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El túnel que esconde el dinero cántabro
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Aser Falagán | 04-05-2015 | 16:04

El subsuelo de Santander parece más poblado que el Metro de Moscú en hora punta. No solo por los yacimientos y restos arquitectónicos de otras épocas que se pueden visitar en diferentes puntos de la ciudad, sino por la cantidad de túneles, infraestructuras subterráneas y habitantes de las catacumbas que pueblan su imaginario colectivo. Al menos si se atiene uno a las leyendas urbanas que circulan -soterradas, por supuesto- por la capital de Cantabria. El Túnel de Valdecilla y el Túnel del Dinero compiten por liderar esa nutrida e imaginaria clasificación de galerías inexistentes. El primero; que muchos cántabros dicen haber transitado en un caso propicio del doctor Jiménez del Oso, por ponerlo en el contexto de la época en la que se alumbró la leyenda, recorre figuradamente los hospitales Valdecilla y Cantabria. El otro pasadizo es mucho más selecto, reservado a un puñado de privilegiados y ligado a una de las mayores fortunas del mundo.

El Túnel del Dinero conecta, según el saber popular, la sede central del Banco Santander con la del Banco de España. Construido, de acuerdo con la utopía -o distopía, según se mire-, durante la primera mitad del siglo XX, se trata de una infraestructura acorazada y adaptada para el tránsito de vehículos construida para facilitar el movimiento seguro de grandes cantidades de dinero en metálico entre la sede del Paseo Pereda y la delegación cántabra del organismo regulador. Regulador y emisor de moneda, aunque solo se arrogó esta última función durante los meses de la Guerra Civil en los que el norte quedó aislado del resto de la España republicana. Incluso sirvió entonces como refugio antiaéreo, según una anónima versión de la versión apócrifa.

El caso es que ante la escasa distancia entre la nueva subsede del Reina Sofía y el Banco Santander animó a la familia Botín a construir un túnel acorazado que uniera ambas infraestructuras para dotar de más seguridad a un flujo de capitales entonces, al parecer, constante. Pero ni siquiera la informatización terminó con el mito, y un buen número de santanderinos cambió de siglo convencido aún de que cuando caminaba por el Paseo Pereda y Farolas lo hacía por encima del Túnel del Dinero, sobre los enormes furgones cargados de billetes que contaban ya en dinero en euros hacia el Banco de España. Que la delegación se hubiera quedado ya sin actividad es solo una fruslería insuficiente para eclipsar el oropel mitómano de la catacumba de los fajos.

La trama se complica cuando entran en juego quienes presumen de conocer mejor los bajos de Santander, que se afanan en explicar que en realidad sí que existe una galería subterránea, pero con salida al -embrujado- Edificio Macho, construido en el mismo solar sobre el que se levantaba un palacio homónimo devastado por un incendio en 1972.

Tampoco hay ningún túnel que conecte el banco con un solar que en el primer tercio del siglo XX acogió la redacción de El Diario Montañés, pero en este caso la historia sí que bebe de un poso de realidad. Y el que el aparcamiento del edificio oeste del Banco Santander sí que cuenta con un garaje que se prolonga hasta los sótanos del Edificio Macho. Era precisamente el que utilizaba el coche de Emilio Botín, pero no está comunicado con una sede que ahora acoge una parte de los servicios de la Consejería de Economía.

En cualquier caso, el Túnel del Dinero vive ya solo de rentas. Nacido como fabulada conexión entre dos símbolos de un poder y soberanía económica que tanto la ciudad como el Estado perdieron ya hace mucho tiempo, solo sirve ya para evocar viejas historias e imaginar los furgones que pudieron recorrerlo.

Sobre el autor Aser Falagán
Aser Falagán (Santander, 1978). Tengo un papel que dice que soy periodista. Me lo dieron en la UPV-EHU. Redactor de El Diario Montañés y editor del magazine cultural Dartes. En 2013 publiqué ‘Cien anécdotas del Racing’. Aquí les presento la Cara B del periodismo, dedicada a leyendas urbanas, mitos contemporáneos e historias de la Cantabria más oculta. Aquello que pudo ocurrir. Que incluso mereció ocurrir. Pero que nunca ocurrió.