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Dimitrov revienta Madrid

Pasadas las 11 de la noche la central de la Caja Mágica comienza a temblar a causa de un fenómeno inmenso e inesperado. La grada ruge. El público, más propio de una eliminatoria de Copa Davis que de una segunda ronda de un Masters 1.000, jalea al nuevo héroe madrileño. Desde muy pronto el cántico “¡Dimitrov, Dimitrov!” atruena en la Manolo Santana, que se vuelca con el rival de Djokovic –según pareció, el serbio ya es definitivamente el principal enemigo de la afición española-. Y tras más de tres horas de batalla, Grigor Dimitrov, que hasta este martes era más conocido por su ilusionante futuro y no por su presente, revienta el Madrid Open con una victoria que demuestra que el búlgaro ha llegado para quedarse.

“Solo con talento no se ganan partidos como este”, explicó el número 28 de la ATP ya en sala de prensa. Desde luego, clase le sobra sobre una pista de tenis para hacer lo que él quiera en el futuro. Dimitrov necesitaba un partido así para confirmarse. Peleó contra el número uno del mundo y ante Murray en tercera ronda de Indian Wells y Miami, y cayó en ambos.Tuvo contras las cuerdas a Nadal en Montecarlo, y se le escapó. Y a la cuarta, llegó su día.

La promesa demostró que se ha convertido en un hombre, un jugador que está llamado a hacer grandes cosas. Hasta hace bien poco era conocido como ‘Baby’ Federer. Desde hace años se le viene comparando con el Dios del tenis gracias a un juego que recuerda al del suizo. Ambos son dos de los principales activos en contra de la extinción del revés a una mano –un golpe sencillamente delicioso-. Además, cuando pegan en el sitio, cuando golpean parados, su bola difícilmente tiene respuesta. Su derecha destroza las defensas de sus oponentes y su calidad le hace diseñar puntos y tiros impensables.

Al final de la jornada de este martes, las lágrimas brotaban del rostro de un Dimitrov que acababa de vencer al mejor tenista del mundo en estos momentos. Al final del día, Madrid vislumbró al número uno del futuro

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Gulbis, un pobre angelito

Imagínese que tiene 25 años, un talento innato para jugar a un deporte como el tenis, pero también posee todo el dinero del mundo para hacer lo que quiera. Imagínese que tener 38 millones de euros en Suiza o un palacete en Barcelona valorado en siete millones de euros fuese calderilla, ya que su padre es multimillonario y su fortuna multiplica esas cantidades.


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Justicia deportiva

Después de alzar los brazos, abrazarse con su banquillo y besar a su novia, Ferrer levantó el árbol de campeones de París-Bercy –uno de esos pocos trofeos que se salvan y que no se merecen ser escondidos en una esquina del trastero-. El tenis se lo debía. Justo triunfo para un tenista que llegaba a esa cita después de jugar 85 partidos esta temporada, de ganar 71 de ellos y de conseguir 6 títulos. Casi nada.  

Después de alzar los brazos, abrazarse con su banquillo y besar a su novia, Ferrer levantó el árbol de campeones de París-Bercy –uno de esos pocos trofeos que se salvan y que no se merecen ser escondidos en una esquina del trastero-. El tenis se lo debía. Justo triunfo para un tenista que llegaba a esa cita después de jugar 85 partidos esta temporada, de ganar 71 de ellos y de conseguir 6 títulos. Casi nada.  

Cualquier persona que ame este deporte y se pegase a la televisión, optando por el alicantino en detrimento de Alonso y del ‘afortunado’ Vettel, este domingo acabaría prendado por el alicantino. No hablamos de un enamoramiento de mariposas en el estómago ni de no poder dormir ante la ausencia de la amada, pero sí de una conexión y de una identificación completa con Ferrer. En cierto modo, somos muchos los amantes de este deporte que sentimos una gran satisfacción por ver ganar a alguien ‘de los tuyos’. A más de uno se le escapó un “¡vamos!” en los momentos de tensión del duelo. Y más de uno también vibró y se levantó con cada bola imposible que levantó el español. Como cuando gana Nadal los torneos de ‘Grand Slam’,  como si después de tantos y tantos años de verlo en las pantallas sintiésemos que se estaba haciendo justicia deportiva con Ferrer.

Al terminar el partido, el señor David Ferrer demostró parte de su grandeza. Aquí no hay lloros sobre los árbitros, culpas a terceros o recaditos para la prensa; aquí, a pesar de su importante triunfo en un torneo donde no había ganado ningún español,  predomina el reconocimiento de los rivales y la honestidad: “Sabía que era una oportunidad única. Con cualquiera de los cuatro mejores habría sido más complicado. Si ellos están donde están es porque se lo han merecido. Me he quitado la espina que tenía clavada de no ganar ningún Masters. Nunca lo hubiera esperado en una pista cubierta”.

Nadie ha ganado más que él esta temporada –lleva siete títulos y 72 victorias-. Nadie ha sido capaz de protagonizar un constante proceso de mejora y de superación como el suyo. En definitiva, nadie se merecía tanto como él ganar el Masters 1.000 de París-Bercy.

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Se nos va un grande

Al final, este deporte lo engrandecen solo unos pocos elegidos. No se trata solamente de técnica y táctica. Es bastante más. Es carisma, conexión con el público y dejarse el alma en la pista. Es vivir por, para y, cómo no, de este deporte. Es sentirlo, respetarlo y amarlo. Y sin uno de esos escasos casos de privilegiados y superdotados para un deporte como el tenis, sin gente como Juan Carlos Ferrero, esto no sería lo mismo.

Somos muchos los que por nuestra edad hemos crecido con Rafa Nadal, Roger Federer y Novak Djokovic protagonizando una de las mejores épocas, quizás la mejor, de la historia del tenis. Pero de vez en cuando no viene mal hacer memoria; no viene mal recordar que antes de ellos también pudimos ver cómo un chaval de Ontinyent, con solo 20 años, casaba a la afición española con el tenis. Esa unión fue fruto de un revés paralelo que cambió la historia de este deporte en España. También es cierto que sería vergonzoso por mi parte reducir a un solo golpe una carrera, una eliminatoria en el Sant Jordi y una época en la que un valenciano se empeñó y consiguió auparse a lo más alto.

Después de aquel golpe que ponía por fin al equipo español a la altura de sus tenistas con esa primera ‘ensaladera’, hay un momento, unas palabras de Ferrero, que demuestran qué tipo de jugador era dentro y, sobre todo, fuera de la pista. “Era el sueño de mi vida. Te lo dedico también a ti, que estás ahí arriba”. Hablamos del año 2003, hablamos de un joven Juan Carlos Ferrero que acaba de conseguir la meta por la que ha luchado toda su vida: ganar Roland Garros, y hablamos de una persona que le dedica a ese triunfo a su madre, fallecida cuando tenía 16 años.

Apodado ‘El Mosquito’, su viveza dentro de la pista, su facilidad de piernas y su juego de fondo –especialmente su derecha- han caracterizado su carrera. Aquí no había saques por encima de los 220 km/h, ni una gran volea, ni un fusil desde la línea de fondo. Primaba la consistencia y el rodillo con su derecha que cogía desde todos los puntos de la pista y que erosionaba a sus rivales. Sobresalía su revés, su capacidad física y su habilidad para desplazarse. Destacaba su búsqueda constante de la perfección y su capacidad de trabajo.

Después de ser el segundo español en alcanzar el número uno del mundo, sin aspavientos en la cancha ni demostraciones de soberbia, con frialdad y coherencia, su tenis ha ido a menos por culpa de las lesiones. Y este martes, su carrera deportiva puede llegar a su fin. Hoy puede ser su último partido después de una dilatada carrera. Eso sí, con un desenlace idílico para él. En su tierra, con su gente, ante el tenista al que va a ayudar a estar entre los mejores del mundo después de su adiós–Nico Almagro-, y con quien comparte entrenamientos. “Es el mejor escenario posibles para mi retiro”, confesaba él mismo.

A buen seguro se despedirá con la misma elegancia con la que se ha asomado a nuestras televisiones durante muchísimos años, dejándonos grandes recuerdos a los que amamos este deporte. El día que anunciaba su adiós explicaba cual sería su futuro: “A partir de ahora una vida nueva. Sea lo que sea, mucha suerte Juan Carlos. Se nos va un grande de este deporte.

Al final, este deporte lo engrandecen solo unos pocos elegidos. No se trata solamente de técnica y táctica. Es bastante más. Es carisma, conexión con el público y dejarse el alma en la pista. Es vivir por, para y, cómo no, de este deporte. Es sentirlo, respetarlo y amarlo. Y sin uno de esos escasos casos de privilegiados y superdotados para un deporte como el tenis, sin gente como Juan Carlos Ferrero, esto no sería lo mismo.

Somos muchos los que por nuestra edad hemos crecido con Rafa Nadal, Roger Federe y Novak Djokovic protagonizando una de las mejores épocas, si no la mejor, de la historia del tenis. Pero de vez en cuando no viene mal hacer memoria; no viene mal recordar que antes de ellos también pudimos ver cómo un chaval de Ontinyent, con solo 20 años, casaba a la afición española con el tenis. Esa unión fue fruto de un revés paralelo que cambió la historia de este deporte en España. También es cierto que sería vergonzoso por mi parte reducir a un solo golpe una carrera, una eliminatoria en el Sant Jordi y una época en la que un valenciano se empeñó y consiguió auparse a lo más alto.

Después de aquel golpe que ponía por fin al equipo español a la altura de sus tenistas con esa primera ‘ensaladera’, hay un momento, unas palabras por Ferrero, que demuestran qué tipo de jugador era dentro y, sobre todo, fuera de la pista. “Era el sueño de mi vida. Te lo dedico también a ti, que estás ahí arriba”. Hablamos del año 2003, hablamos de un joven Juan Carlos Ferrero que acaba de conseguir la meta por la que ha luchado toda su vida: ganar Roland Garros, y hablamos de una persona que le dedica a ese triunfo a su madre, fallecida cuando tenía 16 años.

Apodado ‘El Mosquito’, su viveza dentro de la pista, su facilidad de piernas y su juego de fondo –especialmente su derecha- han caracterizado su carrera. Aquí no había saques por encima de los 220 km/h, ni una gran volea, ni un fusil desde la línea de fondo. Primaba la consistencia y el rodillo con su derecha que cogía desde todos los puntos de la pista y que erosionaba a sus rivales. Sobresalía su revés, su capacidad física y su habilidad para desplazarse. Destacaba su búsqueda constante de la perfección y su capacidad de trabajo.

Después de ser el segundo español en alcanzar el número uno del mundo, sin aspavientos en la cancha ni demostraciones de soberbia, con frialdad y coherencia, su tenis ha ido a menos por culpa de las lesiones. Y este martes, su carrera deportiva puede llegar a su fin. Hoy puede ser su último partido después de una dilatada carrera. Eso sí, con un desenlace idílico para él. En su tierra, con su gente, ante el tenista al que va a ayudar a estar entre los mejores del mundo después de su adiós–Nico Almagro-, y con quien comparte entrenamientos. “Es el mejor escenario posibles para mi retiro”, confesaba él mismo.

A buen seguro se despedirá con la misma elegancia con la que se ha asomado a nuestras televisiones durante muchísimos años, dejándonos grandes recuerdos a los que amamos este deporte. El día que anunciaba su adiós explicaba cual sería su futuro: “A partir de ahora una vida nueva. Sea lo que sea, mucha suerte Juan Carlos. Se nos va un grande de este deporte.

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La vida sigue igual

Habrá gente, quizá los más mayores, que relacionen este titular con Julio Iglesias y su eterno ‘siempre hay por quien vivir y a quien amar’. Otros más pesimistas verán en él una descripción de la caótica situación económica del país que parece no mejorar nunca. En cambio, los que pertenecemos a esa pequeña (cada vez mayor) burbuja de amantes del tenis, vemos que, tras una semana en la que parecía que Nishikori y Raonic inyectaban un soplo de aire fresco al circuito, los cuatro primeros cabezas de serie han vuelto a jugar las semifinales del Masters 1.000 de Shangai, título de que se llevó el serbio.

Es decir, más de lo mismo. No es una crítica, es una simple reflexión. Porque una vez más, y ya van unas cuantas, desaparecieron las sorpresas en un deporte que, especialmente en las citas importantes, es Novak Dkokovic, Roger Federer, Andy Murray y Rafael Nadal (cambie Nadal por Berdych, cuarto favorito en este torneo, y la ecuación sale). Sin desmerecer al resto, sin que esta dictadura de los grandes reste espectacularidad a un gran trofeo como el que se ha vivido en Shangai –se demostró en la final, uno de los mejores partidos de los últimos meses-, bien es cierto que de vez en cuando se echa de menos que aparezca algún ‘outsider’ del tipo Nalbandián, Safin, Baghdatis… Será cosa mía.

El caso es que Djokovic volvió a demostrar por enésima vez su capacidad de levantar situaciones imposibles. Un partido donde se plasmó que un punto, un simple momento, como sucedió en la final de la Copa Davis entre Del Potro y Nadal, pueden cambiar el rumbo de un partido. En esta ocasión, un ‘willy’, uno de esos chispazos de genialidad que aparecen con cuentagotas en el circuito, aupó al serbio y desestabilizó a Murray.

Así ganó Djokovic, tras levantar cinco bolas de partido, destrozar una raqueta contra el suelo y completar un hermoso choque. Así perdió Murray, después de dejarse remontar una vez más un choque que tenía ganado, mostrar el gran nivel que lleva desplegando desde Wimbledon y tras completar un partido precioso para los espectadores. Y así sigue el circuito, donde rara es la semana que no nos deja un gran duelo que guardar en la videoteca del tenis gracias a un grupo de tenistas que siguen haciendo las delicias de los que nos gusta este deporte –les echaremos de menos cuando se retiren-. Al menos, como dice el señor Iglesias, “al final las obras quedan, las gentes se van”.

 

PD: Este lunes, un tal Roger Federer, cumple 300 semanas como número uno del mundo. Casi nada.

 

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Presente y futuro

Habrá gente que se canse de ver siempre a los mismos en las rondas finales de los grandes torneos, unos aficionados que ansían ver de vez en cuando alguna sorpresa en los Grandes que hagan estos torneos menos previsibles. Hay gente para todo. Pero también somos muchos los que disfrutamos con los ‘Cuatro Fantásticos’, esos tipos que no se cansan de ganar y que acaparan todos los focos trofeo tras trofeo. Uno de ellos ha conseguido ganar en el Torneo de Pekín. Novak Djokovic, que representa el presente de este deporte, ha logrado hacerse por tercera ocasión con el torneo chino y demuestra que sigue disparado para dar caza a Federer en la clasificación.

Raonic y Nishikori

Raonic y Nishikori

Pero si me tengo que quedar con algo, lo hago con la final entre Raonic y Nishikori. Es decir, el partido entre el futuro del tenis mundial.  ¿Qué mejor que hacer un domingo por lo mañana, a eso de los ocho hora peninsular, que ver un buen partido de tenis? Pues eso, disfrutar de un duelo entre dos chavales de 22 y 21 años, dos deportistas que están en la punta de su generación, llamados a ir poco a poco ocupando la zona alta de la clasificación.

Curiosamente, cuando hablamos del canadiense y el japonés, dos tenistas inmensos en ese tortuoso camino hacia los puestos de arriba, nos encontramos a dos jugadores con dos formas antagónicas de jugar a este deporte. Por un lado tenemos a Raonic. El canadiense es potencia; es velocidad en sus tiros. Con un servicio muy afilado y una gran derecha, el canadiense lleva la palabra agresividad por bandera en cada uno de sus golpes. Bien llevado por Galo Blanco, Raonic va, pasito a pasito, afianzándose en los puestos de arriba.

Y luego tenemos a Nishikori, la otra cara de la moneda. Porque el nipón hipoteca la potencia a favor del talento, la resistencia y la consistencia. Es decir, con un tenis más parecido al de Djokovic que al de otros ‘pegadores’ del circuito, apuesta por ir a la contra desde el fondo de la pista.

El tenis necesita nuevas caras, nuevos jugadores ilusionantes y que sepan y puedan crear espectáculo. Será difícil, por no decir imposible, que se repita el nivel actual de los cuatro de arriba. Pero desde luego, ambos van por el buen camino para, al menos, acercarse a ellos. Habrá que verlos en el Masters 1.000 de Shangai. Lo que es seguro es que tanto Raonic como Nishikori seguirán promoviendo la rebelión contra la dictadura de los cuatro mejores tenistas del mundo.

Habrá gente que se canse de ver siempre a los mismos en las rondas finales de los grandes torneos, unos aficionados que ansían ver de vez en cuando alguna sorpresa en los Grandes que hagan estos torneos menos previsibles. Hay gente para todo. Pero también somos muchos los que disfrutamos con los ‘Cuatro Fantásticos’, esos tipos que no se cansan de ganar y que acaparan todos los focos trofeo tras trofeo. Uno de ellos ha conseguido ganar en el Torneo de Pekín. Novak Djokovic, que representa el presente de este deporte, ha logrado hacerse por tercera ocasión con el torneo chino y demuestra que sigue disparado para dar caza a Federer en la clasificación.

Pero si me tengo que quedar con algo, lo hago con la final entre Raonic y Nishikori. Es decir, el partido entre el futuro del tenis mundial.  ¿Qué mejor que hacer un domingo por lo mañana, a eso de los ocho hora peninsular, que ver un buen partido de tenis? Pues eso, disfrutar de un duelo entre dos chavales de 22 y 21 años, dos deportistas que están en la punta de su generación, llamados a ir poco a poco ocupando la zona alta de la clasificación.

Curiosamente, cuando hablamos del canadiense y el japonés, dos tenistas inmensos en ese tortuoso camino hacia los puestos de arriba, nos encontramos a dos jugadores con dos formas antagónicas de jugar a este deporte. Por un lado tenemos a Raonic. El canadiense es potencia; es velocidad en sus tiros. Con un servicio muy afilado y una gran derecha, el canadiense lleva la palabra agresividad por bandera en cada uno de sus golpes. Bien llevado por Galo Blanco, Raonic va, pasito a pasito, afianzándose en los puestos de arriba.

Y luego tenemos a Nishikori, la otra cara de la moneda. Porque el nipón hipoteca la potencia a favor del talento, la resistencia y la consistencia. Es decir, con un tenis más parecido al de Djokovic que al de otros ‘pegadores’ del circuito, apuesta por ir a la contra desde el fondo de la pista.

El tenis necesita nuevas caras, nuevos jugadores ilusionantes y que sepan y puedan crear espectáculo. Será difícil, por no decir imposible, que se repita el nivel actual de los cuatro de arriba. Pero desde luego, ambos van por el buen camino para, al menos, acercarse a ellos. Habrá que verlos en el Masters 1.000 de Shangai. Lo que es seguro es que tanto Raonic como Nishikori seguirán promoviendo la rebelión contra la dictadura de los cuatro mejores tenistas del mundo.

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