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Autor: vidadeestosanimales
Crímenes contra animales
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Teresa Cobo | 01-02-2015 | 9:02| 0

Yegua con grave desnutrición atendida por voluntarios tras descubrirse el abandono del establo de El Churi. CELEDONIO MARTÍNEZ

Las leyes que sancionan el maltrato son blandas y a menudo se aplican con benevolencia

Hechos similares al de El Churi se han castigado como delito o como falta según el criterio del juez

 

Siempre he imaginado que, cuando todos los que hoy habitamos el planeta nos hayamos convertido en polvo y olvido, la humanidad en su conjunto considerará bárbaro y primitivo comer animales y horripilante cazarlos como deporte. Nunca lo sabré. De la misma forma que cada vez está peor visto que nos vistamos con sus pieles, también supongo que los crímenes contra la fauna acabarán por castigarse con dureza. Quizá esto sí lleguemos a verlo. Hoy desde luego no es así. Las leyes sancionan con laxitud el maltrato animal y los jueces aún tienden a aplicarlas con benevolencia. Rara vez imponen las penas máximas. Por eso es posible que la muerte de siete animales por deshidratación y desnutrición en la ‘cuadra de los horrores’ del Alto de El Churi les salga barata a quienes los abandonaron.

“Un animal que pasa tres días sin beber está muerto”, me asegura un veterinario con mucha experiencia. Es raro que lleguen a morir de hambre porque antes los mata la sed. La deshidratación causa hemoconcentración: la sangre se espesa, el corazón es incapaz de bombearla y sobreviene el infarto. Sin comer, pueden aguantar más, según las reservas de grasa que tengan. Pero si no consiguen alimentos en siete u ocho días, entran en hipoglucemia, les invade un estado de apatía, pierden las fuerzas y no son capaces de moverse.

Por esos trances pasaron los animales que perecieron en el establo de Camargo: tres perros, una vaca, una oveja, un cerdo y un carnero. Un can yacía junto a otro al que abrazaba con una pata, como si hubieran buscado mutuo apoyo en la agonía. El tercero colgaba de una cadena con la que se ahorcó al saltar por una ventana a la desesperada. En el mismo habitáculo en el que se encontraron los cadáveres de la vaca y de la oveja había una joven yegua escuálida y débil, con el costillar en relieve bajo el pellejo. El cerdo fallecido estaba solo y los restos del carnero, los menos recientes, aparecieron en un remolque. Otra veintena de animales que estaban sueltos ha sobrevivido, pero en penosas condiciones: había ovejas, burros, caballos y un perro.

Dos de los perros que fueron encontrados muertos en la 'cuadra de los horrores'. CELEDONIO MARTÍNEZ

La Consejería de Ganadería ha abierto un expediente sancionador a Instancias del Seprona de la Guardia Civil, que intervino en el establo, y el juzgado número uno de Santander instruye diligencias de investigación tras la denuncia presentada por tres asociaciones animalistas. De momento hay un imputado. Veremos en qué queda todo.

Disparidad en la norma

Por la vía administrativa, las sanciones por conductas como las de los responsables de la cuadra de El Churi son muy dispares según la comunidad autónoma en la que tengan lugar. La Ley de Cantabria de Protección de los Animales data de 1992 y es de las más desfasadas de España pese a las modificaciones. Cataluña está en la vanguardia y es la única comunidad en la que se ha prohibido el sacrificio de animales abandonados. La propia consejera de Ganadería de Cantabria ha reconocido la necesidad de reformar la ley y ahora tendrá ocasión de demostrar su compromiso real con la causa si concede prioridad a ese cambio normativo en la mesa de trabajo contra el maltrato animal que preside y que se ha constituido en enero con el Colegio de Veterinarios, la Federación de Municipios de Cantabria y representantes de 16 asociaciones protectoras. También se ha invitado a unirse al Seprona. Uno de los objetivos es el sacrificio cero.

Entre las infracciones “muy graves” que recoge la ley de Cantabria, figura en primer lugar “maltratar o agredir físicamente a los animales o someterlos a cualquier otra práctica que les suponga sufrimiento o daños injustificados, así como no facilitarles alimentación”. Y se sanciona con multa “de 100.001 a 2.500.000 pesetas”, que convertido a euros da una horquilla de entre 600 y 10.000 (eran entre 1.000.001 y 5.000.000 de pesetas hasta la reforma de 1997).

Aunque la vía penal no es excluyente de la administrativa y viceversa y se puede recurrir a ambas en paralelo, la ley cántabra establece que “cuando una infracción revistiese carácter de delito o falta sancionable penalmente, se suspenderá la tramitación del expediente administrativo sancionador, dándose traslado de la denuncia a la autoridad judicial”.

Maltrato o abandono

Por la vía penal, los castigos por causar daño a la fauna, además de blandos, son interpretables y dependen en cierta forma del criterio del juez. El Código Penal regula el delito de maltrato animal en su artículo 337: “El que por cualquier medio o procedimiento maltrate injustificadamente a un animal doméstico o amansado, causándole la muerte o lesiones que menoscaben gravemente su salud, será castigado con la pena de tres meses a un año de prisión e inhabilitación especial de uno a tres años para el ejercicio de profesión, oficio o comercio que tenga relación con los animales”. A primera vista, lo ocurrido en El Churi entra dentro de los supuestos que recoge este artículo. Pero el artículo 631 dispone que “quienes abandonen a un animal doméstico en condiciones en que pueda peligrar su vida o su integridad serán castigados con la pena de multa de quince días a dos meses”. El Código Penal distingue entre maltrato y abandono, y este último lo califica como falta.

Se considere un hecho falta o delito, la sanción penal máxima a imponer es la misma sea uno o sean cien los animales muertos. “El resultado del delito no lo agrava. Si un solo acto causa varias muertes, lo normal es que sea considerado un único delito, pero es muy discutible”, señala una abogada de un prestigioso bufete. “El Derecho Penal es muy restrictivo y siempre interpreta en beneficio del autor de los hechos”, afirma la misma letrada. Sin embargo hay jueces que condenan casos como los de ‘El Churi’ como delito de maltrato.

La potra que sobrevivió a duras penas, antes de su rescate por los voluntarios. CELEDONIO MARTÍNEZ

En 2013, la Audiencia de Zaragoza ratificó la sentencia de un juzgado que condenaba por un “delito de maltrato injustificado a animales domésticos o amansados, previsto y penado en el artículo 337 del Código Penal” a dos ganaderos que habían abandonado una explotación de reses de vacuno bravas con el resultado de 24 ejemplares fallecidos “por falta de alimento” y más de 50 hallados en estado de “extrema desnutrición”. El juez apreció en ambos imputados “flagrante desprecio por la vida, la salud y el bienestar de los animales” y les impuso una pena de seis meses de prisión, suspensión del derecho de sufragio pasivo durante el tiempo de la condena e inhabilitación para cualquier ocupación relacionada con la ganadería durante el plazo de dos años, “en base al prolongado sufrimiento infligido a los animales, así como a las bajas de estos”.

Pero en 2014 la Audiencia de Baleares estimó en parte un recurso presentado contra otra sentencia por hechos similares, revocó la condena dictada “por un delito de maltrato grave” del artículo 337 e impuso otra por una falta de abandono (artículo 631). En este caso, el juez había condenado al propietario de una finca ganadera en la que la Guardia Civil encontró ovejas, cerdos, terneros y tres caballos en “estado importante de desnutrición”, una oveja muerta con una pata atada al vallado del corral con múltiples heridas en el abdomen “que se causó al no poder desatarse” y tres ovejas fallecidas por “mordeduras de perros”.

El juzgado de Zaragoza impuso al imputado una pena de tres meses de prisión e inhabilitación para ejercer el derecho de sufragio pasivo durante ese tiempo. La Audiencia modificó la sentencia al entender que no había “suficiente grado de certidumbre” para excluir que la oveja se hubiera quedado enganchada por una pata a la cuerda atada a la valla de modo accidental. Y en todo caso, si alguien la hubiera amarrado, no quedaba acreditado que fuera el acusado. Sin embargo, los magistrados sí hallaron pruebas “concluyentes” sobre la desnutrición, deshidratación y falta de higiene que sufrieron las reses, por lo que determinaron que el procesado era responsable de una “falta” de abandono y, “en atención a la pluralidad de animales objeto de la acción”, decidieron “fijar la pena en la extensión máxima, que es dos meses de multa”, con una cuota diaria, en este caso, de diez euros.

No son cosas ni propiedades

La consideración de falta o delito con la actual redacción del Código Penal queda, por tanto, a criterio del juez. En los fundamentos de derecho de la sentencia dictada por el juzgado de lo Penal numero dos de Zaragoza y ratificada por la Audiencia se recoge una interesante apreciación sobre la reforma legal de 2010, en la que algo se avanzó. “Se ha suprimido pues el término ‘ensañamiento’ que figuraba en la redacción anterior del citado artículo (337) y que constituía un auténtico coladero por el que los maltratadores de animales escapaban impunes a las agresiones más brutales, habiéndose dejado de ver a los animales como cosas, como meras propiedades, reconociendo la ley que tienen entidad física y psíquica, que sienten dolor y acusan la violencia como cualquier ser vivo”. Es alentador encontrar un párrafo como este en una sentencia, quizá porque puede ser un signo prometedor de que llegarán nuevas reformas.

De todo lo ocurrido en El Churi, aunque no olvidaré imágenes como la de los dos perros ‘abrazados’ en el tránsito a la muerte, prefiero concentrarme en las escenas de los voluntarios que acudieron al rescate de la potra famélica, a la que ya no le sostenían sus patas. Se dejó caer exhausta y nunca se hubiera levantado de no ser por los esfuerzos de estas personas, entre las que había una veterinaria. Ellos trajeron correas y un tractor para levantarla y sostenerla. Ellos la han limpiado, la han acariciado, la han acompañado, le han dado agua y comida con paciencia y con conocimiento. Ellos nos han proporcionado el estimulante espectáculo de unos seres humanos que luchan por salvar una vida, aunque pertenezca a otra especie.

 

 

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¿Y si el oso no hubiera muerto?
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Teresa Cobo | 13-12-2014 | 1:37| 0

'La Güela', en el establo en el que pasó los últimos diez meses de su vida.

El rescate de un ejemplar herido en la Montaña Palentina deja en evidencia a las Administraciones, que siguen sin dotar a Cabárceno de un recinto para animales salvajes reintegrables

Las autoridades de las comunidades autónomas con presencia del oso pardo en sus territorios pusieron en marcha el viernes un dispositivo para rescatar a un plantígrado herido en Muñeca de la Peña, en plena Montaña Palentina. El animal iba a ser trasladado al Parque de la Naturaleza de Cabárceno, centro de referencia en la asistencia veterinaria a esta especie en peligro de extinción, pero falleció antes de llegar a su destino y su cuerpo fue enviado a la Universidad de León, donde se le practicará la necropsia. De haber sobrevivido a las feas heridas que presentaba, algunas muy profundas, Cabárceno se hubiera visto de nuevo en un aprieto, ya que las Administraciones siguen sin dotar al parque de un lugar apropiado para atender a osos pardos reintegrables en la naturaleza.

Cabárceno estuvo a punto de contar con un recinto exterior acondicionado para la recuperación de osos salvajes que deben ser devueltos a los bosques. Fue a finales de 2012, cuando la estancia del último ejemplar rescatado de la montaña alcanzó categoría de escándalo. Una vieja osa perteneciente a la escasa y amenazada población oriental de la cordillera cantábrica, imposibilitada ya para vivir en libertad, llevaba diez meses encerrada en una cuadra pequeña y oscura. La presión social y de las organizaciones conservacionistas consiguió que las Consejerías de Turismo y de Ganadería de Cantabria buscaran dentro del parque un terreno idóneo de 3.500 metros cuadrados y que presupuestaran la obra. La osa, conocida como ‘La Güela’, falleció, y el Gobierno regional suspendió el proyecto, pese a que la paulatina recuperación de la especie, objetivo al que se dedica mucho esfuerzo y dinero, incrementa las probabilidades de que se presenten nuevos casos entre una población que supera los 200 ejemplares.

¿Y si el oso rescatado el viernes no hubiera muerto? Estaría en Cabárceno, en un establo o en algún otro lugar indigno e inadecuado. La parcela que debió habilitarse para ‘La Güela’ está dotada de arbolado, reúne las condiciones para un vallado de seguridad compatible con un animal salvaje y está apartada del circuito de visitas, ya que es imprescindible reducir al mínimo el contacto de estos animales con personas, para que no se familiaricen con los humanos y queden incapacitados para la vida salvaje. Este plantígrado ha fallecido por la gravedad de sus lesiones, pero llegarán otros que requieran asistencia por circunstancias que ya se han dado con anterioridad: crías abandonadas o atacadas por machos adultos, osos heridos por disparos accidentales de cazadores, por caídas, por peleas con sus congéneres, ejemplares enfermos o debilitados por la vejez…

La responsabilidad de que no exista en toda la cordillera cantábrica una reserva para estancias temporales de osos pardos salvajes no es solo del Gobierno de Cantabria, aunque tuvo en sus manos la oportunidad de resolver esa carencia en Cabárceno y la desaprovechó. El proyecto y su financiación deberían asumirlo en conjunto los Gobiernos de Asturias, Castilla y León, Galicia y Cantabria, junto con el Ministerio de Medio Ambiente. Ese recinto ni siquiera tendría que estar por fuerza en Cabárceno, pero si es el centro de referencia en asistencia veterinaria a esta especie, si cada vez que se organiza un rescate participa su equipo, parece razonable que esté ahí. El parque compromete su imagen cada vez que se le envía un oso pardo cantábrico por carecer de unas instalaciones a la altura de la labor que desarrollan sus expertos.

Cuando se destapó la lamentable situación de ‘La Güela’, el Grupo de Trabajo del Oso Pardo Cantábrico y Pirenaico, del que forman parte técnicos del Gobierno central y de las siete comunidades con presencia de la especie en sus territorios (a las cuatro cantábricas se suman Navarra, Aragón y Cataluña), elevó a las Administraciones una recomendación para que se construyera con urgencia un cercado al aire libre y el animal pudiera llevar una vida digna en Cabárceno. ¿Necesitan otro escándalo para acometer la obra?

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Matarlos no era una opción
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Teresa Cobo | 12-12-2014 | 9:07| 0

Uno de los lobos de la manada exterminada en Cabárceno. T. C.

«Cabárceno no puede mancharse las manos con una matanza de lobos que daña el prestigio ganado durante años por profesionales que han convertido el parque en un referente»

El parque zoológico que ha matado a ocho lobos, toda su manada de adultos, porque se habían convertido en un problema es el mismo que gastó miles de euros de dinero público y dedicó años de trabajo a salvar a un solo osezno. Aquel plantígrado, que también era un problema, es hoy uno más entre los ochenta del recinto, donde raro es el año en que no muere alguna cría por el infanticidio que practican los machos adultos, igual que en la vida salvaje. ¿Por qué era importante entonces invertir en aquel osezno? Porque se supone que Cabárceno, centro de referencia en la reproducción en cautividad de especies en peligro de extinción, debe ser también modélico en la gestión de sus colonias de animales y en la formación de conciencia cívica en defensa de la fauna. Porque aquel cachorro de oso pardo de origen balcánico fue víctima del tráfico ilegal y el Gobierno de Aragón confió su custodia al que consideraba el mejor centro de España en la atención a esta especie.
Si a cualquier zoológico la sociedad y la ley le exigen que vele por los derechos de los animales que exhibe –muchos de ellos, como el lobo ibérico, cedidos por programas europeos de cría en cautividad–, con mayor celo debe responsabilizarse de ellos un zoológico de gestión pública. Cabárceno no puede mancharse las manos con una matanza de lobos, y el Gobierno del que depende el parque no puede despachar el asunto con una nota en la que alega que se procedió así con el «objetivo de garantizar la viabilidad de esta especie y conseguir la reproducción y pervivencia de la misma». Decisiones políticas o de gestión equivocadas y reprobables hacen daño a una reputación ganada durante años con el trabajo de profesionales que han hecho del parque un centro europeo de excelencia en la cría en cautividad del elefante africano, un referente en investigación sobre el oso pardo o que han conseguido notables éxitos en la reproducción de otras especies en peligro de extinción como el gorila de llanura, el rinoceronte blanco, el asno somalí o la cebra de Grévy.

Cinco miembros de la manada aniquilada.

 ‘Aragón’, el oso decomisado por el Seprona a dos traficantes en 2010, se convirtió en un símbolo para el parque de la naturaleza cántabro. El plan para integrar a este animal con sus congéneres revalorizó la marca Cabárceno y prestigió la política de recuperación de fauna salvaje del parque. Ni siquiera la inversión de dinero público en la causa puede ser cuestionada, puesto que acabó por ser rentable, al revelarse ‘Aragón’ como un potente reclamo para visitantes. Matar a tiros a los lobos, a todos los lobos adultos, perjudica la marca Cabárceno, igual que la deterioró en 2012 tener encerrada durante diez meses en una cuadra a una vieja osa que había vivido siempre en libertad en la cordillera cantábrica y que ya no estaba en condiciones de seguir en los montes. Sólo cuando el asunto se hizo público las Administraciones se decidieron a invertir en habilitar un recinto en el parque adecuado para atender estos casos. Pero ‘La Güela’ murió enclaustrada antes de que se acometiera la obra y se suspendió el proyecto.

Dos de los ocho ejemplares adultos sacrificados en el parque el 23 de noviembre. T. C.

La gestión de manadas de felinos, cánidos y otros carnívoros que en libertad son territoriales y solitarios o que se organizan en grupos muy jerarquizados es muy compleja y requiere de alta cualificación y dilatada experiencia. Obliga, según los casos y los tiempos, a criar camadas simultáneas, a separar grupos por edad o por sexo, a aislar a animales en época de celo, a duplicar recintos, a intercambiar individuos con otros zoológicos. Aun así siempre existe la posibilidad de que acaben por matarse entre ellos, como ha ocurrido ya en Cabárceno con dos manadas de tigres. En el caso de los grandes felinos se puede esterilizar a algunos ejemplares o administrarles anovulatorios. No se toman esas medidas con los cánidos porque el macho y la hembra alfa, que son los que se reproducen, sufren todo tipo de desarreglos y pierden la dominancia cuando se les trata con anticonceptivos. El método al que se recurre en caso de superpoblación es la eutanasia aplicada a los cachorros en cuanto nacen. Feo, pero aceptado en la práctica zoológica.
Puede entenderse el sacrificio de un animal que se ha vuelto agresivo y liquida a sus semejantes o que representa un peligro para los cuidadores. Pero cuesta asimilar que no quepa otra salida que matar a toda una manada sana y adulta. Y a tiros, incluso en el hipotético caso de que se les hubiera sedado previamente. Sacrificar animales ha de ser siempre la última opción para un zoológico y, si hay razones objetivas para eliminarlos, hay que elegir la mejor forma para que ellos ni se enteren ni sufran. Precisamente porque sacrificar ejemplares debe ser la excepción, no cabe escatimar gastos en el trance.
Tampoco es admisible que en un lugar como Cabárceno, con la filosofía que lo distingue, se recluya en jaulones, por mucho que se les quiera llamar reservas, a los individuos que dejan de ser compatibles con el resto del grupo. Recintos como el de los elefantes, el de los hipopótamos, el de los osos, entre otros, son ejemplos creíbles de vida en semilibertad, espacios en los que los animales, salvando las distancias, pueden desarrollar pautas de comportamiento similares a las que los caracterizan en la vida salvaje. Pero los lobos, jaguares o tigres que no pueden convivir con el resto quedan recluidos y desarrollan movimientos estereotipados, propios de su confinamiento en espacios a todas luces reducidos. Si la dicotomía es invertir o matar, la última opción sigue siendo matar.

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Blue no sabe que va a morir
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Teresa Cobo | 26-11-2014 | 3:41| 0

Lo que más me fascina de Blue, aparte de su perfección física, son sus cualidades humanas. ¿Humanas? Tendemos a tomar por propias y exclusivas capacidades que compartimos con muchos otros animales. De mi gato me admira su inagotable curiosidad, su permanente disposición al juego y su maestría para el chantaje emocional. Me importa más el género humano que la especie felina, pero quiero a este animal más que a muchas personas. Él me hace reír y eso es bastante más de lo que puedo esperar de algunos de mis semejantes, sea por sosos, agrios, amargos, fríos, empalagosos o demasiado picantes. Incluso en esas mañanas en que maldita la gracia que me hace levantarme, en esos días que alguno o alguna se empeña en arruinarme y hasta en esos otros que yo misma echo a perder, me río con mi gato. Es ocurrente, osado y tiene el mérito de sorprenderme.

Blue siente una irresistible atracción por los escondrijos. ¡Cómo le entiendo! No puede ver una caja o una bolsa sin intentar meterse dentro. Una de sus mayores ilusiones es que le traiga una de esas bolsas de papel resistente que nos dan con las compras en boutiques y zapaterías. La recibe con el mismo entusiasmo que despertaba en mí el Exin Castillos o el mecano. Dejo la bolsa tumbada en el suelo y él entra como una bala de espaldas a las asas. Su único afán es que le asedie con una mano por todos los flancos. Él debe adivinar a ciegas por dónde llega el ‘enemigo’ y hacia allí se lanza en cuanto percibe el menor roce en el papel. Pero jamás se pone de uñas. Nunca le he visto sacárselas a nadie.

Los gatos no tienen patas delanteras. Tienen manos. Con ellas se limpian detrás de las orejas, con ellas cogen, agarran, tocan, con ellas abren puertas o cajones con una facilidad que pasma. Desde sus refugios domésticos, Blue acecha por diversión, pero también busca rincones para saborear su soledad cuando se cansa de los achuchones o para sestear al sol o al fresco. A nada ni a nadie he visto dormir con tanto abandono, con semejante entrega y confianza como a un gato. Envidio ese reposo que les lleva a desmadejarse por completo.

Pero a veces Blue emerge de sus sueños con desasosiego, como si le urgiera resituarse en el mundo. Lo noto porque deja escapar un lastimero aullido y corre a chocar su nariz contra la mía, una, dos o hasta tres veces, según su necesidad emocional. Yo aprovecho para estrujarlo y eso lo agobia con tanta rapidez que se esfuman todos sus miedos. En segundos, como nuevo.

Mi gato alterna sus momentos de retiro con arrebatos afectivos. Hay amaneceres en los que viene derecho hasta la almohada, encaja su cabeza debajo de la mía, me echa las manos al cuello como una personilla y se queda ahí metido, como una bola de peluche suave y palpitante que además huele muy bien. Lleva a rajatabla su aseo. Para el autolavado es minucioso y constante.

Blue tolera mal el hambre. Si quiere su comida, maúlla como un llorica hasta que se la pongo. Si quiere de la mía, no dice ni mu. Se planta delante, muy digno, muy callado. Me mira fijamente con sus ojazos verdes bien abiertos, inclina la cabeza hacia un lado y pone cara de tremendo interés. Un profesional, pero cómico. Alguien menos blando podría sustraerse a esa mirada de codicia infantil. Yo caigo como una prima y le doy lo que tenga entre manos: cachitos de pollo, de bonito, de anchoa, de queso o de jamón. Pero si estuviera contando billetes de 500 euros (alma cándida) me los sacaría igual.

Un profundo conocedor de la mente me hizo caer en la cuenta de que Blue no sabe que va a morir ni sabe que yo voy a morir, que cuando me entristezco al pensar en su finitud no sufro por él, sino por mí. Él es ajeno a estas aflicciones, estas sí exclusivamente humanas. Cuando mi mente parece decir ‘pobre Blue, qué pocos años va a vivir’, en realidad lo que dice es ‘pobre de mí, qué poco me va a durar mi pequeño amigo atigrado naranja’. Me compadezco, me anticipo a mi duelo. Y eso es malgastar el tiempo y castigar el ánimo. Mejor empecinarme en agradecer el día en el que mi compañero de trabajo Jesús lo encontró desvalido en la calle, cuando era un cachorro, y me lo ofreció. Es evidente que la pérdida de Blue me dolerá más que la ausencia de algunas personas, pero, si eso es pecado, ‘ego me absolvo’. Él comparte mi tiempo y me hace reír. Con ganas.

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Los perros madrileños quieren ser texanos
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Teresa Cobo | 15-10-2014 | 7:25| 0

La enfermera infectada por ébola en Dallas, con su perro.

Tener un perro y quererlo casi como a un hijo no le impidió a Teresa Romero ofrecerse voluntaria para atender a un desconocido que llegaba desde África infectado de ébola. Eso es altruismo. Y es lo que practicaba el misionero al que trató la auxiliar de enfermería. A él le costó la vida y ella lucha por la suya. Si Teresa no hubiera estado enferma y aislada habría sido la primera en plantarse delante de su casa para evitar que sacrificaran a ‘Excalibur’. ¿Quién tiene autoridad moral para reprochárselo? Como ella no pudo hacerlo, otros lo intentaron en su lugar y se les ha tachado poco menos que de “misántropos”. También el debate sobre si el animal debió ser o no sacrificado ha sido calificado de “lamentable”, “frívolo”, “desmesurado”. No estoy de acuerdo. Si Teresa se hubiera infectado en Dallas, ‘Excalibur’ estaría vivo, pero como ocurrió en Madrid, se lo han cargado. ¿Acierta España o EE UU? Que las mascotas estén incluidas en el protocolo norteamericano contra el ébola no me parece ninguna extravagancia. Creo que es un signo de progreso. Y dedicar un tiempo a pensar en ello no mata a ningún enfermo.

Los profesionales sanitarios han comenzado a protestar en la calle para exigir medidas de protección en el desempeño de su trabajo y para censurar las sandeces que el consejero de Sanidad de Madrid dijo para culpar a la auxiliar de enfermería de su contagio. La gente se manifiesta por motivos y objetivos concretos. Si otros salieron en defensa del perro antes que de su dueña fue para intentar salvarle la vida. Lo iban a liquidar. Por muchas personas que se hubieran concentrado delante del hospital Carlos III no habrían aumentado las posibilidades de Teresa Romero de curarse. Cierto que podían haberse manifestado miles de personas hace meses para exigir a los gobiernos occidentales que financiasen la lucha contra el ébola en África. No lo hicieron los defensores de los animales ni lo hicieron quienes los critican. Rara vez salimos a la calle en masa contra las masacres y catástrofes lejanas.

Entre las más de 300.000 personas que prestaron sus firmas por internet para que se pusiera a ‘Excalibur’ en cuarentena en lugar de exterminarlo están algunos de mis conocidos. Casi todos colaboran con ONG dedicadas a ayudar a las poblaciones más desesperadas del planeta. Algunas compaginan su condición de miembros de asociaciones de defensa de los animales con la de socios de organizaciones humanitarias. Son gente que apadrina niños o ayuda a financiar programas de intervención en los lugares más olvidados del mundo, incluidas las zonas en las que el ébola es epidemia. Como no son héroes, aportan una cantidad mensual para que quienes arriesgan su salud o su vida sobre el terreno tengan los medios necesarios para hacerlo. Es su granito de arena para luchar contra el ébola y contra todo lo que había antes de que nos preocupáramos por el ébola.

Matar a ‘Excalibur’, que no presentaba el menor signo de infección, no fue de gran ayuda para Teresa Romero, que necesita de todo su ánimo para enfrentarse al virus. En Dallas, también una enfermera, Nica Pham, se ha contagiado de ébola por asistir a un paciente y también ella tiene un perro, pero el animal no ha sido sacrificado, solo se le ha aislado para mantenerlo en observación. “El perro es muy importante para la paciente y queremos que esté a salvo”, ha argumentado el alcalde de esta ciudad de Texas, Mike Rawlings. En EE UU, la posibilidad de que una persona contagiada de ébola tenga una mascota está recogida en el protocolo de actuación y “hay un plan” para cuidar de esos animales siempre que no muestren síntomas de enfermedad. Alguien ha ‘perdido’ el tiempo en pensar en ello. Y, sí, ocurre en un país con pena de muerte. Eso sí que es lamentable, pero de las contradicciones humanas no tienen culpa perros y gatos.

En Texas ejecutan a los grandes criminales y no hay marcha atrás si resulta que alguno no lo era. Pero los perros españoles quieren ser texanos. En Madrid, si contraes el ébola condenan a tu perro a la pena capital. Da igual que esté sano. Que sea un bendito y que lo quieras resulta irrelevante. Teresa fue solidaria y en pago la vida le ha dado un virus y le ha quitado un amigo.

Dallas no matará a ‘Bentley’, el perro de la enfermera infectada, salvo que desarrolle la enfermedad. Para cuando se presentó este caso, EE UU ya había opinado al respecto. El precedente español tuvo un eco mundial. La CNN organizó una mesa de debate en la que el asunto central era si ‘Excalibur’ debía o no ser sacrificado. El programa lo vieron más de 20 millones de espectadores. ¿Lamentable, frívolo, desmesurado? En todo caso, significativo.

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