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Fecha: December, 2015
Sola en Nochebuena
Montse Ferreras 27-12-2015 | 9:25 | 5

“El coronel Aureliano Buendía apenas si comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”.

Sucedía en el Macondo de Gabriel García Márquez. El coronel Aureliano Buendía se mantenía a la espera en su laboratorio de alquimia, haciendo y deshaciendo pececitos de oro; recibiendo al atardecer la visita de su compañero Gerineldo Márquez. Pero Amaranta Buendía no soportaba la conversación de Gerineldo; resucitaba en ella los recuerdos del pasado, así que, gota a gota, fue horadando la paciencia de éste hasta que dejó de visitar al coronel.

Igual que Amaranta le da la espalda a la vejez, impertinentemente reflejada en la calvicie de Gerineldo, la familia de Gloria se la da a ella.

Veo la escena desde dos ventanas abiertas a la noche. Una insolente; vomita chorros de luz. En la otra, la vida apenas se atreve a asomarse entre las cortinas. En una, cuatro personas conversan animadas, se entremezclan en el follón de una cocina vestida de Navidad. En la otra, Gloria, sola, espera a que den las nueve y sus nietos la inviten a pasar a cenar. Es 24 de diciembre. Se me arruga el corazón y ya no volverá a estar lustroso en toda la noche.

Tal vez, sería más popular escribir sobre la juventud. De hecho, lo es. Lo joven, lo bello, lo nuevo… Y escribo esto a riesgo de provocar un apagón en mi lectura. Sin embargo, este blog y esta modestas letras nacen fieles a la vida y leales a mi mirada sobre ella, y hace tres días fue esto lo que me impactó:

Son las 19:00 pm. Cojo un camino diferente para llegar a casa. No el habitual, no el de otros días. Y quiere el destino que esta Nochebuena se junten la vida del frutero -que aún a esas horas está trabajando-, la de Gloria -que renqueante sale a comprar cuatro plátanos y alguna que otra pieza de fruta- y la mía -que regreso a casa dispuesta a enfundarme mi mejor sonrisa para inaugurar la noche con unas cañas-. Detengo el coche. No puedo evitar parar a saludarla. Gloria es de esas personas que son más familia que mucha de la propia. Necesito hacerlo porque siento que esa va a ser de las pocas cosas ‘de verdad’ que haga en toda la noche. El resto: la opípara cena, las luces de navidad, Papá Noel descolgándose por el porche de la casa…, son sólo patéticos sucedáneos de la vida en mayúsculas. Porque en esa noche -aunque suene impopular- todos nos sentimos en la obligación de ser felices o, al menos, de parecerlo, a riesgo, si no lo conseguimos, de sentirnos desgraciados.

Su tímida invitación -“¿Pasas?”- me indica que sus 89 años de soledad están deseosos de que lo haga. Pero no paso con la idea de hacerle un favor, más bien, con la sensación de hacérmelo a mí misma. Sus 89 y mis 38 se unen en un punto intermedio, ajeno a la edad. Es curioso, ya no somos la niña y la mujer joven. Hemos avanzado posiciones en el tablero. Juntas recordamos a los que no están: su marido, mi hermano. Ambas, sin decirlo, nos entristecemos. Es un baile extraño en el que suenan la soledad, la añoranza, el goteo incesante del paso del tiempo y el cariño que nos tenemos… Y como colofón un: “Anímate, esta noche vas a estar con los nietos”. “No creas -responde- estaba más a gusto aquí, cenando cualquier cosa y después a la cama”. No comprendo muy bien qué me quiere decir. Con todo, me voy feliz. Alegre por el reencuentro.

Pero entonces, salgo a la calle y me subo al coche. Entonces, lo veo. Las dos ventanas. Apenas separadas diez metros. Las cortinas echadas en una. Las persianas abiertas en otra, con gente trajinando dentro. La vejez. La juventud. La soledad. La ignorancia de que todos nos haremos viejos. La pérdida de perspectiva, olvidando quién te amó y te cuidó de pequeño. La desorientación cuando crees que son más importantes la comida, las luces, los regalos, y te olvidas de que a diez metros está tu abuela tejiendo las penas de su soledad.

No tengo más que decir.

Final.

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“Prohibido cantar villancicos en la fiesta de Navidad”. Firmado: el director.
Montse Ferreras 20-12-2015 | 10:01 | 2

Bip, bip, bip. Las tres. Suelta la cartera sobre la mesa del comedor, justo al lado se deja caer ella misma, sobre el viejo sofácama. El piso es modesto, 50 metros cuadrados de esos que dicen los políticos que son suficientes para una pareja sin hijos. Muebles de Ikea unos, heredados otros; componen un peculiar bodegón de viejos y nuevos amigos. María fija su mirada en su diploma de Magisterio, está al lado del árbol de Navidad -en esa casa todo está al lado de todo- y a través de él viaja al salón de actos del colegio. Por un momento se ve vestida de ángel, con aquella absurda peluca rizada de querubín. Pero se siente con el pecho henchido, a punto de estallar. Tiene ocho años y sus padres han ido a ver la función. Es el preludio de quince días de luces, villancicos, comidas y cenas familiares, de encuentros con los primos.

De repente, Odo la despierta. “Hola”, perece decir con su rabo, “¿cómo ha ido el día?, insiste el cachorro. María suspira y saca de su gastada cartera de maestra la circular que le ha dado el director; se titula: “Instrucciones para la función de Navidad”. Lee justo el punto que la trastorna: “Las actuaciones no tendrán motivo religioso debido al carácter público y laico del centro” y sigue “La función será el día 18, el 19 se celebrará la llegada de los Reyes”.

Por más veces que lo relee, María no deja de salir de su asombro. “¿Una fiesta navideña en la que llegan los Reyes Magos pero donde mis niños no pueden cantar villancicos?”. De hecho, lo más cercano a la Navidad que pueden hacer sus alumnos, por respeto a la diversidad en el centro, es esperar regalos y bailar al ritmo de Ricky Martin el ‘Un, dos, tres, María’.

Sin mucha gana, se levanta para sacar la lata de comida de Odo y, de paso, el taper con albóndigas de la nevera. Pasea la mirada por la humilde estancia y luego la vuelve a esas bolitas de carne que con tanto amor le ha cocinado su madre. Una chispa de emoción le transfigura el rosto; ya está, lo tengo. La familia es lo más hermoso de la Navidad: compartir, ser generoso… María va corriendo hasta su pequeña biblioteca. Tira apresurada unos cuantos libros hasta que encuentra el que desea: “Aquí estás: Christmas Carol”. Enciende el portátil y escribe la versión de Charles Dickens más hermosa que puede imaginar para sus pequeños. No falta nada: la nieve, las compras navideñas -que tanto parecen agradar en el cole- el agrio empresario y el fantasma de la Navidad. Y compone una obra de teatro en la que la amistad, la familia y la generosidad se convierten en valores universales que cualquiera de sus alumnos -por encima de la religión que profesen- pueden integrar en su sistema de valores.

Esta historia podría ser un cuento, sino fuera porque es verdad.

Estos días ha llegado a mis oídos, por boca de María, lo que está pasando en su colegio. El centro celebra las fiestas navideñas, se toma los días de vacaciones preceptivos, incluso, dedica varias horas lectivas a un festival que de navideño sólo tiene el título y el hecho de que, como colofón, llegan los Reyes Magos. Por respeto a la diversidad y al laicismo, el director suprime los aspectos que menos le interesan de la Navidad. A cambio, los padres, les guste o no, se tragan tradiciones foráneas como, por ejemplo, ‘Halloween’ que, ya se sabe, no puede faltar en ningún colegio ‘moderno’ y ‘bilingüe’.

Me pregunto si no se estará cayendo en el absurdo. Si algunos centros no estarán haciendo de su capa un sayo aplicando normas de dudosa lógica. Prohibir no es la solución, como tampoco lo es el adoctrinamiento. Sí lo es ofrecer información a los niños sobre las diferentes religiones, dar alternativas a quienes no desean celebrar la Navidad, vivir con naturalidad las costumbres y tradiciones, educar a los niños en el conocimiento de sus raíces. Porque sólo desde la formación es posible tomar decisiones fundamentadas y consecuentes.

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'María Luisa', de Lebeña
Montse Ferreras 17-12-2015 | 12:14 | 0

Por un momento, María Luisa desvía su atención .-“Disculpe, tiene que pagar un euro por visitar la iglesia”. Su voz tintinea, ni siquiera suena. Todo en ella parece dulce e inocente. Es menuda, el pelo color carbón, los ojos dos chinitas de ónix negro que revolotean intermitentes. Mece el móvil entre sus manos y lo consulta a ratos para enseñarme alguna que otra foto: trofeos instantáneos de visitantes ilustres.

María Luisa es la guía de Santa María de Lebeña y, como no podía ser de otra forma, también es oriunda del pueblo. Su madre antes que ella se encargaba de abrir y enseñar el edificio hasta que hace unos años le tomó el testigo. Desde entonces, la iglesia se ha convertido para ella en sus ventanas al mundo; lucernas a través de las que ve la vida pasar, conversa, recoge impresiones y las entrega. Santa María de Lebeña la coloca en bretes insospechados, como aquella ocasión en la que el Nuncio Papal, Renzo Fratini, vino a Cantabria con motivo de la conmemoración de la Bula Papal a Santo Toribio de Liébana. -“María Luisa, ¿vas a ir a Santo Toribio a la misa que va a dar el Nuncio del Papa?”- le preguntó una vecina. -“No puedo, tengo que abrir la iglesia”- contestó ella algo decepcionada. De esto, hace ya tres años y, sin embargo, María Luisa lo recuerda vívidamente: ” Así que no pude ir, pero ¡quién me iba a decir a mi que iba a estar yo aquí con el obispo y con el Nuncio! Los tres solos. Qué situación. Vinieron a visitar la iglesia”.- María Luisa lo cuenta y sonríe al mismo tiempo, feliz y, aún, incrédula.

Se balancea, va y viene sobre sus pies. Parece deseosa por contar pero, a la vez, da signos de no querer molestarme. Sin embargo, yo la animo; la presto, silenciosa, mis oídos y, de vez en cuando, conduzco su monólogo con alguna pregunta. “Como aquella vez que vino Vargas Llosa…” -continúa la guía- “Vino con Carmen Posadas. Qué mujer más agradable. Él no lo era tanto. Quería estar a su aire, que no le molestaras…” -María Luisa deja las palabras suspendidas en el aire y sugiere, sin siquiera nombrarlo, que al nobel peruano, recientemente nombrado ‘marqués’, le pesan demasiado los premios y los honores o, que en el mejor de los casos, buscaba entre los muros milenarios inspiración para alguna de sus novelas.

Y así, de la manera más caprichosa, se cuelan en su iglesia personajes variopintos -“El otro día estuvo aquí Carmen Machi. Con lo despistada que soy, ni me había dado cuenta. Venía con otros actores. Todos muy majos y muy sencillos. Es que esta gente quiere disfrutar así, tranquilos, como todo el mundo”- y me muestra en el móvil la foto que se hizo con ellos en la puerta de entrada; en el mismo lugar que después se hará también una conmigo; sólo que, en este caso, soy yo quien se la pido.

María Luisa, guía de Santa María de Lebeña,El éxito de María Luisa radica en su naturalidad y en el amor con que explica las virtudes y secretos de Santa María de Lebeña. No me equivoco si digo que los condes de Liébana, don Alfonso y doña Justa, no hubieran podido imaginar mejor anfitriona. Se gana al visitante con su inocencia infantil y le muestra el edificio como si fuera una hija pequeña. “Dicen -explica divertida- que don Alfonso Díaz mandó levantar la iglesia para albergar los restos de un santo y, como los monjes no se los daban, robó los de Santo Toribio del Monasterio de San Martín, que entonces se llamaba así, pero los devolvió por miedo a que Dios le castigara”.

Me fascina que no vomite las palabras. No es una guía al uso. Da la sensación de un anfitrión orgulloso que te muestra su casa. -“Un día vino un señor y me preguntó: ¿Qué es lo que concede la Virgen a cambio de las monedas que le deja la gente ? Hijos, le contesté yo. Es la Virgen de La Buena Leche y las mozas, cuando se van a casar, vienen a pedírselos. Y ¿sabes lo que hizo? -me preguntó entre risas- ¡le quitó el euro que le había puesto! ¡Que de eso no quería, decía!”-.

Adoro a este tipo de gente. A la que vive con orgullo lo propio, a la que hace de la sencillez su mejor carta de presentación. Y es que, con los años, me doy cuenta de que lo más valioso de las personas es que sean ellas mismas. María Luisa me cuenta un secreto más -en realidad- nos lo cuenta; a mí y al resto de visitantes que asisten a sus explicaciones como quien está sentado en una butaca escuchando un monólogo del Club de la Comedia: entregados, sorprendidos y divertidos. -“Don Alfonso y doña Justa edificaron la iglesia junto a un tejo, entonces se decía -la misa en la iglesia, el concejo en el tejo-, y junto a él plantaron un olivo, el árbol típico de Andalucía, origen de doña Justa”- y continúa- “pues bien, hace unos años quiso la mala suerte que un rayo tirara el tejo. Pero ya saben lo que dicen, que si una rama no muere, el árbol está vivo y hay una persona del pueblo que está cuidando una de sus ramas para replantarlo en el mismo lugar”-.

Con estas y otras historias como la de San Roque y el Perro, ameniza María Luisa, por un pírrico euro, la visita a nuestra joya del mozárabe. Existen muchas y variadas páginas escritas sobre las virtudes de Santa María de Lebeña -en este post os he dejado un enlace- pero me parecía redundante volver a escribir sobre lo que tanto se ha dicho. He preferido esbozar la vida dentro de sus muros. Trazar a pinceladas en la imagen de María Luisa su día a día y el de tan genial anfitriona. Quiero, desde aquí, dar las gracias a María Luisa por ser tan generosa conmigo y entregarse a la charla amable más allá del euro que pagué por entrar a su casa.

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Santa María de Lebeña
Montse Ferreras 17-12-2015 | 12:07 | 0

Santa María de Lebeña siempre está ahí. Te mira de reojo, desde su vergel, en medio de un embudo montañoso que la sitúa en los confines de la nada y, al mismo tiempo, en el centro de todo. Su torre del siglo XVIII y sus tejadillos del X se asoman curiosos entre las ramas de los árboles, reclamando, elegantes y despistados, la atención del viajero. La iglesia -abismada por la calma del entorno y agarrada a la tierra desde hace mil años- está instalada en plena Edad Media. Al menos, esa es la sensación que te transmite a poco que cierres los ojos y trasvases con la imaginación las fronteras espaciotemporales.

Hoy he estado en Santa María de Lebeña. Hoy he tenido esa sensación. Hoy he cerrado los ojos y he palpado las hojas que adornan sus capiteles corintios. Hoy he vuelto a sentir un escalofrío al pensar que otras manos y otros ojos se posaron hace cientos de años sobre ellas. Y que pasados otros cientos, me convertiré en una sombra más de cuantas han dado vida a esta iglesia.
Recomiendo al caminante que cuando Santa María de Lebeña lo reclame, pare, pero que lo haga de verdad. Que se concentre en su silencio. En sus arcos de medio punto, en los de herradura. En su losa de signos visigodos que hablan de un lugar en el que también se rindió culto al sol. En sus esculturas. En la cruz griega de su estructura. En sus altas bóvedas. En sus santos, en su retablo y en su Virgen de la Buena Leche. Que se concentre, en definitiva, en su personalidad: sobria, pero acogedora; tan hermosa como le concede su sencillez; ecléctica. Probablemente, algo de ella se le quedará enganchado al alma.

Ahora, sentada frente al ordenador, cuando aún no han transcurrido cinco horas desde mi visita, todavía saboreo su recuerdo. Por unos minutos, me ha parecido estar más cerca de la iglesia que edificaron y vivieron los condes de Liébana, Don Alfonso Díaz y su esposa, Doña Justa. He querido descubrir entre sus paredes a los mamposteros y en lo alto, tras el ara, al párroco aleccionando a los lebaniegos.

No es cuestión de fe, de religión, ni tan siquiera de historia. Es una sensación personal de estar en conexión con algo más profundo. Una secuencia vital -la de Santa María de Lebeña- que nos une, en un suspiro, a personas tan distantes como las que vivieron en el siglo X y siguientes, y a las que habitamos ahora. Es el sentimiento de que esos muros, en apariencia inertes, tienen más vida que una misma. Que cuando faltemos, seguirá tomando prestadas las vidas de otros transeúntes para cobrar sentido.

Ligada a esta historia está la de María Luisa. También a ella la conocí hoy. Es su anfitriona. La mejor juglar que los condes hubieran deseado para su iglesia. Pero esa historia, como todas las que merecen la pena, necesita también su propio espacio. Os la contaré en el siguiente post. En él , a través de las palabras de esta especial guía, hablaremos de rasgos más prosaicos, como el hecho de que estamos ante la joya mozárabe cántabra por excelencia. Sin desmerecer, claro está, a la iglesia de San Román de Moroso en Bostronizo.

Feliz semana. Espero que el post os haya inspirado tanto como a mí mi visita a Lebeña.

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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.