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Autor: aserfalagan
Las niñas pájaro de Pedrosa
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Aser Falagán | 29-05-2015 | 5:43| 0

Estos vestidos, para las niñas pájaro”, decía Manolo San Martín junto a un mostrador. Preparaba una visita al Sanatorio Pedrosa, incrustado en una isla que encierra una leyenda en cada rincón. Tantas que ni siquiera esas niñas pájaro podrían divisar todos los escenarios posibles de un solo golpe de vista desde su habitación de la clínica. Porque la isla de Pedrosa tiene algo magnético; una atracción especial. Tantas que incluso la reina Victoria Eugenia decidió visitarla en 1920, cuando era apenas un enclave en el diminuto pueblo de Pontejos. Quizá estaba contagiada por sus vacaciones en otro de los grandes hotspots montañeses: La Magdalena, que entonces ya tenía una nutrida población de fantasmas. Porque en lo que a espíritus se refiere Pedrosa tiene stock de sobra para varias generaciones.

Una de las leyendas más desconocidas de la que probablemente sea la isla más fascinante de Cantabria es la de las niñas pájaro. Solo pronunciar su nombre evoca a unos seres mitológicos entre las lumias y las arpías que salieran a sobrevolar la bahía de Santander. Todo muy llamativo, misterioso y muy propio de la isla, pero el mito construye una ficción mucho más prosaica; más ligada a Joseph Carey Merrick que a los esbirros alados de la Malvada Bruja del Oeste.

El mito data de mediados los años sesenta. En una zona de la última planta conocida como la Picota, el Sanatorio Pedrosa, escondería a dos menores, conocidas así por sus extrañas deformidades en la cara, que harían recordar a las facciones de un ave. Allí vivirían escondidas de las burlas las dos hermanas; dos personajes envueltos en una nebulosa de misterio y de los que no se ha vuelto a hablar nunca, hasta quedar casi enterradas entre las muchas historias que pueblan la isla.

Otras historias versiones hablan de muchos más niños pájaro, y no solo niñas. Al menos así era para los más jóvenes e impresionables testigos, que aseguran haber coincidido con ellos.

La leyenda se extendió entre los menores de Cantabria, promovida entre otras cosas por las recogidas de ropa que el propietario del Café Suizo, Manuel San Martín (años atrás presidente del Racing y de Pedreña) organizaba para los internos de la clínica. Solían coincidir con la víspera de Reyes, cuando una cabalgata visitaba el lugar y los más jóvenes, disfrazados de pajes, llegaban a Pedrosa con el gran objetivo de ver a las niñas pájaro. Nunca lo consiguieron.

La narración casa perfectamente con el estigma que en distintas épocas persiguió al centro, especializado en tuberculosis cuando era una enfermedad mortal y sede de innumerables cuarentenas. En 1834 comenzó a funcionar en la isla un lazareto y zona de cuarentena hasta convertirse oficialmente en hospital en 1869. Continuó su actividad para refundarse en 1914 bajo el nombre de Sanatorio Marítimo Pedrosa, ya como centro nacional especializado en enfermedades tuberculosas de localización ósea. Tal llegó a ser su fama que incluso recibió una visita muy, pero que muy lejana en 1969, fecha del mítico avistamiento extraterrestre de Pontejos, del que las niñas pájaro no llegaron a ser testigo por muy poco tiempo.

Porque en este caso la leyenda no es que tenga un poco de verdad, sino que responde perfectamente a unos hechos reales tan solo maquillados por la imaginación infantil y el maquillaje con el que el tiempo difumina los recuerdos. Las niñas pájaro eran dos hermanas aquejadas por una grave enfermedad ósea que llegaron al Sanatorio Pedrosa a mediados de los años sesenta y vivieron allí hasta su muerte a finales de la misma década. Al contrario de lo que dice la tradición oral, no estaban encerradas en la Picota, sino que se alojaban en el pabellón número 2, precisamente el edificio que, ya en ruinas, más leyendas ha inspirado, entre ellas infinidad de historias de espíritus y fantasmas.

Afectadas por una grave enfermedad ósea de nacimiento, el sobrenombre de niñas pájaro les llegó por las graves deformidades que la dolencia provocaban en su rostro, como ocurre con la anemia de Fanconi y la tetralogía de Fallot, y que se denomina comúnmente como ‘facies de pájaro’. Sin embargo, no estaban encerradas ni habitaban la Picota (que solo acogía pacientes masculinos y estaba especializada en internos con problemas de movilidad), y podían, como el resto de pacientes, salir al jardín del centro sanitario, en el que fallecieron después víctimas de la misma enfermedad.

No fueron las única niñas pájaro que conoció Cantabria en aquella época. A principios de los años setenta se conoció otro caso en Santander, más en concreto en la zona de Cisneros, en la que vivieron dos mellizas que, aquejadas de progeria, eran conocidas por el mismo nombre.

La clínica de Pedrosa mantuvo su actividad como clínica hasta 1989, cuando rebautizado como Sanatorio Víctor Meana cerró definitivamente sus puertas destilando ya el decadente sabor que ha alumbrado tantas historias. El ya evidente deterioro de las últimas décadas evolucionó entonces en absoluto abandono de algunos de los pabellones, cuya ruina contrasta con el edificio principal, que completamente rehabilitado sirve ahora como clínica de desintoxicación y centro de menores del Gobierno de Cantabria. Pero aunque la memoria de las niñas pájaro se perdió en el tiempo, su recuerdo aún planea -tal vez literalmente- por la magnética isla.

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El túnel que esconde el dinero cántabro
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Aser Falagán | 04-05-2015 | 6:04| 0

El subsuelo de Santander parece más poblado que el Metro de Moscú en hora punta. No solo por los yacimientos y restos arquitectónicos de otras épocas que se pueden visitar en diferentes puntos de la ciudad, sino por la cantidad de túneles, infraestructuras subterráneas y habitantes de las catacumbas que pueblan su imaginario colectivo. Al menos si se atiene uno a las leyendas urbanas que circulan -soterradas, por supuesto- por la capital de Cantabria. El Túnel de Valdecilla y el Túnel del Dinero compiten por liderar esa nutrida e imaginaria clasificación de galerías inexistentes. El primero; que muchos cántabros dicen haber transitado en un caso propicio del doctor Jiménez del Oso, por ponerlo en el contexto de la época en la que se alumbró la leyenda, recorre figuradamente los hospitales Valdecilla y Cantabria. El otro pasadizo es mucho más selecto, reservado a un puñado de privilegiados y ligado a una de las mayores fortunas del mundo.

El Túnel del Dinero conecta, según el saber popular, la sede central del Banco Santander con la del Banco de España. Construido, de acuerdo con la utopía -o distopía, según se mire-, durante la primera mitad del siglo XX, se trata de una infraestructura acorazada y adaptada para el tránsito de vehículos construida para facilitar el movimiento seguro de grandes cantidades de dinero en metálico entre la sede del Paseo Pereda y la delegación cántabra del organismo regulador. Regulador y emisor de moneda, aunque solo se arrogó esta última función durante los meses de la Guerra Civil en los que el norte quedó aislado del resto de la España republicana. Incluso sirvió entonces como refugio antiaéreo, según una anónima versión de la versión apócrifa.

El caso es que ante la escasa distancia entre la nueva subsede del Reina Sofía y el Banco Santander animó a la familia Botín a construir un túnel acorazado que uniera ambas infraestructuras para dotar de más seguridad a un flujo de capitales entonces, al parecer, constante. Pero ni siquiera la informatización terminó con el mito, y un buen número de santanderinos cambió de siglo convencido aún de que cuando caminaba por el Paseo Pereda y Farolas lo hacía por encima del Túnel del Dinero, sobre los enormes furgones cargados de billetes que contaban ya en dinero en euros hacia el Banco de España. Que la delegación se hubiera quedado ya sin actividad es solo una fruslería insuficiente para eclipsar el oropel mitómano de la catacumba de los fajos.

La trama se complica cuando entran en juego quienes presumen de conocer mejor los bajos de Santander, que se afanan en explicar que en realidad sí que existe una galería subterránea, pero con salida al -embrujado- Edificio Macho, construido en el mismo solar sobre el que se levantaba un palacio homónimo devastado por un incendio en 1972.

Tampoco hay ningún túnel que conecte el banco con un solar que en el primer tercio del siglo XX acogió la redacción de El Diario Montañés, pero en este caso la historia sí que bebe de un poso de realidad. Y el que el aparcamiento del edificio oeste del Banco Santander sí que cuenta con un garaje que se prolonga hasta los sótanos del Edificio Macho. Era precisamente el que utilizaba el coche de Emilio Botín, pero no está comunicado con una sede que ahora acoge una parte de los servicios de la Consejería de Economía.

En cualquier caso, el Túnel del Dinero vive ya solo de rentas. Nacido como fabulada conexión entre dos símbolos de un poder y soberanía económica que tanto la ciudad como el Estado perdieron ya hace mucho tiempo, solo sirve ya para evocar viejas historias e imaginar los furgones que pudieron recorrerlo.

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El asesino de las Tres Cruces
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Aser Falagán | 29-04-2015 | 4:17| 0

Afueras de Torrelavega. Un autobús avanza con parsimonia en un día nublado. Dentro, varias decenas de escolares. De pronto, el motor se para dejando a los menores y sus profesores varados en medio de la carretera. No pasa ningún otro vehículo por la carretera, de modo que tres de las niñas deciden ir a buscar ayuda mientras los profesores se quedan al cuidado del resto de los jóvenes.
La ciudad está ya cerca, pero más cercana aún parece la casa que se alza sobre una loma, que por mucha pendiente que haya que salvar se encuentra más próxima que los primeros edificios de Torrelavega. Las niñas, o no tan niñas, suben con decisión la colina y ganan la cima para llegar a una vieja casa.

Poco les importan las historias que se cuentan sobre el caserón incrustado sobre el promontorio al este de la ciudad; historias sobre un uraño morador que recibe con violencia a las visitas y del que se ha llegado a decir que ataca a todo aquel que ronda por las inmediaciones. Que incluso ha llegado a asesinar a varias personas, gesta que celebra grabando una cruz en su puerta por cada una de las víctimas. Ajenas al riesgo, las jóvenes siguen adelante en la oscuridad del desapacible día, y cuando ganan el alto para llegar a la casa ni siquiera advierten que, efectivamente, la puerta tiene grabadas varias cruces.

Tras llamar a la puerta les recibe un hombre de mediana edad que las saluda con amabilidad y escucha su historia mientras las invita a pasar para pedir ayuda por teléfono. Justo al descolgar el auricular, una de ellas descubre que algo no marcha bien: el altavoz no emite ningún tono y justo en ese momento descubre aterrada que el cable está desconectado; arrancado de cuajo de la pared. Pero ya es demasiado tarde. Ni siquiera tiene tiempo para advertir a sus amigas o intentar huir antes de que un enorme hacha le impacte según trata de darse la vuelta. Inmediatamente sus dos confiadas compañeras corren la misma suerte, indefensas ante el arma blanca y el sorprendente ataque.
Mientras, sus compañeros y cuidadores esperan en el autobús. La noche se echa encima y cuando ven surgir una figura de la oscuridad sonríen aliviados e incluso abren la puerta delantera para que pueda acceder al interior. Pronto el gesto de los profesores cambia al descubrir que el hombre va armado con un hacha ensagrentada, pero sin tiempo para reaccionar tanto el conductor como los cuidadores caen mortalmente heridos por sendas mortales embestidas. Atrapados en una ratonera, los niños son las siguientes víctimas del psicópata.
Terminada la matanza, el asesino regresa a la tétrica casa satisfecho de una hazaña muy especial. Tanto como para evolucionar su costumbre de marcar cruces en su puerta para dar un paso más allá y plantar tres grandes cruces sobre el césped en macabro honor a las niñas, olvidándose del resto de los asesinatos, y regresar así esquiva vida habitual, alejado de la ciudad y la vida social a la espera de dar caza a una nueva víctima.
Ya anciano, el asesino del Alto de las Tres Cruces continúa al acecho. Llamar a su puerta es sinónimo de una muerte segura. Y de una nueva cruz en su puerta. O incluso, si el episodio es lo suficientemente memorable, la ocasión perfecta para clavar una cuarta sobre el césped.
Pocas leyendas urbanas son tan incoherentes y fáciles de desmontar, máxime cuando se trata de un hecho tan truculento que hubiera acaparado portadas en la prensa, pero del que no existe ninguna constancia. Sin embargo, nada de eso ha impedido que cale con fuerza entre los adolescentes de Torrelavega la más novelada y truculenta de las abundantes historias que rodean el Alto de las Tres Cruces. Es a su vez la más extendida, intrínsecamente unida a un promontorio cuya propia denominación explica de forma mítica, pero también una narración de nuevo cuño, desconocida para la mayor parte de las generaciones más antiguas.
También ha ayudado a que perdure y se extienda el absoluto desconocimiento de la procedencia de las tres cruces, que ya estaban allí en la primera mitad del siglo XX y cuyo significado y origen desconocen incluso los propietarios de las tierras y la casa que se levanta sobre ellas. Entre los sucesivos dueños estaban unos hermanos que heredaron la finca de sus padres y antes de venderla no solo la explotaron, sino que renovaron unas cruces ya en muy mal estado, pero sin saber en absoluto cuándo o por qué se instalaron las originales. Ni siquiera si lo hicieron o no sus padres.
La tenebrosa fábula busca así su origen en una descabellada historia que responde a la perfección al clásico de leyenda urbana. Explica una realidad cotidiana cuya procedencia se desconoce, tiene un propósito moralizante y guarda cierto poso de misterio e inconcreción, puesto que la historia se localiza ‘hace años’ y ‘en la carretera’, sin especificar siquiera si se refiere a la autovía que pasa bajo el alto o si este tramo existía ya o no.
La mayor falla no es ya que ni la policía ni ningún cuerpo de seguridad tratara de detener a un criminal que lejos de esconderse vivía tranquilamente en su casa. Ni siquiera que los adultos permitieran a tres menores ir a buscar ayuda y lo hicieran además en ese alto en lugar de esperar a otro coche o andar unos minutos hasta llegar a la ciudad. Lo verdaderamente extraño es, y esto constituye lo más inquietante de la narración, cómo ha trascendido la historia si el asesino mató a todos los testigos. Solo hay una respuesta posible, de modo que si alguien le cuenta esta misma leyenda con más detalles, probablemente se encuentre ante el asesino de las cruces.

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¿Quién se comió la ballena?
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Aser Falagán | 16-04-2015 | 12:54| 0

Una ballena ha aparecido esta madrugada, entre dos aguas, en la bahía de Santoña. El enorme cetáceo mide quince metros de largo y cuatro y medio de perímetro, y su peso es aproximadamente de 5.000 kilos. Se supone que fue herida por una mina o por una bomba de aviación, y que, sin fuerzas para nadar, fue arrastrada por las aguas hacia esta costa. Fue vista, desde la pequeña embarcación que tripulaban, por el muchacho de quince años Miguel Casal, y el pescador Octavio Valle, que se dirigieron al lugar donde estaba, consiguiendo rematarla y hacerla llegar a la playa”.

Así narraba El Diario Montañés en su edición del 20 de noviembre de 1943 la llegada a la costa de Santoña de la ballena más conocida de Cantabria, cuya fama supera más allá del muro, en concreto al norte del Escudo, la de Moby Dick. A partir de ahí nacen infinidad de leyendas, cada cual más disparatada y alguna de ellas con un poso de verdad, pero siempre con el mismo trasunto: ¿Quién se comió la ballena? para degenerar una historia real en leyenda urbana. Probablemente, en la más y mejor documentada de Cantabria.

La fabulación más extendida reconstruye incluso la llegada del animal. Según la tradición oral, la ballena quedó varada sin que mediara intervención humana. Sencillamente habría aparecido allí para morir víctima de su propio peso. Al final, una pequeña adaptación desvirtuada y poco reconocible; algo así como las versiones de Pitingo. Pero aquí es donde la trama se complica. De acuerdo con  el relato, a la mañana siguiente ya solo quedaban huesos, y el pique atávico entre las dos ciudades hizo el resto. Una de las expresiones más demoledoras es la que decía que “la ballena se la comieron los de Laredo, que son unos muertos de hambre”, que se contestaba al otro lado de la bahía con otra no menos contundente: “Los de Santoña, que son unos tiñosos, se hicieron peines con los huesos”.

Ni siquiera se ponen de acuerdo en las dos villas sobre la fecha de llegada del animalico, puesto que existe una versión que la sitúa en Santoña el 3 de noviembre de 1942, a pesar de que la prensa lo consigna el citado 30 de octubre de 1943, con lo que la ballena había sido atrapada el día 29.

Quizá para contribuir más a la confusión, otra versión asegura que no fueron ni unos ni otros, sino los presos del penal de El Dueso quienes dieron buena cuenta de la carne. Al parecer, y en colaboración con los propios vigilantes, habrían hecho una descubierta para despiezarla. En plena época del hambre, la historia podría resultar incluso creíble de no ser porque también eran los tiempos de la postguerra y la represión, lo que unido al hecho de que en la prisión cumplía condena un buen número de presos políticos y de guerra hace poco verosímil que se les permitiera salir de excursión gastronómica.

Todo obedece al histórico pique entre ambas ciudades, porque en realidad la carne fue subastada en lonja. Una parte fue adjudicada a conserveros santoñeses, un camión viajó a Laredo y otro, a Balmaseda. Sin embargo, la mayor parte se envió al acuartelamiento del Ejército en Burgos para alimentar a la tropa, mientras que el aceite se tuvo como destino Barcelona, donde se aprovechó para la industria cosmética.

En definitiva, preguntar quién se comió la ballena es como abrir la caja de Pandora. Para contribuir a la confusión, a respuesta no es sencilla, puesto que fueron todos y no fue ninguno. Pero lo mejor del asunto es que cada cual tiene su historia, y todas ellas con una pincelada de verdad para hacerla más verosímil.

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Anthony Quinn era de Pámanes
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Aser Falagán | 07-04-2015 | 12:34| 0

Imaginen por un momento a Zorba el Griego bailando y canturreando su pegadiza canción en las faldas de las tetas de Liérganes mientras bebe una 942 o una Morenuca. Cualquier parecido con la realidad es, como aclaran en los facilones telefilmes de sobremesa, mera coincidencia, pero la referencia no es en absoluto gratuita.

Una vieja leyenda urbana, enterrada ya como su protagonista, sostenía que el actor Anthony Quinn no llegó desde México para hacer carrera en el cine estadounidense, sino que en el realidad habría nacido en Pámanes y emigrado después a América. O él o sus antecesores, que siempre hay una cara B de la cara B, pero en algún momento un ancestro del artista hasta ahora unánimemente considerado como hispanoamericano, o tal vez el propio ‘Actor antes conocido como mexicano’, habría emigrado desde esta localidad de Liérganes.

El apellido Quinn no suena demasiado cántabro, pero todo tiene solución en la vida: según la versión apócrifa, el verdadero nombre del polifacético artista sería otro. Nacido, según su biografía oficial, como Antonio Rodolfo Quinn Oaxaca, la tesis cántabra le rebautiza como Antonio Quintanilla, de los Quintanilla de Pámanes de toda la vida.

Para contribuir un poco más a la confusión, el nombre coincide con el de otro personaje histórico, este efectivamente nacido en la pequeña localidad trasmerana, que viajó a América con bastante éxito: Antonio de Quintanilla y Santiago. El problema es que las fechas se van un poco de las manos, porque el oficial, que llegó a ser gobernador de Chiloé (incorporado a Chile precisamente en su época) nació en 1787 y en 1827 ya había regresado como brigadier del cuartel de Santander. Y, claro, la trama se complica. Parece en consecuencia difícil que más allá de una oculta historia canallesca el ufano brigadier Quintanilla inaugurara una dinastía americana, y menos aún en México, con lo que la hipótesis de un Anthony Quinn oriundo, alternativa a la fabulación presuntamente primigenia, también se viene abajo en favor de la biografía oficial, que habla de un padre irlandés y madre mexicana de raíces aztecas.

Otra historia más elaborada habla incluso de un posible familiar: Evaristo Quintanilla, un vecino de Pámanes ya fallecido y al parecer con un gran parecido físico. Incluso un grupo de vecinos habría tratado de ponerse en contacto con el actor, que dolido por el abandono de su presunto padre cántabro habría rechazado recibirle.

Resulta toda una lástima que ninguna de estas historia no sea cierta. Con la afición que hay en la zona los Quinn de toda la vida, el dos veces ganador del Oscar bien podían haber quedado con Jack Sparrow para jugar a los bolos en Mazucerras en aquellos ratos en los que su alter ego, Johnny Depp, no estuviera cuidando su huerto de zanahorias.  “La competición se disputará bajo la modalidad de concurso. Primera mano. Tiro: 18 metros. Raya alta a la mano. Al tiro, Zorba el Griego”. Una pena que todo responda a la ficción, porque algunas historias, por muy inventadas que sean, merecerían ser reales.

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Sobre el autor Aser Falagán
Aser Falagán (Santander, 1978). Tengo un papel que dice que soy periodista. Me lo dieron en la UPV-EHU. Redactor de El Diario Montañés y editor del magazine cultural Dartes. En 2013 publiqué ‘Cien anécdotas del Racing’. Aquí les presento la Cara B del periodismo, dedicada a leyendas urbanas, mitos contemporáneos e historias de la Cantabria más oculta. Aquello que pudo ocurrir. Que incluso mereció ocurrir. Pero que nunca ocurrió.