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Dejarse ir
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Montse Ferreras | 29-01-2017 | 22:25| 3

Estoy en el patio de butacas, una pequeña sala del teatro de Escena Miriñaque en Santander. Probablemente, estamos cien personas, puede que más, seguro que menos. Un grupo reducido si se compara con el aforo de la Sala Argenta. Sin embargo, nunca la más orgullosa de las salas del Palacio de Festivales me hizo sentir así; ni siquiera cuando vi el Lago de los cisnes del  Bolshoi. La sensación de privilegio. De estar viviendo un momento único y diferente, al margen de la rueda mecánica y rutinaria de la ciudad.

La propuesta de Alberto Pineda es ‘Surcos’ una pieza de Danza Contemporánea en la que invita a sentir, a viajar, a ‘dejarse ir’… Me intriga qué es lo que consigue que un bailarín clásico, que ha pisado escenarios tan imponentes como la Scala de Milán o el Zenith de París, entre otros muchos, se salga de la ortodoxia del Clásico para habitar terrenos menos explorados y, seguro, más incomprendidos como los de la Danza Contemporánea. Que transitan en las lindes entre la profesionalidad que él atesora y la bisoñez de quienes provienen de mundos diferentes a los del ballet. Pronto caeré en la cuenta. No es sólo que sea terreno abonado para la creatividad es que, únicamente, cuando se domina con maestría un lenguaje se está en disposición de romperlo. Es un viaje de ida y vuelta en el que, es en el retorno, cuando se recogen los más provechosos frutos. Alberto se afana por habitar el cuerpo. A mi modo de entender, por atrapar la esencia. Es como intentar captar en una partícula la inmensidad del cosmos; como quintaesenciar un sabor; como apresar un instante.

No aspiro a que tú, lector, lo entiendas. Puede que lo hagas, ojalá. Pero, también, sé que hay muchas probabilidades de que no ocurra. Por eso, el aforo de la sala Miriñaque es de 100 y no de 1200 como la Argenta. Y, también, por eso, me siento privilegiada… No aspiro a comprender la lógica del creador, pero sí, en lo más terreno, disfruto ‘dejándome ir’, recreándome como una voyeur en el placer de la experiencia, rescatando pasiones dormidas durante años, como la danza.

De repente, se apaga la luz, todo se va a negro. De repente, una tímida mancha blanca se arroja violenta sobre los bailarines. El resto, en penumbra. De repente, el movimiento, la sonoridad, lo irracional, te atrapan -dejas de pensar- y es, en ese momento, cuando ‘te dejas ir’, comienzas a sentir. Cuando, como dice Alberto Pineda: comienza el viaje. No importa el argumento. No interesa la historia de Odette y del príncipe Sigfrido. Eso es lo de menos. La cuestión es hasta qué punto hay comunión entre el bailarín y el público.

Para mí, esa comunión es un rencuentro con mi juventud, incluso, con mi infancia. En mi viaje de ida y vuelta me he reencontrado con la danza. Porque creo que llega un momento en la vida en el que te das cuenta ‘de qué va ésta’.

Es a lo que se refiere Hemingway cuando dice que “El hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. A ello se refiere el filósofo chino Lao Tse cuando dice: “Cuando dejo ir lo que soy, me convierto en lo que debería ser”. Tal vez, es eso lo que le sucede al Alberto Pineda bailarín con su apasionado viaje por la Danza Contemporánea. Sin duda, es lo que me sucede a mí con mi rencuentro con las cosas sencillas, con las pasiones de infancia… He regresado a ellas con la experiencia que van dando los años y con la certeza de que sólo cuando te dejas ir, con naturalidad y sin dobleces, sale lo mejor de ti mismo.

Gracias a Alberto Pineda por su concepción de la danza, por permitir al público hurgar descarado en su obra, preguntar, opinar e, incluso, tratar de comprender.

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Cibersexo
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Montse Ferreras | 14-01-2017 | 21:55| 2

Abre la boca, grande, amplia, descomunal. Una boca en la que podría caber cualquier cosa; casi, si me apuran, un animal entero. Pero la imagen que a mí me sorprende es la de un fajo de billetes engullido por los intestinos de la máquina. Ni un gracias, ni una sonrisa, ni un firme usted aquí. Es una mala pesadilla. Una imagen de película mala, de esas que auguran un futuro dominado por las máquinas, pero que tienen poca fortuna a la hora de transmitirlo de forma creíble en la pantalla. Sin embargo, la manera en la que yo lo vi fue, tan crudamente real, que sentí el zarpazo de un déjà vu. Un extraño ‘haber pasado por aquí antes’, sin, obviamente, haberlo hecho ¿Me habré metido yo en la máquina del tiempo de Wells? Tanto si lo hice como si no, desde luego tuve una impresión bastante clarividente.

Detrás de mí, esperando en la fila del cajero, después de haber visto cómo a mi vecina le tragaba un fajo de billetes una máquina que abría su inmensa boca de metal, oigo la conversación entre dos mujeres; una de voz dulce, otra, ligeramente atimbrada. La primera lanza constantes dudas y preguntas, la otra, siguiendo un protocolo ordenado -como lo son todos: estereotipados y ordenados- trata de indicarle cómo actuar. Me giro, curiosa, ante tal embrollo de infructuosas indicaciones y me pasmo. ¿Con quién habla la mujer? ¿Me he vuelto loca ? ¿Donde está la otra? ¡Ups! Qué torpe. La tengo en frente. Es gris, de acero inoxidable, voluminosa, de afiladas aristas. Le está indicando a su clienta cómo gestionar unos recibos pulsando los botones que tiene adosados en la barriguita.

Salgo del cajero taciturna. Llevo conmigo una sensación de embotamiento. Un mirar para atrás con la vista perdida tratando de comprender, pero sin hacerlo… Otra máquina en la sala de espera del banco, antes del episodio del cajero, ya se había equivocado al dar los turnos y me había tenido esperando 45 minutos, sin que la asesora, la de la mesa 7, la que me había adjudicado la maquinita, hiciera nada para contradecir a la diosamadre tecnológica que ahora controla todo el edificio.

Y con esa impresión: la de que el mundo se está deshumanizando a pasos agigantados ante nuestros ojos impávidos, subí al coche. Comencé a reflexionar entre las esperas ante los semáforos y el trayecto amable por la ciudad. Un vehículo me rebasa con dos niños en los asientos traseros, adheridos a los reposacabezas de sus papás llevan dos tabletas. Por la acera, dos amigos caminan a la par, uno al lado del otro, consultando los dos sus smartphones, paradójicamente, viviendo momentos distintos y distantes.

Pienso entonces en lo que a mí me hace feliz: charlar con mi hija, leer y comentar lo leído, tomarme una cerveza con amigos, salir a pasear con mi marido, comer en familia, hacer una ruta y explorar el entorno, viajar y conocer lugares y gentes nuevas, escuchar música en vivo, ver una función en el teatro… Todo, absolutamente, todo, requiere de ‘otro’, ‘otra’, ‘otros’. Y es que, estoy convencida, de que las relaciones humanas son las que nos hacen realmente felices. El resto es sólo un espejismo de la sociedad de consumo.

En eso estoy cuando llego a casa y, como de costumbre, enciendo la radio. Extrañamente, hay días en los que todo remite al mismo asunto. Un bucle que te lleva al principio. El locutor me traslada a la boca: insaciable, juguetona, llena de deseo.

“Se trata de un dispositivo móvil que permite practicar sexo a distancia. Colocas tu boca sobre una pieza de silicona, la besas, la lames, la estrujas y, al otro lado, a cientos de miles de kilómetros, un partenaire se deleita ante los retorcimientos de la goma”. Al parecer, aún se puede completar más la experiencia. Si se quiere, incluso, darle un toque romántico. Es posible comprar un anillo que, gracias a una APP y a la conexión bluetooth, permite escuchar los latidos de la pareja.

Así es. Esa misma cara se me quedó a mí. Y en ese momento me vino como un torrente a la cabeza la boca de metal engullendo billetes, la señora pidiendo instrucciones a un cajero, la enamorada escuchando los latidos metálicos del móvil y el caliente enamorado calentado con fruición el gelatinoso látex.

En definitiva, una vida de máquinas en la que el tiempo y el espacio se apuran al máximo intentando atraparlos, con la paradoja de que, cuanto más corremos, cuanto más apuramos, más se nos escapa la vida. Se nos anestesian los sentidos, la capacidad de decisión, la facultad de experimentar. Llegará un momento -sin tardar mucho; probablemente ya está llegando- en el que lo artesano, el trato humano, el detenimiento, serán privilegios muy caros, al alcance sólo de quienes se encuentran en lo alto de la pirámide (feudal) del capitalismo.

¿Qué por qué el título de “Cibersexo”, me preguntas? Porque el cibersexo es la máxima expresión de deshumanización a la que puede llegar el ser humano… El paradigma del aislamiento. La antítesis de su esencia: el hombre es un ser social. La trampa del capitalismo. La enfermedad terminal de la felicidad.

Sólo en compañía se puede ser feliz.

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Las Campos
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Montse Ferreras | 31-12-2016 | 12:21| 2

Me gustaría poder decir que lo vi, zapeando. Me gustaría ‘nadar y guardar la ropa’. Pero, como también dice el refranero, ‘sin sacrificio no hay victoria’, así que sacrificaré, por tanto, mi identidad digital, y dejaré testimonio en la red de que el pasado martes puse Tele 5 para ver el reality, documental o como quieran llamar a ese sucedáneo televisivo que muestra sin pudor y grandes dosis de horterismo la vida de Las Campos. Pero, sin duda, lo peor de todo es que me perdí la caída. El momento en el que ‘Terelu’ casi deja los dientes sobre la mesa. Aqui os dejo el enlace: http://bit.ly/2hCNfvz

Bueno, pues chascarrillos aparte, twitter hace tres días se volvía loco pidiendo la reaparición de María -la empleada de María Teresa Campos a la que en la anterior entrega, llamaba a golpe de campanilla y con entonación más propia del siglo XIX que del XXI-  y criticando, de nuevo, los modos de ‘Terelu’ para con las chicas que servían la mesa. Baste decir que, semejante despliegue de catetismo, tenía locos a los twiteros.

En este capítulo, las empleadas aparecen con el rostro pixelado, no vaya a ser que cobren el mismo protagonismo que María, y atienden a los ‘señores’ al tiempo que ‘Terelu’ engulle, encorbada como Cuasimodo sobre su plato y con restos de comida en el labio inferior, y pide maleducada más vino. La escena -vista, incluso, a través del televisor- produce grima y recuerda las mesas medievales en las que gordos señores desgajaban a bocados una pata de cerdo o un muslo de pollo gigante. En este caso, la pequeña de las Campos se las tenía que ver con una triste cigala, pero aún así, lo más delicado que había en la mesa eran el mantel y las servilletas. Ante esto yo me preguntaba el por qué  de que alguien deje que muestren esa faceta tan grosera de ella;  pronto caí en la cuenta de que ‘Terelu’ -la misma que permite que la llamen en público con un diminutivo infantil y familiar- está cómoda en el papel de niña malcriada a la que se le ríen gracias que no la tienen.

Qué contraste, dios mío, el que había entre los pretendidos señores y las inseguras trabajadoras. Su actitud sumisa y taciturna dejaba claro al espectador que en esa casa los errores no caen en saco roto. Los modos de la madrastra y de sus hijas -porque a mí me recuerdan a las protagonistas secundarias de La Cenicienta- dejaban entrever unas relaciones sociales que más tienen que ver con tiempos pretéritos y entornos provincianos que con gente mínimamente educada y con valores.

Ese rollo de rendir pleitesía, ese mostrar ‘casoplones’ que dan cobijo a una persona y tres empleadas del hogar, ese comer grosero, ese alardear de ‘señor’ comportándose peor que un ‘asno’ (pobre asno…), ese llorar en la televisión por una pizca de reconocimiento sin tener siquiera la carrera de periodismo (tal es el caso de Terelu), ese envolverse en ropa cara como si fueran papeles y lazos de regalo, ese mostrar sin pudor alguno la abundancia enmedio de un país en el que 12 millones de personas están en riesgo severo de pobreza (son datos de la UE), ese enseñar al novio de turno (Bigote Arrocez), chulo de profesión y vividor de apellido, ese coro de amigas pijas que gorgojean sus reflexiones sinsustanciadas como si fueran mantras, ese cocinar removiendo el puchero que ha preparado tu asistenta, ese caminar pesado y torpe fruto de la vagancia y la sobrealimentación…, todo eso y mucho más es lo que me parece obsceno.

Se trata de una televisión que -lejos de cumplir con la deontología profesional: debemos informar, formar y entretener-  ’desinforma’, ‘deforma’ y ofrece un entreteniemiento barato y mediocre. Todo ello revestido por comentaristas que trufan su discurso con jerga periodística: ‘titular’, ‘fuente’, ‘off the record’, y otras  expresiones de nuevo cuño: ‘me consta’, ‘no me consta’, en un intento por otorgar a aquello de dignidad. Flaco favor le hacen a esta profesión ya de por sí, en los últimos tiempos, famélica….

Pues bien, fruto de esa televisión tenemos ‘Las Campos’. Tele 5 sigue rindiendo pleitesía a la reina de las mañanas, de las tardes… Un personaje camaleónico que trata de seguir gobernando en un reino que ya no es el suyo, a riesgo -como le pasó al personaje de Hans Christian Andersen en el ‘Traje nuevo del Emperador’- de pasearse en cueros delante del respetable sin que nadie sea capaz de decirle el espantoso ridículo que está haciendo.

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Feliz Navidad desde el Mirador de Santa Catalina
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Montse Ferreras | 29-12-2016 | 15:13| 2

Escribir es terapéutico y yo ya lo iba echando en falta. Me gustaría pensar que tal vez tú, al otro lado de la pantalla, también lo hayas hecho.  Que, al menos, una sola vez, has girado la ruedecita del ratón buscando en la sección de blogs mi última entrada. Y yo, vanidosa, he creído que has echado en falta mi ausencia.  Y ese sentido de la responsabilidad, ese orgullo -tal vez, mal entendido- me han hecho pensar que te fallaba.

Pero escribir, al menos como yo lo entiendo, más allá de juntar letras -aunque, supongo, que en ocasiones lo haga- significa zurcir ideas, sensaciones y sentimientos, arrancarle la corteza a la vida cotidiana y, eso no siempre pasa; no siempre estamos con la disposición de ánimo de reposar en cada una de las estaciones del alma.

Pienso en Unamuno y en la intensa relación que tenía con sus lectores, la manera en la que lo acompañaban en su viaje intelectual y espiritual, y siento añoranza de lo que no conocí. De un periodismo intenso, de una escritura sólida, de un expresarse con compromiso, más allá del juntar letras… Y busco en mi humilde mochila algo que se le parezca. Y sólo cuando encuentro el tema lo pongo sobre la mesa y trato de cincelarlo, una y otra vez, hasta que resulta la mejor versión de ambos; del texto y de mí misma; de lo que pueda ofrecerte sin sentir que te falto al respeto.

Pienso y repienso, y sólo cuando dejo de hacerlo, comprendo que el mejor menú que tengo para ti es mi último paseo. Y desde mi escritorio, con los rayos juguetones del amanecer colándose por la ventana y los árboles moviendo saludadores sus quimas- vuelvo la vista a mis recuerdos. Ahí están el desfiladero de La Hermida, los mil y un verdes, los tímidos grises de la montaña, el río cantando a coro con los pájaros, el crujir de las hojas marchitas, las castañas cobrizas y provocadoras esparciendo sus tesoros por el suelo… Me quedo a solas conmigo, con ellos.

Respiro hondo y, de nuevo, me sorprendo. Cantabria es puro hedonismo. Placer por placer. Voluptuosa, exuberante, variada, colorida… Te invita a comerte la vida a bocados. A morderla y a dejar que sus jugos resbalen por tu mejilla. A saciarte. A masticar con gula. Por eso, me parece grosera la imagen de los niños en el centro comercial, comiendo una hamburguesa de nombre yanki, sentados en una cafetería entregándole su vida a una tableta mientras papá y mamá se la entregan también al asfalto… Prefiero contemplarlos en la montaña, manchándose de tierra o de barro,  imaginando qué parece ese tronco caído, asustándose de una cabra, fotografiando una seta, recogiendo un puñado de castañas… y al final de la ‘experiencia’ -y recalco lo de ‘experiencia’- comiéndose un bocadillo de tortilla y un filete empanado de los de toda la vida; tan poco sofisticados y tan llenos de autenticidad, que avergonzarían al mismísimo McDonald y más baratos que la ‘hamburguer’ a un euro.

Y así voy -poco a poco, pensamiento a pensamiento- cubriendo los 800 metros de desnivel que me separan del mirador de Santa Cantalina. A mi lado, junto a los pájaros, las bóvedas arboladas y las decenas de sombras imaginarias del bosque, los niños. Les cuesta subir. Yo los contemplo orgullosa. Porque sé, que cada paso y cada esfuerzo, lo trasladarán a la mesa de estudio, a las obligaciones diarias… Porque creo que el reto cumplido les llenará de satisfacción. Porque sé que sólo lo que nos cuesta lograr, realmente nos llena de orgullo.

Y así cumplimos el trayecto. Una ruta hermosa de doce kilómetros y 700 metros de desnivel que ofrece, en lo alto, la vista más espectacular del desfiladero de la Hermida. En la que puedes dejar volar la imaginación hasta la Edad Media, hasta los tiempos de la Reconquista. Porque en la cima, la Bolera de los Moros lo recuerda.

¿Qué cual es la leyenda?

Te voy a dejar con la intriga. Si quieres conocerla sólo tienes que subir al mirador y leer el cartel que lo explica. A cambio, te prometo un día de sensaciones inolvidables. Para llegar sigue las siguientes indicaciones: pasada La Hermida, a un par de kilómetros en dirección a Potes, hay un pequeño entrante a la izquierda, justo al lado de un cartel que pone ‘Ruta de las Agüeras’. Desde ahí parte un sendero. Si con estas indicaciones no te queda claro, te dejo el enlace a wikiloc: https://es.wikiloc.com/rutas/senderismo/espana/cantabria/navedo

Feliz 2017. Feliz año repleto de experiencias, retos, sueños por cumplir y salud para luchar por ellos.

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Hay gente muy cerda
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Montse Ferreras | 03-09-2016 | 08:53| 22

¿Cómo se escribe un texto para hablar de la basura que la gente tira sin avergonzarse en los lugares públicos?

Al principio, pensé en un texto metafórico, en el que Peña Cabarga, prácticamente sola todo el año, recibía acogedora cientos de invitados con motivo de la Vuelta Ciclista. Pero, tras el paso de la marabunta, lloraba desconsolada  por el trato desagradecido de estos. Se marchaban sin mirar atrás, sin despedirse, dejando decenas de latas de refrescos, bolsas de basura y papeles a lo largo de sus seis kilómetros de subida.

Luego imaginé un post al estilo de Arturo Pérez Reverte, en el que el periodista, cronista de guerra, ahora Académico, se cagaba en todo lo que se menea por la cantidad de cerdos que hay en este país.

Finalmente, pensé que ni lo uno ni lo otro, pero sí, que debo llamar a las cosas por su nombre, y por eso digo -haciendo gala de la misma desvergüenza de esos que se dedican a tirar su basura impunemente- que: ¡hay gente muy cerda! y, ya de paso también, ¡muy insolidaria!

Llevo tres meses -justo los de playa- trabajando gratis de basurera, lo cual, no me importa, pero sí me avergüenza. Porque no entiendo cómo alguien puede marcharse sin recoger su basura ¿Es que piensan que hay duendes nocturnos trabajando para limpiar los arenales? Y si no piensan eso, todavía peor. Si no les importa que esa lata, esa colilla, ese papel de aluminio del bocata, esa bolsa de plástico, esa botella… acaben en medio del Atlántico creando un continente de mierda que mata a las especies y arruina el ecosistema, entonces, si nos les importa eso…. Aún me lo ponen peor.

Llevo tres meses indignada, aquí, en Cantabria y también en Baleares; y digo estas dos costas porque son las que he visitado este verano. A poco que remuevas la arena salen montones de colillas y, en el caso, por ejemplo, de Formentera, montones de residuos plásticos pequeños como tapones de botella. La cuestión es que a poco que te fijes podrías estar toda la jornada playera recogiendo basura. Yo procuro tirar la que me encuentro y, afortunadamente, hay personas que hacen lo mismo. Escribo este post para que se le caiga la cara de vergüenza, si alguno que lo está leyendo lo hace.

La última me sucedió el pasado jueves con motivo de la Vuelta Ciclista a España en su subida a Peña Cabarga. El ascenso y el descenso lo hice a pie. La subida, jalonada por furgonetas de helados e improvisados campistas con su bocata y sus birras en la mano, la bajada con montones de latas y bolsas de basura en las cunetas. Luego, pensaba: la montaña está todo el año prácticamente sola, con la salvedad de un puñado de ciclistas y corredores, y algún turista despistado, ofreciendo una de las vistas más preciosas de la comunidad y, en un suspiro, escasas cuatro horas, nos brinda un escenario de excepción para este evento deportivo; un escenario del que me siento orgullosa y que me hace feliz que millones de personas contemplen a través de sus televisores. Pero después, veo esa basura… y reflexiono a cerca de lo contradictorio que es que cientos de personas vayan a la montaña a vivir la pasión de un deporte y dejen su mierda para deterioro del entorno por años y años….

Recordemos una vez más y demos ejemplo a nuestros niños. Esto es lo que tarda en degradarse la basura:

De 1 a 2 años. Colillas.

5 años. Un trozo de chicle.

10 años. Una lata.

200 años. Una zapatilla de cuero.

Entre 100 y 1000 años. Una botella de plástico.

4000 años. Una botella de cristal.

Y suma y sigue. Googleando un poco se encuentran estas y otras cifras y estudios aún más completos.

Para muestra os dejo algunas de las fotos que tomé al término de la subida a Peña Cabarga  de la Vuelta Ciclista a España el pasado jueves.

 

 

Oye… ¡Qué bonito el mar! ¡Qué bonita la montaña!…
¿A que sí?
Pues preservémoslo.

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Los ganaderos del mar
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Montse Ferreras | 28-08-2016 | 10:59| 2

Cantabria tiene poesía en cada uno de sus paisajes y tradiciones, flotando en el agua, adentrándose en sus bosques y paseando sus prados. Lástima que esta tierra agradecida, tan rica como para que olvidemos muchos de sus tesoros, no sea motivo de estudio en las escuelas. Espero que nadie vea en estas líneas introductorias un golpe de pecho o una mirada chovinista; todo lo contrario: lo que hay, es un suspiro desencantado. Espero, algún día, dejar a mi hija como herencia: ‘raíces’ y ‘alas’. Un lugar desde el que volar. Un tronco fuerte desde el que partir, construir y al que volver en caso de necesidad. Así me gustaría a mí que fuera Cantabria. Una madre orgullosa de la que conociéramos todo, hasta el último pliegue de su falda. Un orgullo en el pecho y una fuente de sabiduría, porque para edificar, es imprescindible tener cimientos.

Reconozco, sin vergüenza aunque sí con pudor, que este fin de semana, he conocido a los ganaderos del mar. Y como yo, supongo que haya más de uno. Por eso, me he decidido a compartir un par de fotos y a transcribir un puñado de datos que me contó un paisano en San Vicente de la Barquera. Y aprovecho para decir que la charla, amable, abierta, sin trastienda, es fuente inagotable de buenas historias y de conocimiento. Y que hay mil mundos ahí afuera dispuestos a hablarnos a poco que pongamos la oreja…

Un ojo foráneo y, como veis, uno autóctono también, se lleva a engaño. En la cima de la loma que lame el acantilado, como hormiguitas si las espiáramos a vista de pájaro, estos monstruos de hierro se apostan codiciosos esperando a que el sol se retire a su refugio de poniente. Cuando la mar rompe y arranca la ocla , también conocida como caloca, el ocle en Asturias, descienden al arenal a recolectar este precioso tesoro marino.

 

Los tractores, aparcados en el prao, en hilera, parecen estar esperando la recogida del verde, provistos de largos ganchos a modo de bieldos mecanizados. El caso es que -como suele suceder- la ignorancia me engaña, pero la vista no. Es justo eso. Grandes rastrillos destinados a atropar, en esta ocasión, no la comida del ganado, sino las algas que el mar arranca rabioso. Un oro encarnado que ha llegado a pagarse a dos euros el kilo, de los miles que cada recolector consigue cada temporada; más o menos, de septiembre a diciembre. Hierbas molestas para los bañistas con destino a la farmacia, la cosmética, la alimentación e, incluso, la industria textil.

Me cuenta mi improvisado confidente, el mismo que repara el motor cansado de uno de estos buscadores de tesoros, que al atardecer, cuando la playa se queda sola, despliegan sus ganchos de entre ocho y diez metros, y sumergen sus pantorrillas de caucho hasta más arriba de la cintura. Los conductores adosan a sus máquinas, chimeneas que se elevan como periscopios un par de metros más de lo usual, para evitar así, que en la recogida de aire les entre agua al motor. No es que la vida de estas bestias sea larga pero, al menos, sobrevivirán dos temporadas, permitiendo a sus dueños amortizar sobradamente la compra.

Los de la ocla  son una familia bien avenida. Con la misma fiereza que se lanzan a la recolecta, detienen la faena y, todos a una, prestan ayuda si alguno se queda embachado. Tomás -llamemos así al mecánico que se somete amigable a mi insolente interrogatorio- rebusca entre el baúl de sus recuerdos aquellos que conectan con su juventud más tierna “Antiguamente, se hacía todo a mano. Yo iba con mis padres, el carro y la pala de guinchos. Entre dos tíos se pasaba una red y luego se cargaba la ocla en el carro”. Intuyo que la faena era muy dura, sin embargo, en las palabras de Tomás hay un deje de nostalgia, orgullo y romanticismo. “Ahora no es trabajo. Vamos… lo es, pero se hace todo con máquinas”. Tomás, como las gentes duras de nuestro campo, entiende que lo de ahora, comparado con lo de antaño, es coser y cantar. Un coser y cantar que para la mayoría de nosotros iría mucho más allá que el uso de aguja e hilo.

Me cuenta, mientras con sus manos, teñidas por la sangre negra del motor, hurga en sus intestinos, cómo “los de la ocla”, primero sacan de la mar las algas, luego las agrupan, las cargan y las esparcen en el “prao” para que sequen. Este proceso lo hacen ayudados de máquinas que toman prestadas, muchas veces, de la ganadería: remolques, máquinas arroladoras…. Una vez secas, las algas, que cubren como una manta el suelo, se hacen lombíos y después se recogen y se llevan a los pajares. De ahí, esta singular hierba marina será vendida como exquisito ingrediente de la industria más variada.

Y esta es la humilde historia; la de cómo conocí a estos recolectores terrestres de algas -que yo he bautizado ‘ganaderos del mar’ por las similitudes de la faena, aunque el mar se tome la molestia de segar- y de cómo advertí cuántas cosas increíbles desconozco de esta tierra, cuánto tiene que enseñarnos. Y, una vez más, lo importante que es hablar con el paisano de al lado…

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Un trono de nylon y aluminio
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Montse Ferreras | 10-08-2016 | 14:36| 2

Estoy sobre la toalla, es un pareo barato, que tiene trazas de querer parecerse a uno bastante más caro que ojeé en el Corte Inglés. Éste, sin embargo, lo he rescatado de una revista femenina. Estaba abandonado como un huérfano a su suerte, ofrecido al mejor postor. Perfectamente plegado, rayado, morado y con flecos. Una etiqueta humilde ‘made in China’ lo identifica, al tiempo que lo une a una legión de hermanos gemelos. Por fortuna, está en exclusiva en esta playa.

Apoyo la cabeza sobre una almohada reciclada. Es un balón semihinchado de la marca ‘churruscadita al sol’ que parece mandarme un mensaje que no termino de entender ¿Será posible -me pregunto- que se esté burlando de mí? Y entonces comienzo a reflexionar  sobre la mala baba del balón, que me echa debajo de la sombrilla. No se lo digo, pero me alivia. Ay, qué placer. Qué fresquito. Y me río para mis adentros ¿qué ha sido de aquellos años en los que mi única indumentaria playera era un biquini, unas chanclas, una toalla y, en el mejor de los casos, un protector solar número 8?

Ahora, debajo de mi sombrilla marinera, gruesa, bien gruesa, para que no entre ni un rayo de sol extraviado, permanezco impasible entre mi legión de acompañantes: silla de playa, capazo, biquinis y bañadores a tutiplén, libros, revistas, palas, cubos de plástico y rastrillo, gafas de buceo, la neverita de la comida y un surtido de protectores solares de factor no inferior a 20. Es mi oasis. El único capaz de soportar una jornada playera con almuerzo, comida, merienda y atardecer. Para mí, el paraíso. No se me ocurre nada mejor que hacer un día de verano.

Tres sombrillas a mi izquierda, diviso una de color azul ajado con el letrero de ‘Ballantines’. No está en sus mejores horas, pero aún tiene carrete para rato.  Su color deslucido me cuenta que ha pasado muchas horas al sol. Está claro que casi tantas como su dueño. Lo veo en su silla, parece el capitán en su cuartel general. Ha plantado la tienda a primera hora de la mañana. En las coordenadas justas, en el lugar exacto. Ha probado el agua, se ha mojado un dedo y ha especulado sobre la dirección y la velocidad del viento; y ha colocado con mimo, uno a uno, cada uno de sus enseres. Son las doce del mediodía, a esta hora, tocan caracolillos, así que lo veo afanado sobre los diminutos crustáceos marinos, encajado en su cómoda silla como si fuera una segunda piel, sonriente como si presidiera una comida de gala con invitados de la más alta alcurnia, aunque en este caso visten trajes de baño y beben en vasos de plástico.

Pero mi amigo Moli está a otro nivel. Aún me pregunto de dónde saca toda su artillería playera. Lo observo atónita. Ojiplática. Sacando de su mochila un sinfín de artículos de playa y condumio, como si su bolsa fuera la de Mary Poppins. Me digo: atenta, éste es un profesional de la playa, y me propongo espiarlo hasta que me revele sus secretos.

Soy paciente, no me importa. Me tumbo, leo y, de cuando en cuando, lo miro de reojo. Uso la vieja estrategia de colar la mirada en el hueco que deja el brazo cuando te tumbas boca abajo y con él sostienes la cabeza. Nada. No hay manera. Es un rival fiero… Las tres, las cuatro, las cinco, las seis, las siete, las ocho, ocho y veinte… Ajá, empieza a recoger. ¡Esta es la mía! Y corro como alma que lleva el diablo a desenvolver mi móvil de la nube de bolsas, bolsitas y cremalleras en el que lo tengo metido. Ajá, te pillé, compañero. Este es tu secreto: la silla-mochila playera. Sí señor. Todo un invento.

Un ingenioso invento que le procura horas de comodidad y en el  que se siente todo un rey… Un trono de nylon y aluminio en el que los placeres sencillos se convierten en la clave de la felicidad durante los meses de verano. Y no es para menos, desde ella puede ver al sol caprichoso retozar con las olas;  oír el murmullo del mar que lo aleja, poco a poco y sin darse cuenta, hasta rincones inhabitados del alma; sentir la caricia de la brisa al volverle la cara;  los bocados de sabor a sal, y el mar, que unas veces lo acuna y otras le invita a jugar en un escondite debajo de sus faldas.

Sin duda, el mar es mágico, le digo. En ningún otro lugar alcanzas semejante paz al charlar con tus pensamientos, o disfrutas tanto al comer tu bocadillo después del baño. Un lugar donde se mezclan lo espiritual y lo prosaico. Los pequeños placeres y la inmensidad de las sensaciones que generan…

Y los dos convenimos, al despedirnos, la fortuna que tenemos de formar parte de ese grupo modesto, que disfruta con cosas modestas que son, para nosotros, placeres de reyes.

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Reflexiones en la Calzada Romana
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Montse Ferreras | 21-05-2016 | 19:17| 4
Salomón viste camisa de cuadros y se apoya sobre una ahijada. Tiene la cara morena y los ojos vivarachos de un niño pequeño. Salomón podría ser mi abuelo o cualquier otro de los que viven en los pueblos de Cantabria. Hoy me he encontrado dos salomones y un Gonzalo en mi ruta por Pesquera. Dos abuelos y un lugareño con las manecillas del reloj paradas y dispuestos a compartir su tiempo y sus recuerdos a cambio de un simple hola y una sonrisa franca.
Hace un par de semanas estuve por motivos de trabajo en Madrid. Justo siete días después, en la Ruta de los Puentes en Ucieda. Entonces, igual que hoy, en Pesquera, recorriendo la Calzada Romana que lo une con Bárcena de Pie de Concha, me sacudió la frase de alguien que -después de estar un mes de vacaciones en Cantabria- a su regreso a la capital, dijo: “de vuelta a la civilización”.
¡De vuelta a la civilización! Esa frase me obsesiona, y no he podido dejar de pensar en ella.
En medio de los árboles, abandonada a sus murmullos y al ingenio de sus formas; con la cámara, intentando robarle alguno de sus rincones para, luego, en casa, recrearme como una voyeur, me fascina lo perfecto que es todo. No puedo evitar pensar que si civilización es progreso, el progreso encuentra su lógica en la naturaleza; en sus formas, en la ergonomía y la dinámica de sus animales, en las propiedades de sus plantas. Y me admira comprobar lo que este entorno hace conmigo: por cuatro, cinco horas, me quedo a solas, aunque lleve otros andarines a mi lado. El bosque me inspira, me relaja y hace que mi pensamiento germine más creativo. Lo comparo con mi estancia en Madrid. Imagino la ciudad desnuda. Como si los edificios -sin paredes ni ventanas- amontonaran, piso sobre piso, vidas enjauladas. Micro-mundos de relaciones humanas en las que el otro pasa a tu lado como un fantasma. Nada es y nada llama la atención, a menos que se exacerbe.
Hoy encontré a mi primer Salomón en Bárcena de Pie de Concha. “Perdone -le dije- Queremos hacer una ruta que hemos visto en Internet y que empieza en Somaconcha”. “Internet, Internet… A tomar por culo con Internet”. No supe qué pensar. Malas pulgas tiene éste. Sin embargo, enseguida cambié de impresión. Salomón se conocía al dedillo la Calzada Romana, las pistas y el bosque de Montabliz por donde íbamos a comenzar a caminar. Lo que pasa es que en el mundo de Salomón, Internet no es civilización ni progreso. Háblame en román paladino, carajo; pareció decirme. Y el tosco hombre de pueblo, en cinco minutos, se convirtió en guía y en una buena charla. Me recordó a mi abuelo y, reconozco que, hasta por ello, me hizo dudar de sus intenciones. Cuando yo era cría, cuando un despistado paraba en casa a preguntar por dónde se cogía de nuevo la carretera para ir a Santander, él les mandaba en dirección al monte. Una pequeña travesura que a mi hermano y a mi nos procuraba no pocas risas cuando veíamos, después de un rato, al pobre incauto, desandar el camino hecho.
Mi segundo Salomón, éste sí que se llamaba así, es el de la camisa de cuadros, la ahijada y los ojos vivos como el sol más ardiente. Me lo encontré en Pesquera, al lado de la fuente, charlando con un muchacho que recogía agua en una más que usada garrafa. “¿Sabe usted por donde se va a Somaconcha?” “Sí mujer sí. Coges esta carretera todo a derecho, hasta arriba. Cuando yo era mozo íbamos por ahí al pueblo de al lado, y en marzo, que era la fiesta, nos invitaban a tomar café. Éramos como hermanos. Aunque, no creas, a veces también había sus más y sus menos. Ya sabes, cosas de mozos, pues que a dos les convenía la misma”. Y al decir esto Salomón sonreía como si la escaramuza la hubiera vivido la misma noche antes.
Ascendimos hasta Somaconcha para aparcar junto a la iglesia y comenzar desde ahí el recorrido hasta el bosque de Montabliz, descender hasta la estación de tren, enfilar luego la Calzada Romana y retornar a Somoconcha. Catorce kilómetros que nos supieron a gloria. Pues bien, en el comienzo del recorrido coincidimos con Gonzalo. Hicimos con él apenas medio kilómetro de trayecto, hasta que llegó al ‘prao’ donde tenía las vacas. Y, de nuevo, nos sucedió algo que sólo pasa en esos lugares donde las personas se detienen a conocer al otro. “Mira -me dice uno de mis acompañantes- desde aquí se ve Bostronizo”. “Anda, uno de Bostronizo conozco yo -dice Gonzalo-. Mi padre le compró unas ovejas. El Diablo.” “Sí hombre sí -responde el otro-. Yo soy de Bostronizo. El Diablo, cómo no le voy a conocer. Ese es internacional”. Y tan internacional debe ser el paisano que estoy deseando organizar una excursión para conocerlo y poder contároslo.
Por todo esto os digo, que poco veo yo de civilización en las grandes ciudades aparte de posibilidades laborales (eso sí), espectáculos, restaurantes y tiendas de toda índole que -dicho sea de paso- son sólo accesibles si, como decía Carlos Goñi, tienes el maldito dorado.
Así que me quedo con mis Salomones, mi Gonzalo, mis bosques y sus secretos. Algo que esta tierra nuestra derrocha manirrota. Y me reafirmo en mi idea de que Civilización no es un concepto ligado -necesariamente- a la ciudad.
Monte de Montabliz
Para algunos de nosotros este tronco parecía una fiera, tal vez un horrendo lobo, con otro animal a lomos. Hay quien vio una fiera atravesando a una mujer.
Sin duda, la naturaleza es la más perfecta diseñadora.
Al adentrarte en la Calzada Romana, si cierras los ojos, puedes retroceder más de 2000 años para imaginarte a las legiones transitando esos caminos empedrados.
En el pueblo semi-abandonado de Somaconcha.

Rescato este texto de entre las impresiones que me causó en otoño mi paseo por la Calzada Romana. Espero que, si aún no conocéis la zona, estas letras y la primavera os animen a hacerlo.

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Camionero y bailarín
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Montse Ferreras | 14-05-2016 | 07:27| 3

Camionero y bailarín son dos ocupaciones que al ideario colectivo le extraña, le pasma e, incluso, hasta a alguno, seguro que le golpea. El ideario es tozudo, burgués y conservador, y asocia: camionero, masculino. Bailarín, femenino. Camionero: póster al fondo de la cabina. Bailarín: afeminado u homosexual. Por eso, me encanta la historia que os voy a contar; por lo que tiene de transgresora. Por el mensaje que lanza: la vida es un sentir, un estar, un arriesgar. La vida es ser fiel a uno mismo, sin despeinarse, sin importar el qué dirán. Porque nada es lo que parece y las etiquetas sólo están bien, adheridas a los botes de conserva.

La foto fija de esta historia es corriente, pero por eso mismo, llamativa. Gabi tiene 43 años, está casado, tiene dos niñas, es camionero de profesión e hijo de camionero, natural de Riovorvo -una población cántabra de 160 habitantes- y desde el pasado mes de noviembre, bailarín de ballet clásico. Son estas últimas tres palabras las que me descolocan: “de ballet clásico”. Me pregunto qué es lo que lleva a alguien como él a apuntarse a esta disciplina. El colectivo le diría que por qué no practica baile de salón o coreografías de esas modernas. Gabi le responde indiferente y con una sonrisa en la boca: se ríe alto y claro. Lo hace cuando se calza sus zapatillas de tela negra,  se enfunda sus mallas y se anuda su pañuelo del pato Lucas a la cabeza. Lo hace cada vez que escucha a Tchaikovsky o a Stravinski. Cuando calienta antes de comenzar la clase. Cuando ensaya en casa los pasos de la función en la que intervendrá el próximo mes de junio en el Teatro Concha Espina de Torrelavega… Se ríe del ideario, pero no porque el ideario le afecte, sino porque está feliz.

Gabi estirando en una de sus sesiones de ballet

Escuché, y me gusta recordarlo de cuando en cuando, que somos quienes fuimos en el patio del colegio. Tal vez, a Gabi le suceda lo mismo y esté recuperando algo que ya le gustaba de niño. Lo escucho atenta, mientras él deja escapar un torrente de palabras. Estoy a punto de saber por qué siente esa pasión por el ballet clásico. Tiene ojos vivarachos, se expresa rápido y contundente, sin dobleces: “No sé, me gusta, siempre me ha gustado. Recuerdo cuando era un chaval y en San Cipriano sólo bailábamos otro amigo y yo”. “Mi hermana me dice que me recuerda de bien pequeño queriendo bailar. Que me gustaba. Que quizás debería haberme dedicado a ello”. Lo escucho y las piezas empiezan a encajar. “He hecho de todo. Qué se yo. Fútbol, taekwondo, kárate, taichí, el Soplao en bici de montaña… Un montón de cosas”. “Hace tres años fui a ver a mi hija pequeña a su función de ballet y me encantó. Al año siguiente se animó la mayor. Fue entonces cuando comencé a plantearme apuntarme también yo. Así que este año estaremos en el escenario los tres juntos”.

Gabi con sus hijas, Gabriela y Alba.

Los imagino a los tres en casa, preparando sus bolsas para la clase. Los imagino en la academia de baile, juntos y a la vez separados, concentrados en el rond de jambe , en el arabesque. Pero, sobre todo, contemplo la magnífica lección de vida que Gabi está dando a sus hijas; enseñándoles lo importante que es ser uno mismo; disfrutar al máximo con lo que a uno le gusta, sin absurdos complejos y llevando como bandera la autenticidad.

Alumnas y compañeras de clase de Gabi en la Academia Ana Serna de Torrelavega

Gabi ha encontrado en la Academia Ana Serna una pequeña familia que lo ha acogido con el mismo respeto y cariño que él le demuestra al baile. Por fortuna para quienes amamos la danza, en los últimos tiempos, hay una corriente de retorno a ella. Antiguas alumnas que con 40, 50 años vuelven a peinarse el moño y a agarrar la barrar para recuperar una pasión de infancia y juventud. Otros, como es el caso de Gabi acceden por primera vez.

Probablemente, a estas alturas más de uno aún no entienda por qué Gabi practica ballet cinco días a la semana, por qué es la ilusión con la que ocupa su tiempo libre, por qué le importa menos que nada lo que puedan pensar los demás. Quizás sería necesario que le escucharan hablar: con inocencia, con naturalidad extrema, con pasión por el baile; algo que sólo puede hacer a quien le corre el gusanillo de la danza por las venas. Tal vez, esperaban una respuesta rocambolesca a la altura de la paradoja: camionero-bailarín. Sin embargo, es sencillo: ganas de vivir. Puede que el entorno rural, el contexto social o generacional hicieran que Gabi, en su día, no optara por el ballet como primera opción; quien sabe. Sin embargo, lo importante es que lo ha hecho ahora. Porque como dice Sabina en la letra de su canción: No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

Dedicado a todos cuantos viven a pecho descubierto.

Si queréis asistir a la gala benéfica en el Teatro Concha Espina de Torrelavega, el próximo 12 de junio, a las 19:00 horas, las entradas están a la venta al precio de 5 euros. Entre el elenco de bailarines encontraréis a Gabi.

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De excursión a la luz
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Montse Ferreras | 07-05-2016 | 15:41| 2

La luz es terapia de vida. Hay algo en ella que despierta las calles. Las mesas y las sillas, aletargadas durante el invierno, se desperezan para acomodar visitantes. A mí me gusta imaginar la escena como si la viera a través de un vídeo: los meses se suceden a cámara rápida y, en tan sólo unos segundos, el gris de las nubes, los paraguas, los abrigos, empiezan a desnudarse y a dejar que se cuelen parpadeantes rayos, chaquetas ligeras y, finalmente, una bóveda celeste.

Algo tiene mayo y la llegada del sol que el alma se pone en pie para recibirlo y, junto a él, las flores y los árboles. La playa, hasta ahora solitaria con la única visita regular de las olas, empieza a ponerse guapa para recibir paseantes y algún atrevido bañista. Abres los ojos y la claridad, a borbotones, te invita a VIVIR. Barruntas las vacaciones, las cañas, los paseos, los baños de sol y mar, los días largos, las risas, la ropa ligera, los colores…

Si hay algo que me gusta de los lugares que visito es su luz. Ella lo tamiza todo. Lo tiñe. Lo colorea. Cambia las sensaciones de cada lugar. Es la increíble cúpula del cielo castellano, tan límpido y elevado. Es el azul juguetón y alegre de Baleares. La luz albina del Caribe y la cálida, casi abrasadora, de Canarias. Es el tímido sol gallego, que se desmelena en las Rías Baixas. Es el verde fluorescente de Esles cuando el sol juguetea con las copas de los árboles… Esa luz de la que los pintores impresionistas -Cezzáne, Van Gogh- trataban de atrapar en el Mediterráneo.




Y me niego a creer que el frío y la lluvia no nos hayan abandonado, por mucho que se empeñen las previsiones meteorológicas, por mucho que insistan los agoreros, porque mi espíritu ya es otro y porque la temperatura, también lo es… Por eso, quiero compartir con vosotros una excursión a la luz. Muy cerquita, en Cantabria, apta para todos los bolsillos y las condiciones físicas. El monte Buciero en Santoña. Quien no lo haya visitado, aún no conoce el Caribe cántabro. Las aguas que lamen la roca no tienen nada que envidiarle a ninguna otra costa. Sólo en este paraje, sientes que el tiempo se detiene y mar y montaña, rumor de olas y brisa, sol y sombra, brincan y retozan transportándote en un paseo pleno de sensaciones.
Os dejo unas cuantas fotografías para que continuéis atiborrando la retina de luz. Si después de verlas sentís ganas de hacerle una visita al Buciero, clicad aquí; obtendréis información de las rutas que os ofrece.




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Sobre el autor Montse Ferreras
Decía Hemingway: "el hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera”. En este blog quiero compartir pequeñas reflexiones e historias con las que me voy topando, que me van sugiriendo esa sencillez de la que hablaba el escritor y periodista estadounidense.