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Categoría: Europa del Este
Las venas abiertas de Bosnia

Un partido de fútbol entre clubes musulmanes y ortodoxos es el caldo de cultivo idóneo para comprobar las tensiones aún latentes en la tierra que fuera escenario del último gran conflicto armado del siglo XX. Si el estadio se encuentra pegadito a la frontera serbia, la localidad cuenta con mayoría de población ortodoxa y, de repente, aparece por las gradas un batallón de radicales del cuadro forastero, la atmósfera se vuelve tan densa que podría cortarse en pedacitos con un cuchillo.

Los jugadores del Radnik, todos serbo bosnios, rodean al árbitro croata después de señalar un penalti a favor del Sarajevo. FOTOS: DAVID RUIZ

La selección de Bosnia será este próximo verano la número 67 en disputar una Copa del Mundo, Brasil 2014. El combinado que dirige Safet Sušic representará en tierras sudamericanas a un fútbol que, como sucede con todo en esta nación de nuevo cuño, lleva impreso en su ADN el estigma del último gran conflicto bélico del siglo pasado.

El tratado de Dayton puso oficialmente fin en 1995 a la lucha entre las fuerzas serbias, bosniacas y croatas. Pero el nuevo mapa de esta convulsa región de Los Balcanes mantiene, en esencia, esa división abierta de modo feroz durante tres largos años por la fuerza de las armas. Dos estados dentro de uno, pueblos difícilmente reconciliables a causa de las matanzas étnicas y las deportaciones, con acerbos culturales y religiones que la guerra se encargó de enfrentar para siempre… Todo eso hace de Bosnia un país cogido con alfileres, en el que los coches de la UNPROFOR (Fuerzas de Protección de las Naciones Unidas) se dejan ver todavía por aquellas zonas donde han vuelto a convivir musulmanes, ortodoxos y católicos. Nadie se fía de nadie.

La partición de la nación en dos entidades políticas autónomas tiene al balompié como excepción a la regla desde que en el año 2002 las federaciones bosniaca y de la República Serbia decidieron crear, ante la insistencia de la UEFA, la Premijer Liga BH, única categoría del panorama futbolístico bosnio en la que miden sus fuerzas sobre el césped equipos de las tres esquinas del ring. De Segunda división hacia abajo, cada cual hace la guerra por su cuenta.

La élite del balompié en Bosnia-Herzegovina cuenta en la actualidad con siete clubes de ascendencia musulmana (Zeljeznicar, FK Sarajevo, Celik Zenica, FK Zvijezda, Olimpik, Travnik y Velez Mostar); seis de origen serbio (Borac Banja Luka, Rudar Prijedor, Mladost Velika Obarska, Radnik, Leotar Trebinje y Slavija Sarajevo) y tres croata (NK Vitez, Zrinjski y Siroki Brijeg), siendo estos dos últimos los líderes de la competición, al alimón con el Zeljeznicar.

Esa tensión que se palpa en el ambiente después de abandonar la orilla serbia del río Drina se acentúa claramente en los estadios, tal vez porque el fútbol es la única manifestación social en la que los bosnios pueden desfogar periódicamente sus fobias dentro de la legalidad establecida.

La visita del FK Sarajevo a la cancha del Radnik de Bijeljina, la ciudad fronteriza donde comenzaron los combates en abril del 92 y que ahora cuenta con mayoría de población serbia, multiplica ese caldo de cultivo beligerante en el que el aire podría cortarse perfectamente con un cuchillo.

Hinchas radicales del FK Sarajevo, enjaulados.

La más emblemática y poderosa de las escuadras de filiación musulmana, con permiso de sus vecinos del Zeljeznicar, obliga a la Federación a declarar sus partidos de alto riesgo cada vez que su autobús penetra en territorio serbo bosnio. El Gradski stadion es, además, de las plazas más calientes. Una verdadera pesadilla para árbitros, futbolistas e hinchadas rivales, si es que se atreven a poner los pies en unos graderíos donde se les considera personas non gratas.

Esa hostilidad no fue óbice para que una cincuentena de miembros de los Horde Zla (Hordas del Diablo), los temidos ultras del cuadro granate, apareciesen en escena y encendieran la mecha en el momento en el que desplegaron una pancarta con el rostro de Vedran Puljic, un mártir del Sarajevo, asesinado en 2009 tras una batalla campal con los hinchas del Siroki Brijeg.

Con el fin de evitar que la sangre pudiera llegar al río, al batallón de ex miembros de la Armija (ejército popular bosniaco durante la guerra) lo encerraron en una especie de jaula, con llave incluida, controlada por la policía local, que veló durante todo el encuentro de que ni un solo aficionado del Radnik se les arrime, y menos aún alguno de los componentes de los Incident, el grupo radical del cuadro serbio, que a duras penas alcanzan para armar un equipo reglamentario. “Tenemos bajas por enfermedad”, me comentó su líder, un adolescente lleno de tatuajes que cacareaba la frase “Muslims, a Sarajevo” como si se tratara del gallo Claudio.

Resultaba curioso ver cómo cada vez que un hincha del Sarajevo necesitaba ir al baño, era acompañado por un agente de las fuerzas del orden. Todo para minimizar los riesgos de que se montara el pollo padre.

La espoleta, aunque retardada, acabaría saltando a los 23 minutos cuando Ilija Zivkovic, el trencilla croata del envite, señaló un penalti muy riguroso en contra del Radnik, que por entonces ganaba 1-0, acompañado de la expulsión de Marko Jevtic por ser el último hombre. Hasta siete jugadores locales se tiraron literalmente encima del colegiado pidiéndole explicaciones por la decisión que acababa de tomar mientras la grada jaleaba indignada al grito de “árbitro, ladrón”. “Este tío está loco, no ha sido penalti”, bociferaba fuera de sus casillas Borislav Tonkovic, el director deportivo del Radnik, que está sentado en el banquillo.

El pitote se alargó más de la cuenta porque Jevtic se encaró con medio Sarajevo y no quería abandonar el césped. La megafonía puso en ese instante el toque de humor balcánico al solicitar amablemente al público que se abstuviera de llamar ladrón al trencilla, lo que provocó una estruendosa carcajada general.

La policía serbo bosnia, escoltando al Sarajevo.

Tan chistosa situación ayudó de algún modo a mitigar la carga emocional lo justo para poder pasar al siguiente acto, el lanzamiento del penalti. El numerito corrió entonces a cargo de un periodista de Radio Novi Sad quien, situado detrás de la portería, empezó a correr de un poste a otro con la intención de despistar a Travancic, el tirador grana. El árbitro, que por entonces ya sólo podía soñar con alcanzar de una pieza el final del duelo, hizo la vista gorda. La estratagema, sin embargo, no funcionó y la pelota acabó en la red.

En los instantes finales del primer período se personaron en el recinto nuevos efectivos policiales que ayudaron a calmar los ánimos contra el trío arbitral, que fue despedido del césped con una lluvia de objetos de todo tipo.

Como quiera que el Radnik venía de sufrir un cierre de su estadio por graves incidentes frente al Siroki Brijeg croata y, ante el llamamiento lacónico a la calma casi desesperado que hicieron desde megafonía durante el descanso, los decibelios descendieron notablemente en el segundo acto, y eso a pesar de que el Sarajevo logró decantar el encuentro a su favor, para mayor satisfacción de su ruidosa y provocativa guardia pretoriana.

Mientras la desencantada parroquia local se marchaba a mojar sus penas con unos tragos de rakja (el aguardiente balcánico) en las tascas aledañas, el autobús del Sarajevo abandonaba suelo comanche escoltado por un coche de policía hasta alcanzar la autopista que lleva a la capital bosnia y, por ende, a la paz.

Las tánganas entre jugadores de ambos equipos son una constante a lo largo del encuentro.

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Las cuatro guerras del Partizan

El primer derbi de Belgrado del presente ejercicio volvió a poner de manifiesto una realidad tan alarmante como ya habitual en el clásico más caliente de Europa del Este: el protagonismo estelar de los seguidores radicales de Estrella Roja y Partizan. Armados hasta las cejas de todo tipo de artilugios pirotécnicos que cuelan como Pedro por su casa en el estadio, estuvieron al borde de forzar la suspensión de un choque que en esta ocasión fue además el campo de batalla entre los ultras visitantes, sumidos desde hace meses en una lucha fratricida que ya se ha cobrado varias vidas.

La hinchada del Estrella Roja agasaja a su equipo con un impresionante despliegue pirotécnico antes de que arranque el derbi ante el Partizan. FOTOS: DAVID RUIZ

Se juega como se vive, suele decir Eduardo Galeano. Yo añadiría a tan acertada aseveración que también se apoya de igual modo a tu escuadra del alma. Por eso asistir in situ a un Estrella Roja-Partizan, como el del pasado fin de semana en el Pequeño Marakana de Belgrado, ayuda a comprender mejor la convulsa historia reciente en los Balcanes a través del belicoso comportamiento de sus respectivas aficiones.

Es su seña de identidad y no tienen la más mínima intención de reprimirla. Porque los Delije (La élite) y los Grobari (los enterradores) llevan la violencia adherida en los genes y la exhiben con arrogante desfachatez tanto dentro como fuera del estadio.

Su perfecta organización de corte castrense (no pocos son antiguos paramilitares curtidos en mil batallas durante la Guerra de Bosnia) hizo posible que tuvieran en jaque durante más de cuatro horas a los 5.000 efectivos policiales desplegados por todos y cada uno de los puntos cardinales de la capital serbia.

El humo y el fuego volvieron a ser, como cada vez que el calendario hace coincidir en el mismo recinto deportivo a los dos gigantes de la Jelen Super Ligalas estrellas principales de un clásico, el 145 de la saga, que pasará a la historia por el nuevo frente abierto en el seno de la propia hinchada del Partizan.

Como si no fuera suficiente ‘trabajo’ litigar a bengala o bombazo limpio con los ultras rojiblancos, las fuerzas de seguridad que rodeaban su ‘posición’ en la tribuna sur y los bomberos, encargados de sofocar en primera línea sus reiteradas tentativas de reducir a cenizas el estadio más grande de la extinta Yugoslavia, los Grobari las tuvieron tiesas también con una de sus facciones, los llamados Zabranjeni (los prohibidos), decidida desde hace un tiempo a hacer la guerra por su cuenta, ignorando la escala de mando (a cuya cabeza está el grupo llamado Alcatraz) de esta especie de ejército de mercenarios al servicio del mejor postor con capacidad para detener y obligar a la propia UEFA a suspender un encuentro de clasificación de la Euro, cosa que sucedió hace tres años en Génova con un Italia-Serbia.

Guerra de bengalas entre hinchas del Partizan.

El resultado de su escisión ha sido el estallido de una guerra civil interna que ya se ha cobrado varias vidas. La última, a principios de la semana pasada cuando Vlado Zivkovic (30 años), uno de los radicales alineados con el nuevo grupo, fue asesinado de una cuchillada en el barrio de Karaburna.

Precisamente, el momento en el que el millar de miembros de los Zabranjeni desplegó una pancarta recordando lo sucedido dio pábulo a la primera escaramuza seria del derbi con el intercambio de bengalas entre seguidores del Partizan, separados por un tramo de 50 metros de grada y dos cordones de antidisturbios, que asistieron impertérritos al fratricidio pirotécnico previo al pitido inicial.

Si por algo se caracteriza un choque que pasa por ser el más caliente de Europa del Este, es justamente por ese inagotable despliegue de bombas, petardos, bengalas y cohetes que en nada tiene que envidiar al día grande de Las Fallas valencianas. Mientras que en Inglaterra las hinchadas revientan los decibelios del estadio entonando ‘a capella’ de manera solemne la canción-himno de su equipo, en Belgrado lo iluminan literalmente con un formidable zafarrancho multicolor de fuegos de artificio cuya procedencia es, sin duda, el gran misterio de esta batalla cíclica entre Delijes y Grobaris.

Nunca comprenderé cómo son capaces de colar kilos y kilos de ‘munición’ después de verse sometidos a dos cacheos exhaustivos en los aledaños del estadio. Resulta que a un servidor le miraron hasta en el monedero para ver si llevaba TNT camuflado en forma de Bonobus, mientras varios miles de individuos accedían a sus puestos de ‘combate’ armados hasta los dientes. O eso, o los habían escondido el día antes en el propio recinto, lo cual resulta bastante plausible, visto el alto grado de enquistamiento de los ultras en sendas instituciones deportivas.

AL BORDE DE LA SUSPENSIÓN
Bien es cierto que el efecto lumínico que provocan por unos instantes en sus graderíos es impresionante. Empero, el festival pirotécnico suele ser el preludio de los enfrentamientos a gran escala entre todas las fuerzas desplegadas en el interior del estadio. Como si de una partida de ajedrez se tratara, uno de los contendientes mueve ficha en espera de la reacción de sus rivales. Esta vez, fue el grueso de las ‘fuerzas’ del Partizan quien llevó la voz cantante iniciando en el minuto 48 de partido una ofensiva en toda regla que arrancó con el lanzamiento de al menos 100 bengalas, siguió con un bombazo que se escuchó en todo Belgrado y finalizó con la quema compulsiva de banderas que acabó provocando varios incendios a la vez en su propia tribuna.

El esfuerzo titánico de los bomberos por controlar el desaguisado en forma de llamas resulta insuficiente y el juez de la contienda decide parar el juego puesto que la atmósfera comienza a ser irrespirable por mor de las inmensas columnas de humo que invaden el césped. El mensaje del árbitro es claro: si no se apagan los diferentes focos de fuego, suspende el clásico. En la tribuna de prensa, a rebosar de un sinfín de personajes que tenían de profesional de la información lo que yo de barítono, se sospechaba que el ataque desencadenado por la parroquia forastera perseguía romper el ritmo de un Estrella Roja dominador que pasaba por sus mejores minutos de fútbol.

El juego se reanudó 10 minutos más tarde sin que una de las fogatas, la más grande, estuviese aún dominada. ¿La causa? Una bandera enorme que los Grobari desplegaron a modo de protección de las llamaradas, dificultando que el agua de los camiones cisterna alcanzara el corazón del fuego.

Fogatas múltiples en la tribuna de los Grobari.

Aplacadas las llamas tras 20 minutos de lucha con el líquido elemento, los incondicionales del Estrella Roja dedican una ovación cerrada al equipo de bomberos, que repliegan líneas para tomarse un pequeño respiro, que será ya definitivo puesto que a esas alturas sendas hinchadas se han pulido ya el quintal métrico de material que colaron esa tarde en el Marakana balcánico.

El triunfo final por la mínima de los locales sirve para suturar la herida provocada por el flojo inicio de campaña y devolver un rayo de esperanza a sus tropas luego de seis años consecutivos viendo cómo el máximo enemigo conquistaba la liga.

La celebración, tanto en el césped como en la grada, tiene sabor a título. Y mientras los Delije despiden a los duros ‘guerreros’ ataviados de negro a la voz de “Grobari, que os den por el…”, estos obligan a sus futbolistas a repasar junto a su grada durante media horita, a modo de castigo, el CD completo de su repertorio. Y es que en el derbi de Belgrado, la ley se escribe con U de ultra.

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El drama de los Ibrahimovic

Zlatan Ibrahimovic no faltará a su cita anual con el Camp Nou y su antigua afición para tratar de arruinar al fin los planes europeos al Barça, esta vez con la elástica del multimillonario PSG de Carlo Ancelotti. Lo hará, como siempre, dando gracias a la divina providencia por haberle permitido fintar al trágico destino que esperaba a buena parte del clan que lleva su apellido, masacrado literalmente en el genocidio de bosnios musulmanes perpetrado por las tropas serbias en Srebrenica cuando el ariete internacional sueco tenía 14 años.

Šefik Ibrahimovic decidió un buen día de 1977 hacer el petate y dejar atrás su Bijeljina natal persiguiendo un sueño, el de labrarse un futuro mejor, que le condujo hasta el puerto sueco de Malmö. Poco podía imaginar este cantante frustrado (desde sus tiempos mozos se destacó como intérprete de música tradicional bajo el remoquete de Kinko) que su diáspora escandinava le apartaría, junto a su familia, del trágico destino que el viento de la desgracia descargó contra su extenso árbol genealógico en Srebrenica, escenario del mayor genocidio acontecido tras la Segunda Guerra Mundial.

“Pensaba irme a Suecia para ganar algo de dinero y regresar a Bosnia, pero ya llevo aquí 35 años”. Aunque su trabajo como conserje en un edificio nunca llegó a colmar sus expectativas laborales, Šefik alteró sus planes de regresar a Bosnia Oriental después de una breve visita al terruño familiar junto a su hijo mayor, Zlatan, en 1991.

Los enfrentamientos étnicos a principios de los 90

convencieron a Šefik de aparcar su sueño de ver jugar

al pequeño Zlatan en uno de los grandes clubes de Sarajevo

El enrarecido clima provocado por los incipientes enfrentamientos étnicos entre musulmanes, ortodoxos serbios y católicos croatas, previos a la desintegración de la antigua Yugoslavia, convencieron al padre de la hoy gran vedette del PSG, musulmán practicante, de que lo más prudente era aceptar el ofrecimiento del Malmö para que puliera el descomunal talento de su vástago en lugar de ponerlo en manos, cual era su auténtico deseo, de uno de los grandes clubes de la capital bosníaca (Zeljeznicar o FK Sarajevo).

El cementerio-memorial de Potoçari recuerda el holocausto musulmán a manos de las tropas serbias de Ratko Mladic. FOTOS: DAVID RUIZ

Zlatan tenía 10 años y flirteaba con el delito robando bicicletas en el suburbio de Rosengard cuando los paramilitares serbios de Arkan entraron a cuchillo en las calles de Bijeljina el primero de abril de 1992 descargando su furia incontrolada contra la población islámica, mayoritaria en la ciudad natal de su padre. Se calcula que un millar de personas fueron asesinadas en el primero de los múltiples episodios de limpieza étnica que se registraron durante los cuatro años que duró el conflicto armado en los Balcanes.

Más de 30.000 musulmanes fueron obligados a abandonar sus hogares y refugiarse en Gorazde, Zepa, Tuzla y Srebrenica, importantes núcleos urbanos todos ellos bajo el control de la ‘armija’ (ejército regular) bosnia tras la declaración de independencia de la vieja y desgastada república que había forjado Tito durante casi cuatro décadas. Fue precisamente en ésta última localidad donde se instaló la inmensa mayor parte del clan de los Ibrahimovic, uno de los apellidos más extendidos por esos territorios colindantes con la frontera serbia. No en vano, la ciudad mártir de la guerra que avergonzó a Europa en los albores del siglo XXI multiplicaría su población después de que la ONU la declarara como ‘zona segura’ al año de iniciadas las hostilidades.

Pero la protección del Dutchbat, la pequeña unidad del ejército holandés que garantizaba la seguridad de la población civil en nombre de UNPROFOR, saltó por los aires con los calores del verano de 1995. Las tropas de la República Srpska, bajo el mando del general Ratko Mladic, capturaron Srebrenica el 11 de julio sin oposición alguna de las tropas neerlandesas y procedieron a la deportación de sus vecinos musulmanes. Todo fue, sin embargo, una mera cortina de humo de los invasores, puesto que muchas de aquellas personas no lograron llegar con vida a Tuzla, a donde supuestamente iban a ser evacuadas en camiones. Las fuerzas de ocupación serbias perpetraron una matanza indiscriminada de hombres, mujeres y niños bosnios en los alrededores, lejos de las miradas indiscretas de los soldados de la ONU.

De las 8.372 víctimas identificadas en las numerosas fosas comunes encontradas entre las localidades de Srebrenica y Potoçari, hasta 158 llevan el ilustre apellido del que Arrigo Sacchi bautizó en su día como el mejor ‘solista’ del planeta fútbol. El más castigado por un genocidio que cambió por completo y para siempre el mapa demográfico de ese terruño regado de tumbas que jalonan la belleza dramática de sus montañas.

Un cementario-memorial, inaugurado en 2003 por el ex presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, honra en Potoçari a las personas asesinadas en tan brutal matanza y a todas aquellas cuyos restos continúan esparcidos por la zona, a la espera de ser descubiertos e identificados.

Aunque el ex delantero del Barça no perdió a ningún miembro directo de su familia en aquella masacre, sí que padeció en sus carnes el efecto nocivo de la guerra. El temor constante a la muerte de sus seres queridos y la falta en muchas ocasiones de noticias procedentes de una Bosnia asediada y aislada del mundo por Slobodan Milosevic y Radovan Karadzic, sumió a ‘Kinko’ en un asiduo estado de embriaguez.

No en vano, el internacional sueco explica en su biografía “Yo, Zlatan”, publicada a fines de 2011, la frustración y el dolor que le produjo el ver a Šefik enganchado sin remisión a la cerveza por culpa del conflicto que se estaba viviendo en la patria originaria de sus padres. Y es que, a pesar de que siempre se ha dicho que su madre, Jurka, es croata, el jugador aclara que ella nació y se crió en Bosanska Gradiska, en pleno corazón de la actual república serbo-bosnia, antes de emigrar a tierras nórdicas.

 
Un adolescente Ibrahimovic vio cómo el
alcóhol  consumía a su padre, devastado
por los efectos de la guerra en su tierra  

Tal vez por todo ello, ‘Ibracadabra’ no haya querido pisar nunca más suelo bosnio. Y es que el apellido que porta estuvo muy cerca de ser exterminado por culpa de la intransigencia política y religiosa de un conflicto armado del que aún quedan muchas preguntas sin respuesta.

Los restos mortales de 158 miembros del clan Ibrahimovic están enterrados en el memorial que recuerda los 8.372 musulmanes asesinados.

 

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La mejor pareja del fútbol yugoslavo nació de una partida de ajedrez

Milos Milutinovic descolgó las botas y unió su magia a la de otro genio de la redonda, Dragoslav Sekularac, para reflotar y devolver la gloria al OFK Belgrado

El fútbol de la antigua Yugoslavia siempre estará en deuda con Milos Milutinovic (1933-2003). Considerado el más talentoso atacante nacido en tierras balcánicas, el alter ego de Alfredo Di Stéfano en el Este de Europa —su técnica sublime, velocidad de ejecución y capacidad goleadora le asemejaban al astro del Real Madrid— regresó a Serbia a mediados de los 60 para poner el broche de oro a su trayectoria deportiva en el OFK, un histórico club belgradense del período de entreguerras venido a menos tras la aparición de Partizan y Estrella Roja.

Su polémica elección fue un gesto de agradecimiento hacia la entidad que le había dado ‘asilo’ en 1958 tras detectársele unos problemas pulmonares que le obligaron a dejar el Partizan, del que era ídolo máximo. De hecho, su carrera estuvo a punto de extinguirse a causa de la tuberculosis de no ser por el entonces presidente del Bayern, Roland Endler, quien le ofreció la posibilidad de emigrar a Alemania para operarse a cambio de verle lucir la camisola bávara.

Milos aceptó y eso le permitió recuperar su vuelo majestuoso sobre el manto verde. Con apenas una veintena de partidos y cinco goles anotados, el serbio está considerado por los aficionados teutones como uno de los 50 mejores futbolistas de su rica historia.

Milutinovic -no confundir con sus hermanos Bora y Milorad, también ex extrellas de Partizan- disputó el mismo número de encuentros con el club de la juventud belgradense antes de dar el salto al banquillo, lo que sucedió en la temporada siguiente (65-66).

Milos Milutinovic pasa el balón a Sekularac en un OFK-Partizan de 1968. Foto: Bora Djordjevic

Después de ganar la Copa yugoslava en su debut como técnico (6-2 al Dinamo Zagreb), su controvertida decisión de liberar a sus mejores futbolistas —su hermano Bora, Skoblar y Samardzic— para que pudieran emigrar con un permiso especial pese a la limitación de edad impuesta por el régimen de Tito, colocó al OFK en una delicadísima situación.

Con la sombra del descenso en los talones, Milos decidió desempolvar los borceguíes. Tenía por aquel entonces 36 años y la incertidumbre de no saber cómo iba a responder su cuerpo tras su largo período de inactividad. Pero semejante decisión no habría sido posible si el genial delantero nacido en Bajna Basta no hubiera recibido por aquellos días una visita inesperada en su domicilio de la calle Knez Mihailova.

“Yo estaba recién aterrizado de Alemania, donde había jugado ese último año con el Karlsruher. Días antes, escuché que Milos se había quedado sin delanteros, así que le llamé y quedamos para jugar una partida de ajedrez. Como siempre. En mitad de la misma, le pregunté por qué no me fichaba para ayudarle con los chicos más jóvenes. Recuerdo que me contestó que yo sólo con ellos poco podría hacer por mi forma de jugar, pero que tal vez con otro veterano en la cancha la cosa podría funcionar. Y ahí mismo tomó la decisión de volver a ponerse las botas para jugar juntos otra vez, como en la selección. Fue una decisión que cambió la historia moderna del OFK, y diría que un poco la del fútbol de nuestro país”. La revelación procede de otro mito del fútbol balcánico, Dragoslav Sekularac, con quien tuve el inmenso placer de compartir una tarde en el célebre café ‘Biblioteka’, uno de los rincones con mayor encanto de la capital serbia.

LOS ‘ROMANTIÇARI’

La noticia corrió como un reguero de pólvora por cada recoveco de la ciudad: desde Kalemegdan a Zemun, desde el Sava al Danubio. Todos los mentideros futbolísticos de Belgrado se hicieron eco del cóctel que acababa de armarse. Y claro, ese efecto replicante resultó devastador: más de 30.000 personas se dieron cita en el barrio de Karaburma para ver el debut de la genial pareja ante el Proleter. Dicha cifra no bajó durante el año y medio que Milos y ‘Seki’ hicieron del Omladinski Stadion un teatro de nuevas alegrías.

“Esa temporada nos salvamos haciendo muy buenos partidos, dando espectáculo, y la gente nos pidió que siguiéramos otra más (68-69). Tanto Milos como yo estábamos encantados con la idea, y aceptamos. Ese año fue realmente maravilloso. Le ganamos a Partizan, a Estrella Roja, al Dinamo Zagreb… Jugamos un fútbol fantástico. Éramos la gran atracción de la Liga yugoslava y la gente empezó a llamarnos ‘Romantiçari’ por haber vuelto a Belgrado, a un histórico venido a menos como era entonces el OFK, por amor al fútbol. Fue una época inolvidable”, rememora ‘Seki’ con emoción.

De hecho, su sociedad con el sueño prohibido de Santiago Bernabéu —intentó fichar a Milos hasta tres veces— mantiene aún hoy al OFK con el mejor promedio de asistencia de aficionados en una sola campaña en la historia del balompié plavi. Tal ecuación tiene una explicación muy sencilla, según Sekularac.

'Seki' y un amigo, junto a Milos y su hijo Uros ”La culpa de todo la tuvo Milos. Él ha sido uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos. En mi opinión, a la altura de Di Stéfano, Pelé, Maradona o Cruyff. Un jugador que hacía girar en torno suyo a todo el equipo. Lo hacía todo bien y a una velocidad más que el resto. Para mí es un orgullo haber sido un poco el culpable de su regreso a las canchas con el OFK, después de haberlo dejado dos años atrás”.

Sekularac: “La gente venía a ver a Milos. Tenía una relación mágica con la pelota”

Y ‘Seki’ concluye con un dato ciertamente revelador: “En cada entrenamiento había siempre no menos de 10.000 personas. Bueno, en realidad venían a ver a Milos. Él tenía una conexión mágica con la pelota”.


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