irredentos al famoseo. Y lo contemplo perpleja. Parece que levita. Un boceto ridículo. Con una pose de fingida dignidad. Ya se sabe, es famoso y ¿quiénes son es el resto?.

 La fama es un anzuelo hechicero. Por eso, Ana Obregón se parece cada día más a ‘Benjamin Button’, Bertín Osborne se resiste a dejar de ser el eterno jovenzuelo seductor y Carlos Lozano se rebaja, sin querer hacerlo, a compartir escenario con gente que piensa que no están a su mismo nivel.

Pues bien, esto es lo que hace la televisión con la gente. Es una especie de ‘Show de Truman’, de realidad paralela a la que muchos desean entrar, otros tantos se aferran por no salir, y los que se encuentran dentro suelen perder el norte. Así que como espectadores, antes de brindar reconocimiento a un periodista, un actor, un presentador (que no son lo mismo) pensemos si, realmente o no, han hecho algo para merecerlo.

 

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Pretty Woman a la santanderina
Montse Ferreras 12-01-2016 | 1:55 | 4

Enrollo un billete de cincuenta euros y cinco de veinte, y me los meto en el bolsillo delantero del pantalón. Son unos jeans negros, gastados, que combino con unas botas de serraje marrón a medio abrochar y un jersey a rayas rojas y negras que me da un aspecto casual; vamos, de esos a medio camino entre cool y de andar por casa; desde luego, nada ostentoso.

No añado más a mi indumentaria. No lo necesito. Voy de rebajas que, dicho sea de paso, es algo que me horroriza. No puedo evitar angustiarme ante la visión de toneladas de ropa;  unas,  prendas de temporada, y otras, sacadas de los almacenes ad hoc. Se hacinan en pilas, se agobian por salir a flote entre una marea de perchas, se enmarañan en los estantes.

Alguien me dijo que “para todo hay que tener estrategia en la vida” y, en casos como este, yo lo aplico a rajatabla. Introduzco las llaves del coche en la puesta en marcha y me digo: “Montse, esta tiene que ser una operación breve y, recuerda, no sueltes el aguinaldo de reyes, a menos que encuentres, justo, lo que necesitas”.  Y con esas premisas: rebajas, breve, necesario, que para mí funcionan como un silogismo, me presento en la primera planta de un gran centro comercial. En la sección, vaya por dios, en la que las prendas no parecen haber ido a la guerra, los probadores son dos veces mayores que el resto, tienen un cómodo sillón para el acompañante y las etiquetas te provocan susto aún después de rebajadas. Pero, como la vida está hecha para los valientes, entro como un miura; de pacotilla, claro, a juzgar por  los pases que me dio después la dependienta.

-“Perdone, quería hacerle una pregunta, ¿sabe esa blusa, de seda, con frunces al cuello y goma en las mangas, crudita? – La dependienta apenas levanta la mirada de lo que está haciendo, como si lo que yo le dijera no le importara demasiado, al menos, no tanto como la emocionante aventura de doblar camisas – “Sí”- me concede finalmente.- “¿En qué temporada la tienen?”- ¡Adiós, ahí sí que la maté! – “En todas” me responde, perdonándome la vida y mirándome por primera vez a la cara, como intentando comprobar quién era la ignorante que hacía esa pregunta tan absurda. Porque una clienta de ‘Carlota Herreriana’, sabe, sin duda, que esa blusa es un clásico de la diseñadora.

Por un momento, me empiezo a sentir Pretty Woman y dudo de si no hubiera tenido que acicalarme un poco más para responder al perfil al que está acostumbrado esta dependienta. También se me pasan por la cabeza otras ideas menos decorosas, pero como la prenda en cuestión me interesa, allí  me quedo, continuando con la compra como si la fiesta no fuera conmigo.

La tienda, con blusas de 300 euros, vestidos de 700 y abrigos de precio obsceno, está totalmente vacía. Eso no hace que Mari Pili venga a atenderme; ni para orientarme en la talla, ni para indicarme dónde está el probador, ni siquiera para ver cómo me sienta y acercarme otra prenda si la necesito. Soy yo la que tengo que salir hasta el mostrador para que me vea. -¿Mejor esta talla? ¿Cómo me queda?- Me mira un par de segundos y contesta escueta: “Mejor que la otra. La seda tiene que caer”. Pues bien, pienso yo.: “Tiene que caer”. Y me contengo. Lo hago por el tiempo que llevo buscando la dichosa blusa y el buen precio que tiene, pero en el fondo no puedo dejar de sentir pena ante tanta pobreza mental.

Imagino que Mari Pili piensa que no soy su tipo de clienta y que, por lo tanto, no le compensa trabajar; intuyo que está convencida de que no voy a comprar. Yo, mientras tanto, tengo la sensación de encontrarme en un self service de prendas de lujo. Qué diferente de la amable dependienta, que no hace ni diez minutos, se ha desvivido orientándome en la compra de una bufanda que me ha costado 12 euros; incluso, colocándomela.

Me quito mi blusa de Carlota Herreriana, por que ya es mía, he decidido llevármela y se la acerco -de nuevo al mostrador- a Mari Pili. Saco mi modesto rollo de billetes y le entrego mi aguinaldo a cambio de su desdén. Pero ahí se queda todo. En la superficie de lo superficial. Cojo mi bolsa grabada con letras de oro y atrás dejo a Mari Pili sola, tanto o más que cuando atiende a sus atildadas clientas. Y la compadezco porque, seguramente, con ese desdén clasista la tratará más de una a ella.

¿Qué por qué no me fui al primer desaire?

Buena pregunta. Seguramente debería haberlo hecho. Sin embargo, preferí mantenerme al margen de su mundo de apariencias y superficies y seguir con mi plan original: rebaja, breve, necesario.

 

 

 

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No hay nada mejor en el mundo que…
Montse Ferreras 10-01-2016 | 9:09 | 2

Me encantan esas afirmaciones que comienzan con el “no hay nada mejor en el mundo que…”. Evocan las expresiones de la infancia y, de la misma manera, la forma de ilusionarse de la niñez. Pues bien, “no hay nada mejor en el mundo que” concederse pequeños caprichos; íntimos, gratos. De esos que no cuestan demasiado dinero, pero que obran el instante mágico de placer y felicidad.

Es Amélie en su apartamento de Montmartre, jugueteando con su mano dentro del saco de lentejas, o rompiendo el caramelo de la crème brûlée con una cucharita. Es Vianne Rocher y su hija Anouk en Chocolat, llevando vientos de cambio al pueblo francés de Lansquenet-sur-Tannes. Una taza de cacao humeante, un bombón, una sonrisa… Gestos sencillos capaces de obrar cambios importantes. -“Nos encaramamos en los taburetes como si estuviéramos en un bar de Nueva York, cada una con su taza de chocolate, la de Anouk con crème chantilly y virutas. Yo me tomo la mía caliente y negra, más fuerte que un espresso. Cerramos lo ojos deleitándonos en la fragancia del aroma y entonces lo vemos. Van llegando: dos, tres, una docena, los rostros alegres, se sientan a nuestro lado, sus rostros duros e indiferentes se han dulcificado y lo que expresan ahora es simpatía, bienestar”-.

“No hay nada mejor en el mundo que”: desayunar croissants recién hechos. Leer un buen libro con la lluvia de fondo. Tomarse una infusión en un día de invierno. Darte un baño caliente cuando regresas a casa y en la calle hace frío. Tomarse un café con un amigo. Reírse de buena gana. Tirarse toda una tarde viendo buen cine. Pasear por la orilla del mar. Escuchar el rumor de las olas. Detenerse en los sabores de una copa de vino. Emocionarte con tu canción favorita. Soñar con proyectos nuevos. Acariciar a tu perro y hablarle mirándole a los ojos como si entendiera cada una de tus palabras. Correr hasta echar fuera todos tus agobios. Besar a tu abuela intentando atrapar el momento para que nunca se vaya. Achuchar a tu hijo y comprobar cómo va creciendo. Deleitarse escuchando una historia. Cocinar un plato nuevo para quienes te quieren. Cantar a grito pelado mientras conduces. Detenerte en una confitería a tomar tu pastel preferido. Escribir tus pensamientos… La lista es interminable.

Es la filosofía del tiempo que se detiene, el que transcurre lento, al margen del torbellino cotidiano y del ansia por tener. Estoy convencida de que cuando hacemos el esfuerzo y aminoramos la marcha, algo cambia y lo hace para bien.-“Amélie tiene de repente la extraña sensación de estar en total armonía consigo misma, en ese instante todo es perfecto, la suavidad de la luz, el ligero perfume del aire, el pausado rumor de la ciudad. Inspira profundamente y la vida ahora le parece tan sencilla y transparente que un arrebato de amor, parecido a un deseo de ayudar a toda la humanidad la empapa de golpe”-.    

Desenrosco mi bote; es un modesto frasco de mermelada.  Quizá no es casual que naciera para acoger algo tan dulce. El caso es que en él, a comienzo de año, alojo mis propósitos y mis proyectos. Este más que nunca va a ser, de cuando en cuando, intentar parar el tiempo y decirme muchas veces “no hay nada mejor en el mundo que…”.

Te invito a elegir en tu alacena uno de sus frascos vacíos. Después, confiésale todas tus ilusiones. Cuando acabe 2016, comprueba si las has cumplido. Pero, recuerda, el secreto es encontrar la satisfacción en las pequeñas cosas, sin duda, son las más importantes de la vida.

“No hay nada mejor en el mundo que…”

 

 

 

 

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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.