El Diario Montañes

img
Pasión de madre las 24 horas
img
Teresa Cobo | 14-03-2014 | 21:07

Chelewa abraza a su hijo, de cuatro meses. T. COBO

HAZ CLIC AQUÍ PARA VER LA GALERÍA DE IMÁGENES

 Después del parto, las gorilas viven durante meses con las crías pegadas a su cuerpo

Las dos madres de Cabárceno son jóvenes y juguetonas, lo que garantiza la estimulación precoz de sus hijos

La entrega con la que las madres gorilas cuidan de sus hijos fascina no solo a quienes observan esa relación por primera vez, sino también a las personas que, por motivos de trabajo o por pura afición, están acostumbradas a ver esos vínculos. Ninguna madre humana soportaría ese apego de 24 horas al día que necesitan estas crías para sobrevivir. Moja y Chelewa, las dos gorilas jóvenes del grupo de primates del Parque de la Natruraleza de Cabárceno, tienen sendos bebés y de su contemplación se aprende, entre otras muchas cosas, que el carácter de la madre determinará en gran medida la forma de ser de su prole.

Los gorilas de llanura de Cabárceno tienen fieles seguidores que acuden cada semana a observarlos, fotografiarlos y grabarlos. Uno de los habituales del recinto es Manolo Gutiérrez, fundador de la página web ‘Amigos de los Gorilas’, que tiene casi 1.400 seguidores, y experto en terapia con animales. Quizá lo que más le llama la atención es “esa dedicación constante de las gorilas con sus crías que sería imposible para una mujer, porque no lo aguantaría, aunque hay etnias en las que las vemos con sus bebés sujetos a su cuerpo por un trapo anudado incluso cuando están cavando la tierra. Pero quizá a las gorilas la naturaleza las ha preparado para ello, ya que, si no tuvieran esa dedicación permanente, las crías no saldrían adelante. Son muy vulnerables, por eso en la vida salvaje la mortalidad es tan alta”, señala este ingeniero.

La hija de Moja, que aún no ha sido bautizada, es igual que su madre: curiosa, juguetona, osada, incansable. Mini-Moja (de algún provisional modo hay que llamarla) tiene once meses y una gran vocación de independencia. El hijo de Chelewa (Mini-Nicky hasta nueva orden) solo tiene cuatro meses, por lo que aún es pronto para hablar de sus cualidades. Pero su desarrollo no es tan rápido como el de su hermana de padre, porque Chelewa es muy protectora y lo ata en corto.

Chelewa, a la izquierda y Moja, descansan juntas con sus respectivos hijos. T. COBO

Las dos madres de la manada son muy jóvenes. Moja ha cumplido 9 años y Chelewa, 8. Moja procede del Zoo de Praga, donde vivía con sus padres y sus hermanos. Allí era una gorila mimada y famosa, ya que fue el primer ejemplar de la especie nacido en la República Checa. Es alegre y traviesa. Chelewa llegó del Zoo de Basilea con su madre, que falleció meses después por una enfermedad parasitaria contraída en Suiza. Chelewa, que tenía 4 años, pasó un primer duelo. El segundo lo afrontó con 6 años, cuando perdió a su cría, el primer bebé gorila que nacía en Cabárceno. Once días después del parto, Chelewa perdió el equilibrio y en la caída aplastó a su hija. Los cuidadores tardaron horas en poder apartarla del cadáver. Se aferraba a su bebé muerto y trataba de reanimarlo. Un año después, cuando nació la hija de Moja, la miraba nostálgica, hasta que, pasados siete meses, ella también dio a luz y afrontó su maternidad con entusiasmo y con un celo extremo. Chelewa es más prudente y pacífica que Moja, pero ambas son muy juguetonas.

La juventud de las madres ha implicado una estimulación precoz de los hijos. “Están todo el rato jugando con sus bebés como si fueran otros gorilas, lo que hace que las crías se estimulen más y aprendan más rápido. Moja, para que su hija empezara a andar, la dejaba en un sitio y se alejaba unos metros para obligarla a ir hacia ella. Sabía que iba a seguirla y así la enseñó. Comenzó a andar muy pronto”, explica Lucía Gandarillas, capataz de los cuidadores de gorilas en el argot minero heredado de la anterior actividad de Cabárceno.

Moja, sesteante, limpia la nariz a su hija, de once meses. T. COBO

Miradas que hablan

Es muy bonito ver cómo las crías, desde muy pequeñas, abren los ojos como platos y buscan la mirada de sus madres. “Eso es porque las miradas, para los gorilas, son palabras. Tiene un lenguaje muy visual y gestual. Los gorilas son animales culturales, como los humanos. Lo aprenden todo de la madre, por eso la miran constantemente. Ante cualquier situación, la observan para ver cómo reacciona y para reaccionar igual que ella”, aclara la cuidadora y bióloga.

Desde el punto de vista genético, Mini-Moja y Mini-Nicky tienen un gran valor, ya que son hijos del último macho procedente de la vida salvaje en África que vive en cautividad, después de haber sido víctima del contrabando cuando era un bebé. Son los machos los que transmiten con mayor rapidez los genes, de manera que la contribución de Nicky, un hermoso ‘espalda plateada’ de 27 años, a la diversificación y rejuvenecimiento del ADN de la población cautiva es muy importante. El gorila de llanura es una especie en riesgo crítico de extinción, por lo que el programa europeo de reproducción en cautividad ha seguido con expectación los nacimientos en Cabárceno.

Cuando las crías cumplan 6, 8, a lo sumo 10 años, deberán irse a otros centros zoológicos, como les ocurrió a Moja y a Chelewa, para evitar problemas de consanguinidad y poder formar nuevos núcleos familiares. Hasta entonces, el público podrá disfrutar de ellos en Cabárceno, donde disponen de unas instalaciones cuya calidad ha sido elogiada por expertos de toda Europa, al margen de la controversia política por las posibles irregularidades urbanísticas y contractuales cometidas durante su construcción. Los gorilas pueden elegir entre el confortable recinto interior y un amplio jardín exterior, al que la única que no sale es la sexta integrante del grupo, Nadia, de 33 años, que llegó del Zoo de Madrid con Nicky y sufre de agorafobia o terror a los espacios abiertos.

Otros Blogs de Autor